La costumbre de creer

ElCoco3

Llega un momento en que todo niño deja de creer en “el Coco”, ese ser inventado, protagonista de muchas de las amenazas que los padres dan a sus hijos para obligarlos a comportarse de forma correcta, de la canción de cuna que tantas y tantas madres han entonado con la esperanza de ver a sus pequeños dormir y del cuadro que Goya pintara en 1,797. Y casi nunca se da ese despertar a la realidad porque el adulto decida que llegó el momento de confesar que todo se trataba de un truco, es más bien porque el niño, tras imaginar, deducir, analizar y comprobar que la amenaza nunca se cumple, que concluye la falta de veracidad de algo que ni siquiera le explicaron cómo luce.

Así, muchas más verdades se van revelando de a poco en nuestras conciencias, sin necesidad de confesiones. No obstante a veces parece que el deseo de creer es más fuerte que el gusto de analizar y develar la realidad tras las afirmaciones que damos por sentado.

En un programa de televisión de Canal Antigua le preguntaron al candidato a la presidencia por el PRI (antes FRG) Luis Fernando Pérez, que cuánto debería ganar un diputado y su respuesta fue: “Un diputado debe ganar lo que sea necesario, un sueldo que no le permita tener y caer en tentaciones ilícitas ni tentaciones fuera de lugar” y agregó que lo correcto eran los Q22,000 que reciben de los Q29,000 que ganan, porque eso es lo que hay y lo que el gobierno puede ganar ahora.

Por más que lo pienso, no puedo imaginar una cantidad que logre borrar del interior de cualquier persona la ambición, porque el que no tiene quiere, y quien tiene quiere más —en términos generales, así somos los seres humanos—. ¿Dejarían de robar millones si ganaran Q100,000 al mes? ¿Dejarían de hacer enormes transacciones ilegales si fueran Q200,000? La respuesta es un categórico no.

Pero lo más importante de esta idea es que de una forma “elegante” se justifica el robo, porque implícito está que si lo que gana un diputado no es suficiente para alejarle de la tentación de cometer actos ilícitos, se entiende que los realice, y que es dando más del recurso del Estado, para garantizarles una buena y cómoda vida, como se debe evitar malos manejos en la administración pública. Tal lógica no tiene ni pies ni cabeza, porque si eso fuera válido para el Estado, tendría que ser válido para todo ciudadano, pues ellos no tienen porqué tener un trato preferencial ante la ley, y cualquiera podría argumentar que tuvo que robar porque lo que recibe como ingreso no le es suficiente para alejarle de la tentación de hacerlo. A lo mejor podríamos crear una tabla de ingresos y definir a partir de qué monto ya no se justifican la tentación para cometer actos ilícitos. ¡Absurdo!

A un diputado se le paga una cantidad por realizar un trabajo y eso es todo. Y si fuera por méritos nos ahorraríamos mucho dinero, pero ese es otro tema, y uno muy lamentable.

Que no te engañen con éste tipo de falacias. El mismo argumento no es válido en puestos como el de un policía, que si bien es cierto, podemos o no estar de acuerdo en que tengan que ganar más por el tipo de trabajo que realizan, tampoco pueden justificarse las “mordidas” porque sus ingresos no son lo suficientemente abundantes como para alejarles de la tentación. Un policía acepta realizar una tarea, bien realizada —como cualquier persona con el empleo que toma—, a cambio de un monto que estuvo dispuesto a aceptar.

Conozco el caso de meseros en donde los contratan y les dicen que el salario es de cierta cantidad más propinas, pero no sé de nadie que haya ofrecido un puesto de policía más mordidas, ni un puesto de diputado más actos ilícitos.

Tales mentiras están tan arraigadas en nuestros pensamientos a tal punto que creemos que son una realidad. Ojalá algún día dejemos a un lado la costumbre de creer en todos esos “Cocos” que dominan nuestras ideas.

Saludos

¿Por qué votar nulo es una mala opción?

Voto

El asunto de votar nulo o no votar, es un tema de simple matemática. Imaginemos un escenario sencillo en donde el padrón electoral es de 1,100 personas, y creemos una tabla de posibilidades, inventando datos acorde a algunas encuestas que han sido publicadas.

