También opino sobre Masonería

Masoneria

Mis primeros cheques de sueldo venían acompañados de un elegante voucher y carente de la sensación de pertenencia que yo supuse habrían de tener.

Tuve mi primer trabajo oficial en el mismo lugar que realicé mis prácticas y como era menor de edad los cheques tuvieron que salir a nombre de otra persona. Pasados unos meses y conforme se acercaba el momento de recibir el primer cheque con mi nombre escrito, la emoción y el estrés iban en aumento. La emoción porque finalmente sería considerado como un adulto, aunque era consciente de que los adultos, los de verdad, se burlan de los que recién empiezan a serlo, y porque iba a ser dueño de mi primera chequera –Ser adulto es una cosa, pero iniciar esa relación de amor/odio con una entidad financiera te pone en otro nivel–. El estrés se debía a que la firma que hasta entonces había practicado parecía la de un patojo que hubiese inventado una, un par de horas antes. ¡Horrible! ¡Carente de personalidad!

En aquel entonces ostentaba el merecido título de “Cristiano Rematado” y valga decir que lo hacía con orgullo. Inconsciente de lo trascendental de la firma, no comprendía que es algo que te ha de acompañar por el resto de tus días y si en algún momento llegas a ser famoso, tendrá que ser expuesta al escrutinio público. Por eso decidí, con mal tino, incorporar dentro de ella letras y símbolos que dieran cuenta de mi exagerado fanatismo. Así una J y una cruz, por mencionar solo algo, terminaron por hacerse notar entre mis garabatos.

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De un tiempo a acá un par de personas me han estado comentando e invitando a adentrarme en el mundo de la masonería. Yo, que bastante curado quedé de todo aquello que represente anteponer la fe a la razón, no le encuentro un camino accesible.

La masonería, concluyo, hace uso de tres cosas que atraen mucho al ser humano, precisamente para ganar adeptos.

Una de ellas es la atracción por todo lo oculto, que, más allá de ser acusados de prácticas ocultistas que suponen cosas como la adoración a Satanás o la creación de conspiraciones para dominar la forma en que el mundo ha de funcionar, promueve el dar pasos hacia el conocimiento a cambio de ir rindiendo la voluntad. La estratagema es sencilla: es normal que nos sea atractivo todo aquello que no conocemos, pero como desconocemos que exista, es la posibilidad de conocer de la que nos enamoramos.

La segunda es nuestra necesidad de sentirnos especiales, y todos nos sentimos especiales si somos los elegidos, da igual que sea para jugar un partido de fútbol en la cuadra o para pertenecer a algún tipo de secretismo organizado, la diferencia no es mucha. Ser elegido te pone en un nivel superior a muchos otros. Y toda persona, desde que realiza el primer ritual para entrar a la masonería, es presentada, lo cual significa que desde el inicio fue escogida, no llegó por cuenta propia.

La tercera es las muchas coincidencias que se utilizan como pruebas de la constante intervención de los masones a lo largo de la historia.

Contra los dos primeros puntos es muy fácil argumentar. Cualquier práctica que tenga como requisito el uso de la fe utiliza el conocimiento, así sea de cosas erradas, para dar algo que comer a sus adeptos. Y tal conocimiento, al ser poseído por una persona la hace sentir que pertenece a algo y que fue escogida para ello, tanto porque tuvo acceso a esa información como porque “la entendió”.

Asuntos circunstanciales como el hecho de que la mayoría de masones sean exitosos o que ellos estén constantemente entrometidos en asuntos importantes de política se explica de manera sencilla: una de las consignas de los masones es ayudarse entre hermanos. Si un masón tiene que hacer negocios y busca a alguien que le provea materiales y resulta que hay otro masón que puede hacerlo, por “obligación” o por “moral” tendría que acudir a ella, cosa de ayudarla, con lo que el negocio del segundo se ve beneficiado al ser descartadas posibilidades que estén fuera de la hermandad. Quizá no siempre pasa pero es muy probable que los creyentes de hueso colorado decidan portarse lo mejor que puedan con los suyos, después de todo ser bueno es parte esencial de ser masón.

También pasa que si son exitosos seguramente tienen capital, si tienen capital seguramente apoyarán causas políticas, y al político que quiere hacer carrera le es muy conveniente jugar con masones o jugar a los masones, con ambas posibilidades ha de funcionar.

La probabilidad de que un masón sea una persona que alcance cierto renombre es importante. Después de todo hablamos de personas que pasan pruebas intelectuales y que son movidas por el deseo de conocer, algo que nos viene faltando mucho a la humanidad. Pasa que personas con intereses y gustos comunes, se juntan y de ahí que se obtengan buenos resultados.

Se dice que Bolívar fue masón y los masones lo sostienen con orgullo. No hay evidencia de que lo fuera, de lo que hay evidencia es de que asistía a una logia que tenía la misma característica que la masona. Pero nunca queda mal tener a Bolívar en el equipo de uno. Esto pasa mucho con diferentes figuras famosas –en especial con aquellos que no pueden desmentirlo– porque siempre es mejor formar equipo (ser hermano) de gente famosa.

