De Castigos, Política, Arzú y Carreras

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Una oportunidad no se desperdicia, habrán pensado. El catedrático no se presentó a impartir su clase y eso dio rienda suelta a la creatividad de aquellos para hacer relajo. Era 1994 y yo cursaba cuarto perito. En la clase éramos sólo 18 y con 13 alcanzó para armar un zafarrancho de primer nivel, que hizo que fuera el mismo director del instituto quien se aprestara a la puerta del aula.

A algunos los tomó infraganti, y fueron los primeros en ser invitados por el director a salir al patio, luego preguntó quién más había estado haciendo relajo, dos o tres más se pusieron de pie. Paso siguiente preguntó uno por uno y todos, menos las cuatro mujeres, terminaron en el patio. Yo fui el último.

—¿Participó del relajo que estaban armando?

No lo había hecho, pero por solidaridad me sentí en la obligación de confesar un crimen que no cometí. No lo hice con palabras, me puse de pie y salí al patio a formarme junto a mis compañeros.

Fue un castigo típico. De pie, bajo el sol, levantando sobre la cabeza un escritorio de paleta.

El director caminaba frente a todos nosotros, vigilando que cumpliéramos el castigo sin hablar, sin reír y sin vacilar la fuerza.

Cuando estuvo frente a mí se acercó más y en tono bajo, para que los demás no escucharan, me dijo:

—Nunca acepte un castigo que no merece. No tiene sentido ser solidario si con eso no beneficia a nadie.

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Hace algunos días un amigo (yo lo considero amigo, aunque hace mucho no compartimos, luego que yo me hiciera ateo) me etiquetó en una publicación en Facebook, donde invitaba a ser solidarios con los pilotos de buses en su huelga, por ser víctimas de extorsiones, y a que dejáramos de votar por Arzú, porque no ha logrado resolver los problemas de la ciudad y por corrupto.

Importante, como es el tema, no quise solo darle un “Me gusta”, sino saber de las ideas de él, así que pregunté de qué forma podíamos ser solidarios.

Su primera respuesta fue que al menos no debía secundar a Arzú. Luego agregó que, en mi caso, podría no correr ninguna carrera promocionada por el alcalde.

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En abril de 2015 corrí mi primera carrera de cinco kilómetros, motivado por el simple y ufano motivo de marcar como “hecho” una cosa más. Eso fue suficiente —Ya antes había empezado a hacer ejercicio por las libras de más que llegaron a incomodarme—. Para beneplácito personal, fue una actividad a la que gustosos se sumaron mi esposa y mis hijos. Desde entonces nos inscribimos en muchas carreras. Disfrutamos los retos —ahora corremos distancias más largas—, la preparación, las entregas de kit, las fotos, el ya tradicional desayuno post carrera, compartir con amigos y familia cuando se apuntan, e incluso sorprendernos o decepcionarnos con la organización de cada una de las carreras.

Para pocos será desconocido el que las dos carreras organizadas por la Municipalidad —que en realidad no organizan ellos sino una empresa contratada para tal propósito— son de las mejores, si no las mejores del país.

Ya participamos y son una maravilla de evento.

Si decido que ser solidario es no apoyar la carrera, pasaría que, si vendieran todas las inscripciones, hablemos de 10,000 —que suelen hacerlo—, alguien más ocuparía mi lugar en la misma, igual correrían 10,000 personas, más los que corren sin inscribirse, y el efecto perjudicial de mi negativa a participar sería cero para la municipalidad. Si no vendieran todas las inscripciones, una o dos de ellas no haría mella en su recaudación.

No obstante, el efecto para mí sería considerable: dejo de participar en los mejores eventos de carrera del país (Lo siento Cobán, la de ustedes es una maravilla, pero la organización podría mejorar), privaría a mi familia de la sana diversión y perderíamos la oportunidad de convivir y compartir con ellos, en un ambiente que nos gusta.

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El malestar por una persona y por sus acciones puede hacer que desestimemos asuntos importantes. Por ejemplo, la historia ha probado que los Estados no generan riqueza, que son malos administradores y que sus servicios suelen ser pésimos. La privatización de servicios suele traer beneficios, mejora los mismos y crea competencia de empleo y precios, entre otros. Uno puede estar o no de acuerdo con privatizar, pero desestimar una medida solo por la persona que lo hizo, no está bien. Más aún, así existan pruebas de corrupción en el proceso, esa corrupción no es indicador de que privatizar sea una mala idea.

Quizá esa misma aversión por la persona sea la que haga creer que boicotear un evento afecta una candidatura. Estamos claros que la imagen de Arzú se ve beneficiada con las carreras, pero ésta puede seguir incluso cuando él ya no esté. Lo mejor, si uno se opone a que sea alcalde, es atacar directamente a la persona y más aún, argumentar las causas por las que ya no debería estar ahí.

Quizá esa misma animadversión por la persona sea la que lleve a promover cargar con castigos que no representan un beneficio para nadie.

Mi antiguo director tuvo razón. Solidario se debe ser de forma inteligente.

Sospecho que mi amigo, si llega a leer esto, no tendrá problema en aceptar que tengamos diferente punto de vista. Después de todo me sigue hablando luego que yo apostaté de la fe que antes compartimos.

¡Nos vemos en la 10K!

Saludos

PS. También me gusta la colección de medallas.

