A Esa Fiesta No Voy

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Por los pasillos me habían contado que las fiestas que organizaba Emilio tenían carácter de épicas, y se rumoreaba que pronto ofrecería una. Yo, al igual que muchos de la empresa, esperábamos ser invitados, pero debíamos esperar.

Fue un martes por la mañana. Se presentó en mi lugar y me entregó la invitación. Confiado, por la seguridad que le daba la fama que le precedía, no dijo nada, solo sonrió y se fue.

Abrí el sobre y vi el diseño y la palabra invitación en ella, no estaba mal.

Lo primero que no me gustó fue que decía una hora de inicio. ¿Cómo se atreve a decirme a qué hora debo empezar a “fiestear”? pensé.

Seguí leyendo y decía que la invitación era para dos personas. Para entonces ya estaba enojado. ¿Quién se cree que es para decirme con cuántas personas puedo o no andar? Yo, si quiero, ando con un grupo de 10 amigos o con tres amigas, ¿por qué me pone límites?

El acabose llegó cuando hasta abajo, en letra chica, decía “Traje Formal”. Encima de todo se tiene que meter con mi forma de vestir. ¡Qué si un traje formal no refleja mi personalidad y lo que soy! ¿Acaso me tengo que hacer pasar por algo o alguien que no soy para encajar con su grupo? ¿Qué hay de mi libertad para ser y proyectar la imagen que yo deseo?

¡Lo odié!

Yo tengo derechos y entre mis derechos está la libertad.

Guardé la invitación en una gaveta, muy molesto.

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Hace unos días se puso como trending topic, en redes sociales, el hashtag #EsSexismoLaboral. Fue bueno ver algunos comentarios muy atinados y, por otro lado, fue gracioso y hasta triste, ver varios más bien absurdos —Después de todo usar un hashtag no da validez a ningún comentario—. No obstante, hubo uno que llamó mi atención, que decía algo de que es sexismo laboral que las mujeres sean obligadas a usar tacones en una empresa.

La prenda de vestir que ostenta el título de más absurda es la corbata. No sirve para nada, excepto para una cosa: para dar elegancia. Resulta ser que hay empresas para las que la imagen es importante y obligan a usarla. Obligan como una condición para poder laborar en el lugar. Las mujeres, por otro lado, lo dijo Bronco en su himno a la retórica, con zapato de tacón se ven mejor. ¿Por qué? No sé explicarlo. Acaso moda, o pasa por la percepción de que ponen más cuidado en verse bien o acaso es algo que aprendimos (como con la corbata), pero es una realidad. La prueba es que, a los eventos sociales como bodas, graduaciones y todo tipo de fiestas de noche, donde ellas lucen sus despampanantes vestidos, las mujeres (casi todas) usan los zapatos de tacón. No querer aceptarlo es solo berrinche.

El meollo del asunto es ¿Qué entendemos por libertad?

¿Yo tengo libertad de vestirme como quiera sin que nadie se meta? ¿o las empresas tienen el derecho de establecer normas que les convengan para intentar ser más rentables? —cuando hablamos de negocios, la imagen (la profesional) cuenta.

No es lo mismo hacer negocios con alguien que usa jeans rotos y playera roída a hacerlos con alguien que utiliza traje sastre, principalmente cuando hablamos de marcas.

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Más adelante pude ver la queja de una persona que reclamaba a las marcas de ropa no hacer tallas para personas, como ella dijo, gordas.

Les cargaba con culpa y con irresponsabilidad por no asumir su función social de quedar bien con todo tipo de cuerpo.

Dijo que las marcas obligaban a la gente a odiarse a sí mismas, porque no podían usar una marca o ropa bonita.

Si lo hubiese escuchado me hubiera quedado con la boca abierta, pero leído no tiene el mismo efecto, al menos en los gestos.

No, las empresas no están obligadas a satisfacer a cada uno de sus potenciales clientes. Yo no puedo ir demandando a las empresas sabores de helado que yo quiera, medicinas para la enfermedad que me atañe y con la efectividad que yo preciso. No puedo exigir que los autos usen cinco ruedas, ni llamar irresponsables a los de la Coca Cola, por no hacer una gaseosa con el mismo sabor y con los efectos al cuerpo como si estuviera tomando agua pura, todo para no frustrarme y para no odiarme.

