Yo Solo Quería Saber

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El otro día apareció una frase, en mis redes sociales, de las que califico como curiosas. No buenas o malas, no acertadas o erróneas, solo curiosas, lo que usualmente significa que querré saber más.

La frase decía algo de que después de la muerte también hay esperanza.

Quien lo publicó cree en el dios judeocristiano. No conozco la religión que practica y mucho menos la doctrina que ostenta, que siempre hay, aunque esté de moda decir que no se practica ninguna y que lo que se tiene es una relación personal.

Sin más, quise saber y le pregunté a qué se refería.

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El catolicismo da cuenta de tal esperanza, gracias a la creencia de que existe el Purgatorio. Una vez muerta, la persona a la que le tocó ir ahí, tiene la esperanza de que los vivos intercedan por él, según me dijeron, realizando varias misas con tal intención. Cuántas misas son y de cuánto es la inversión monetaria no me dijeron, pero la gente queda convencida que aquel por quien se intercedió, termina en el cielo.

Los protestantes pregonan el infierno, aunque todos crean que los propios familiares siempre van al cielo. Su doctrina dice que si alguien muere en pecado está condenado y ya no hay más que hacer —Un método más efectivo para mantener al rebaño en orden.

En mis tiempos de creyente escuché una prédica, creo, con riesgo a equivocarme, que fue de Sergio Enríquez, en donde explicaba que la excepción a la regla eran los no nacidos. Ellos, según ese mensaje, tienen una única opción: son cuestionados y de su inmediata decisión depende en dónde pasarán la eternidad.

A excepción que la pregunta tenga truco, no veo cómo alguien con uso de razón, la que sea que les es dada en ese momento —porque el cerebro como humanos no se les llegó a desarrollar—, opte por el infierno.

Recuerdo que cuando escuché aquello me quedó la sensación de que a los no nacidos se les hacía un favor.

(Antes de arrojar la primera piedra, pónganse en contexto.)

No recuerdo prédicas sobre personas con capacidades mentales limitadas, ni sobre niños, más allá de que el reino de los cielos era suyo, pero se les daba el mensaje de que podían ir al infierno en cuanto perdieran su inocencia. No obstante, asumo que algo se habrá dicho al respecto.

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Volviendo al comentario sobre la esperanza después de la muerte, asumí que planteaba otra hipótesis, aunque fuera planteada como realidad innegable, pero la respuesta que recibí decía que no era un buen día para debatir y que esa persona tenía sus creencias, mismas que con discutirlas no las iba a cambiar.

¡Joder!

(Perdón por el exabrupto)

¡Así me verá la gente!

De entrada, una pregunta no es una invitación al debate, y mucho menos tengo como misión el convencer a nadie de nada, ya no digamos de pretender que alguien renuncie a sus creencias.

Cierto, soy curioso, me gustan las charlas interesantes y me atrae la idea de plantear temas que inviten a pensar o meditar, pero tengo claro que no soy un predicador ganando almas para mi bando.

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Hay un problema de comunicación importante cuando se asume una intención en el emisor de un mensaje. Quienes abogamos por la discusión y el aprendizaje debiéramos tenerlo claro. Se trata de disparar argumentos para valorar su lógica y adoptar para sí lo que la razón dice que está bien, el resto queda guardado como conocimiento.

Dijo Saramago que el trabajo de convencer es una falta de respeto. Ojo que dijo el trabajo de convencer, no el convencer per se, porque cualquiera puede dar argumentos o emitir una opinión que sea convincente.

Mientras medito en cómo mejorar mis prédicas, digo… en cómo mejorar mi proyección, me quedo con lo que sé de la esperanza después de la muerte.

Una lástima no haberme enterado de otra idea/creencia, por mera cultura general.

Apuesto que como las anteriores, hay otras que son un derroche de creatividad y han de ser fascinantes, así sean falsas.

Saludos.

A Esa Fiesta No Voy

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Por los pasillos me habían contado que las fiestas que organizaba Emilio tenían carácter de épicas, y se rumoreaba que pronto ofrecería una. Yo, al igual que muchos de la empresa, esperábamos ser invitados, pero debíamos esperar.