Padrón electoral                    1,100
(-)Personas que no votan        100
Personas que eligen               1000

Votan por Líder                         400
Votan por opción B                   200
Votan por opción C                   100
Votan por opción D                   100
Votan por opción E                   100
Votan por opción F                     80
Votan por opción G                    20

Esto da que los votos a tomar en cuenta son solo 1,000 , por tanto hacemos la operación:

(400/1000)*100 = 40%

Líder va a segunda vuelta junto a la opción B.

Ahora imaginemos que, siempre en primera vuelta, como ha sido tradición, la gente vota por quien cree que va a quedar en segundo lugar con el afán de que Líder no gane en primera ronda, tendríamos algo así:

Padrón electoral                     1,100
(-)Personas que no votan         100
Personas que eligen              1,000

Votan por Líder                          400
Votan por opción B                   380
Votan por opción C                   110
Votan por opción D                     60
Votan por opción E                      20
Votan por opción F                      20
Votan por opción G                     10

La gente que decide votar por Líder es la misma, ese número no se ve alterado porque la intención de voto del resto cambie, y al hacer la operación, tenemos que:

(400/1000)*100 = 40%

Líder continúa yendo a segunda vuelta junto a la opción B. El resultado no se ve alterado.

Consideremos ahora un escenario en donde una masiva cantidad de votantes deciden votar nulo (que sería el mismo caso de no presentarse a votar). Tendríamos la siguiente tabla:

Padrón electoral                     1,100
(-)Personas que no votan         100
(-)Personas que votan nulo      300
Personas que eligen                  700

Votan por Líder                          400
Votan por opción B                   100
Votan por opción C                     50
Votan por opción D                     50
Votan por opción E                      50
Votan por opción F                      50
Votan por opción G                       0

(400/700)*100 = 57%

Y listo, Guatemala le ha hecho el favor a Líder de elegirlo en primera vuelta, porque mientras menos votos válidos existen, su porcentaje aumenta.

La invitación pues es a meditar en lo que realmente deseamos, a que votemos por el candidato que, por mucho o por poco, se considere el más indicado, y a recordar que un arrebato del tipo “yo voto nulo porque todos son lo mismo” nos puede acarrear consecuencias lamentables.

Mientras la ley de electoral y de partidos políticos no se modifique, es lo que nos queda.

Saludos

Tren de centro comercial

TrenCC2

La escena inicia con el niño en pantalones cortos, boina beige y zapatos empolvados, quien espera por nada, sentado en cualquier banqueta a media mañana, aburrido como quien desde que se levanta añora dar por terminado el día. Pero basta el simple pitido que anuncia la llegada del tren y el gesto de aquel se torna en alegría, sus piernas echan a correr como deseando alcanzar las horas perdidas, con la curiosidad característica del niño, palpable en sus gritos, por las sorpresas que aquel monstruo de vagones, trae consigo.

Hoy en día ese mismo pitido solo sirve de advertencia para que uno se haga a un lado, cuando el diminuto aparato de motor de cuatro vagones decorados con los colores primarios, intenta atravesar entre los visitantes del centro comercial, a una velocidad tan solo un poco más aprisa que la de una estrella de mar cansada.

En los vagones se aprecian dos o tres niños cuyos gestos no permiten hacer lectura de sus emociones, más bien pareciera que están en otro lugar, como cuando ven televisión. Los acompañan dos o tres madres, quienes parece que sí disfrutan el paseo y arden en deseo por transmitir ese mismo sentir a los pequeños, o un padre, de esos que hacen todo porque el niño disfrute su domingo o porque deje de “molestar” un rato.

Al mando del transporte se puede observar a un hombre o a una mujer que parecen haber sido capacitados en el complicado arte de no voltear a ver, bajo ninguna circunstancia, a los ojos de la gente de a pie. Incluso si llegan a soltar alguna palabra para pedir permiso, cosa que solo ocurre cuando los diecisiete pitidos realizados, no funcionaron. No hay sonrisas. Son solo un rostro serio que ve el camino, y una mente con un único propósito: seguir sin parar hacia el destino, hasta que la jornada laboral llega a su fin.

