Idealizamos a Mr. Hyde

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Casi todos los que disfrutamos de la lectura solemos tener una respuesta que, disfrazada de condescendencia, es en realidad altanería, cuando alguien nos pide una recomendación sobre qué se puede leer para iniciar con el hábito: “¿Qué tipo de lectura te interesa?” Con ella ponemos en posición incómoda a quien nos consulta, logrando, la mayoría de veces, que desista de su intento, so pena de mostrar que ni de géneros literarios entiende, o asustado por la arrogancia de pretender que los conocemos todos y que podemos realizar una selección muy atinada si nos proporcionan más datos. Razón por la cual decidí tener, a primera mano, un libro que me parece harto interesante, bien escrito y que demuestra, en sus pocas líneas, la riqueza y el poder de la literatura. Dicho libro es “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

La dualidad del personaje —un doctor elegante y educado que con una fórmula que el mismo descubre se convierte en un desgarbado desagradable, acaso un monstruo—, más allá de ser una crítica a la sociedad victoriana, tan proclive a la hipocresía en sus modos y su anhelo de perfección en apariencias y en sus modos, transmite, con destacada obviedad, la lucha de las dos naturalezas que condicionan el actuar de cada ser humano, dos personalidades que luchan internamente por el control del sujeto. Una la de modos, educación y formas. Ésta que encontró una manera de socializar, convivir y desarrollarse en comunidad. Y la otra que desata, sin miramiento alguno, los instintos, el recelo por poseer el todo para satisfacer el reflejo, y el que renuncia a las formas porque no le es cómodo adecuarse a ellas.

No obstante, me parece que en muchas ocasiones hay un problema en la interpretación de ambos personajes. No son pues, reservadas para cada uno de ellos uno de los instintos o sentires que les mueven a actuar. Por ejemplo, no es el miedo algo que le compete al Dr. Jekyll y el mismo una ausencia en Mr. Hyde. No es el deseo propiedad exclusiva del señor y algo que le es ajeno al doctor. Todo es de ambos en distinta medida, o más bien, ambos reaccionan y se dejan dominar por ellos, a la hora de la toma de decisiones y a la hora de mostrarse al exterior, en distintas proporciones. Después de todo no existe un Mr. Hyde sin un Dr. Jekyll, y el Dr. Jekyll siempre tuvo a su Mr. Hyde en el interior.

Tomado el caso de la inconformidad, se puede observar que es una condición común a todo ser humano, como generalidad. Es la inconformidad la que mueve al mundo porque es la que impulsa al ser humano a hacer y crear. Es la inconformidad y no la ambición la que nos ha llevado a la modernidad de nuestra época. Siendo que ambos personajes son humanos, solo que con distinta faceta, podemos concluir que la inconformidad está en ambos, pero que a cada uno de ellos les hace actuar de forma distinta. A uno le puede afectar más y al otro menos.

Si en la época victoriana fue destacado el hecho de escribir tan buen texto como del que hablamos, para hablar de la hipocresía de la gente, hoy día se hace necesario que aparezcan textos que critiquen la desmedida idealización por atender a los modos del Mr. Hyde personal y la abrumante crítica a los modos, a las formas, a la clase y al estilo, porque pareciera que la humanidad se encamina hacia el desprecio de los Dr. Jekyll.

“Yo soy como soy”, “Yo digo las cosas como las pienso y que cada quien interprete como quiera, no es mi responsabilidad”, “Si te gusta bueno, si no es tu problema”, “Me visto como quiero y es mi derecho”. Frases comunes en nuestra sociedad, que antes fueron de dominio exclusivo de la juventud, pero ahora su uso se ha generalizado cada vez más. ¿Por qué? Porque de alguna manera vamos creyendo y aceptando que nuestro verdadero yo es nuestro Mr. Hyde y que nos debemos a él para ser leales con nosotros mismos.

No quiero decir con ello que la hipocresía es lo que deba gobernar el mundo, ni que debemos renunciar a todo cuanto nos gusta por conservar las formas. Mucho menos pretendo que se deba relegar la individualidad en aras de convivir en paz. Lo que sí digo es que la adoración de lo insulso, de lo falto de valor, de aquello que no tiene esencia y el menosprecio de la intelectualidad, entre otros, es un error.