En la arquitectura no se dejan cosas al azar. Todo mantiene simetría y equilibrio. Y, seguramente pueden trazarse infinidad de figuras geométricas, incluyendo cuadrados, y por tanto triángulos y ángulos de noventa grados (los que se forman con la escuadra y el compás), por infinidad de mapas de distintos lugares. Sorprenderse por las “coincidencias” arquitectónicas de fundadores de patrias o de personas que hicieron historia no tiene mucho sentido.

Tampoco tiene sentido maravillarse por el ojo que aparece en un billete o el búho usado en tal o cual monumento. Si yo hubiese estado envuelto en el mundo de la masonería seguramente no hubiera querido incluir una J y una cruz en mi firma, sino que hubiera diseñado un par de ángulos de noventa grados que simbolizaran la pirámide, el compás, la escuadra o algo que tuviera que ver con el arquitecto del universo. Y, en efecto, lo mismo hicieron ellos, lo mismo hacen y lo mismo seguirán haciendo.

Los 33 orientales fueron una casualidad o la intencionalidad de un masón que sabía (todos lo saben) que 33 es el grado máximo en la masonería. Solo eso.

Que el dios cristiano no permitiera antes la inclusión de la mujer en funciones pastorales y ahora sí, y que el arquitecto del mundo no permitiera mujeres en la masonería pero ahora sí, da cuenta clara de que a todos estos creadores los inventamos nosotros… Eso o que el creador cambió de opinión y es el mismo con distintos nombres… O que todos los dioses se pusieron de acuerdo. ¡Qué entrevero!

Si, como muchos aseguran, la gran mayoría de presidentes de México han sido masones y el vox pópuli asegura que todos los presidentes de aquel país han sido corruptos, no cabe duda que hay algo que no funciona bien en la masonería y tampoco cabe duda que yo tengo la dicha de no haber dejado evidencia de masonería ni de mi cristiandad en mi firma–porque la cambié a tiempo–, y la dicha de contar con la posibilidad de llegar a ser una buena persona, de llegar a ser un hambriento de conocimiento, de llegar a estar dispuesto a ayudar y de llegar a alcanzar éxito, intacta. Y lo que es mejor, todo ello sin necesidad de seguirle el rollo a nada ni a nadie, por muy solemne que se vea.

Saludos

PS. Según un documental de NatGeo se cuentan por decenas de miles los masones, por tanto no es de extrañar que conozcas a alguno, ni que anden por doquier, incluyendo momentos, lugares y eventos claves de la historia.

A qué me refiero cuando hablo de tontería

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Cuando te subes por primera vez a un avión, aparte del poco o mucho nerviosismo característico de vivir la nueva experiencia, pasa, irremediablemente, que procuras prestar atención a todo cuanto te dicen. Dudas si estás en tu asiento asignado, procuras no molestar a nadie o hacerlo lo menos posible y prestas rigurosa atención a las instrucciones de las medidas de seguridad que aeromozas o, cada vez más seguido, aeromozos te dan, acompañados del video respectivo, y buscas la salida del avión más cercana a tu lugar por si se presenta alguna emergencia, como te indicaron que hicieras. Conforme pasan los vuelos que tomas, tal atención se va perdiendo. Yo, por ejemplo, que no he volado tanto, ahora entro con audífonos escuchando música, coloco mi maleta en su sitio, tomo un libro y me pongo a leer mientras todos se acomodan, al menos hasta que el sueño me gane, cuando me gana. Tal serenidad permite ser más observador, ya no de las instrucciones y de lo que el vuelo como tal representa, sino de la gente, sus modos, sus prisas, sus gestos –a veces de temor–, y de sus acciones: reclamos porque no hay sitio para la maleta, equivocaciones en los asientos asignados, gente que se pone a leer, los que no sueltan el celular y las redes sociales, los que sacan su Laptop o Tablet para hacer los últimos ajustes al informe que han de presentar, los que utilizan algún dispositivo para jugar o aquellos que llevan su libro cargado de Sudokus, para verse intelectuales, porque los crucigramas ya pasaron de moda.

Por cultura general casi todos sabemos que el momento de más riesgo en un vuelo es el aterrizaje. El capitán –hay de aquel que se refiera e él de otra forma– avisa con bastante tiempo de anticipación que comienza el descenso, pide que se abroche el cinturón de seguridad y solicita a todos que se apague cualquier dispositivo electrónico y en el caso de celulares, que se apaguen o se active el Modo Avión de los mismos. Acá, inevitablemente, no puedo evitar sonreír por las tonteras que muchas veces nos caracteriza a los seres humanos.