Entonces caigo en cuenta del montón de citas que recibo por las redes sociales sobre la importancia de trabajar en lo que a uno le gusta, para poder ser feliz. En las ideas de algún amigo o conocido, de cómo si se trabaja en lo que a uno le gusta no se trabajará nunca. O en comentarios de los gurús de la motivación, quienes aseguran que cada uno de los aspectos de la vida debe ser vivido al máximo y que se debe dejar la piel en cada empresa que se realice, para que al final del día, orgulloso y satisfecho, uno pueda descansar por la tarea realizada, mientras ellos pueden descansar, tranquilos, por la cantidad de libros que vendieron.

¿Quiénes son ellos para condenar a un trabajador a la infelicidad? ¿Dónde está el manual del ser humano que dice que para esos conductores no hay esperanza, que se equivocaron o que no lograron tomar decisiones acertadas?

En términos económicos es fácil concluir que están ahí porque estar es mejor que no estar, de lo contrario no hubiesen aceptado el trabajo. Pero en términos de filosofía personal, de dónde sacan esa idea de que son todos y cada uno de los aspectos del vivir del ser humano los que tiene que funcionar a la perfección, para dar con la felicidad.

Y tras todos esos conceptos, frustrados y arrastrando los pies, caminan el montón de almas desesperadas y cansadas, porque no logran ser felices y culpan al trabajo, que perfectamente pudiera ser solo un escalón necesario para alcanzar tantas otras cosas. La mayoría de ellas no entiende que aún teniendo el trabajo ideal, somos capaces de ser infelices y de mucho más.

Yo no puedo dejar de observar sus rostros impasibles, porque lo común de sus actuares me parece destacable, pero de ninguna manera puedo, señor y señora chofer de tren de centro comercial, mirarle y ver en usted a una persona infeliz, siendo que la vida le ha de dar tantas y tan variadas oportunidades para experimentar felicidad.

Saludos

Conocimiento

PasosBlog

La vida es tan interesante y maravillosa, que podemos vivir sin conocer los pormenores de mucho de lo que acontece a nuestro alrededor. No es necesario, por ejemplo, entender el proceso de consumo de oxigeno de nuestro cuerpo para respirar, así como no necesitamos conocer los nombres y detalles de cuanto acontece en nuestro aparato digestivo cuando procesa los alimentos para que éste realice su trabajo. No es necesario comprender los procesos del cerebro para poder pensar. Y no nos es necesario entender de leyes de gravedad, ni nada sobre la atracción de cuerpos celestes, ni de los ciclos de la tierra, para poder vivir el día y dormir por la noche. ¿Qué es entonces lo que nos mueve, al menos a varios de nosotros, a querer entender el mundo que nos rodea?

Posiblemente la respuesta más común es que es por la curiosidad, que aceptamos como parte de la naturaleza del ser humano. Lo vemos en los pequeños cuando están descubriendo el mundo que les rodea. Todo ese es un proceso que ayuda al cerebro a ubicar la individualidad de cada quien en un tiempo espacio específico. Es decir que en algún momento, posiblemente el más vital para nuestra especie, somos conscientes de que somos un ser, separado del resto de cosas, y que somos dueños de nosotros mismos, jugando alguna especie de rol en este mundo.

Yo quiero plantear otra opción, y es que ese deseo de conocimiento obedezca a la ventaja que representa el conocer. Un niño en algún momento entiende que caminar tiene una importante ventaja sobre gatear y que comunicarse para pedir comida es más efectivo que solo llorar, porque además puede dar detalle de sus deseos y el adulto no tiene que estar adivinando.

Tendría, necesariamente, que existir una asociación de parte del cerebro entre encontrar ventajas y conocer los porqués de algo, y es muy probable que dicha asociación se quede con nosotros, acompañándonos el resto de nuestras vidas, a lo cual llamaríamos “curiosidad natural”. Conocer es el trabajo y sacar ventaja de ese conocimiento, el premio. Tras tomar buenas decisiones se crea una sensación de satisfacción a la que el cerebro puede hacerse adicto, y para tomar buenas decisiones sabemos que es de vital importancia conocer lo más que podamos sobre el tema que ataña. Todo esto desarrollaría la necesidad de conocer, esa insaciable hambre de detalles que en algunos, incluso, puede llegar a parecer exagerada.