Las empresas también son libres, o deberían serlo.

Las empresas están para ser rentables. Esas rentabilidades les permiten generar empleos, pagar impuestos e, idealmente, generar dividendos que pueden ser utilizados por ellas mismas en expansión, en más empresas propias o que sirvan a los bancos para que otros emprendimientos realicen el mismo círculo. Ese, y ningún otro, es su objetivo principal.

Ser felices con lo que tenemos y con lo que somos, sin rendirnos al conformismo, es una labor individual, no algo de lo que las empresas deban estar pendientes.

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La libertad es algo que nos encanta cuando es aplicable a nosotros y que solemos no ver claro cuando es para otros, especialmente para empresas.

Si no quiero ir de traje y quiero ir con más personas, puedo ir a otra fiesta o darme a la tarea de organizar la propia.

Si no querés usar zapato de tacón podés argumentar para ver si la normativa cambia, ir a otra empresa o crear la propia, pero no acusar de sexismo laboral.

Si querés vestir bien no podés depender de una marca. Porque un googlazo de imágenes basta para darte cuenta que elegancia y bien vestir existen independientemente del tipo de cuerpo que tengamos.

Que sí, el sexismo, el machismo, el abuso de poder, el chantaje, la explotación y más, son problemas reales con los que hay que lidiar, en aras de resolver, pero no deberíamos dejar que nuestro entusiasmo por la justicia nos nuble la razón.

Si pregonas libertad, deberías pregonarla para todos, y pregonar la libertad que es congruente, no la caprichosa.

Saludos

PS. Emilio no existe y por usar un traje formal, yo no me perdería una fiesta con carácter de épica.

Ser Buena Persona

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Uno de los argumentos más constantes en el debate entre creyentes y ateos, es la necesidad de tener a dios como fuente de moralidad. Es decir, desde el punto de vista del creyente, si dios no existiera, la humanidad, por su propia naturaleza, sería mala y carente de una moral correcta que le permitiera comportarse de buena forma con el resto de personas.

Cosa curiosa es que para muchos de ellos, si muere una persona mala, digamos una que robó, golpeó, fue deshonesta, hizo daño, desperdició su vida, no se acordó de dios o incluso asesinó, pero que fue amiga, familiar o a la que se le tuvo aprecio, de cualquier forma irá al cielo.

Si vos sos una de estas personas, lo más seguro es que tal creencia provenga de la imposibilidad de concebir que dios tenga deparada una eternidad de sufrimiento para esa persona, siendo que vos conociste el lado bueno de ella.

Esto significa que en realidad no aceptás las reglas impuestas, de acuerdo a tus creencias, por dios.

Eso implica que te podés comportar como querrás, pues el mismo destino en el cielo te aguarda, sobre todo a vos que por definición no sos alguien malo.

De este sencillo escenario podemos concluir, sin mucho problema, que si vos estás siendo una buena persona, no es porque creas en dios ni en sus reglas, lo hacés por sentido común.

Y este argumento lo podemos sumar a la abundante evidencia existente, de que no se necesita a un dios como fuente de moralidad.

Saludos

De Castigos, Política, Arzú y Carreras

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Una oportunidad no se desperdicia, habrán pensado. El catedrático no se presentó a impartir su clase y eso dio rienda suelta a la creatividad de aquellos para hacer relajo. Era 1994 y yo cursaba cuarto perito. En la clase éramos sólo 18 y con 13 alcanzó para armar un zafarrancho de primer nivel, que hizo que fuera el mismo director del instituto quien se aprestara a la puerta del aula.

A algunos los tomó infraganti, y fueron los primeros en ser invitados por el director a salir al patio, luego preguntó quién más había estado haciendo relajo, dos o tres más se pusieron de pie. Paso siguiente preguntó uno por uno y todos, menos las cuatro mujeres, terminaron en el patio. Yo fui el último.