Fue un martes por la mañana. Se presentó en mi lugar y me entregó la invitación. Confiado, por la seguridad que le daba la fama que le precedía, no dijo nada, solo sonrió y se fue.

Abrí el sobre y vi el diseño y la palabra invitación en ella, no estaba mal.

Lo primero que no me gustó fue que decía una hora de inicio. ¿Cómo se atreve a decirme a qué hora debo empezar a “fiestear”? pensé.

Seguí leyendo y decía que la invitación era para dos personas. Para entonces ya estaba enojado. ¿Quién se cree que es para decirme con cuántas personas puedo o no andar? Yo, si quiero, ando con un grupo de 10 amigos o con tres amigas, ¿por qué me pone límites?

El acabose llegó cuando hasta abajo, en letra chica, decía “Traje Formal”. Encima de todo se tiene que meter con mi forma de vestir. ¡Qué si un traje formal no refleja mi personalidad y lo que soy! ¿Acaso me tengo que hacer pasar por algo o alguien que no soy para encajar con su grupo? ¿Qué hay de mi libertad para ser y proyectar la imagen que yo deseo?

¡Lo odié!

Yo tengo derechos y entre mis derechos está la libertad.

Guardé la invitación en una gaveta, muy molesto.

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Hace unos días se puso como trending topic, en redes sociales, el hashtag #EsSexismoLaboral. Fue bueno ver algunos comentarios muy atinados y, por otro lado, fue gracioso y hasta triste, ver varios más bien absurdos —Después de todo usar un hashtag no da validez a ningún comentario—. No obstante, hubo uno que llamó mi atención, que decía algo de que es sexismo laboral que las mujeres sean obligadas a usar tacones en una empresa.

La prenda de vestir que ostenta el título de más absurda es la corbata. No sirve para nada, excepto para una cosa: para dar elegancia. Resulta ser que hay empresas para las que la imagen es importante y obligan a usarla. Obligan como una condición para poder laborar en el lugar. Las mujeres, por otro lado, lo dijo Bronco en su himno a la retórica, con zapato de tacón se ven mejor. ¿Por qué? No sé explicarlo. Acaso moda, o pasa por la percepción de que ponen más cuidado en verse bien o acaso es algo que aprendimos (como con la corbata), pero es una realidad. La prueba es que, a los eventos sociales como bodas, graduaciones y todo tipo de fiestas de noche, donde ellas lucen sus despampanantes vestidos, las mujeres (casi todas) usan los zapatos de tacón. No querer aceptarlo es solo berrinche.

El meollo del asunto es ¿Qué entendemos por libertad?

¿Yo tengo libertad de vestirme como quiera sin que nadie se meta? ¿o las empresas tienen el derecho de establecer normas que les convengan para intentar ser más rentables? —cuando hablamos de negocios, la imagen (la profesional) cuenta.

No es lo mismo hacer negocios con alguien que usa jeans rotos y playera roída a hacerlos con alguien que utiliza traje sastre, principalmente cuando hablamos de marcas.

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Más adelante pude ver la queja de una persona que reclamaba a las marcas de ropa no hacer tallas para personas, como ella dijo, gordas.

Les cargaba con culpa y con irresponsabilidad por no asumir su función social de quedar bien con todo tipo de cuerpo.

Dijo que las marcas obligaban a la gente a odiarse a sí mismas, porque no podían usar una marca o ropa bonita.

Si lo hubiese escuchado me hubiera quedado con la boca abierta, pero leído no tiene el mismo efecto, al menos en los gestos.

No, las empresas no están obligadas a satisfacer a cada uno de sus potenciales clientes. Yo no puedo ir demandando a las empresas sabores de helado que yo quiera, medicinas para la enfermedad que me atañe y con la efectividad que yo preciso. No puedo exigir que los autos usen cinco ruedas, ni llamar irresponsables a los de la Coca Cola, por no hacer una gaseosa con el mismo sabor y con los efectos al cuerpo como si estuviera tomando agua pura, todo para no frustrarme y para no odiarme.