¿Qué pasaría si ya no tuviéramos la necesidad de decidir? Pasaría que no habría, tampoco, necesidad de conocimiento, después de todo ya no habría provecho en conocer, lo que implica menos trabajo y más tiempo para la ociosidad. Es por ello que las recetas de motivación y guías de conducta baratas y sencillas son tan exitosas, tanto como lo es una filosofía básica que no ahonde en los porqués de las cosas, así como una religión que dicte cada paso que sus seguidores deben dar, ya sea por doctrina o por fe ciega en el representante humano que tengan como cabeza.

Cuando tienes una receta que te ayuda a decidir o una excusa para no ser responsable de la decisión que tomas, no es necesario el conocimiento, es necesaria solo la acción acorde a lo dictado por otros, con lo cual la conciencia encontrará paz, que puede, en ocasiones, dar la sensación de felicidad, aunque no sean lo mismo.

Conocer detalles de cómo es y qué pasa en el proceso de alimentación ha permitido que conozcamos sobre las propiedades de los alimentos, sus beneficios y los daños que unos y otros pueden causarnos. Pero pasa, cuando se adopta una filosofía como: “Lo importante es el interior de las personas y no cómo se ven” —qué a todas luces es una filosofía sencilla y sin profundidad—, que se toma como excusa para entrar en abusos y comodidad, olvidando que no solo es cuestión de apariencia, sino también de salud. Si siguiéramos pensando que la apariencia no es importante, tal idea debería formar solo una pequeña parte de un cúmulo de ideas que formen una filosofía completa e integral, la cual ayudaría a tomar mejores decisiones, so pena de que nunca hay garantías de que se acertará.

Más que el recitar citas interesantes, conocer sobre cierto tema o tener una memoria privilegiada, consideraría como un verdadero rasgo de inteligencia el hambre de conocimiento, porque es una pista importante para determinar de qué forma se maneja una persona.

Nuestro cerebro suele ser muy “buena gente” con nosotros. Nos da sensaciones que podemos confundir con facilidad y sospecho que lo hace apropósito. De ahí que la tranquilidad la podamos ver como felicidad, a la ilusión como amor o al conformismo como realización.

Imagina a una persona imitando la forma de ser o el accionar de otro, porque fue lo más fácil que encontró o porque quedó deslumbrada con el éxito o el reconocimiento que ésta alcanzó. El cerebro le puede estar haciendo creer que fue ella misma quien decidió ser o actuar de esa misma manera, y se sentirá bien consigo misma, e incluso confiada en que los resultados que obtendrá serán los mismos. Pero si no razonó, si no analizó, si no vio los pros y los contras, si no se tomó el tiempo de analizar la otra situación en todo su contexto y no considera el apego a la realidad de aquel individuo o de aquellas acciones, solo se estará engañando. Conceptualmente es cierto, si uno decide imitar, al final del día es una decisión tomada por el individuo, pero sería una muy cuestionable si le ponemos la lupa.

Saludos

Entre kale, quinoa y malas ideas

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Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ir a comer a un restaurante que hace las veces de McDonald’s para gente saludable, o de la gente que queremos perder esas libras de más que, con sobrado descuido y harta facilidad, se ganan. Un sitio de comida rápida, en donde usan ingredientes que se ufanan, todos ellos, de ser saludables. Sobre mi mesa habían puesto una sopa que, entre otras cosas, llevaba fideos de arroz –porque todos odiamos y amamos los carbohidratos–, zanahoria y champiñones.

A los pocos minutos de estar enfriando la sopa, porque estaba muy caliente y poco de ella había logrado probar, entraron al lugar seis personas que, calculo, estarían, todas ellas, en un rango de entre 24 y 55 años de edad. Cinco de ellas eran mujeres de corte y el caballero que las acompañaba –calculo un joven de unos 30 años–, parecía hijo de una de ellas y hermano de algunas otras (En ningún momento dio muestras de afecto que me hiciera pensar que su pareja sentimental le acompañaba). Llevaban con ellos varias bolsas de papel, seguramente de las compras de ropa que habían realizado, y una cara de desconcierto que asustaba, mientras leían el menú. No fue poco el tiempo que tardaron en escoger sus alimentos, y es comprensible, entre la fiesta de sabores que ofrecen elementos como la mostaza-miel, la quinoa, las aceitunas kalamata y los edamame, no es fácil escoger.