De Análisis, Olimpiadas, Jimmy y Mal de Ojo

Analisis

Cada que tengo oportunidad de salir del país, detesto el momento de llenar los formularios de aduana en donde te preguntan información que nunca van a revisar. Como todos los que no vuelan por primera vez, asumo, los lleno en automático. No obstante, de todas las preguntas, hay una que siempre captura mi atención, y es la que cuestiona mi profesión. Tengo claro que podría poner que soy carpintero, herrero o escritor. Lo cierto es que a nadie le importa y no se molestan en corroborar. Luego, si quisieran, podría argumentar que hice un mueble de madera, hace algún tiempo, y que eso me hace carpintero, aunque dicho mueble nunca quedase bien ensamblado y estuviera en desuso hace mucho. Después de todo es sabido que la profesión no está en función de la calidad del trabajo, de tal cuenta en algunos lugares me defino como escritor. ¡Qué más da!

Sin embargo siempre respondo que soy analista. Primero porque me gusta cómo suena, segundo porque no tengo que entrar en detalles, y tercero porque cabe perfecto en el mísero espacio que dan para contestar. Además no es mentira, tanto mi persona como cualquier ser humano tiene a su cargo el análisis de su entorno, o su existencia sería un despropósito total. Favorablemente tampoco es requisito ser un buen analista.

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En eventos recientes he podido comprobar nuestra celeridad y desatino para el análisis. Están, por ejemplo, los comentarios que a toda prisa fueron disparados para el partido de voleibol de playa, que protagonizaron las duplas de Alemania y Egipto. AELos primeros comentarios que leí iban del machismo predominante en nuestras sociedades (disparaban hacia todos lados), que obligaba a una mujer a portar un uniforme que cubría por completo su cuerpo e incluso su cabeza. Yo lo primero que pensé, lo reconozco, es que la pobre mujer se estaría muriendo de calor con ese traje, que me parecía más propio de buceo que de voleibolista, en el calor que habría de imperar a Río de Janeiro.

Fue entonces que aparecieron otros comentarios apresurados, pero era la segunda tanta, por tanto iban un poco más profundo. No fueron escupidos tras el primer arrebato de indignación. Éstos comentaban que el machismo podía verse en ambos lados de la cancha. De un lado estaba la obligada a cubrirse y del otro lado estaba la obligada a descubrirse casi todo, lo cual, es imposible negarlo, le ha valido a aquel deporte un éxito importante con los aficionados que, en ocasiones ni sabrán o no les importará el partido.

Mi pensamiento acelerado, que nada tiene que ver con ser santurrón ni pudoroso radical, es que ambos uniformes eran un despropósito. Pero, visto con lupa, todo el asunto tiene su base en la libertad —entenderla y dominarla, está claro, será un anhelo que conservaremos hasta los últimos tiempos de la existencia de nuestra raza—.

Entrevistada la egipcia, dijo que ella se vestía así por decisión propia, lo cual es cuestionable. Desde su punto de vista nadie la obliga, porque lo hace para agradar a su dios. Un dios inventado por un grupo de personas, a la sazón, machistas, que idearon una sarta de reglas que menoscaban la libertad, convirtiéndola solo en una ilusión de libertad. Los creyentes lo tienen claro: su dios les manda a amarlo so pena de castigo eterno, pero les hace creer que tienen libertad y que les obliga por amor. Incoherencias que solo hacen sentido en la cabeza del creyente que se niega a abrir los ojos.

Por otro lado, la alemana hace uso de su libertad, vistiendo lo que se espera que vista para beneplácito del ojo ajeno, arguyendo que no tiene problema, porque es la libertad planteada por la sociedad —o lo que sea eso en lo que se ha convertido—.

Para cerrar el ejemplo podríamos ir un poco más profundo y determinar que nadie está obligado a practicar un deporte y que seguir reglas tanto de juego, como de indumentaria, requisitos y demás, no es, necesariamente, doblegar la libertad. Ya veríamos a los jugadores de fútbol tomando el balón con la mano para hacer un gol, porque tienen la libertad y el derecho de seguir la propia. Hay límites y hay reglas por una razón, que idealmente procuran dar sentido a las cosas.

También solemos analizar por el gusto que nos crea la ilusión y el deseo. Me enviaron una imagen a través de un grupo de WA, que mostraba a Phelps nadando hacia la meta y a quien iba en segundo lugar, observando a su contrincante. PhelpsEl mensaje de la imagen dice: “El ganador es enfoca en ganar, el perdedor se enfoca en los ganadores . Luego de reírme de la ocurrencia y de la ingenuidad, pensé: primero que una medalla olímpica de plata no es algo que se debiese despreciar, luego concluí que Phelps no veía a otro porque no tenía a quién ver —si hubiera ido segundo posiblemente lo hubiera hecho—, y que es normal ver a los de enfrente porque pues, la gente no es invisible —aplica en lo físico y como metáfora—. Pero lo genial llegó unos días después, cuando Bolt, con sobrada confianza y Boltdominio en su disciplina atlética, volteaba a ver a sus adversarios antes de cruzar la meta. Entonces no recibí ninguna imagen con una leyenda tipo: “Los ganadores controlan los pasos de sus adversarios, los perdedores solo ven al frente”.