Después de todo nuestra capacidad de ser individuales y poder a la vez convivir en sociedad, junto a nuestro mérito al ser capaces de crear y distinguirnos en intelecto, es lo que nos separa de cualquier animal, cuya interpretación de la vida no va más allá de obedecer a sus instintos.

Hoy damos más valor a quien dice cualquier frase hablando sin propiedad de cualquier vileza, a quien se refiere a la humanidad como podredumbre o a quien habla de intimidades sin falta de tacto, que a quien intenta hablar con propiedad, desarrollar temas con nivel o a quien busca resaltar lo mucho de bueno y grandioso que hay en la humanidad.

No hay mérito en ser por ser, como sí lo puede haber en ser con intencionalidad.

Por mientras seguiré recomendando la novela ya que sus giros, las razones, las consecuencias y los personajes en la historia, son exquisitos sin más.

Saludos

Almuerzo convivencia con Yoani Sánchez

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Charlando sobre sus múltiples viajes, me comentó: “Si tiene ganas de conocer Cuba, el momento es ahora. Luego será solo un país más, con una historia que contar, como todos. Ahora puede ver lo que un Estado comunista es capaz de hacer”. Él cuenta que ha viajado en dos ocasiones y que tiene deseo de regresar.

De las varias anécdotas que ha contado, que incluyen una de un lugar al que lo llevaron a comprar habanos en lo que parecía ser un edificio abandonado, y el método de pago de un restaurante en donde Hemingway solía beber sus mojitos, me contó una que ocurre por la plaza central:

Cuenta que, si uno va caminando por ahí, te puedes topar con personas que se acercan a pedir, ya sean bolígrafos, de los que “no saben fallar”, o bolsas plásticas, y que son enfáticos en que no pueden recibir dinero, pues eso es tomado como limosna y la tal es mal vista por el Estado, en cambio a los otros artículos se les toma como un regalo. Dice desconocer el propósito de pedir aquellos artículos. Yo sospecho que es que la petición suena lastimera, pero no puedo asegurarlo. No obstante, la parte interesante, para mí, ocurre unos minutos después, cuando un desconocido se acerca con la única misión de preguntar al turista si todo está bien, y a cuestionar lo que fuera que le fue dicho —Nadie puede hablar mal del gobierno ni comentar cosas que no se debe.

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El viernes 30 de septiembre fui invitado, junto con otros varios, a un almuerzo de convivencia con Yoani Sánchez, quien con camaradería y soltura tuvo a bien compartir algo de lo que es ir por el mundo contando lo que es la vida en Cuba, lo que es ser bloguero/periodista en aquel lugar que pretende controlarlo todo, y contestar a las preguntas que algunos de nosotros, por turno, le hicimos.

Mi pregunta, la última en ser contestada, tenía relación con la anécdota de las personas de la plaza. ¿Cómo es posible —pregunté— que, conociendo la triste situación de todos, haya personas que se dediquen a delatar a sus conciudadanos?

Yoani me dijo que hay tres escenarios, el primero y más obvio, es el de aquellas personas que, ajenas al dolor de otro, deciden pensar solo en ellas y por una recompensa son capaces de cualquier vileza. Son esas mismas personas que desean que el régimen continúe, pues si termina quedarían solos, despreciados por la sociedad.

El segundo escenario obedece a nuestra lamentable condición humana, que es capaz de resolver diferencias e inconformidades acusando sin más. Yoani mencionaba que alguien puede, por simple envidia, delatar al vecino, y que como de una u otra manera, todos hacen cosas fuera de ley con tal de sobrellevar la vida en la isla, las acusaciones resultan siempre ciertas. De ahí que nadie pueda confiar en nadie.

La tercera y la que más llamó mi atención, tiene que ver con el abuso de la inocencia. Pasa, comentó, que a muchos se los llevan de chicos, los meten en escuelas militares y básicamente les lavan el cerebro, convirtiendo para ellos en una realidad la idealización de la revolución, el odio hacia todo lo que parezca yanqui, y el principio de mantener aquel sistema a cualquier costo. No es que ellos escojan ser malas personas, es que están convencidas que son las buenas.

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Al salir de la actividad, más allá de lo enriquecedora de la experiencia; de la sorpresa, nada agradable, de conocer detalles que, para muchos en nuestra cotidianidad, nos parecerían inadmisibles, por parte del gobierno y su robo de la libertad; de lo despreciable de la conducta humana de aquel que ha sido moldeado por el ansia de poder, me quedé meditando sobre lo que nos conduce y nos hace tomar decisiones.