El argumento más popular es que las señales de dispositivos como las Laptos, Tablets y principalmente celulares pueden interferir con los instrumentos de navegación y causar un desastre. Considerando que al área de pasajeros del avión no te dejan subir ni un cortaúñas o una pinza, y que te quitan hasta los zapatos para garantizar que no cueles nada, es difícil creer que la seguridad de, por ejemplo un Boing 727 con 180 pasajeros y 7 tripulantes, dependa de que todos y cada uno de ellos acaten la instrucción sin que nadie supervise su cumplimiento. Luego en la conferencia de prensa dirían algo tipo: “La caja negra arrojó que el pasajero del 22C no activó el Modo Avión en su celular y nuestra línea aérea lamenta el triste deceso de las 180 personas que confiaron en nosotros como transporte y el de nuestros 7 trabajadores que no hicieron cumplir la norma”.

Por otro lado, nunca falta, porque me dedico a buscarlo, quien en un acto de rebeldía suicida, decide que lo que está haciendo en su celular es más importante que cualquier instrucción o medida de seguridad que el capitán sugiera. La foto, el sudoku o contemplar el indicador de WiFi y señal telefónica sin recepción alguna, supongo, vale el riesgo. O acaso es que son amantes de la adrenalina y siempre será más exquisito un aterrizaje en artera desobediencia.

Yo por mi parte no entiendo ni a unos ni a otros. A unos por absurdos, a otros por necios. A unos por extremistas, a otros por despreocupados. A unos por solo aparentar ser responsables, a otros por creerse los dueños del mundo.

Y es a eso a lo que me refiero cuando hablo de tontería: a esos sinsentidos que hacemos o no hacemos, por puro capricho y nada más. Cada que la justificación de una acción es un “porque sí”.

Saludos

PS. En el último vuelo que hice de Guatemala a Costa Rica se les pasó en mi maleta de mano una navaja Victorinox y el avión tampoco se cayó. Luego tuve que tirarla en el aeropuerto de Costa Rica, porque ellos sí la notaron y yo no recordaba que la llevaba.

Seamos egoístas

Charco

Los charcos en el pavimento que quedaron como vestigios de la lluvia que acompañó las horas de la tarde, reflejan la escasa luz que recibe de una tímida luna que apenas se deja ver y de unos faroles viejos que la municipalidad mantiene olvidados. Manuel, contento, conversa con varios en una esquina de aquel barrio que hace tantos años les vio crecer, desentendido de su mujer y sus tres hijos que pasan el tiempo adentro de la casa y con la familia del amigo aquel a quien decidieron ir a visitar. En un santiamén un cúmulo de sonidos lo pone en alerta: escucha unos pasos presurosos, el grito de una mujer y el sonido de un motor que se va aproximando. En milésimas de segundo se da cuenta de la situación y sin pensarlo se lanza por la niña que está cruzando la calle. El tiempo es demasiado corto y sabe que no podrá cargarla, así que solo alcanza a empujarla. El esfuerzo de los frenos del auto es insuficiente y el timoneo del piloto, inútil. Manuel sale elevado varios metros y queda tendido a media calle. La niña, atormentada por los raspones y la incertidumbre, es abrazada por la madre, mientras todos corren: unos a llamar a los bomberos para que auxilien al caído, otros a llamar a su mujer y los otros a rodear el cuerpo, sin saber qué hacer.

Han pasado semanas desde aquel lamentable incidente. Manuel estuvo en coma todo ese tiempo, mientras los pocos ahorros de la familia se desvanecían, por lo cual decidieron trasladarlo a un hospital público, pero algo salió mal en el proceso y no llegó con vida. Ahora Sofía carga con el peso de la responsabilidad de su casa, con la obligación de alimentar y educar a aquellos niños  y con el peso de tener un esposo héroe, muerto.

Sofía, quien no trabajaba, se vio en la necesidad de conseguir empleo en una fábrica, pero su sueldo y las horas extras no era lo suficiente, por lo que Santiago, su hijo mayor, tuvo que dejar los estudios y dedicarse a ayudar con lo que pudiera. Solo los pequeños siguieron estudiando, pero ahora en escuela pública, tras perder la casa que estaban pagando y mudarse al cuarto de una vecindad, en una zona lejos de donde sus sueños se tejían.

Manuel desde pequeño había aprendido que era más importante pensar en los demás que en sí mismo.

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Hace algunos días leí un comentario en Facebook que me pareció harto interesante:

“Este país necesita de más personas que dejen de lado sus intereses personales y se tomen un momento para pensar en los demás.”

Esta idea, tan enraizada en nuestras culturas, no es bien aplicada, ni bien entendida.