Aquella misma semana se anunciaba el paquetazo de impuestos que Jimmy pretendía modificar para, según él, cubrir las necesidades del Estado. Uno de sus argumentos exponía que la gasolina había bajado y que los precios de los productos no disminuyeron en aquel entonces, y que, por tanto, ahora que se cobraría más impuesto a la gasolina los precios de los productos no deberían subir. El señor Morales da a entender que la gente solo se quedó con una ganancia extra que no le correspondía, ignorando la realidad de la mayoría de empresas del país, muchas de las cuales pasan el mes con 61 de nota. Ese extra, si fuera considerable, serviría entonces para saldar algunas deudas, invertir en aquello que se necesitaba para ser competitivo, o en lanzar alguna oferta que permita jugar en el mercado. No es, necesariamente, dinero en el bolsillo de los empresarios. Si lograron estabilizar algunas situaciones con ese ahorro, está claro que, de haber más impuestos, solo los trasladarán al consumidor, lo que representa aumento de precios para todos. Sospecho que los analistas de Morales se lo dijeron, pero que decir cualquier disparate en los medios de comunicación está de moda.

Luego, hace algunos días, salió el anuncio de la intensión de cubrir, entre otros, el Mal de Ojo, como enfermedad a ser tratada en los Centros de Salud. Fuimos muchos los que alzamos la voz ante lo impactante e inesperado de la noticia. Vamos a incluir enfermedades que no existen, pensé. Días después la Ministra de Salud explica las razones, se mencionan estudios de universidades y la necesidad de inclusión de todos los guatemaltecos a la sociedad. Entonces vi a muchos (varios) tirar para atrás en sus críticas. Ahora tiene sentido, dicen. Yo sigo sosteniendo que es un despropósito por dos principales razones.

La primera es que me parece hasta un juicio racista, pensar que hay un grupo de personas que no son capaces de entender lo que existe y lo que no, y menos que se les tenga que engañar para que acudan a tratar sus enfermedades porque “Es la única forma”. Pasa con las creencias espirituales y no andamos engañando a los Testigos de Jehová para que acepten una transfusión de sangre.

La segunda es que no recuerdo a nadie cuyo argumento haya sido del tipo: “Tengo Síndrome del intestino Irritable, pero no voy a esa clínica porque no están de acuerdo conmigo”. Una va al doctor a contar la dolencia y es él quien da el diagnóstico. Alguien puede llegar a decir que tiene Mal de Ojo, y todo lo que se necesita es que el médico vea los síntomas y diagnostique. Dudo que un doctor diga que tal cosa no existe y saque a la gente del centro, pero si así fuera es todo lo que hay que hacer: capacitar al médico para que no eche a la gente sin chequearla.

Por si acaso, vale aclarar que a mí tanto me daría tener el apellido que fuera, no me siento orgulloso del que tengo, porque yo no hice nada por merecerlo ni afecta mi individualidad. Así que no estoy apelando a la exclusión. Solo me parece que para madurar como sociedad deberíamos actuar de manera madura, racional y con miras a avanzar.

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Soy analista porque lo somos todos. Los análisis en ocasiones son solo un juego de argumentos, un pasatiempo intelectual, pero en muchas ocasiones determinan nuestras posturas, lo que modifica nuestras decisiones y, quizá, la de más gente. De ahí que sea oportuno considerar todos los aspectos, toda la información, no creer porque alguien más lo dice o, incluso, porque de entrada suena lógico.

La próxima vez quizá ponga en el formulario de aduana que soy filósofo, por pura diversión, mientras sigo sosteniendo que ejercitar el músculo del análisis es una buena inversión de tiempo.

Saludos

Me gusta el Mc Día Feliz pero no compro el Big Mac

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Como todos los días, se presentó con su tono altanero que intentaba disimular tras unos anteojos obscuros que no se quitaba por ninguna razón, sin importar el lugar en donde estuviera, y tras su tendencia a saludar a todos con exagerado respeto, sin importar el nivel jerárquico que cada uno poseíamos dentro de la organización. En la mano llevaba un libro y se dirigió directo y con celeridad a mi lugar. Lo extendió hacia mí y me dijo: “Este es mi álbum del mundial”. Unos días atrás, en medio de la emoción que se vivía porque estábamos por vivir la fiesta del Mundial de Francia 98, habíamos estado hablando de la colección de estampas. Yo comenté que desde el 90 hasta esa fecha no había comprado el álbum de los mundiales de futbol, por un tema de recurso monetario y no de deseo, porque siempre me han gustado. Su libro era una colección de fotografías de los jugadores por equipo, con historias, datos estadísticos y curiosos y fotografías de excelente calidad de los estadios que se usarían para el evento. No había necesidad, me dijo, de estar luchando por coleccionar algo, cuando de forma más cómoda se puede obtener lo mismo y con mejor calidad.

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Iba sobre la rambla en Montevideo de regreso al hotel, cuando vi pasar un bus del servicio de transporte público y observé que a un costado tenía publicidad del Mc Día Feliz que se celebraría en pocos días. Para cuando pasó ya no estaba allá, así que no sé si vive con la misma enjundia que se vive acá; desconozco si allá, como acá, se hace tanto tráfico por las largas colas que se forman para comprar en el autoservicio o por intentar conseguir un parqueo para poder interactuar, aunque sea con una sonrisa, con algún personaje famoso de la farándula; ignoro si los famosos de allá están obligados, como los de acá, a participar porque si no “queda muy feo el no mostrar que se tiene buen corazón”; tampoco sé si por la demanda, como pasa acá, en ese día suele comerse el peor Big Mac del año. Y no tengo idea si la gente presume, discute y se pelea por estar a favor o en contra de la actividad que McDonald’s realiza, como en Guatemala pasa. Lo que sí sé es que es una fórmula que a la cadena de comida rápida le funciona y, cuando se le ve sin prejuicios, uno tiene que admirar el poder de mercadeo y la forma de hacer negocios de estas compañías.