Mi primera reacción fue adivinar que habían entrado al lugar esperando que vendieran hamburguesas o algo frito, la segunda fue considerar una pena que estuvieran por gastar dinero en algo que, estaba seguro, no les iba a ser de agrado.

Mientras terminaban de decidir, a mí me fue entrando un sentimiento de culpa que solo de lejos amenazó con quitarme el apetito. Se me despertó–por más esfuerzo que realizo por mantenerlo noqueado– el amigo éste al que llamamos conciencia y que solo se despierta para fastidiar.

¿De qué cuenta –pensé– tengo que ponerme a meditar en la circunstancia que ellos están atravesando? ¿Por qué, si no tuvieran esa ropa, ni siquiera me preocuparía en voltearles a ver dos veces? ¿Por qué dar por sentado que la experiencia para ellos será mala? Después de todo, sus paladares pueden aceptar gustosos lo que están por ingerir o, por qué no, pudiese ser que habían decidido cambiar de régimen alimenticio. Fuera lo que fuera, nada me constaba y yo solo me hacía un nudo de ideas en la cabeza, contra el que peleaba incesante por salir bien librado.

* * * * * * * * *

Veía un video en Facebook, producido en Guatemala, que procura explicar lo que es una república, o más bien, cómo sería Guatemala si fuera una república. El mismo suele tener buenos comentarios, aunque no todos, lo que habla de una buena realización y –lo digo con esperanza– parece estar concebido como una buena idea. Dentro de esos mismos comentarios leí uno que decía que el video estaba bien, pero que era una lástima que no mencionara a los pueblos indígenas, que debería ser más incluyente, porque somos un pueblo multiétnico, multicultural y multilingüe. Mi reacción inmediata, como cuando se busca el vaso de agua después de dar la mordida a un chile “diente de perro”, fue responderle que no es necesario estar aclarando para no ofender a las personas, que Guatemala somos todos, “tan sencillo como eso”.

Mi comentario ganó algunos likes y ninguna respuesta, pero sostengo que, en efecto, deberíamos dejar atrás todas esas ideas de inclusión que, lejos de beneficiar, nos separan.

* * * * * * * * *

Tuve la suerte de que las seis personas se sentaron en una mesa que me quedaba al frente. Pude entonces observar cómo manipulaban dos Samsung Note y un iPhone Plus –fueron los únicos que alcancé a ver–. Pareció que el dinero no era un problema y, después de todo, concluí, tiene derecho, como lo tenemos todos, a probar cosas distintas, a equivocarse de restaurante o a gastar en uno que no guste. Tanto como tengo derecho en equivocarme al analizar una situación.

Reconocer diferencias culturales, de costumbres y de tradiciones, no es racismo. Pensá que cada individuo, como tal, es diferente a la persona que tiene al lado, por lo tanto, pregonar que existe la diferencia no puede ser, desde ningún punto de vista, algo malo. Solo pasa que entre razas hay diferencias que son muy marcadas, pero las tales de ninguna manera arrebatan su condición de ser humano –con las correspondientes obligaciones y derechos– a nadie. Lo que por el contrario sería un terrible error sería pregonar superioridades, proclamar inferioridades o divulgar variantes en capacidades, basado en nada más que la raza.

Los rostros de un par de ellas, cuando probaron la comida, no tuvieron precio, así como supongo no lo tuvo el mío cuando el hombre alzó la mano batiendo un billete de Q100, y con voz fuerte le dijo a la señorita que los atendió: “Seño, tráiganos otra sopa de verduras”.

Saludos

Límites

IMG_20150423_173939Existe algo de lo que los seres humanos, irremediablemente, estamos rodeados, quizá muchas veces sin percatarnos de ello. Nuestro día a día y nuestro actuar se rodea de límites.