Es muy posible que muchas veces, en determinados actos, con determinadas conductas o sosteniendo tal o cual creencia específica, actuemos, ya movidos por la vileza de un interés personal que se imponga al derecho ajeno, por la debilidad de nuestras emociones o porque nos hemos convencido, sin más, que algo es cierto, solo porque alguien, en quien por cualesquiera razones confiamos, puso la idea en nuestras mentes, y aquello quedó como grabado en mármol.

Sería bueno meditar en cada cuánto juzgamos nuestras premisas de vida y en cada cuánto decidimos dudar de todo cuanto creemos y aceptamos.

Quizá un “bastante seguido” no sea suficiente.

Saludos.

PS. Para leer más de Yoani Sánchez puedes visitar su blog: GeneraciónY en 14Ymedio

El Libro de la Vida

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Yo yacía en el suelo llorando inconsolable, cuando se acercó a mi oído y me susurró: “Dice el Señor que tu nombre ha sido inscrito en el Libro de la Vida”. Aquel día de campamento juvenil, cerca de Palín, más que paz y el regalo de la vida eterna, recibí la peor condena que había recibido hasta entonces.

Sin saberlo, esta persona me dio el regalo de la duda, una constante en la fe, que siempre encuentra formas de hacerse más profunda:

¿Quién me lo dijo?
¿Por qué me lo dijo?
¿Se lo había inventado o dios le habló en realidad?
¿Por qué yo?
¿Dejás de esforzarte por estar en ese libro cuando sabes que estás?
¿Se puede borrar el nombre del libro?
¿Qué pasa con el espacio que se deja en blanco? ¿lo llenan con otro nombre?
¿Cuántas páginas tiene el libro?
¿Importa el orden en que esté escrito?

Menos mal que con el tiempo entendí que dios es una invención humana, que el Libro de la Vida no existe y que la vida eterna no es más que una quimera.

Pero hoy día hay una duda que, incansable, aún persiste:

¿Por qué dice inscrito en lugar de escrito?

De Análisis, Olimpiadas, Jimmy y Mal de Ojo

Analisis

Cada que tengo oportunidad de salir del país, detesto el momento de llenar los formularios de aduana en donde te preguntan información que nunca van a revisar. Como todos los que no vuelan por primera vez, asumo, los lleno en automático. No obstante, de todas las preguntas, hay una que siempre captura mi atención, y es la que cuestiona mi profesión. Tengo claro que podría poner que soy carpintero, herrero o escritor. Lo cierto es que a nadie le importa y no se molestan en corroborar. Luego, si quisieran, podría argumentar que hice un mueble de madera, hace algún tiempo, y que eso me hace carpintero, aunque dicho mueble nunca quedase bien ensamblado y estuviera en desuso hace mucho. Después de todo es sabido que la profesión no está en función de la calidad del trabajo, de tal cuenta en algunos lugares me defino como escritor. ¡Qué más da!

Sin embargo siempre respondo que soy analista. Primero porque me gusta cómo suena, segundo porque no tengo que entrar en detalles, y tercero porque cabe perfecto en el mísero espacio que dan para contestar. Además no es mentira, tanto mi persona como cualquier ser humano tiene a su cargo el análisis de su entorno, o su existencia sería un despropósito total. Favorablemente tampoco es requisito ser un buen analista.

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En eventos recientes he podido comprobar nuestra celeridad y desatino para el análisis. Están, por ejemplo, los comentarios que a toda prisa fueron disparados para el partido de voleibol de playa, que protagonizaron las duplas de Alemania y Egipto. AELos primeros comentarios que leí iban del machismo predominante en nuestras sociedades (disparaban hacia todos lados), que obligaba a una mujer a portar un uniforme que cubría por completo su cuerpo e incluso su cabeza. Yo lo primero que pensé, lo reconozco, es que la pobre mujer se estaría muriendo de calor con ese traje, que me parecía más propio de buceo que de voleibolista, en el calor que habría de imperar a Río de Janeiro.

Fue entonces que aparecieron otros comentarios apresurados, pero era la segunda tanta, por tanto iban un poco más profundo. No fueron escupidos tras el primer arrebato de indignación. Éstos comentaban que el machismo podía verse en ambos lados de la cancha. De un lado estaba la obligada a cubrirse y del otro lado estaba la obligada a descubrirse casi todo, lo cual, es imposible negarlo, le ha valido a aquel deporte un éxito importante con los aficionados que, en ocasiones ni sabrán o no les importará el partido.