No voy a discutir si hay ahorro de pago de impuestos o si es una estrategia de posicionamiento de marca. Lo que admiro es cómo hacen uso de esa necesidad de los seres humanos de sentirnos útiles para algo, con tal de cumplir con una meta, cualquiera que ésta sea. McDonald’s no está pidiendo que se regale dinero para obtener como premio la satisfacción de dar, ellos están dando un producto a cambio, por lo que solo se trata de una transacción de compra y nada extraordinario hay en ello.

He leído de gente que compra aunque no le guste el Big Mac, de gente que se come hasta tres y de gente que los regala, porque “todo es por una buena causa”. La gente comparte, se siente contenta, se siente colaboradora y satisfecha con su buena acción y… tienen derecho a estarlo. Después de todo hay niños beneficiados con el programa de McDonald’s. Cierto es que existen muchas otras formas de ayudar, de lugares que aceptarán beneficencia y colaboración sin chistar, aunque no den nada a cambio, y quizá la satisfacción pueda ser mayor, pero ésta es una forma fácil de hacer que la gente se sienta útil, complacida y contenta. Y de paso ganan todos.

A los críticos más fuertes no los imagino negando un programa como ese, que les mueva tanto su marca, que los posicione en la mente y qué hablar de tanta gente, que ayuden a personas o niños necesitados y que queden como unos héroes, porque “eso es engañar a la gente”. Cualquiera que de un 20% de descuento en la mercadería que vende tendría que aceptar que su margen de ganancia puede ser reducido, al menos en un porcentaje y que juega con la gente, o le miente, para sacar un beneficio extra y no es así, las ofertas y programas son solo parte del comercio. ¿Cómo pueden criticar a McDonald`s, que es una empresa privada, por hacer mercadeo y crear actividades que les beneficien cuando ellos existen precisamente para ser rentables? La única diferencia, quizá, es que la del restaurante es una forma de comercializar admirablemente exitosa.

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Yo no compro Big Mac porque odio las colas y porque no me siento útil aportando esa cantidad de dinero, pero en cambio volví a comprar álbumes de estampas para los mundiales, ahora que, a diferencia de aquel 1998, he podido pagarlos.

Podría pensar que Panini (la empresa que comercializa los álbumes de estampas de los mundiales, entre otros) hace complicado algo que debería ser fácil, y qué juegan y le mienten a uno cuando hay estampas que salen muy poco. Podría pensar que se deberían dedicar a hacer libros y que dejaran de abusar de mi deseo de coleccionar, ese que nos es tan natural a algunos seres humanos, pero no lo hago porque realmente disfruto comprarlos.

Pensando un poco en ello llegué a la conclusión que coleccionar un álbum de estampas de jugadores de fútbol tiene que ver con formar parte de ese grupo de apasionados por el fútbol y de ese evento tan esperado que es el mundial; tiene que ver con ser parte de la diversión y euforia del momento, porque hay gente que lo colecciona a la que ni siquiera le gusta ese deporte; pero sobre todo tiene que ver con plantearse un objetivo (llenar el álbum) y cumplirlo (esa satisfacción que da cuando se pega la última estampa es muy agradable).

Por mi parte seguiré, cuando pueda, comprando el álbum cada cuatro años y admirando cada año, mientras dure, la capacidad que tienen empresas como McDonald’s para hacer mercadeo del bueno y no consideraré que ninguna de las dos abusa de nuestras debilidades por sentirnos útiles o por sentir que logramos alcanzar metas. Después de todo cada acción que realizamos, desde comprar o no un álbum, hasta comprar o no un Big Mac, es una decisión personal y tomada con libertad, y solo somos seres humanos con distintas formas de disfrutar la vida.

Saludos

PS. Mientras pensaba en escribir este artículo encontré el álbum de Francia 98, en PDF, en la Web, y sé decir que tampoco es lo mismo verlo lleno que coleccionarlo.

La costumbre de creer

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Llega un momento en que todo niño deja de creer en “el Coco”, ese ser inventado, protagonista de muchas de las amenazas que los padres dan a sus hijos para obligarlos a comportarse de forma correcta, de la canción de cuna que tantas y tantas madres han entonado con la esperanza de ver a sus pequeños dormir y del cuadro que Goya pintara en 1,797. Y casi nunca se da ese despertar a la realidad porque el adulto decida que llegó el momento de confesar que todo se trataba de un truco, es más bien porque el niño, tras imaginar, deducir, analizar y comprobar que la amenaza nunca se cumple, que concluye la falta de veracidad de algo que ni siquiera le explicaron cómo luce.

Así, muchas más verdades se van revelando de a poco en nuestras conciencias, sin necesidad de confesiones. No obstante a veces parece que el deseo de creer es más fuerte que el gusto de analizar y develar la realidad tras las afirmaciones que damos por sentado.

En un programa de televisión de Canal Antigua le preguntaron al candidato a la presidencia por el PRI (antes FRG) Luis Fernando Pérez, que cuánto debería ganar un diputado y su respuesta fue: “Un diputado debe ganar lo que sea necesario, un sueldo que no le permita tener y caer en tentaciones ilícitas ni tentaciones fuera de lugar” y agregó que lo correcto eran los Q22,000 que reciben de los Q29,000 que ganan, porque eso es lo que hay y lo que el gobierno puede ganar ahora.