—¿Participó del relajo que estaban armando?

No lo había hecho, pero por solidaridad me sentí en la obligación de confesar un crimen que no cometí. No lo hice con palabras, me puse de pie y salí al patio a formarme junto a mis compañeros.

Fue un castigo típico. De pie, bajo el sol, levantando sobre la cabeza un escritorio de paleta.

El director caminaba frente a todos nosotros, vigilando que cumpliéramos el castigo sin hablar, sin reír y sin vacilar la fuerza.

Cuando estuvo frente a mí se acercó más y en tono bajo, para que los demás no escucharan, me dijo:

—Nunca acepte un castigo que no merece. No tiene sentido ser solidario si con eso no beneficia a nadie.

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Hace algunos días un amigo (yo lo considero amigo, aunque hace mucho no compartimos, luego que yo me hiciera ateo) me etiquetó en una publicación en Facebook, donde invitaba a ser solidarios con los pilotos de buses en su huelga, por ser víctimas de extorsiones, y a que dejáramos de votar por Arzú, porque no ha logrado resolver los problemas de la ciudad y por corrupto.

Importante, como es el tema, no quise solo darle un “Me gusta”, sino saber de las ideas de él, así que pregunté de qué forma podíamos ser solidarios.

Su primera respuesta fue que al menos no debía secundar a Arzú. Luego agregó que, en mi caso, podría no correr ninguna carrera promocionada por el alcalde.

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En abril de 2015 corrí mi primera carrera de cinco kilómetros, motivado por el simple y ufano motivo de marcar como “hecho” una cosa más. Eso fue suficiente —Ya antes había empezado a hacer ejercicio por las libras de más que llegaron a incomodarme—. Para beneplácito personal, fue una actividad a la que gustosos se sumaron mi esposa y mis hijos. Desde entonces nos inscribimos en muchas carreras. Disfrutamos los retos —ahora corremos distancias más largas—, la preparación, las entregas de kit, las fotos, el ya tradicional desayuno post carrera, compartir con amigos y familia cuando se apuntan, e incluso sorprendernos o decepcionarnos con la organización de cada una de las carreras.

Para pocos será desconocido el que las dos carreras organizadas por la Municipalidad —que en realidad no organizan ellos sino una empresa contratada para tal propósito— son de las mejores, si no las mejores del país.

Ya participamos y son una maravilla de evento.

Si decido que ser solidario es no apoyar la carrera, pasaría que, si vendieran todas las inscripciones, hablemos de 10,000 —que suelen hacerlo—, alguien más ocuparía mi lugar en la misma, igual correrían 10,000 personas, más los que corren sin inscribirse, y el efecto perjudicial de mi negativa a participar sería cero para la municipalidad. Si no vendieran todas las inscripciones, una o dos de ellas no haría mella en su recaudación.

No obstante, el efecto para mí sería considerable: dejo de participar en los mejores eventos de carrera del país (Lo siento Cobán, la de ustedes es una maravilla, pero la organización podría mejorar), privaría a mi familia de la sana diversión y perderíamos la oportunidad de convivir y compartir con ellos, en un ambiente que nos gusta.

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El malestar por una persona y por sus acciones puede hacer que desestimemos asuntos importantes. Por ejemplo, la historia ha probado que los Estados no generan riqueza, que son malos administradores y que sus servicios suelen ser pésimos. La privatización de servicios suele traer beneficios, mejora los mismos y crea competencia de empleo y precios, entre otros. Uno puede estar o no de acuerdo con privatizar, pero desestimar una medida solo por la persona que lo hizo, no está bien. Más aún, así existan pruebas de corrupción en el proceso, esa corrupción no es indicador de que privatizar sea una mala idea.

Quizá esa misma aversión por la persona sea la que haga creer que boicotear un evento afecta una candidatura. Estamos claros que la imagen de Arzú se ve beneficiada con las carreras, pero ésta puede seguir incluso cuando él ya no esté. Lo mejor, si uno se opone a que sea alcalde, es atacar directamente a la persona y más aún, argumentar las causas por las que ya no debería estar ahí.