Las empresas también son libres, o deberían serlo.

Las empresas están para ser rentables. Esas rentabilidades les permiten generar empleos, pagar impuestos e, idealmente, generar dividendos que pueden ser utilizados por ellas mismas en expansión, en más empresas propias o que sirvan a los bancos para que otros emprendimientos realicen el mismo círculo. Ese, y ningún otro, es su objetivo principal.

Ser felices con lo que tenemos y con lo que somos, sin rendirnos al conformismo, es una labor individual, no algo de lo que las empresas deban estar pendientes.

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La libertad es algo que nos encanta cuando es aplicable a nosotros y que solemos no ver claro cuando es para otros, especialmente para empresas.

Si no quiero ir de traje y quiero ir con más personas, puedo ir a otra fiesta o darme a la tarea de organizar la propia.

Si no querés usar zapato de tacón podés argumentar para ver si la normativa cambia, ir a otra empresa o crear la propia, pero no acusar de sexismo laboral.

Si querés vestir bien no podés depender de una marca. Porque un googlazo de imágenes basta para darte cuenta que elegancia y bien vestir existen independientemente del tipo de cuerpo que tengamos.

Que sí, el sexismo, el machismo, el abuso de poder, el chantaje, la explotación y más, son problemas reales con los que hay que lidiar, en aras de resolver, pero no deberíamos dejar que nuestro entusiasmo por la justicia nos nuble la razón.

Si pregonas libertad, deberías pregonarla para todos, y pregonar la libertad que es congruente, no la caprichosa.

Saludos

PS. Emilio no existe y por usar un traje formal, yo no me perdería una fiesta con carácter de épica.

Ser Buena Persona

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Uno de los argumentos más constantes en el debate entre creyentes y ateos, es la necesidad de tener a dios como fuente de moralidad. Es decir, desde el punto de vista del creyente, si dios no existiera, la humanidad, por su propia naturaleza, sería mala y carente de una moral correcta que le permitiera comportarse de buena forma con el resto de personas.

Cosa curiosa es que para muchos de ellos, si muere una persona mala, digamos una que robó, golpeó, fue deshonesta, hizo daño, desperdició su vida, no se acordó de dios o incluso asesinó, pero que fue amiga, familiar o a la que se le tuvo aprecio, de cualquier forma irá al cielo.

Si vos sos una de estas personas, lo más seguro es que tal creencia provenga de la imposibilidad de concebir que dios tenga deparada una eternidad de sufrimiento para esa persona, siendo que vos conociste el lado bueno de ella.

Esto significa que en realidad no aceptás las reglas impuestas, de acuerdo a tus creencias, por dios.

Eso implica que te podés comportar como querrás, pues el mismo destino en el cielo te aguarda, sobre todo a vos que por definición no sos alguien malo.

De este sencillo escenario podemos concluir, sin mucho problema, que si vos estás siendo una buena persona, no es porque creas en dios ni en sus reglas, lo hacés por sentido común.

Y este argumento lo podemos sumar a la abundante evidencia existente, de que no se necesita a un dios como fuente de moralidad.

Saludos

De Castigos, Política, Arzú y Carreras

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Una oportunidad no se desperdicia, habrán pensado. El catedrático no se presentó a impartir su clase y eso dio rienda suelta a la creatividad de aquellos para hacer relajo. Era 1994 y yo cursaba cuarto perito. En la clase éramos sólo 18 y con 13 alcanzó para armar un zafarrancho de primer nivel, que hizo que fuera el mismo director del instituto quien se aprestara a la puerta del aula.

A algunos los tomó infraganti, y fueron los primeros en ser invitados por el director a salir al patio, luego preguntó quién más había estado haciendo relajo, dos o tres más se pusieron de pie. Paso siguiente preguntó uno por uno y todos, menos las cuatro mujeres, terminaron en el patio. Yo fui el último.

—¿Participó del relajo que estaban armando?