Por más que lo pienso, no puedo imaginar una cantidad que logre borrar del interior de cualquier persona la ambición, porque el que no tiene quiere, y quien tiene quiere más —en términos generales, así somos los seres humanos—. ¿Dejarían de robar millones si ganaran Q100,000 al mes? ¿Dejarían de hacer enormes transacciones ilegales si fueran Q200,000? La respuesta es un categórico no.

Pero lo más importante de esta idea es que de una forma “elegante” se justifica el robo, porque implícito está que si lo que gana un diputado no es suficiente para alejarle de la tentación de cometer actos ilícitos, se entiende que los realice, y que es dando más del recurso del Estado, para garantizarles una buena y cómoda vida, como se debe evitar malos manejos en la administración pública. Tal lógica no tiene ni pies ni cabeza, porque si eso fuera válido para el Estado, tendría que ser válido para todo ciudadano, pues ellos no tienen porqué tener un trato preferencial ante la ley, y cualquiera podría argumentar que tuvo que robar porque lo que recibe como ingreso no le es suficiente para alejarle de la tentación de hacerlo. A lo mejor podríamos crear una tabla de ingresos y definir a partir de qué monto ya no se justifican la tentación para cometer actos ilícitos. ¡Absurdo!

A un diputado se le paga una cantidad por realizar un trabajo y eso es todo. Y si fuera por méritos nos ahorraríamos mucho dinero, pero ese es otro tema, y uno muy lamentable.

Que no te engañen con éste tipo de falacias. El mismo argumento no es válido en puestos como el de un policía, que si bien es cierto, podemos o no estar de acuerdo en que tengan que ganar más por el tipo de trabajo que realizan, tampoco pueden justificarse las “mordidas” porque sus ingresos no son lo suficientemente abundantes como para alejarles de la tentación. Un policía acepta realizar una tarea, bien realizada —como cualquier persona con el empleo que toma—, a cambio de un monto que estuvo dispuesto a aceptar.

Conozco el caso de meseros en donde los contratan y les dicen que el salario es de cierta cantidad más propinas, pero no sé de nadie que haya ofrecido un puesto de policía más mordidas, ni un puesto de diputado más actos ilícitos.

Tales mentiras están tan arraigadas en nuestros pensamientos a tal punto que creemos que son una realidad. Ojalá algún día dejemos a un lado la costumbre de creer en todos esos “Cocos” que dominan nuestras ideas.

Saludos

Desde el costado y a escondidas

Huehue2Alguna vez comenté a un amigo sobre la firme convicción que sostenía, de que la mitad de los crímenes podrían evitarse si no existieran los callejones ni las calles estrechas. Él, por su parte, comentó que la otra mitad de ellos se evitaría si fueran eliminadas todas las armas y, divertidos, concluimos que habíamos encontrado el secreto para evitar la violencia —que alegre suele ser, a veces, jugar a la ingenuidad—. Lo cierto es que, aunque entiendo la intención de sacar el máximo provecho a una inversión hecha sobre grandes terrenos, las calles estrechas me siguen pareciendo, hoy día, un pésimo invento. Son, por alguna razón, el escenario perfecto para delinquir y abusar. Quizá tiene que ver con lo poco transitados que son: a menos testigos mayor valentía.

***

Parqueo el auto frente a una de las entradas a aquella maraña de callejones y calles estrechas en una colonia de la zona 18, a la que todos reconocen por su fama de insegura. Cada vez que estoy acá me es imposible no recordar una noche que, saliendo de ahí sin compañía, tuve la nada placentera experiencia de ser interrogado y registrado por cuatro policías que recorrían la zona a pie. Dos de ellos no tuvieron reparo en apuntarme con sus armas en posición de “un movimiento en falso y estás muerto”, porque cometí el error de decirle a quien me pidió mis papeles, que no había entendido lo que me dijo. “¡Qué me des tus papeles te dije!” Insistió, a tiempo que me tomaba del brazo para voltearme y pegarme a una pared y registrar a la potencial amenaza que tenía asida. Por dentro quise reír por imaginarme como una amenaza para aquellos cuatro, pero no pude, el susto de estar a la distancia del movimiento de un dedo índice de la muerte, me lo impidió. Quizá exagero; quizá eran profesionales en el uso de armas; quizá era algo natural para ellos; o quizá estaban asustados como yo. En aquel momento ninguna de esas ideas vino a mi mente. A raíz de aquel incidente comencé a hacer la broma de que en aquel lugar había que cuidarse de los buenos y de los malos, sin imaginar que años más tarde aquel comentario sería común de escuchar por todo el país, pero carente de una pizca de gracia. Quizá siempre se djo, pero yo, al menos, no lo esperaba.

De vuelta al auto, que ya he parqueado, ha sido un día sin más que destacar que la diversión y gratos momentos que he pasado con los amigos de la universidad. Hemos ido al boliche y, como casi siempre, a comer a un Food Court. Cargo de regreso con varias anécdotas, muchas de las cuales el tiempo se encarga de borrar, no por malas o carentes de valor, sino porque somos dados a olvidar los buenos detalles de la cotidianidad. Aunque no era tarde, decidimos dar por terminado el paseo. Quienes tenemos auto nos dimos a la tarea de la distribución del resto. A mí me tocó llevar a un par de amigas a sus hogares. La segunda de ellas vive en estas calles, de las que me es imposible percibir tantita cordialidad, por eso estoy acá. Decidimos que como era temprano podíamos seguir charlando en su casa y esperar la cena. Caminamos por las pocas y pequeñas cuadras que hay hasta llegar a su vivienda y entramos a conversar y a escuchar música, mientras la comida está lista —estoy entusiasmado porque los platos caseros que acá se sirven dejan agradecido a cualquier paladar.