Primero, si analizamos la ficticia historia de Manuel, podemos darnos cuenta de la mala decisión que tomó. Si bien es cierto salvó a una niña de un accidente o de una muerte, él no sabía quién era, ni cómo era su vida y, como todos, tampoco quién llegaría a ser cuando fuera grande. Su apuesta fue solamente por hacer el bien al prójimo. ¿Cuál fue el precio? Dejar solos y sin nada a su esposa y a sus hijos ¿Por qué la vida de una desconocida vale los estudios de Santiago? ¿Qué necesidad tenían de cambiar por completo sus planes y la proyección que tenían sobre sus vidas? ¿Por qué Manuel en ese momento no pensó en las personas que le son más importantes y estuvo dispuesto, no a sacrificarse él, sino a sacrificarlos a ellos a cambio de un aplauso o una nota en algún periódico? ¿Valdría la pena que nosotros, quienes somos responsables y nos preocupamos por otros, nos olvidemos de ellos en momentos fatídicos?

La historia, claro está, procura dramatizar esos momentos de desprendimiento propio y enfocarse en las consecuencias de una decisión. Quizá algunos aplaudan el honor, el valor y el heroísmo. Yo aplaudiría el coraje para poner siempre primero a los que ocupan los primeros lugares en nuestras vidas. Y esto me lleva al segundo punto.

La misma cita es usualmente interpretada como una frase que transmite bondad y que eleva la calidad moral de aquellos quienes están de acuerdo con ella, pero en realidad es una de las frases más egoístas que existe. Bien interpretada, y no a la ligera como solemos, es de gran valía.

Demandar que los demás olviden sus asuntos personales y que se fijen en lo que conviene a todos es quitarle el derecho a las personas a su individualidad, arrebatando el poder decidir lo que para ellos es más importante, obligando, de forma moral, a anteponer el derecho al bienestar de los otros. Por tanto “Yo he de ser lo que se espera de mí y no lo que yo quiero ser”.

Por el contrario, bien interpretada la idea, establece que hay que prestar atención al bienestar de los demás, en el entendido de que si los demás están mejor, es muy probable que yo esté mejor. Si la gente no tiene necesidad o no puede robar, yo podré andar tranquilo por la calle. Si los demás tienen mejores ingresos, podrán gastar dinero en los productos o servicios que yo ofrezco para sobrevivir. Y la lista de ejemplos podría continuar.

Egoísmo mal entendido: Debes ser lo que los demás esperan y poner tus cosas personales después del interés común.

Egoísmo racional: Es altamente conveniente para mí y para los míos, que todos estemos cada vez mejor.

Nos hemos cansado de escuchar la frase “La familia es la base de la sociedad” y la repetimos porque la aprendimos allá por segundo primaria, pero no es cierto. La base de la sociedad es el individuo. Si el individuo está bien, las familias lo estarán y las sociedades también. Y es por esta causa que no puedo estar de acuerdo en que hay que anteponer el bienestar de otros por sobre el de uno. Si cada uno se preocupa por sí mismo, la suma nos da como resultado una sociedad con bienestar.

Mi conclusión:

Este país necesita personas que dejen de buscar el beneficio personal a base de perjudicar a otros y que se esfuercen en usar la racionalidad para sumar, con sus actos individuales, al bienestar de todos.

Saludos

PS 1. Dar la vida a cambio de la de una niña desconocida puede ser el valor más alto para alguna persona, y eso está bien, siempre que sea una decisión racional y personal, y siempre que, en la medida de lo posible, no sea una contradicción hacia nuestra propia escala de valores.

PS 2. ¿Qué si fuera nuestra niña? No podemos ir por la vida cargando la responsabilidad del cuidado de los nuestros a los demás, ni la culpa de nuestros descuidos. Es obligación nuestra.

Me gusta el Mc Día Feliz pero no compro el Big Mac

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Como todos los días, se presentó con su tono altanero que intentaba disimular tras unos anteojos obscuros que no se quitaba por ninguna razón, sin importar el lugar en donde estuviera, y tras su tendencia a saludar a todos con exagerado respeto, sin importar el nivel jerárquico que cada uno poseíamos dentro de la organización. En la mano llevaba un libro y se dirigió directo y con celeridad a mi lugar. Lo extendió hacia mí y me dijo: “Este es mi álbum del mundial”. Unos días atrás, en medio de la emoción que se vivía porque estábamos por vivir la fiesta del Mundial de Francia 98, habíamos estado hablando de la colección de estampas. Yo comenté que desde el 90 hasta esa fecha no había comprado el álbum de los mundiales de futbol, por un tema de recurso monetario y no de deseo, porque siempre me han gustado. Su libro era una colección de fotografías de los jugadores por equipo, con historias, datos estadísticos y curiosos y fotografías de excelente calidad de los estadios que se usarían para el evento. No había necesidad, me dijo, de estar luchando por coleccionar algo, cuando de forma más cómoda se puede obtener lo mismo y con mejor calidad.