Quizá esa misma animadversión por la persona sea la que lleve a promover cargar con castigos que no representan un beneficio para nadie.

Mi antiguo director tuvo razón. Solidario se debe ser de forma inteligente.

Sospecho que mi amigo, si llega a leer esto, no tendrá problema en aceptar que tengamos diferente punto de vista. Después de todo me sigue hablando luego que yo apostaté de la fe que antes compartimos.

¡Nos vemos en la 10K!

Saludos

PS. También me gusta la colección de medallas.

Idealizamos a Mr. Hyde

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Casi todos los que disfrutamos de la lectura solemos tener una respuesta que, disfrazada de condescendencia, es en realidad altanería, cuando alguien nos pide una recomendación sobre qué se puede leer para iniciar con el hábito: “¿Qué tipo de lectura te interesa?” Con ella ponemos en posición incómoda a quien nos consulta, logrando, la mayoría de veces, que desista de su intento, so pena de mostrar que ni de géneros literarios entiende, o asustado por la arrogancia de pretender que los conocemos todos y que podemos realizar una selección muy atinada si nos proporcionan más datos. Razón por la cual decidí tener, a primera mano, un libro que me parece harto interesante, bien escrito y que demuestra, en sus pocas líneas, la riqueza y el poder de la literatura. Dicho libro es “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

La dualidad del personaje —un doctor elegante y educado que con una fórmula que el mismo descubre se convierte en un desgarbado desagradable, acaso un monstruo—, más allá de ser una crítica a la sociedad victoriana, tan proclive a la hipocresía en sus modos y su anhelo de perfección en apariencias y en sus modos, transmite, con destacada obviedad, la lucha de las dos naturalezas que condicionan el actuar de cada ser humano, dos personalidades que luchan internamente por el control del sujeto. Una la de modos, educación y formas. Ésta que encontró una manera de socializar, convivir y desarrollarse en comunidad. Y la otra que desata, sin miramiento alguno, los instintos, el recelo por poseer el todo para satisfacer el reflejo, y el que renuncia a las formas porque no le es cómodo adecuarse a ellas.

No obstante, me parece que en muchas ocasiones hay un problema en la interpretación de ambos personajes. No son pues, reservadas para cada uno de ellos uno de los instintos o sentires que les mueven a actuar. Por ejemplo, no es el miedo algo que le compete al Dr. Jekyll y el mismo una ausencia en Mr. Hyde. No es el deseo propiedad exclusiva del señor y algo que le es ajeno al doctor. Todo es de ambos en distinta medida, o más bien, ambos reaccionan y se dejan dominar por ellos, a la hora de la toma de decisiones y a la hora de mostrarse al exterior, en distintas proporciones. Después de todo no existe un Mr. Hyde sin un Dr. Jekyll, y el Dr. Jekyll siempre tuvo a su Mr. Hyde en el interior.

Tomado el caso de la inconformidad, se puede observar que es una condición común a todo ser humano, como generalidad. Es la inconformidad la que mueve al mundo porque es la que impulsa al ser humano a hacer y crear. Es la inconformidad y no la ambición la que nos ha llevado a la modernidad de nuestra época. Siendo que ambos personajes son humanos, solo que con distinta faceta, podemos concluir que la inconformidad está en ambos, pero que a cada uno de ellos les hace actuar de forma distinta. A uno le puede afectar más y al otro menos.

Si en la época victoriana fue destacado el hecho de escribir tan buen texto como del que hablamos, para hablar de la hipocresía de la gente, hoy día se hace necesario que aparezcan textos que critiquen la desmedida idealización por atender a los modos del Mr. Hyde personal y la abrumante crítica a los modos, a las formas, a la clase y al estilo, porque pareciera que la humanidad se encamina hacia el desprecio de los Dr. Jekyll.