Estamos sentados en el sofá, platicando y escuchando la radio, cuando nos pone en alerta el ruido de gente que pasa corriendo frente a la casa. No los he visto, pero por el ruido deduzco que han de ser entre seis y diez personas. Mi amiga, como reacción, pregunta por su hermano menor a quien no hemos saludado: no está en casa. Algo pasa en este instante, es como si alguien hubiera presionado el botón de una alarma silenciosa, o al menos inaudible para mí. Me pongo de pie, más por instinto que porque sepa lo que tengo que hacer —de hecho no sé si existe algo que pueda hacer—. La madre de mi amiga abre la puerta del frente, no sé si para llamar a su hijo quien, si no me fallan los cálculos, anda entre los diez y doce años de edad, o para ver de qué se trata el alboroto que se forma afuera.

Alguien lo ha dicho pero no logro identificar de dónde viene la voz. Quizá ha sido la mamá de mi amiga, mi amiga misma, alguien que se encontraba en las habitaciones o alguien que pasa por la calle. Me encuentro desorientado. Tal vez fue la señora que se ha acercado a hablarles, quien ha elevado la voz en un exabrupto natural. Yo estoy de pie a unos seis metros de la puerta de entrada, en la sala de estar, y solo alcancé a escuchar que eran los de la guerrilla, que venían a “reclutar”.

Hasta ahora he vivido la guerra en Guatemala —como muchos otros de mi generación y dependiendo de la zona geográfica en que uno se desenvuelve— desde las pocas noticias que se comentan en casa. Siempre es algo que acontece “en otro lugar”. Se escuchan historias de cabezas que han sido desprendidas de los cuerpos sin ninguna otra intención más que dejarlas sobre estacas que se colocan como advertencia; se cuenta de secuestros por parte de uno de los bandos como estrategia para poner presión al otro; se escucha de emboscadas en donde se masacran a los que caen en la trampa; e incluso de la utilización de niños que son mandados tipo Kamikaces para hacer explotar al enemigo. Todo aquello llega a mis oídos como rumores, historias trágicas que nadie dentro de mi familia puede asegurar, aunque se de quienes sí se animan, sin más evidencia que la escucha de otros rumores, y lo hacen desde la comodidad de dar una opinión sentado a la mesa frente a un suculento almuerzo. La guerra no es más que aquel cúmulo de tristes y desgarradoras historias que no me tocarán vivir a mí.

***

Años atrás, un sábado cualquiera y muy temprano, mi papá amaneció con el deseo de que saliéramos de día de campo y dio las instrucciones necesarias para que todos nos montáramos en la aventura. Aquello significaba tomar algo de comida y bebida, una pelota, un barrilete o un frisbee e ir a pasar el tiempo tendidos sobre la grama verde de un terreno cualquiera. La Avenida las Américas y la Calzada Roosevelt, a la altura del periférico, da cuenta de tales actividades.

Pasamos a abastecernos al mercado de la Carabanchel: carnitas, chicharrones, guacamol, chojín, tortillas y bebidas de frutas, harían el menú de la ocasión. Mientras se hacían las compra nos han obsequiado, a mi hermano y a mí, un licuado de banano con leche, que agradecemos con el frenesí propio de la edad. Luego encaminamos por carretera hacia Huehuetenango —creo que en algún momento mi padre pensó llegar hasta allá—. Vio la hora y, quizá cansado, se fijó en los terrenos verdes a los lados de la carretera. Decidió que eran buenos lugares para pasarla bien y que no valía la pena continuar manejando. Bajamos del auto, tendimos el mantel y comimos hasta saciarnos, para luego jugar al fútbol —sobre todo mi papá y yo que era a quienes más nos gustaba—. Tras varios minutos, ensimismado y distraído con el juego escuché que mi padre, ya serio, me dijo que me acercara a él. Como no le entendí, me lo gritó: “Vení para acá te estoy diciendo”. Obedecí en el acto —a una orden de mi padre no se le resistía.

Cuando corrí hacia mi padre, quien jugaba casi junto al auto, alcancé a verlos de reojo. En ese momento divisé a dos, pero en total eran cuatro. Corrían uno detrás del otro como a diez o quince metros de distancia entre cada uno, para pasar justo a la espalda de donde yo atajaba los penales que mi papá me disparaba. Venían desde el terreno que estaba al otro lado de la carretera y se dirigían hacia nosotros. Portaban escopetas o ametralladoras —era capaz de notar la diferencia pero no quería quedármeles viendo—. En algún momento me giré y mi padre me abrazó por la espalda de tal que pudimos verles pasar, sospecho que con aquella posición pretendía que no llamáramos su atención. Llevaban cascos —a excepción del último quien solo llevaba gorra— que estaban lejos de lucir por estética y limpieza; camisas de botones, abiertas hasta medio pecho cargadas de una mezcla de sudor seco y mojado, manchadas de tierra; los pantalones de un gris oscuro que a todas luces se notaba que no era su color original, flojos y amarrados a la cintura para que no se cayesen, algunas cantimploras… y balas.

Portaban carrilleras, dos, o una, pero todos llevaban. No sé si funcionales, pero intimidantes sí que eran. El primero pasó de largo, buscaban el barranco a nuestro costado. El segundo en cambio volteó a ver, quizá no fue a mí, pero yo así lo sentí. Sostuve la mirada por no saber qué otra cosa hacer. Imaginé que alguien con armamento en cualquier momento puede reaccionar. ¿Qué lo impediría en aquel lugar perdido en la soledad dejada atrás por uno y otro auto que pasaba cada tantos minutos? Volvió la vista al frente y siguió su camino. No pude respirar tranquilo, tocaba enfrentar al tercero.