La palabra “límite” por sí misma, me parece fascinante. Dentro de sus definiciones se encuentra que puede ser una línea real o imaginaria; que representa un grado máximo o el tope de algo; y dice también que es un punto que no puede rebasarse, pero… imaginario o real, todos tenemos muy claro lo que un límite es, y una definición que incluya un “no poder” está en total contradicción con lo que solemos decir de “superar los límites”, “traspasar tus propios límites” y demás frases por el estilo.

Éstos existen de forma natural, como el hecho de que difícilmente vivas hasta los 150 años, que no se puede ingerir más de cierta cantidad de alcohol a no ser que la persona quiera morir—algunos hablan de 400mg de alcohol por cada 100ml de sangre—, o que no podrás, por mucho esfuerzo que pongas, correr 100 metros en menos de dos segundos —el record actual está en los 9.68 segundos—. Los hay impuestos por las leyes y reglamentos que pretenden ayudar a la coexistencia en sociedad. Existen los que dicta la moral, que son los que te dicen que no debes llevarte los Post-It de la oficina o que no conduzcas en una calle en contra de la vía, aunque lleves mucha prisa. Y los establecidos por la capacidad de cada quien en todo tema, que es lo que evita que todos juguemos al fútbol como Messi o que tengamos el cerebro de Larry Page —¿te vas a quedar con la duda de quién es Larry?—.

El problema grande con los límites es cuando uno trata de manipularlos, ya con buenas o malas intenciones, eso no importa. Los límites, en muchas ocasiones, despiertan la creatividad de las personas, y parece que pocas cosas son tan satisfactorias como, a pesar de todo, que alguien se salga con la suya.

Hace ya algunos meses en Uruguay se legalizó el consumo de la marihuana, estableciendo límites para su consumo. Grave error. Los gobiernos, históricamente, son pésimos estableciendo límites para el comportamiento de los ciudadanos, principalmente cuando el asunto en cuestión atañe exclusivamente a la persona y su derecho de hacer con ella misma, lo que le plazca.

Para empezar, el gobierno se hizo de la producción y venta del Cannabis, lo que significa que ellos serán el monopolio de ese producto, y la existencia de un monopolio irremediablemente crea la existencia de un mercado negro. Cierto es que una buena cantidad de gente preferirá la vía legal, pero si existe otra oferta del mismo —o mejor— producto y a más bajo precio, también muchos se inclinarán por esa opción. Lo mejor era dejar que empresas de distribución se discutieran el mercado, ofreciendo mejores productos a mejores precios.

No obstante lo que más me asombra es lo que se obtiene de la norma:

“Los ciudadanos o residentes del país mayores de 18 años, previo registro, podrán adquirirla en farmacias autorizadas (hasta 10 gramos por semana), con una tenencia máxima de 40 gramos; del mismo modo están permitidas hasta seis plantas y un máximo de 480 gramos por cosecha al año, se podrá cultivar en clubes con membresía (con mínimo de 15 socios y un máximo de 45) Asimismo se podrá cultivar también con fines científicos y de uso medicinal.”

Primero, pocos querrán estar registrados, lo que parece una excelente oportunidad para que a quien no le importe estar registrado y que no consuma marihuana, pueda vender la que obtenga a un “mejor” precio, para hacerse de unos pesos extra.

Segundo, no faltará quien, haciendo un favor, decida regalar sus 10 gramos semanales a alguien que desee consumir más, lo que significa que no mantendrán limitado al consumidor.

Ya quiero ver —en serio, deseo enterarme— en cuánto le va a salir al gobierno la inversión en el equipo de personas que estará a cargo de supervisar la cantidad de plantas que una persona puede tener en casa.

El gobierno de Uruguay hizo un buen trabajo desatanizando el uso de la marihuana, pero hizo uno muy malo estableciendo la forma. Yo lo que veo es el deseo de hacerse de un buen ingreso a las arcas del estado, no el deseo de terminar con el problema, no del consumo de esa droga, sino de los problemas que lo rodea, gracias a la ilegalidad. Ahora es permitido, pero poco, las tribulaciones podrían continuar para quienes deseen consumirlo “mucho”.

De tal, cada vez que pienses que la solución a un problema es que sea el Estado quien lo regule, piénsalo dos veces. La libertad y que la función del estado sea proteger la misma, de los abusos de terceros, siempre será una mejor opción.