Mi pensamiento acelerado, que nada tiene que ver con ser santurrón ni pudoroso radical, es que ambos uniformes eran un despropósito. Pero, visto con lupa, todo el asunto tiene su base en la libertad —entenderla y dominarla, está claro, será un anhelo que conservaremos hasta los últimos tiempos de la existencia de nuestra raza—.

Entrevistada la egipcia, dijo que ella se vestía así por decisión propia, lo cual es cuestionable. Desde su punto de vista nadie la obliga, porque lo hace para agradar a su dios. Un dios inventado por un grupo de personas, a la sazón, machistas, que idearon una sarta de reglas que menoscaban la libertad, convirtiéndola solo en una ilusión de libertad. Los creyentes lo tienen claro: su dios les manda a amarlo so pena de castigo eterno, pero les hace creer que tienen libertad y que les obliga por amor. Incoherencias que solo hacen sentido en la cabeza del creyente que se niega a abrir los ojos.

Por otro lado, la alemana hace uso de su libertad, vistiendo lo que se espera que vista para beneplácito del ojo ajeno, arguyendo que no tiene problema, porque es la libertad planteada por la sociedad —o lo que sea eso en lo que se ha convertido—.

Para cerrar el ejemplo podríamos ir un poco más profundo y determinar que nadie está obligado a practicar un deporte y que seguir reglas tanto de juego, como de indumentaria, requisitos y demás, no es, necesariamente, doblegar la libertad. Ya veríamos a los jugadores de fútbol tomando el balón con la mano para hacer un gol, porque tienen la libertad y el derecho de seguir la propia. Hay límites y hay reglas por una razón, que idealmente procuran dar sentido a las cosas.

También solemos analizar por el gusto que nos crea la ilusión y el deseo. Me enviaron una imagen a través de un grupo de WA, que mostraba a Phelps nadando hacia la meta y a quien iba en segundo lugar, observando a su contrincante. PhelpsEl mensaje de la imagen dice: “El ganador es enfoca en ganar, el perdedor se enfoca en los ganadores . Luego de reírme de la ocurrencia y de la ingenuidad, pensé: primero que una medalla olímpica de plata no es algo que se debiese despreciar, luego concluí que Phelps no veía a otro porque no tenía a quién ver —si hubiera ido segundo posiblemente lo hubiera hecho—, y que es normal ver a los de enfrente porque pues, la gente no es invisible —aplica en lo físico y como metáfora—. Pero lo genial llegó unos días después, cuando Bolt, con sobrada confianza y Boltdominio en su disciplina atlética, volteaba a ver a sus adversarios antes de cruzar la meta. Entonces no recibí ninguna imagen con una leyenda tipo: “Los ganadores controlan los pasos de sus adversarios, los perdedores solo ven al frente”.

Aquella misma semana se anunciaba el paquetazo de impuestos que Jimmy pretendía modificar para, según él, cubrir las necesidades del Estado. Uno de sus argumentos exponía que la gasolina había bajado y que los precios de los productos no disminuyeron en aquel entonces, y que, por tanto, ahora que se cobraría más impuesto a la gasolina los precios de los productos no deberían subir. El señor Morales da a entender que la gente solo se quedó con una ganancia extra que no le correspondía, ignorando la realidad de la mayoría de empresas del país, muchas de las cuales pasan el mes con 61 de nota. Ese extra, si fuera considerable, serviría entonces para saldar algunas deudas, invertir en aquello que se necesitaba para ser competitivo, o en lanzar alguna oferta que permita jugar en el mercado. No es, necesariamente, dinero en el bolsillo de los empresarios. Si lograron estabilizar algunas situaciones con ese ahorro, está claro que, de haber más impuestos, solo los trasladarán al consumidor, lo que representa aumento de precios para todos. Sospecho que los analistas de Morales se lo dijeron, pero que decir cualquier disparate en los medios de comunicación está de moda.

Luego, hace algunos días, salió el anuncio de la intensión de cubrir, entre otros, el Mal de Ojo, como enfermedad a ser tratada en los Centros de Salud. Fuimos muchos los que alzamos la voz ante lo impactante e inesperado de la noticia. Vamos a incluir enfermedades que no existen, pensé. Días después la Ministra de Salud explica las razones, se mencionan estudios de universidades y la necesidad de inclusión de todos los guatemaltecos a la sociedad. Entonces vi a muchos (varios) tirar para atrás en sus críticas. Ahora tiene sentido, dicen. Yo sigo sosteniendo que es un despropósito por dos principales razones.