Desconozco la reacción de mi mamá y de mi hermano —éste último creo que se había puesto detrás de mi padre—. El tercero pasó trotando más aprisa, cuando estuvo frente a nosotros volteó hacia el cuarto y le hizo señas: que se apurara. El último se veía el menos contento de los tres, nos vio a todos como esperando alguna reacción que nunca llegó. Se veía cansado y arrastraba los pies. Fue quien más sostuvo la mirada, fue quien más movimientos hacía sobre su arma, fue quien parecía disfrutar de vernos agazapados. Finalmente llegó a la pendiente y desapareció, como los otros cuatro, después de un tiempo en el que creo que nos salteamos varios respiros que debimos realizar.

Luego que pasó el último mi padre hizo mueca para que siguiéramos guardando silencio, hasta que estuvo seguro que ninguno de ellos regresaría. Yo estaba asustado, pero no tanto como lo estaría después de que él me contara las ideas que cruzaron por su mente.

“Dicen que los de la guerrilla suelen llevarse a niños como de tu edad y no se les vuelve a ver. Les enseñan a disparar y los usan para la guerra”.

Las fuentes de mi padre no eran otras que rumores, pero para mí, al escucharlo, no era sino la verdad en toda su atrocidad. Me asusté mucho. No puedo decir que me asustó la idea de tener que formar parte de una guerra, tampoco pensé en verme enfrentando la muerte o dándosela de regalo a quien peleaba para el otro bando. —no lo digo por valiente sino por desconocimiento y falta de alcance en comprender lo que aquello significaba—. Lo que me aterró, a esa edad, fue imaginarme separado de mi padre. La sola idea de no volver a verle me destrozó.

Tras decir aquellas palabras guardamos todo aprisa, nos subimos al auto y volvimos. Asustado como estaba, no quise saber más del tema. No hice preguntas y me dediqué a reposar en la tranquilidad de ir de vuelta a casa con mi padre al volante.

***

Ahora acá, frente a la tensión que se enseñorea en casa de mi amiga, las palabras de mi padre resuenan con fuerza a mi cabeza. Imagino al pequeño jugando en la calle con sus amigos, sin su papá que le diga un “Vení para acá, te estoy diciendo”; sin alguien que lo abrace mientras esos hombres armados pasan a su lado; lo imagino siendo arrastrado del brazo, y quizá a los golpes, hasta subirlo en un camión que le arranca de la vida que conoce; lo imagino a los gritos y falto de consuelo, preguntándose a dónde lo llevan, quiénes lo llevan y por qué se lo llevan. Imagino a una familia destruida por el infortunio de que esta noche su hijo cometiera la falta de estar jugando fuera de casa.

Por los medios se ha estado escuchando sobre la posibilidad de terminar con esta absurda guerra. Algunos —pocos—, lo hacen con la ilusión de que esta desgracia llegue a su fin. Otros —los más— cansados de escuchar tanta promesa. Yo pensé que ya no oiría de estos reclutamientos, más bien creí que varios rumores de éstos estaban quedando en los recuerdos de algunos y clavados en los pechos de muchos —. Lo cierto es que el pánico no conoce de fechas, de promesas, ni de acuerdos, y mis creencias o esperanzas en nada contribuyen a aliviar este momento.

Mientras todas esas ideas buscan un espacio en mi cabeza, ha entrado corriendo. Han sido minutos de angustia. Su madre y su hermana le abrazan. No sé si escuchó lo que se decía que pasaba afuera, si el alboroto de la gente le hizo ir a casa o fue que escuchó los gritos de su madre y los de su hermana. De cualquier forma no parece estar muy consciente de lo que ha pasado, o quizá sea que tanto apapacho lo pone feliz. Yo contemplo cómo esos rostros recobran la vida que habían perdido minutos atrás, y es un recuerdo que se que guardaré en la memoria para siempre.

Luego de tantas muestras de amor, lo mandan a su habitación. La tensión se ha ido y se aligera la conmoción al verle caminar por la seguridad del hogar. Cenamos, pero hablamos poco. Me despido de aquella familia, de aquel hogar y de aquellos callejones. La comida ha estado exquisita.

Mientras voy en mi auto solo pienso en el alivio que respiran y en que no nos queda otra más que esperar que la guerra termine ya, convencido de que otras muchas historias, van mucho más allá del susto.

***

Han pasado los años. Se firmaron los acuerdos de paz, pero la paz nunca se firmó. La guerra fue muchas cosas y muy variadas, para todos. Nadie escapó de las ramificaciones extensas de sus consecuencias, así se viera al conflicto desde lejos. Hoy día seguimos pagando el precio, en varios frentes, de aquellas absurdas decisiones.

Quizá lo más cerca que estuve de vivir algo de aquella guerra fue desde el refugio de una sala de estar y a través de un rumor de calle que no pude confirmar, y desde ahí, apestaba a tragedia.

Conceptos e ideas

Un par de amigos conversaban de forma muy casual, básicamente sobre nada, cuando uno de ellos le pregunta al otro en tono inquisidor: “¿O sea que vos sí sos ateo?” El cuestionado, supongo que queriendo no entrar en debate o por lo “pesada” que puede ser la palabra, contestó que él no era ateo, solo que cree que no existe dios ni en ningún ser supremo que determine o dirija la vida de las personas.