“Yo soy como soy”, “Yo digo las cosas como las pienso y que cada quien interprete como quiera, no es mi responsabilidad”, “Si te gusta bueno, si no es tu problema”, “Me visto como quiero y es mi derecho”. Frases comunes en nuestra sociedad, que antes fueron de dominio exclusivo de la juventud, pero ahora su uso se ha generalizado cada vez más. ¿Por qué? Porque de alguna manera vamos creyendo y aceptando que nuestro verdadero yo es nuestro Mr. Hyde y que nos debemos a él para ser leales con nosotros mismos.

No quiero decir con ello que la hipocresía es lo que deba gobernar el mundo, ni que debemos renunciar a todo cuanto nos gusta por conservar las formas. Mucho menos pretendo que se deba relegar la individualidad en aras de convivir en paz. Lo que sí digo es que la adoración de lo insulso, de lo falto de valor, de aquello que no tiene esencia y el menosprecio de la intelectualidad, entre otros, es un error.

Después de todo nuestra capacidad de ser individuales y poder a la vez convivir en sociedad, junto a nuestro mérito al ser capaces de crear y distinguirnos en intelecto, es lo que nos separa de cualquier animal, cuya interpretación de la vida no va más allá de obedecer a sus instintos.

Hoy damos más valor a quien dice cualquier frase hablando sin propiedad de cualquier vileza, a quien se refiere a la humanidad como podredumbre o a quien habla de intimidades sin falta de tacto, que a quien intenta hablar con propiedad, desarrollar temas con nivel o a quien busca resaltar lo mucho de bueno y grandioso que hay en la humanidad.

No hay mérito en ser por ser, como sí lo puede haber en ser con intencionalidad.

Por mientras seguiré recomendando la novela ya que sus giros, las razones, las consecuencias y los personajes en la historia, son exquisitos sin más.

Saludos

Almuerzo convivencia con Yoani Sánchez

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Charlando sobre sus múltiples viajes, me comentó: “Si tiene ganas de conocer Cuba, el momento es ahora. Luego será solo un país más, con una historia que contar, como todos. Ahora puede ver lo que un Estado comunista es capaz de hacer”. Él cuenta que ha viajado en dos ocasiones y que tiene deseo de regresar.

De las varias anécdotas que ha contado, que incluyen una de un lugar al que lo llevaron a comprar habanos en lo que parecía ser un edificio abandonado, y el método de pago de un restaurante en donde Hemingway solía beber sus mojitos, me contó una que ocurre por la plaza central:

Cuenta que, si uno va caminando por ahí, te puedes topar con personas que se acercan a pedir, ya sean bolígrafos, de los que “no saben fallar”, o bolsas plásticas, y que son enfáticos en que no pueden recibir dinero, pues eso es tomado como limosna y la tal es mal vista por el Estado, en cambio a los otros artículos se les toma como un regalo. Dice desconocer el propósito de pedir aquellos artículos. Yo sospecho que es que la petición suena lastimera, pero no puedo asegurarlo. No obstante, la parte interesante, para mí, ocurre unos minutos después, cuando un desconocido se acerca con la única misión de preguntar al turista si todo está bien, y a cuestionar lo que fuera que le fue dicho —Nadie puede hablar mal del gobierno ni comentar cosas que no se debe.

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El viernes 30 de septiembre fui invitado, junto con otros varios, a un almuerzo de convivencia con Yoani Sánchez, quien con camaradería y soltura tuvo a bien compartir algo de lo que es ir por el mundo contando lo que es la vida en Cuba, lo que es ser bloguero/periodista en aquel lugar que pretende controlarlo todo, y contestar a las preguntas que algunos de nosotros, por turno, le hicimos.

Mi pregunta, la última en ser contestada, tenía relación con la anécdota de las personas de la plaza. ¿Cómo es posible —pregunté— que, conociendo la triste situación de todos, haya personas que se dediquen a delatar a sus conciudadanos?

Yoani me dijo que hay tres escenarios, el primero y más obvio, es el de aquellas personas que, ajenas al dolor de otro, deciden pensar solo en ellas y por una recompensa son capaces de cualquier vileza. Son esas mismas personas que desean que el régimen continúe, pues si termina quedarían solos, despreciados por la sociedad.