La primera es que me parece hasta un juicio racista, pensar que hay un grupo de personas que no son capaces de entender lo que existe y lo que no, y menos que se les tenga que engañar para que acudan a tratar sus enfermedades porque “Es la única forma”. Pasa con las creencias espirituales y no andamos engañando a los Testigos de Jehová para que acepten una transfusión de sangre.

La segunda es que no recuerdo a nadie cuyo argumento haya sido del tipo: “Tengo Síndrome del intestino Irritable, pero no voy a esa clínica porque no están de acuerdo conmigo”. Una va al doctor a contar la dolencia y es él quien da el diagnóstico. Alguien puede llegar a decir que tiene Mal de Ojo, y todo lo que se necesita es que el médico vea los síntomas y diagnostique. Dudo que un doctor diga que tal cosa no existe y saque a la gente del centro, pero si así fuera es todo lo que hay que hacer: capacitar al médico para que no eche a la gente sin chequearla.

Por si acaso, vale aclarar que a mí tanto me daría tener el apellido que fuera, no me siento orgulloso del que tengo, porque yo no hice nada por merecerlo ni afecta mi individualidad. Así que no estoy apelando a la exclusión. Solo me parece que para madurar como sociedad deberíamos actuar de manera madura, racional y con miras a avanzar.

*****

Soy analista porque lo somos todos. Los análisis en ocasiones son solo un juego de argumentos, un pasatiempo intelectual, pero en muchas ocasiones determinan nuestras posturas, lo que modifica nuestras decisiones y, quizá, la de más gente. De ahí que sea oportuno considerar todos los aspectos, toda la información, no creer porque alguien más lo dice o, incluso, porque de entrada suena lógico.

La próxima vez quizá ponga en el formulario de aduana que soy filósofo, por pura diversión, mientras sigo sosteniendo que ejercitar el músculo del análisis es una buena inversión de tiempo.

Saludos

Mientras dormía

Paralisis

Aún era temprano, pero últimamente he tratado de obligarme a dormir lo antes que pueda, cosa de no exigirle al cuerpo de más, considerando que ahora suelo empezar mi día a eso de las 3:30 am. Apagué la televisión, después de todo Lilyhammer es una buena serie en potencia, que no me termina de enganchar.

Por la tarde, en mi habitación, había estado pintando un cuadro que, como todos, me salió muy mal, pero lo hago por diversión y no porque sea un artista del color, así que no sufro mucho por ello, sufro poco. Lo dejé puesto en el caballete para estarlo contemplando mientras yacía recostado en cama, pues, aunque feo, es mío. Al mismo le llamé, porque hace dos pinturas que decidí ponerle nombre a mis trabajos: “Selfie effect”. Es un rostro a colores, de equivocadas proporciones… eso es todo.

No tenía sueño. Tardé tiempo en lograr dormir.

Al rato la habitación estaba más obscura de lo que usualmente está, por las luces de tantos dispositivos que siempre están despiertos. Quise cerciorarme acerca de ellos, pero me fue imposible. No podía moverme. Estaba totalmente congelado. No podía ni siquiera abrir los ojos, por más esfuerzo que realizaba. De pronto sentí algo como un frío que me recorrió de la planta de los pies hacia la espalda y pude sentir que algo o alguien me miraba desde algún punto de aquella torrencial obscuridad. Me miraba detenidamente, era una mirada amenazadora y burlesca. Me miraba a sabiendas de que yo no podía moverme y que a mano no había nada que pudiera auxiliarme. CommentMe miraba como me veía a mí mismo, tendido en la cama, indefenso, y sin movimiento. El cuadro que había pintado ya no estaba en su lugar.