No lo había hecho, pero por solidaridad me sentí en la obligación de confesar un crimen que no cometí. No lo hice con palabras, me puse de pie y salí al patio a formarme junto a mis compañeros.

Fue un castigo típico. De pie, bajo el sol, levantando sobre la cabeza un escritorio de paleta.

El director caminaba frente a todos nosotros, vigilando que cumpliéramos el castigo sin hablar, sin reír y sin vacilar la fuerza.

Cuando estuvo frente a mí se acercó más y en tono bajo, para que los demás no escucharan, me dijo:

—Nunca acepte un castigo que no merece. No tiene sentido ser solidario si con eso no beneficia a nadie.

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Hace algunos días un amigo (yo lo considero amigo, aunque hace mucho no compartimos, luego que yo me hiciera ateo) me etiquetó en una publicación en Facebook, donde invitaba a ser solidarios con los pilotos de buses en su huelga, por ser víctimas de extorsiones, y a que dejáramos de votar por Arzú, porque no ha logrado resolver los problemas de la ciudad y por corrupto.

Importante, como es el tema, no quise solo darle un “Me gusta”, sino saber de las ideas de él, así que pregunté de qué forma podíamos ser solidarios.

Su primera respuesta fue que al menos no debía secundar a Arzú. Luego agregó que, en mi caso, podría no correr ninguna carrera promocionada por el alcalde.

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En abril de 2015 corrí mi primera carrera de cinco kilómetros, motivado por el simple y ufano motivo de marcar como “hecho” una cosa más. Eso fue suficiente —Ya antes había empezado a hacer ejercicio por las libras de más que llegaron a incomodarme—. Para beneplácito personal, fue una actividad a la que gustosos se sumaron mi esposa y mis hijos. Desde entonces nos inscribimos en muchas carreras. Disfrutamos los retos —ahora corremos distancias más largas—, la preparación, las entregas de kit, las fotos, el ya tradicional desayuno post carrera, compartir con amigos y familia cuando se apuntan, e incluso sorprendernos o decepcionarnos con la organización de cada una de las carreras.

Para pocos será desconocido el que las dos carreras organizadas por la Municipalidad —que en realidad no organizan ellos sino una empresa contratada para tal propósito— son de las mejores, si no las mejores del país.

Ya participamos y son una maravilla de evento.

Si decido que ser solidario es no apoyar la carrera, pasaría que, si vendieran todas las inscripciones, hablemos de 10,000 —que suelen hacerlo—, alguien más ocuparía mi lugar en la misma, igual correrían 10,000 personas, más los que corren sin inscribirse, y el efecto perjudicial de mi negativa a participar sería cero para la municipalidad. Si no vendieran todas las inscripciones, una o dos de ellas no haría mella en su recaudación.

No obstante, el efecto para mí sería considerable: dejo de participar en los mejores eventos de carrera del país (Lo siento Cobán, la de ustedes es una maravilla, pero la organización podría mejorar), privaría a mi familia de la sana diversión y perderíamos la oportunidad de convivir y compartir con ellos, en un ambiente que nos gusta.

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El malestar por una persona y por sus acciones puede hacer que desestimemos asuntos importantes. Por ejemplo, la historia ha probado que los Estados no generan riqueza, que son malos administradores y que sus servicios suelen ser pésimos. La privatización de servicios suele traer beneficios, mejora los mismos y crea competencia de empleo y precios, entre otros. Uno puede estar o no de acuerdo con privatizar, pero desestimar una medida solo por la persona que lo hizo, no está bien. Más aún, así existan pruebas de corrupción en el proceso, esa corrupción no es indicador de que privatizar sea una mala idea.

Quizá esa misma aversión por la persona sea la que haga creer que boicotear un evento afecta una candidatura. Estamos claros que la imagen de Arzú se ve beneficiada con las carreras, pero ésta puede seguir incluso cuando él ya no esté. Lo mejor, si uno se opone a que sea alcalde, es atacar directamente a la persona y más aún, argumentar las causas por las que ya no debería estar ahí.

Quizá esa misma animadversión por la persona sea la que lleve a promover cargar con castigos que no representan un beneficio para nadie.