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Iba sobre la rambla en Montevideo de regreso al hotel, cuando vi pasar un bus del servicio de transporte público y observé que a un costado tenía publicidad del Mc Día Feliz que se celebraría en pocos días. Para cuando pasó ya no estaba allá, así que no sé si vive con la misma enjundia que se vive acá; desconozco si allá, como acá, se hace tanto tráfico por las largas colas que se forman para comprar en el autoservicio o por intentar conseguir un parqueo para poder interactuar, aunque sea con una sonrisa, con algún personaje famoso de la farándula; ignoro si los famosos de allá están obligados, como los de acá, a participar porque si no “queda muy feo el no mostrar que se tiene buen corazón”; tampoco sé si por la demanda, como pasa acá, en ese día suele comerse el peor Big Mac del año. Y no tengo idea si la gente presume, discute y se pelea por estar a favor o en contra de la actividad que McDonald’s realiza, como en Guatemala pasa. Lo que sí sé es que es una fórmula que a la cadena de comida rápida le funciona y, cuando se le ve sin prejuicios, uno tiene que admirar el poder de mercadeo y la forma de hacer negocios de estas compañías.

No voy a discutir si hay ahorro de pago de impuestos o si es una estrategia de posicionamiento de marca. Lo que admiro es cómo hacen uso de esa necesidad de los seres humanos de sentirnos útiles para algo, con tal de cumplir con una meta, cualquiera que ésta sea. McDonald’s no está pidiendo que se regale dinero para obtener como premio la satisfacción de dar, ellos están dando un producto a cambio, por lo que solo se trata de una transacción de compra y nada extraordinario hay en ello.

He leído de gente que compra aunque no le guste el Big Mac, de gente que se come hasta tres y de gente que los regala, porque “todo es por una buena causa”. La gente comparte, se siente contenta, se siente colaboradora y satisfecha con su buena acción y… tienen derecho a estarlo. Después de todo hay niños beneficiados con el programa de McDonald’s. Cierto es que existen muchas otras formas de ayudar, de lugares que aceptarán beneficencia y colaboración sin chistar, aunque no den nada a cambio, y quizá la satisfacción pueda ser mayor, pero ésta es una forma fácil de hacer que la gente se sienta útil, complacida y contenta. Y de paso ganan todos.

A los críticos más fuertes no los imagino negando un programa como ese, que les mueva tanto su marca, que los posicione en la mente y qué hablar de tanta gente, que ayuden a personas o niños necesitados y que queden como unos héroes, porque “eso es engañar a la gente”. Cualquiera que de un 20% de descuento en la mercadería que vende tendría que aceptar que su margen de ganancia puede ser reducido, al menos en un porcentaje y que juega con la gente, o le miente, para sacar un beneficio extra y no es así, las ofertas y programas son solo parte del comercio. ¿Cómo pueden criticar a McDonald`s, que es una empresa privada, por hacer mercadeo y crear actividades que les beneficien cuando ellos existen precisamente para ser rentables? La única diferencia, quizá, es que la del restaurante es una forma de comercializar admirablemente exitosa.

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Yo no compro Big Mac porque odio las colas y porque no me siento útil aportando esa cantidad de dinero, pero en cambio volví a comprar álbumes de estampas para los mundiales, ahora que, a diferencia de aquel 1998, he podido pagarlos.

Podría pensar que Panini (la empresa que comercializa los álbumes de estampas de los mundiales, entre otros) hace complicado algo que debería ser fácil, y qué juegan y le mienten a uno cuando hay estampas que salen muy poco. Podría pensar que se deberían dedicar a hacer libros y que dejaran de abusar de mi deseo de coleccionar, ese que nos es tan natural a algunos seres humanos, pero no lo hago porque realmente disfruto comprarlos.

Pensando un poco en ello llegué a la conclusión que coleccionar un álbum de estampas de jugadores de fútbol tiene que ver con formar parte de ese grupo de apasionados por el fútbol y de ese evento tan esperado que es el mundial; tiene que ver con ser parte de la diversión y euforia del momento, porque hay gente que lo colecciona a la que ni siquiera le gusta ese deporte; pero sobre todo tiene que ver con plantearse un objetivo (llenar el álbum) y cumplirlo (esa satisfacción que da cuando se pega la última estampa es muy agradable).

Por mi parte seguiré, cuando pueda, comprando el álbum cada cuatro años y admirando cada año, mientras dure, la capacidad que tienen empresas como McDonald’s para hacer mercadeo del bueno y no consideraré que ninguna de las dos abusa de nuestras debilidades por sentirnos útiles o por sentir que logramos alcanzar metas. Después de todo cada acción que realizamos, desde comprar o no un álbum, hasta comprar o no un Big Mac, es una decisión personal y tomada con libertad, y solo somos seres humanos con distintas formas de disfrutar la vida.

Saludos

PS. Mientras pensaba en escribir este artículo encontré el álbum de Francia 98, en PDF, en la Web, y sé decir que tampoco es lo mismo verlo lleno que coleccionarlo.

¿Qué no es felicidad?