El segundo escenario obedece a nuestra lamentable condición humana, que es capaz de resolver diferencias e inconformidades acusando sin más. Yoani mencionaba que alguien puede, por simple envidia, delatar al vecino, y que como de una u otra manera, todos hacen cosas fuera de ley con tal de sobrellevar la vida en la isla, las acusaciones resultan siempre ciertas. De ahí que nadie pueda confiar en nadie.

La tercera y la que más llamó mi atención, tiene que ver con el abuso de la inocencia. Pasa, comentó, que a muchos se los llevan de chicos, los meten en escuelas militares y básicamente les lavan el cerebro, convirtiendo para ellos en una realidad la idealización de la revolución, el odio hacia todo lo que parezca yanqui, y el principio de mantener aquel sistema a cualquier costo. No es que ellos escojan ser malas personas, es que están convencidas que son las buenas.

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Al salir de la actividad, más allá de lo enriquecedora de la experiencia; de la sorpresa, nada agradable, de conocer detalles que, para muchos en nuestra cotidianidad, nos parecerían inadmisibles, por parte del gobierno y su robo de la libertad; de lo despreciable de la conducta humana de aquel que ha sido moldeado por el ansia de poder, me quedé meditando sobre lo que nos conduce y nos hace tomar decisiones.

Es muy posible que muchas veces, en determinados actos, con determinadas conductas o sosteniendo tal o cual creencia específica, actuemos, ya movidos por la vileza de un interés personal que se imponga al derecho ajeno, por la debilidad de nuestras emociones o porque nos hemos convencido, sin más, que algo es cierto, solo porque alguien, en quien por cualesquiera razones confiamos, puso la idea en nuestras mentes, y aquello quedó como grabado en mármol.

Sería bueno meditar en cada cuánto juzgamos nuestras premisas de vida y en cada cuánto decidimos dudar de todo cuanto creemos y aceptamos.

Quizá un “bastante seguido” no sea suficiente.

Saludos.

PS. Para leer más de Yoani Sánchez puedes visitar su blog: GeneraciónY en 14Ymedio

El Libro de la Vida

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Yo yacía en el suelo llorando inconsolable, cuando se acercó a mi oído y me susurró: “Dice el Señor que tu nombre ha sido inscrito en el Libro de la Vida”. Aquel día de campamento juvenil, cerca de Palín, más que paz y el regalo de la vida eterna, recibí la peor condena que había recibido hasta entonces.

Sin saberlo, esta persona me dio el regalo de la duda, una constante en la fe, que siempre encuentra formas de hacerse más profunda:

¿Quién me lo dijo?
¿Por qué me lo dijo?
¿Se lo había inventado o dios le habló en realidad?
¿Por qué yo?
¿Dejás de esforzarte por estar en ese libro cuando sabes que estás?
¿Se puede borrar el nombre del libro?
¿Qué pasa con el espacio que se deja en blanco? ¿lo llenan con otro nombre?
¿Cuántas páginas tiene el libro?
¿Importa el orden en que esté escrito?

Menos mal que con el tiempo entendí que dios es una invención humana, que el Libro de la Vida no existe y que la vida eterna no es más que una quimera.

Pero hoy día hay una duda que, incansable, aún persiste:

¿Por qué dice inscrito en lugar de escrito?

De Análisis, Olimpiadas, Jimmy y Mal de Ojo

Analisis

Cada que tengo oportunidad de salir del país, detesto el momento de llenar los formularios de aduana en donde te preguntan información que nunca van a revisar. Como todos los que no vuelan por primera vez, asumo, los lleno en automático. No obstante, de todas las preguntas, hay una que siempre captura mi atención, y es la que cuestiona mi profesión. Tengo claro que podría poner que soy carpintero, herrero o escritor. Lo cierto es que a nadie le importa y no se molestan en corroborar. Luego, si quisieran, podría argumentar que hice un mueble de madera, hace algún tiempo, y que eso me hace carpintero, aunque dicho mueble nunca quedase bien ensamblado y estuviera en desuso hace mucho. Después de todo es sabido que la profesión no está en función de la calidad del trabajo, de tal cuenta en algunos lugares me defino como escritor. ¡Qué más da!