Mi antiguo director tuvo razón. Solidario se debe ser de forma inteligente.

Sospecho que mi amigo, si llega a leer esto, no tendrá problema en aceptar que tengamos diferente punto de vista. Después de todo me sigue hablando luego que yo apostaté de la fe que antes compartimos.

¡Nos vemos en la 10K!

Saludos

PS. También me gusta la colección de medallas.

Idealizamos a Mr. Hyde

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Casi todos los que disfrutamos de la lectura solemos tener una respuesta que, disfrazada de condescendencia, es en realidad altanería, cuando alguien nos pide una recomendación sobre qué se puede leer para iniciar con el hábito: “¿Qué tipo de lectura te interesa?” Con ella ponemos en posición incómoda a quien nos consulta, logrando, la mayoría de veces, que desista de su intento, so pena de mostrar que ni de géneros literarios entiende, o asustado por la arrogancia de pretender que los conocemos todos y que podemos realizar una selección muy atinada si nos proporcionan más datos. Razón por la cual decidí tener, a primera mano, un libro que me parece harto interesante, bien escrito y que demuestra, en sus pocas líneas, la riqueza y el poder de la literatura. Dicho libro es “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

La dualidad del personaje —un doctor elegante y educado que con una fórmula que el mismo descubre se convierte en un desgarbado desagradable, acaso un monstruo—, más allá de ser una crítica a la sociedad victoriana, tan proclive a la hipocresía en sus modos y su anhelo de perfección en apariencias y en sus modos, transmite, con destacada obviedad, la lucha de las dos naturalezas que condicionan el actuar de cada ser humano, dos personalidades que luchan internamente por el control del sujeto. Una la de modos, educación y formas. Ésta que encontró una manera de socializar, convivir y desarrollarse en comunidad. Y la otra que desata, sin miramiento alguno, los instintos, el recelo por poseer el todo para satisfacer el reflejo, y el que renuncia a las formas porque no le es cómodo adecuarse a ellas.

No obstante, me parece que en muchas ocasiones hay un problema en la interpretación de ambos personajes. No son pues, reservadas para cada uno de ellos uno de los instintos o sentires que les mueven a actuar. Por ejemplo, no es el miedo algo que le compete al Dr. Jekyll y el mismo una ausencia en Mr. Hyde. No es el deseo propiedad exclusiva del señor y algo que le es ajeno al doctor. Todo es de ambos en distinta medida, o más bien, ambos reaccionan y se dejan dominar por ellos, a la hora de la toma de decisiones y a la hora de mostrarse al exterior, en distintas proporciones. Después de todo no existe un Mr. Hyde sin un Dr. Jekyll, y el Dr. Jekyll siempre tuvo a su Mr. Hyde en el interior.

Tomado el caso de la inconformidad, se puede observar que es una condición común a todo ser humano, como generalidad. Es la inconformidad la que mueve al mundo porque es la que impulsa al ser humano a hacer y crear. Es la inconformidad y no la ambición la que nos ha llevado a la modernidad de nuestra época. Siendo que ambos personajes son humanos, solo que con distinta faceta, podemos concluir que la inconformidad está en ambos, pero que a cada uno de ellos les hace actuar de forma distinta. A uno le puede afectar más y al otro menos.

Si en la época victoriana fue destacado el hecho de escribir tan buen texto como del que hablamos, para hablar de la hipocresía de la gente, hoy día se hace necesario que aparezcan textos que critiquen la desmedida idealización por atender a los modos del Mr. Hyde personal y la abrumante crítica a los modos, a las formas, a la clase y al estilo, porque pareciera que la humanidad se encamina hacia el desprecio de los Dr. Jekyll.

“Yo soy como soy”, “Yo digo las cosas como las pienso y que cada quien interprete como quiera, no es mi responsabilidad”, “Si te gusta bueno, si no es tu problema”, “Me visto como quiero y es mi derecho”. Frases comunes en nuestra sociedad, que antes fueron de dominio exclusivo de la juventud, pero ahora su uso se ha generalizado cada vez más. ¿Por qué? Porque de alguna manera vamos creyendo y aceptando que nuestro verdadero yo es nuestro Mr. Hyde y que nos debemos a él para ser leales con nosotros mismos.