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Una manera de lucir inteligente sin necesariamente serlo será, sin importar cuál sea la discusión a la que uno se sume, preguntar por los conceptos. Imaginemos que dos personas están conversando, ya desde una perspectiva meramente filosófica o con terminología científica, sobre la concepción humana de lo que es la nada, y decides sumarte a la charla. Bastará con que preguntes “¿Pero, qué es la nada?” para que entres de lleno a la conversación y parezca que tienes una importante aportación al asunto tratado. Piensa en otros temas como la razón de existir, el bien común, la trascendencia de la muerte, o el que se te ocurra. En todos cabe el mismo tipo de cuestionamiento, y cabe agregar que usualmente alguno de los participantes de la discusión estará de acuerdo en la importancia de definir el concepto antes de seguir con el disparo de argumentos.

Me ha pasado varias veces mientras discutía sobre aquello que brinda felicidad. La pregunta aparece: “¿Pero, qué es felicidad?”.

Acudir a la RAE para profundizar en ciertos temas es, sin más, un esfuerzo fatuo. Casi todos estaremos de acuerdo que una definición del tipo: “Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”, es pichicata. Así que, haciéndome el interesante en la discusión, pregunto: ¿Qué no es felicidad?

Empecemos:

La felicidad no es hacer lo que uno quiere porque una gran parte de nuestro tiempo es utilizada para realizar tareas que no nos apetecen. No importa cuán satisfecho estés con tu trabajo, tus estudios y/o con tu familia. Siempre hay cosas que no queremos hacer y sumar todo el tiempo invertido en ellas brindaría mucha infelicidad a nuestra existencia.

Contrario a lo que aporta Eduard Punset, sostengo que la felicidad no es la ausencia de miedo. Superar y sobreponerse a los miedos suma momentos de dicha que son aportados a la felicidad de cada quien, por lo que su ausencia eliminaría tal suma de satisfacciones.

La felicidad no está en la improvisación. Conozco gente que se ufana de ser espontánea, relacionando su poca planeación con una sensación de libertad que brinda felicidad. Lo cierto es que alegría y disparos de adrenalina pueden haber, pero de nuevo, no es felicidad decidir a la carrera porque no todos los días se tiene oportunidad de estar frente a una encrucijada de magnitudes tales, que valga la pena considerar como espontaneidad, y los aportes a la felicidad serían muy pocos.

A la felicidad no se la persigue ni se la encuentra. No existe un cofre escondido en forma de persona, trabajo o viaje, que contenga la felicidad que corresponde a cada quien. Lo podemos saber porque todo aquello que nos brinda felicidad es susceptible de brindarnos dolor e infelicidad, lo que significaría que en realidad no habríamos alcanzado o encontrado nada.

Felicidad no es satisfacer los caprichos. Perseguir “el momento” sacrificando la escala de valores que rige a cada quien es capaz de brindar instantes de euforia pero el precio es, entre otras cosas un cargo de conciencia (que se puede disfrazar de cinismo), al saber que no somos lo suficientemente fuertes para ser quienes queremos ser. Y no, de ninguna manera un capricho puede ser un valor.

Sentirse bien no es sinónimo de ser feliz. Uno se puede sentir bien, por ejemplo, cuando no fue descubierto en una mentira, o podemos sentirnos bien mientras estamos acostados en una hamaca con montañas de trabajo pendientes en la oficina para el lunes, porque uno se desconecta un momento de tal situación. Sospecho que la relación de bienestar y felicidad se da porque, recostados en una hamaca, somos capaces de meditar o visualizar aquellas cosas que nos son satisfactorias o brindan placer a nuestra existencia.

En ocasiones anteriores he expuesto que considero que la felicidad es acumulativa. Los buenos momentos, las satisfacciones, los placeres y los logros suman al balance de la felicidad, y que mientras más tenemos más conscientes somos de lo bueno que es vivir. A favor de mi idea tengo que es generalmente aceptado que una persona infeliz es el resultado de una vida que ha ido acumulando experiencias tristes, trágicas y/o traumáticas, pero dejaré eso para otra ocasión. Menciono lo anterior porque el listado de lo que no es felicidad tiene un punto en común y es que no importa lo que queramos poner como representante de la felicidad, no podemos hacer esas cosas todo el tiempo, lo que significaría que en cada día de nuestra existencia tendríamos momentos de felicidad y no podría concebirse el concepto de “Una vida feliz”.

Veía un video de Steven Hayes en el que habla de la felicidad y en donde define a la felicidad, parafraseando, como: “Vivir acorde a tus propios valores”. Y sin duda, si Hayes está en lo cierto, lejos de preocuparnos por alcanzar la felicidad, estresarnos por ser felices en todo momento o decorar nuestra vida con los colores de la felicidad, nuestra tarea debería ser prestar atención, no a lo que somos, sino a los valores que decidimos que nos definan.

Lo dejo hasta ahí para que cada uno de nosotros podamos meditar en nuestra propia felicidad, lo que es y lo que representa, y también termino antes de que alguien venga a preguntarme “¿Qué son valores?”, solo para pasar por listo.