Sin embargo siempre respondo que soy analista. Primero porque me gusta cómo suena, segundo porque no tengo que entrar en detalles, y tercero porque cabe perfecto en el mísero espacio que dan para contestar. Además no es mentira, tanto mi persona como cualquier ser humano tiene a su cargo el análisis de su entorno, o su existencia sería un despropósito total. Favorablemente tampoco es requisito ser un buen analista.

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En eventos recientes he podido comprobar nuestra celeridad y desatino para el análisis. Están, por ejemplo, los comentarios que a toda prisa fueron disparados para el partido de voleibol de playa, que protagonizaron las duplas de Alemania y Egipto. AELos primeros comentarios que leí iban del machismo predominante en nuestras sociedades (disparaban hacia todos lados), que obligaba a una mujer a portar un uniforme que cubría por completo su cuerpo e incluso su cabeza. Yo lo primero que pensé, lo reconozco, es que la pobre mujer se estaría muriendo de calor con ese traje, que me parecía más propio de buceo que de voleibolista, en el calor que habría de imperar a Río de Janeiro.

Fue entonces que aparecieron otros comentarios apresurados, pero era la segunda tanta, por tanto iban un poco más profundo. No fueron escupidos tras el primer arrebato de indignación. Éstos comentaban que el machismo podía verse en ambos lados de la cancha. De un lado estaba la obligada a cubrirse y del otro lado estaba la obligada a descubrirse casi todo, lo cual, es imposible negarlo, le ha valido a aquel deporte un éxito importante con los aficionados que, en ocasiones ni sabrán o no les importará el partido.

Mi pensamiento acelerado, que nada tiene que ver con ser santurrón ni pudoroso radical, es que ambos uniformes eran un despropósito. Pero, visto con lupa, todo el asunto tiene su base en la libertad —entenderla y dominarla, está claro, será un anhelo que conservaremos hasta los últimos tiempos de la existencia de nuestra raza—.

Entrevistada la egipcia, dijo que ella se vestía así por decisión propia, lo cual es cuestionable. Desde su punto de vista nadie la obliga, porque lo hace para agradar a su dios. Un dios inventado por un grupo de personas, a la sazón, machistas, que idearon una sarta de reglas que menoscaban la libertad, convirtiéndola solo en una ilusión de libertad. Los creyentes lo tienen claro: su dios les manda a amarlo so pena de castigo eterno, pero les hace creer que tienen libertad y que les obliga por amor. Incoherencias que solo hacen sentido en la cabeza del creyente que se niega a abrir los ojos.

Por otro lado, la alemana hace uso de su libertad, vistiendo lo que se espera que vista para beneplácito del ojo ajeno, arguyendo que no tiene problema, porque es la libertad planteada por la sociedad —o lo que sea eso en lo que se ha convertido—.

Para cerrar el ejemplo podríamos ir un poco más profundo y determinar que nadie está obligado a practicar un deporte y que seguir reglas tanto de juego, como de indumentaria, requisitos y demás, no es, necesariamente, doblegar la libertad. Ya veríamos a los jugadores de fútbol tomando el balón con la mano para hacer un gol, porque tienen la libertad y el derecho de seguir la propia. Hay límites y hay reglas por una razón, que idealmente procuran dar sentido a las cosas.

También solemos analizar por el gusto que nos crea la ilusión y el deseo. Me enviaron una imagen a través de un grupo de WA, que mostraba a Phelps nadando hacia la meta y a quien iba en segundo lugar, observando a su contrincante. PhelpsEl mensaje de la imagen dice: “El ganador es enfoca en ganar, el perdedor se enfoca en los ganadores . Luego de reírme de la ocurrencia y de la ingenuidad, pensé: primero que una medalla olímpica de plata no es algo que se debiese despreciar, luego concluí que Phelps no veía a otro porque no tenía a quién ver —si hubiera ido segundo posiblemente lo hubiera hecho—, y que es normal ver a los de enfrente porque pues, la gente no es invisible —aplica en lo físico y como metáfora—. Pero lo genial llegó unos días después, cuando Bolt, con sobrada confianza y Boltdominio en su disciplina atlética, volteaba a ver a sus adversarios antes de cruzar la meta. Entonces no recibí ninguna imagen con una leyenda tipo: “Los ganadores controlan los pasos de sus adversarios, los perdedores solo ven al frente”.