No quiero decir con ello que la hipocresía es lo que deba gobernar el mundo, ni que debemos renunciar a todo cuanto nos gusta por conservar las formas. Mucho menos pretendo que se deba relegar la individualidad en aras de convivir en paz. Lo que sí digo es que la adoración de lo insulso, de lo falto de valor, de aquello que no tiene esencia y el menosprecio de la intelectualidad, entre otros, es un error.

Después de todo nuestra capacidad de ser individuales y poder a la vez convivir en sociedad, junto a nuestro mérito al ser capaces de crear y distinguirnos en intelecto, es lo que nos separa de cualquier animal, cuya interpretación de la vida no va más allá de obedecer a sus instintos.

Hoy damos más valor a quien dice cualquier frase hablando sin propiedad de cualquier vileza, a quien se refiere a la humanidad como podredumbre o a quien habla de intimidades sin falta de tacto, que a quien intenta hablar con propiedad, desarrollar temas con nivel o a quien busca resaltar lo mucho de bueno y grandioso que hay en la humanidad.

No hay mérito en ser por ser, como sí lo puede haber en ser con intencionalidad.

Por mientras seguiré recomendando la novela ya que sus giros, las razones, las consecuencias y los personajes en la historia, son exquisitos sin más.

Saludos

Almuerzo convivencia con Yoani Sánchez

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Charlando sobre sus múltiples viajes, me comentó: “Si tiene ganas de conocer Cuba, el momento es ahora. Luego será solo un país más, con una historia que contar, como todos. Ahora puede ver lo que un Estado comunista es capaz de hacer”. Él cuenta que ha viajado en dos ocasiones y que tiene deseo de regresar.

De las varias anécdotas que ha contado, que incluyen una de un lugar al que lo llevaron a comprar habanos en lo que parecía ser un edificio abandonado, y el método de pago de un restaurante en donde Hemingway solía beber sus mojitos, me contó una que ocurre por la plaza central:

Cuenta que, si uno va caminando por ahí, te puedes topar con personas que se acercan a pedir, ya sean bolígrafos, de los que “no saben fallar”, o bolsas plásticas, y que son enfáticos en que no pueden recibir dinero, pues eso es tomado como limosna y la tal es mal vista por el Estado, en cambio a los otros artículos se les toma como un regalo. Dice desconocer el propósito de pedir aquellos artículos. Yo sospecho que es que la petición suena lastimera, pero no puedo asegurarlo. No obstante, la parte interesante, para mí, ocurre unos minutos después, cuando un desconocido se acerca con la única misión de preguntar al turista si todo está bien, y a cuestionar lo que fuera que le fue dicho —Nadie puede hablar mal del gobierno ni comentar cosas que no se debe.

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El viernes 30 de septiembre fui invitado, junto con otros varios, a un almuerzo de convivencia con Yoani Sánchez, quien con camaradería y soltura tuvo a bien compartir algo de lo que es ir por el mundo contando lo que es la vida en Cuba, lo que es ser bloguero/periodista en aquel lugar que pretende controlarlo todo, y contestar a las preguntas que algunos de nosotros, por turno, le hicimos.

Mi pregunta, la última en ser contestada, tenía relación con la anécdota de las personas de la plaza. ¿Cómo es posible —pregunté— que, conociendo la triste situación de todos, haya personas que se dediquen a delatar a sus conciudadanos?

Yoani me dijo que hay tres escenarios, el primero y más obvio, es el de aquellas personas que, ajenas al dolor de otro, deciden pensar solo en ellas y por una recompensa son capaces de cualquier vileza. Son esas mismas personas que desean que el régimen continúe, pues si termina quedarían solos, despreciados por la sociedad.