Entonces de la sombra, de mi lado izquierdo, como saliendo del walk-in closet, apareció una persona, o algo similar, cuyos pasos parecía que los daba deslizando los pies, casi flotando. Vestía una túnica café y un sombrero del mismo color. Parecía un monje con las manos y la mirada hacia abajo. Asumí que era aquello que me había estado observando. No lograba ver su rostro. Yo seguía sin poder moverme. Entonces, en un santiamén, dejó la capa tirada. Era un adulto ya de edad que no alcanzaba a ser viejo aún. Alcancé a notar lo blanco de su camisa, un reloj de metal que llevaba en la mano izquierda y un peinado más bien alborotado. Se acercó sin mediar palabra, pero podía notar su mala intención. Llegó hasta detenerse al lado mío. A mí me era imposible gritar, saltar o correr, mi estado no había cambiado un ápice. Entonces sentí su mano y lo frío de su reloj en mi vientre. Aquello no pintaba bien. Quería hacerme daño.

Acto seguido logré moverme. Fue como si alguien encendiera el switch que habilitaba mis movimientos. Abrí los ojos y sentí las pulsaciones de mi corazón aceleradas, como si en efecto acabara de correr con todas mis fuerzas, alejándome de aquel lugar. En el cuarto estaban las luces de los dispositivos, el cuadro estaba donde lo había dejado y el hormigueo en mi cuerpo daba cuenta de que aquello no había sido un sueño.

Lo que acabo de narrar no es ficción, en realidad me pasó.

Favorablemente, tiempo atrás, había leído más de un artículo que trata sobre lo que se conoce como la “Parálisis del sueño”, que es un trastorno del sueño bastante común, pues no era la primera vez que experimentaba algo como esto y tuve curiosidad por saber qué me pasaba.

Algunos explican la Parálisis del sueño como tener la sensación de que uno es algo que está atrapado en el propio cuerpo. Y uno experimenta alucinaciones auditivas y/o visuales, sensación de no estar solo en el sitio y de ser ajeno a uno mismo, entre otras cosas. Pasa porque uno está despierto pero una parte del cerebro permanece o ya está dormida, según si uno empezaba el ciclo del sueño o estaba por despertarse. A mí suele pasarme en la primera.

Fui consciente todo el tiempo, mientras permanecía inmóvil, de lo que en realidad me estaba pasando.

Sé que uno no puede sentir las miradas, porque la vista percibe luz y no envía nada, lo que hace imposible percibir miradas. Sé que uno no vive fuera de su cuerpo (hasta hoy nadie fue capaz de comprobar la existencia del alma o del espíritu). Asumo que mi cerebro relacionó de alguna forma el cuadro del rostro que hice y que justo me veía con aquel momento. En mi habitación hay una cortina doble, una parte, la que siempre está cerrada es blanca, y la otra es café obscuro, como el color de tela que usan los monjes, y esa se mantiene hacia el lado más lejano de mi cama, cerca del closet. Cuando fui consciente y vi aquello, fui capaz de identificar al “monje” y de sonreír.

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“Selfie Effect”

Por último, fue gracioso recordar que aquel día, por la mañana, había ido a una cita con el doctor, pues me tenían que operar de una hernia en el vientre, justo donde el hombre de blanco pensaba hacerme daño.

Reconozco que la sensación, igual, no es agradable, dado que ninguno de nosotros sabemos qué cosas desconocemos. Y por la mente siempre pasa la idea, por ejemplo, de que uno pueda estar muriendo o que la facultad de movimiento no vuelva más. Pero sabida cuenta de que aquello de paranormal no tiene nada, es más llevadero.

Si fuera otro tipo de persona posiblemente contaría esto con tintes de sobrenaturalidad, pero hoy día no hay excusa, cualquiera que quiera saber de cualquier tema, casi con seguridad encontrará explicaciones y definiciones sobre el mismo, que tengan lógica y sentido, sin necesidad de recurrir al banal, simple y nada meritorio acto de creer en cosas, porque “hay más cosas de las que uno ve”.

Claro está que uno encuentra desde información importante hasta basura de artículos que te dirán, por ejemplo, que aproveches la Parálisis del Sueño para realizar un Viaje Astral o Desdoblamiento, que es, supuestamente, cuando logras flotar fuera de tu cuerpo.

Es decisión de uno, y una lamentable, si insistir en creer por creer o no.

Saludos

 

Mi abuelo XX y mi abuela XX

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El otro día desperté con la curiosidad por saber quiénes fueron mis abuelos maternos. Fue algo así como cuando uno se despierta con ganas de seguir durmiendo, nada que se pueda tomar demasiado en serio.