Aquella misma semana se anunciaba el paquetazo de impuestos que Jimmy pretendía modificar para, según él, cubrir las necesidades del Estado. Uno de sus argumentos exponía que la gasolina había bajado y que los precios de los productos no disminuyeron en aquel entonces, y que, por tanto, ahora que se cobraría más impuesto a la gasolina los precios de los productos no deberían subir. El señor Morales da a entender que la gente solo se quedó con una ganancia extra que no le correspondía, ignorando la realidad de la mayoría de empresas del país, muchas de las cuales pasan el mes con 61 de nota. Ese extra, si fuera considerable, serviría entonces para saldar algunas deudas, invertir en aquello que se necesitaba para ser competitivo, o en lanzar alguna oferta que permita jugar en el mercado. No es, necesariamente, dinero en el bolsillo de los empresarios. Si lograron estabilizar algunas situaciones con ese ahorro, está claro que, de haber más impuestos, solo los trasladarán al consumidor, lo que representa aumento de precios para todos. Sospecho que los analistas de Morales se lo dijeron, pero que decir cualquier disparate en los medios de comunicación está de moda.

Luego, hace algunos días, salió el anuncio de la intensión de cubrir, entre otros, el Mal de Ojo, como enfermedad a ser tratada en los Centros de Salud. Fuimos muchos los que alzamos la voz ante lo impactante e inesperado de la noticia. Vamos a incluir enfermedades que no existen, pensé. Días después la Ministra de Salud explica las razones, se mencionan estudios de universidades y la necesidad de inclusión de todos los guatemaltecos a la sociedad. Entonces vi a muchos (varios) tirar para atrás en sus críticas. Ahora tiene sentido, dicen. Yo sigo sosteniendo que es un despropósito por dos principales razones.

La primera es que me parece hasta un juicio racista, pensar que hay un grupo de personas que no son capaces de entender lo que existe y lo que no, y menos que se les tenga que engañar para que acudan a tratar sus enfermedades porque “Es la única forma”. Pasa con las creencias espirituales y no andamos engañando a los Testigos de Jehová para que acepten una transfusión de sangre.

La segunda es que no recuerdo a nadie cuyo argumento haya sido del tipo: “Tengo Síndrome del intestino Irritable, pero no voy a esa clínica porque no están de acuerdo conmigo”. Una va al doctor a contar la dolencia y es él quien da el diagnóstico. Alguien puede llegar a decir que tiene Mal de Ojo, y todo lo que se necesita es que el médico vea los síntomas y diagnostique. Dudo que un doctor diga que tal cosa no existe y saque a la gente del centro, pero si así fuera es todo lo que hay que hacer: capacitar al médico para que no eche a la gente sin chequearla.

Por si acaso, vale aclarar que a mí tanto me daría tener el apellido que fuera, no me siento orgulloso del que tengo, porque yo no hice nada por merecerlo ni afecta mi individualidad. Así que no estoy apelando a la exclusión. Solo me parece que para madurar como sociedad deberíamos actuar de manera madura, racional y con miras a avanzar.

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Soy analista porque lo somos todos. Los análisis en ocasiones son solo un juego de argumentos, un pasatiempo intelectual, pero en muchas ocasiones determinan nuestras posturas, lo que modifica nuestras decisiones y, quizá, la de más gente. De ahí que sea oportuno considerar todos los aspectos, toda la información, no creer porque alguien más lo dice o, incluso, porque de entrada suena lógico.

La próxima vez quizá ponga en el formulario de aduana que soy filósofo, por pura diversión, mientras sigo sosteniendo que ejercitar el músculo del análisis es una buena inversión de tiempo.

Saludos