El segundo escenario obedece a nuestra lamentable condición humana, que es capaz de resolver diferencias e inconformidades acusando sin más. Yoani mencionaba que alguien puede, por simple envidia, delatar al vecino, y que como de una u otra manera, todos hacen cosas fuera de ley con tal de sobrellevar la vida en la isla, las acusaciones resultan siempre ciertas. De ahí que nadie pueda confiar en nadie.

La tercera y la que más llamó mi atención, tiene que ver con el abuso de la inocencia. Pasa, comentó, que a muchos se los llevan de chicos, los meten en escuelas militares y básicamente les lavan el cerebro, convirtiendo para ellos en una realidad la idealización de la revolución, el odio hacia todo lo que parezca yanqui, y el principio de mantener aquel sistema a cualquier costo. No es que ellos escojan ser malas personas, es que están convencidas que son las buenas.

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Al salir de la actividad, más allá de lo enriquecedora de la experiencia; de la sorpresa, nada agradable, de conocer detalles que, para muchos en nuestra cotidianidad, nos parecerían inadmisibles, por parte del gobierno y su robo de la libertad; de lo despreciable de la conducta humana de aquel que ha sido moldeado por el ansia de poder, me quedé meditando sobre lo que nos conduce y nos hace tomar decisiones.

Es muy posible que muchas veces, en determinados actos, con determinadas conductas o sosteniendo tal o cual creencia específica, actuemos, ya movidos por la vileza de un interés personal que se imponga al derecho ajeno, por la debilidad de nuestras emociones o porque nos hemos convencido, sin más, que algo es cierto, solo porque alguien, en quien por cualesquiera razones confiamos, puso la idea en nuestras mentes, y aquello quedó como grabado en mármol.

Sería bueno meditar en cada cuánto juzgamos nuestras premisas de vida y en cada cuánto decidimos dudar de todo cuanto creemos y aceptamos.

Quizá un “bastante seguido” no sea suficiente.

Saludos.

PS. Para leer más de Yoani Sánchez puedes visitar su blog: GeneraciónY en 14Ymedio

Mientras dormía

Paralisis

Aún era temprano, pero últimamente he tratado de obligarme a dormir lo antes que pueda, cosa de no exigirle al cuerpo de más, considerando que ahora suelo empezar mi día a eso de las 3:30 am. Apagué la televisión, después de todo Lilyhammer es una buena serie en potencia, que no me termina de enganchar.

Por la tarde, en mi habitación, había estado pintando un cuadro que, como todos, me salió muy mal, pero lo hago por diversión y no porque sea un artista del color, así que no sufro mucho por ello, sufro poco. Lo dejé puesto en el caballete para estarlo contemplando mientras yacía recostado en cama, pues, aunque feo, es mío. Al mismo le llamé, porque hace dos pinturas que decidí ponerle nombre a mis trabajos: “Selfie effect”. Es un rostro a colores, de equivocadas proporciones… eso es todo.

No tenía sueño. Tardé tiempo en lograr dormir.

Al rato la habitación estaba más obscura de lo que usualmente está, por las luces de tantos dispositivos que siempre están despiertos. Quise cerciorarme acerca de ellos, pero me fue imposible. No podía moverme. Estaba totalmente congelado. No podía ni siquiera abrir los ojos, por más esfuerzo que realizaba. De pronto sentí algo como un frío que me recorrió de la planta de los pies hacia la espalda y pude sentir que algo o alguien me miraba desde algún punto de aquella torrencial obscuridad. Me miraba detenidamente, era una mirada amenazadora y burlesca. Me miraba a sabiendas de que yo no podía moverme y que a mano no había nada que pudiera auxiliarme. CommentMe miraba como me veía a mí mismo, tendido en la cama, indefenso, y sin movimiento. El cuadro que había pintado ya no estaba en su lugar.