Saludos

PS. Cuando un límite se sobrepasa no significa una contradicción del concepto, solo significa que el límite fue mal establecido, que perdió validez en el tiempo o que por ignorancia se tomó como límite algo que no lo era.

A toda velocidad

Carretera de nocheVeníamos a toda prisa en un auto bastante moderno. Era palpable la tecnología que hacía que el auto se pegara al asfalto en cada curva que tomaba. No recuerdo la marca, solo recuerdo que era gris y deportivo. La carretera estaba vacía y bien alumbrada. Entonces apareció una curva que el auto no tomó bien, era inminente que nos saldríamos y caeríamos al vacío. Me sujeté lo más fuerte que pude y pensé: “Esto es todo, así llega mi final”. No hubieron recuerdos, ni me pasó la vida completa por la mente. Fue solo experimentar un vacío y ver la obscuridad que nos esperaba, antes de encontrar el fondo de aquel abismo.

Antes, hace años, solía soñar, a menudo, con un vuelo. Era un avión grande y yo llegaba a despedir a familia o amigos que se iban. Nunca era yo quien partía, sino eran los otros quienes llevaban consigo la incertidumbre del tocar tierra en un destino nuevo. Yo me quedaba con esa sensación desagradable de ver que para mí no había otra cosa más que lo mismo de siempre.

Los sueños no significan nada. No se les puede traducir, no tienen objeto alguno, ni tienen que ver con algo que nuestro yo interno desee, sin que seamos conscientes de ello. No lo digo por estudios que haya leído (aunque lo he hecho), lo digo por evidencia. No son premoniciones, porque una casualidad —muchas veces forzada— no es prueba alguna de esa “capacidad mágica” de ver el futuro. No importa cuánto alguien quiera creerlo. El mundo, si se anticipara su destino, sería otro muy distinto al que conocemos —No es lo mismo saber el futuro, que anticipar una probabilidad o un golpe favorable del azar—. El cerebro, nuestro verdadero “yo” —ese que nos hace creer que somos la idea que tenemos de nosotros mismos—, descansa de una forma extraña. Juega con recuerdos, ideas e imaginación. Y el ocurrente, en ocasiones, nos pone al mando de un auto deportivo para que lleguemos a salirnos de la carretera, y obligarnos a despedirnos de esta hermosa experiencia de existir. A la fecha, calculo, he de llevar unas doce despedidas, casi todas iguales. La diferencia fue que anoche, por primera vez, yo no llevaba el volante.

Les ofrezco una interpretación de mi sueño:

Seguramente me están diciendo (quien quiera que sea, de acuerdo a la creencia de cada quien) que uno tiene una parte del control de la vida, pero que en ocasiones ese control hay que cederlo. La carretera es la vida, las curvas las vicisitudes que hemos de enfrentar —que algunas libraremos, hasta que llegue una que no—, el piloto —que en esta última ocasión, como curiosidad personal, era mi hermano— las personas que nos rodean y que cambian circunstancias o hacen cosas que nos afectan. El accidente es el súbito final de nuestra existencia. Y, claro está, el que sea un sueño, no es si no el recurso de seres que están más allá de nuestros sentidos y de nuestro entendimiento, para darnos la oportunidad de entender y aprovechar el regalo de la vida, si decidimos creer.

A todo se le puede encontrar un significado. Todo puede tener un sentido más allá del real, si así decidimos creerlo. Cuando alguien cuenta una historia que parezca sorprendente, solo hay que razonar sobre ello tres minutos —con dos alcanza, pero con tres es más seguro, sobre todo si no hay práctica.

La vida es sorprendente por lo que es y no por lo que queremos creer que es. No necesitamos inventar maravillas, aunque no haya mala intención en hacerlo.

Por mi parte, me alegra el haber dejado de soñar con aviones que me dejan. Y espero verme a toda velocidad en un auto deportivo, manejando por carreteras vacías, de noche. Solo deseo que en las siguientes ocasiones sea yo quien lleve el volante. Es distinto ver el vacío cuando se tiene un volante enfrente, a cuando solo es un vidrio.

Saludos