No conozco ni siquiera sus nombres, desconozco los gustos que tuvieron, sus conductas y costumbres. No sé si fueron buenos con mi madre, estrictos o malos padres. La historia oficial —porque todo lo que los mayores le dicen a uno cuando se es chico es oficial—, dice que murieron cuando mi madre era muy pequeña, tanto que ni ella tiene mucha memoria de ellos. Por lo que a mí respecta ellos pudieron haber abandonado a todos sus hijos en un acto de egoísmo puro o mi madre pudo haber sido adoptada. Mentir dejando una generación de por medio siempre es más fácil.

¿Cuántas personas a esta altura recordará los nombres de mis abuelos? ¿Hasta dónde llegaron a impactar las vidas de otros? Yo tengo la sospecha que no fueron muy buenas personas, porque hay que tener muy mala suerte para que tus dos “buenos” padres salgan de tu vida cuando solo tienes cinco años.

¿Qué diferencia hace que tenga esa imagen, así sea equivocada, de ellos? ¿Tienen sus vidas, acaso, menos significado porque yo tenga un concepto equivocado?

Después de todo la historia no es lo que se dice, se escribe, se recuerda o se imagina. La historia es lo que pasó, y es más importante, para cada quien, lo que en ella aconteció.

Captura de pantalla 2016-06-21 a las 6.42.04 p.m.De tal que encuentre difícil pensar que una vida (muerte) con significado es aquella que se dedica a hacer grandes cosas, porque esta idea es, sin más, desesperanzadora. Si las grandes cosas de cada quien están en función de la importancia que le damos a pequeñas cosas, entonces todas las vidas (exceptuando las que atraviesan penurias extremas) tienen trascendencia, ergo, no hay que ir en pos de nada.

La vida tiene un fundamento muy importante en la percepción, si lo que percibimos de la propia nos place, debemos concluir, a fuerza, que nuestra vida trasciende. Si nuestra vida trasciende es porque ella, de acuerdo a lo que concebimos como una buena vida, está acorde a nuestros conceptos y tenemos dos opciones, ambas totalmente válidas: o nos conformamos con los conceptos que ya tenemos, cosa de ser condescendientes con nosotros mismos, o vamos en pos de agrandar la calidad y cantidad de tales conceptos.

A más y más demandantes conceptos, más incómoda se torna la inacción y el conformismo.

De ahí el éxito, por ejemplo, de las religiones, pues si bien a muchas de ellas no se las puede acusar de inactividad —conozco gente que día y noche se mueven, hacen y trabajan por la causa que defienden (yo mismo fui uno de ellos)—, sus conceptos son prácticos, sencillos y son pocos —Dios dirige a través de un hombre, el castigo es el infierno y el premio el cielo, sin adentrarse en pormenores—. La mucha acción con tales ideas hace sentir que uno está trascendiendo de forma considerable, lo que para otros de nosotros es un desperdicio de tiempo y de cualquier clase de recurso. Mentes brillantes se han perdido en la butaca de una iglesia y a la voz de un cura o un pastor. Mentes brillantes se desperdician a la sombra del conformismo de conceptos.

Dudo con firmeza que el valor de la vida sea dado por sentir que trascenderemos más allá de la muerte, aunque hace un buen trabajo simulándolo. Sostengo, por el contrario, que es la coherencia entre la acción y lo que se cree lo que da la sensación de que nuestra vida, si bien no tiene un propósito como tal, está siendo aprovechada.

No me sirve ser recordado cuando ya no esté, me sirve el placer, la satisfacción y la sensación de hoy, y mejor si es la de hoy en pos de un mañana del que preferentemente seré testigo.

Posiblemente prefiera pensar que mis abuelos maternos no fueron buenas personas porque el resto de personas guarda una férrea tendencia a recordar a la gente que se fue, como buena. Y no me queda otra que concluir que si mis nietos o bisnietos llegasen a tenerme como alguien “malo”, para entonces será intrascendente.

Saludos

PS. Hace mucho que no sé de mi madre y no tengo intención de que me arruine el mal concepto que tengo de mis abuelos, porque me encapriché con esa idea.

Stronger than you know

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Se presentó al punto de salida con su ropa deportiva, un número de participante enganchado al pecho y sus nuevos tenis que estrenaba para la ocasión. Era la primera vez que decidía enfrentar el trayecto de los cinco kilómetros que le separaban de la meta. Como pasa a muchos primerizos, nadie le explicó que a la carrera se va solo a repetir lo que en mejor escala se hace en los entrenamientos, así que esa distancia era totalmente nueva para él. Tenía miedo, el miedo de la inseguridad, el miedo que siembra la duda, el miedo que genera la incógnita, incluso el miedo que provoca la vergüenza que nos da cuando creemos, de forma ingenua, que la gente está en extremo pendiente de nuestras acciones.