Entonces de la sombra, de mi lado izquierdo, como saliendo del walk-in closet, apareció una persona, o algo similar, cuyos pasos parecía que los daba deslizando los pies, casi flotando. Vestía una túnica café y un sombrero del mismo color. Parecía un monje con las manos y la mirada hacia abajo. Asumí que era aquello que me había estado observando. No lograba ver su rostro. Yo seguía sin poder moverme. Entonces, en un santiamén, dejó la capa tirada. Era un adulto ya de edad que no alcanzaba a ser viejo aún. Alcancé a notar lo blanco de su camisa, un reloj de metal que llevaba en la mano izquierda y un peinado más bien alborotado. Se acercó sin mediar palabra, pero podía notar su mala intención. Llegó hasta detenerse al lado mío. A mí me era imposible gritar, saltar o correr, mi estado no había cambiado un ápice. Entonces sentí su mano y lo frío de su reloj en mi vientre. Aquello no pintaba bien. Quería hacerme daño.

Acto seguido logré moverme. Fue como si alguien encendiera el switch que habilitaba mis movimientos. Abrí los ojos y sentí las pulsaciones de mi corazón aceleradas, como si en efecto acabara de correr con todas mis fuerzas, alejándome de aquel lugar. En el cuarto estaban las luces de los dispositivos, el cuadro estaba donde lo había dejado y el hormigueo en mi cuerpo daba cuenta de que aquello no había sido un sueño.

Lo que acabo de narrar no es ficción, en realidad me pasó.

Favorablemente, tiempo atrás, había leído más de un artículo que trata sobre lo que se conoce como la “Parálisis del sueño”, que es un trastorno del sueño bastante común, pues no era la primera vez que experimentaba algo como esto y tuve curiosidad por saber qué me pasaba.

Algunos explican la Parálisis del sueño como tener la sensación de que uno es algo que está atrapado en el propio cuerpo. Y uno experimenta alucinaciones auditivas y/o visuales, sensación de no estar solo en el sitio y de ser ajeno a uno mismo, entre otras cosas. Pasa porque uno está despierto pero una parte del cerebro permanece o ya está dormida, según si uno empezaba el ciclo del sueño o estaba por despertarse. A mí suele pasarme en la primera.

Fui consciente todo el tiempo, mientras permanecía inmóvil, de lo que en realidad me estaba pasando.

Sé que uno no puede sentir las miradas, porque la vista percibe luz y no envía nada, lo que hace imposible percibir miradas. Sé que uno no vive fuera de su cuerpo (hasta hoy nadie fue capaz de comprobar la existencia del alma o del espíritu). Asumo que mi cerebro relacionó de alguna forma el cuadro del rostro que hice y que justo me veía con aquel momento. En mi habitación hay una cortina doble, una parte, la que siempre está cerrada es blanca, y la otra es café obscuro, como el color de tela que usan los monjes, y esa se mantiene hacia el lado más lejano de mi cama, cerca del closet. Cuando fui consciente y vi aquello, fui capaz de identificar al “monje” y de sonreír.

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“Selfie Effect”

Por último, fue gracioso recordar que aquel día, por la mañana, había ido a una cita con el doctor, pues me tenían que operar de una hernia en el vientre, justo donde el hombre de blanco pensaba hacerme daño.

Reconozco que la sensación, igual, no es agradable, dado que ninguno de nosotros sabemos qué cosas desconocemos. Y por la mente siempre pasa la idea, por ejemplo, de que uno pueda estar muriendo o que la facultad de movimiento no vuelva más. Pero sabida cuenta de que aquello de paranormal no tiene nada, es más llevadero.

Si fuera otro tipo de persona posiblemente contaría esto con tintes de sobrenaturalidad, pero hoy día no hay excusa, cualquiera que quiera saber de cualquier tema, casi con seguridad encontrará explicaciones y definiciones sobre el mismo, que tengan lógica y sentido, sin necesidad de recurrir al banal, simple y nada meritorio acto de creer en cosas, porque “hay más cosas de las que uno ve”.

Claro está que uno encuentra desde información importante hasta basura de artículos que te dirán, por ejemplo, que aproveches la Parálisis del Sueño para realizar un Viaje Astral o Desdoblamiento, que es, supuestamente, cuando logras flotar fuera de tu cuerpo.

Es decisión de uno, y una lamentable, si insistir en creer por creer o no.

Saludos