Saludos

Reflexiones finales, antes de las elecciones

Presidenciables

Estamos a pocas horas de decidir quiénes serán las personas que tendrán en sus manos el destino, más que del país, del dinero que les entregamos para que el Estado haga su función. A estas alturas se me antoja difícil el poder injerir en la intención de voto de alguno de nosotros. Han sido semanas de bombardeo de mentiras disfrazadas de buenas intenciones, que para esta fecha han de haber inclinado nuestra decisión hacia algún lado.

La democracia no sirve precisamente porque muchos pagamos por las decisiones que tomamos basados en infinidad de intenciones. Está quien vota porque cree en alguien, quien lo hace porque se le prometió algún tipo de beneficio, quien vota porque le cayó bien algún candidato o porque le gustó el color con que el partido se identifica, hay quien vota por ignorancia y quien vota porque se tragó las mentiras que escuchó, y a eso hay que sumar el listado de motivos que existen para no votar o votar nulo. De ninguna manera podríamos aceptar que la suma de votos que tal cantidad de motivantes da como resultado, sea justo, pero hasta ahora es lo mejor que tenemos y no deberíamos, como niños berrinchudos, desentendernos de la actividad del 6 de septiembre.

Sobre los candidatos a la presidencia quiero decir que se ve tenebroso un panorama con Baldizón como máximo mandatario. Más allá de las acusaciones que se hacen sobre su persona, ha demostrado constantemente que su actuar obedece a utilizar cualquier artilugio que le represente ganancia de votos y no se puede confiar en quien negó su participación en todo debate, de los pocos que se organizaron, para evitar cometer errores y ser acusado por los otros candidatos, so pena del riesgo de perder simpatizantes. De él se percibe una intención de hacer de Guatemala una Venezuela. Es para que den escalofríos.

De Morales se dicen muchas cosas, principalmente al respecto de los militares que están detrás de él y quienes serían, de ser cierto, los verdaderos dirigentes del país. Pero más allá de tales acusaciones, me parece lamentable que la esperanza para esta nación sea poner como dirigente a una persona con cero de experiencia, con estudios en teología y que se dedicó a ser comediante, que nada tiene de malo, pero vamos… de idóneo menos.

Lo de Sandra me parece increíble. Ya sabemos cómo gobierna y qué cosas es capaz de hacer. No sé si es cosa de tener corta memoria o quizá sea aquello de “Mejor lo viejo conocido”. La abundancia de programas sociales con los respectivos desvíos sería algo en lo que habría que meditar.

Zury siempre fue una sombra obediente a las intenciones de “El General”. Capaz y preparada quizá, pero ya ha estado como diputada y no mostró intención de luchar contra la corrupción, misma que tanto nos aqueja hoy.

Giammattei parece ser ese candidato incansable que siempre va a estar ahí, con pocos simpatizantes. Para algunos ha ocupado el lugar que dejó Suger, visto como el que debería quedar pero que no tiene opción. Sus campañas suelen ser atropelladas por los partidos grandes y le falta carisma para convencer.

Los demás no existen.

Es lo que tenemos, una pena, pero es lo que hay y debemos sacar provecho de ello. No perdamos la oportunidad de participar y de cambiar esa parte de la historia que siempre ha escrito, previo a las elecciones, a quién le toca. Más ahora que nos hemos dado cuenta que las cosas pueden ser distintas.

Mi sugerencia es que se vote por el candidato que se ve como la mejor opción para cada quien. No por el que diga la última estadística, ni para castigar a quien no agrada. Aprender que ese es el verdadero proceso de elección nos conviene, quizá no para estas elecciones, pero sí para ir madurando como ciudadanos. Las próximas podrían ser mejores y/o diferentes, y nos quitaríamos eso de esperar lo mismo de siempre.

Respecto a los diputados hay que olvidarse del voto cruzado, eso funciona cuando los partidos tienen ideologías y son fieles a ellos. Acá no importa si se vota por unos o por otros, porque luego se cambian o se declaran independientes. Mi recomendación es buscar gente nueva o a aquella que sí haya hecho cosas buenas por el país (difícil pero existen).

Que el partido Todos vaya punteando en la intención de votos para diputados es aterrador. Ni Portillo, su máximo representante, es un buen político ni buena persona, ni está libre de pecado porque ya pagó. Robó y nada nos garantiza que no volvería a hacerlo, por qué le íbamos a creer que él y su gente son distintos de lo que él fue. Son los mismos. Y de igual manera está Lider, PP y la UNE. Que no nos convenzan, insisto, con eso del voto cruzado. Hay que meditar ese voto y no regalarlo porque sí, ni desperdiciarlo. Solo hay que recordar que sin los votos de los 132 diputados Otto Pérez Molina no estaría en donde está. Así de importante es definir quiénes ocupan esos puestos. Se deben olvidar promesas de rebajas de sueldos y las “buenas” fotos colgadas por doquier. Ese voto es vital.