El cúmulo de gente empezó a moverse de a poco. Su intención era correr entre la multitud desde el principio, nadie le contó que en ese momento sólo puedes correr si estás en las primeras líneas de salida, luego es imposible por la cantidad de gente alrededor. El ansia crecía. Encontró un espacio y tomó ritmo, corrió superando a muchos, esa sensación era agradable. Cuando escuchó la notificación del celular de que acababa de cruzar el primer kilómetro se dijo a sí mismo, con angustia, que solo tenía que repetir lo logrado hasta el momento, cuatro veces más.

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Hace unos días vi una frase que me dejó pensando, la cual decía:”You are stronger than you know” (Eres más fuerte de lo que sabes”). Son este tipo de frases que sirven de motivación y aliento para que uno se anime a enfrentar nuevos retos, a la sazón, si somos honestos, ninguno lo hace por eso. Nadie se despierta un día pensando que como es más fuerte de lo que sabe realizará tal o cual actividad. La motivación siempre es otra, un deseo, una necesidad, un ideal, incluso el que alguien lo convenza a uno. No obstante seguimos repitiéndonos falacias como la mencionada, porque ser honestos con nosotros mismos siempre da más trabajo.

El tema es sencillo, si tu crees que eres más fuerte de lo que sabes que eres, automáticamente ya sabes que eres más fuerte de lo que sabías antes de creerlo. Esa creencia profunda en algo te da conocimiento, conocimiento que puede ser falso o verdadero, pero que determina, por mucho, tus acciones. Cada que decidas algo: hacer o no hacer, creer o no creer, aportar o no aportar, meditar o no meditar, etcétera, tal comportamiento estará definido por todo aquello que creas, y eso que crees tiene su base en lo que sabes, o al menos en lo que crees que sabes.

No eres, por regla, más fuerte de lo que crees, tu fuerza puede ser más grande o puede ser menor de lo que piensas. Lo que casi es un hecho es que podrás trabajar en ella para mejorarla (hay excepciones) y de poco te aprovecha creer en ese tipo de frases, acaso para una reflexión de dos minutos en donde puedas sentirte bien o mal con tu persona.

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Narciso, nuestro corredor, acaba de cruzar la mitad del recorrido, va exhausto y le preocupa que de un momento a otro sus pulmones revienten. Ve a la gente a su lado, casi todos parecen estar disfrutando, él, en cambio, va sufriendo. La idea de detenerse o caminar es una constante en su mente. No quiere, no debe, no aún al menos. Qué van a pensar de él. Su lucha mental y física continúa: “Ya solo tengo que hacer de nuevo lo que he hecho hasta el momento”, concluye.

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Hubiera sido muy bueno que Narciso aprendiera, ya fuera preguntando o investigando. Hay libros, videos en YouTube, blogs, sitios especializados y ¿por qué no? entrenadores profesionales. Hubiera comprendido que hay que fortalecer las piernas, que se debe respirar con ritmo, que la energía se puede ir administrando y que en sus entrenamientos debió recorrer más de cinco kilómetros para que su cuerpo tuviera la fuerza necesaria y su mente tuviera claro que en el momento de la carrera lograría realizar el recorrido sin problema, porque estaba preparado.

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Narciso empezó a caminar del kilómetro cuatro al cinco. Se siente mal consigo mismo. Se cuestiona si la frase que leyó en las redes sociales eran ciertas para todos menos para él. Si hay algo malo con él. Se siente mal, derrotado, humillado, desesperanzado.

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Deja de creer que eres más fuerte de lo que sabes, mejor averígualo. Deja de creer por creer, mejor aprende lo que eres capaz de hacer. Investiga, muévete, no te confíes. Trabaja, actúa, haz.

Siempre, no importa la circunstancia o la actividad que quieras realizar, será mejor saber que creer.

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Narciso está feliz, ha cruzado la meta y logró cruzarla corriendo. Se dice a sí mismo que es más fuerte de lo que sabía, como leyó en la publicación. Quizá siga en lo de las carreras, no lo ha decidido aún.

Su logro le confirma lo que la frase decía. Seguirá creyendo en frases que suenan bien, después de todo, tiene evidencia de que son ciertas.