Para alcalde recomendaría no votar por los mismos que ya demostraron que se roban dinero o que no hacen nada. Lo más seguro es que esas personas nunca cambien y no tendríamos por qué creerles que “ahora sí harán algo”. Y me refiero a todos los candidatos que no son para la capital. Acá Arzú va a ganar ¿alguien tiene duda?

La papeleta para el Parlacen es un mal chiste… votar o no votar, da lo mismo, para ellos es un loteriazo, para nosotros no representa nada. De cualquier manera alguien se llevará el dinero que se desperdicia en esa inútil institución.

Por último decir que tenemos que hacer oídos sordos a todas las propuestas para no votar o votar nulo. Eso no representa ningún beneficio mas que para el partido que obtenga más votos, que puede ser Lider. Y, si por alguna extraña casualidad sos de las personas a las que les gana la pereza, por favor, ganale esta vez. Aunque lo dudo porque si leíste este texto hasta acá, lo más seguro es que te importe nuestra nación.

Saludos

La costumbre de creer

ElCoco3

Llega un momento en que todo niño deja de creer en “el Coco”, ese ser inventado, protagonista de muchas de las amenazas que los padres dan a sus hijos para obligarlos a comportarse de forma correcta, de la canción de cuna que tantas y tantas madres han entonado con la esperanza de ver a sus pequeños dormir y del cuadro que Goya pintara en 1,797. Y casi nunca se da ese despertar a la realidad porque el adulto decida que llegó el momento de confesar que todo se trataba de un truco, es más bien porque el niño, tras imaginar, deducir, analizar y comprobar que la amenaza nunca se cumple, que concluye la falta de veracidad de algo que ni siquiera le explicaron cómo luce.

Así, muchas más verdades se van revelando de a poco en nuestras conciencias, sin necesidad de confesiones. No obstante a veces parece que el deseo de creer es más fuerte que el gusto de analizar y develar la realidad tras las afirmaciones que damos por sentado.

En un programa de televisión de Canal Antigua le preguntaron al candidato a la presidencia por el PRI (antes FRG) Luis Fernando Pérez, que cuánto debería ganar un diputado y su respuesta fue: “Un diputado debe ganar lo que sea necesario, un sueldo que no le permita tener y caer en tentaciones ilícitas ni tentaciones fuera de lugar” y agregó que lo correcto eran los Q22,000 que reciben de los Q29,000 que ganan, porque eso es lo que hay y lo que el gobierno puede ganar ahora.

Por más que lo pienso, no puedo imaginar una cantidad que logre borrar del interior de cualquier persona la ambición, porque el que no tiene quiere, y quien tiene quiere más —en términos generales, así somos los seres humanos—. ¿Dejarían de robar millones si ganaran Q100,000 al mes? ¿Dejarían de hacer enormes transacciones ilegales si fueran Q200,000? La respuesta es un categórico no.

Pero lo más importante de esta idea es que de una forma “elegante” se justifica el robo, porque implícito está que si lo que gana un diputado no es suficiente para alejarle de la tentación de cometer actos ilícitos, se entiende que los realice, y que es dando más del recurso del Estado, para garantizarles una buena y cómoda vida, como se debe evitar malos manejos en la administración pública. Tal lógica no tiene ni pies ni cabeza, porque si eso fuera válido para el Estado, tendría que ser válido para todo ciudadano, pues ellos no tienen porqué tener un trato preferencial ante la ley, y cualquiera podría argumentar que tuvo que robar porque lo que recibe como ingreso no le es suficiente para alejarle de la tentación de hacerlo. A lo mejor podríamos crear una tabla de ingresos y definir a partir de qué monto ya no se justifican la tentación para cometer actos ilícitos. ¡Absurdo!

A un diputado se le paga una cantidad por realizar un trabajo y eso es todo. Y si fuera por méritos nos ahorraríamos mucho dinero, pero ese es otro tema, y uno muy lamentable.

Que no te engañen con éste tipo de falacias. El mismo argumento no es válido en puestos como el de un policía, que si bien es cierto, podemos o no estar de acuerdo en que tengan que ganar más por el tipo de trabajo que realizan, tampoco pueden justificarse las “mordidas” porque sus ingresos no son lo suficientemente abundantes como para alejarles de la tentación. Un policía acepta realizar una tarea, bien realizada —como cualquier persona con el empleo que toma—, a cambio de un monto que estuvo dispuesto a aceptar.

Conozco el caso de meseros en donde los contratan y les dicen que el salario es de cierta cantidad más propinas, pero no sé de nadie que haya ofrecido un puesto de policía más mordidas, ni un puesto de diputado más actos ilícitos.

Tales mentiras están tan arraigadas en nuestros pensamientos a tal punto que creemos que son una realidad. Ojalá algún día dejemos a un lado la costumbre de creer en todos esos “Cocos” que dominan nuestras ideas.

Saludos