En otra ocasión, hace solo unos días, hubo una discusión sobre los grupos “élite” que se forman en ciertas profesiones, de lo que cuesta entrar en ellos, y de cómo al pertenecer a ellos pareciera que saca a muchos de la realidad, como sintiendo que son “los elegidos” y que están en un nivel más alto que el resto de los mortales. Conceptos como altanería o pedantería aparecieron. Luego alguien mencionó la palabra egoísmo, relacionándola con el hecho de no ser objetivos a la hora de evaluar el trabajo de algún colega: si forma parte del grupo su trabajo es bueno, si es de fuera, por descarte, ya es malo. Un amigo, al escuchar esa palabra me volteó a ver y, con otras palabras, dio a entender que lo del egoísmo era lo mío.

El diccionario define la palabra concepto como: “Idea, representación mental de una realidad, un objeto o algo similar”. Los conceptos son los que nos permiten comunicarnos y evolucionar. En el campo de la matemática, por ejemplo, las cosas no podrían ir muy bien si para una persona el siete representara siete unidades, para otra doce y para alguien más quince.

En la primera conversación le comenté a quien no se creía ateo que estaba en un error. El negar la existencia de dios o de cualquier tipo de deidad lo convierte en ateo. El ateísmo no es una religión ni una práctica, es un concepto que de acuerdo con su definición, le aplica. No se puede negar la existencia de dios y decirse no ateo porque a uno no le gusten las etiquetas. Es tanto como que alguien no quiera aceptar que es un ser humano. Todos lo somos por definición.

En la segunda conversación me limité a ver a mi amigo con gesto de: “no voy a entrar en ese tema”. No porque le huyera, sino porque me pareció que no era el lugar adecuado, ni era lo que se estaba discutiendo. En varias ocasiones me he definido como egoísta y en casi todas ellas he explicado el porqué y el hecho de que todos lo somos. Aunque es un tema que da para un desarrollo aparte, vuelvo a explicar, brevemente, que a todos nos mueve nuestro deseo de satisfacción. Ya sea por acumular riqueza —que para muchos parece ser malo—, porque sea más importante el sentirnos bien con nosotros mismos al regalar dinero o que libremos culpa al realizar alguna buena acción —aspectos todos que se pueden mezclar de distinta forma—. Es aquello que tenemos como prioridad lo que nos hace actuar. Dicho de otra forma, no hay acción que realicemos —a no ser que sea por coacción— que no hagamos porque nos representa algún beneficio. Eso es egoísmo, al que le suelo agregar lo de “racional”, para lograr una diferenciación que, a criterio personal, no debería ser necesaria.

Últimamente he leído columnas y opiniones sobre ellas, en donde se trata el tema de los libertarios en Guatemala, más que todo con acusaciones hacia quienes se definen a sí mismos como tales.

El libertarianismo es, de nuevo, un concepto. Es una filosofía política que, entre otras cosas, apela al derecho del hombre sobre sí mismo, limitado por el derecho ajeno. Es válido, y hasta necesario, argumentar sobre tales ideas, razonarlas, probarlas, tratar de encontrar sus fallas y aceptar o descartar, si fuera el caso, sus principios.

Convengamos que, si Fidel Castro menciona a la libertad como uno de los más grandes valores que puede poseer todo ser humano, no porque él dedique su vida a coartar la de los habitantes de Cuba, lo que dice es una mentira. Una verdad es verdad siempre, y una mentira siempre lo será, independientemente de quién la sostenga.

Así pues, cuando en una columna se lee que los libertarios no leen a Marx, que se aprovechan del público ignorante, que todos son desalmados o que no creen en el cambio climático, y, peor aún, justificar el derecho a generalizar porque el del “otro bando” lo hace, se está cometiendo un terrible error y una irresponsabilidad al desinformar a quienes consumen tales textos.

Las acciones definen a una persona, no el concepto o la etiqueta que ostente. Si una persona predica el bien y hace el mal, no se puede acusar al bien de ser malo, se acusan sus acciones malas y se juzga, ética o moralmente, la incoherencia del individuo. Como ejemplo, un político, como concepto, no es un ladrón ni un corrupto, sino que es una persona que interviene en las cosas del gobierno. Alguien que lo haga no puede decir que sí interviene en las cosas del gobierno pero que no le gusta o que no es un político, porque por definición lo es; y tampoco está obligado ni definido como ladrón o corrupto, porque muchos, o la mayoría de políticos, roben.

Los políticos en Guatemala, muchos de ellos, tienen ideas socialistas o son pro programas sociales —no sabría decir si todos ellos con conocimiento de lo que defienden—. En las noticias aparecen escándalos de corrupción, pero no hay forma en que yo me permita asociar socialismo con corrupción. Lo que puede haber son tendencias, como aquella máxima que reza: “El poder corrompe”, aunque aún en ella no podría asegurar que el poder corrompa a todos.

Discutamos ideas y juzguemos acciones. Las acciones son individuales y definen al individuo. Las ideas, acertadas o no, no cargan con culpa alguna de las malas acciones de sus partidarios o de quienes solo dicen ser algo sin tener idea de lo que expresan. Si Fulanito de Tal roba y se define como libertario, no es que los libertarios roben, es solo que Fulanito de Tal es un ladrón, y eso aplica a todos y cada uno de los individuos y en cada una de sus acciones.

Mi amigo aceptó que era ateo, aunque no sé si lo hizo para no alargar la discusión, lo cierto es que no debería molestarle que un concepto se use apropiadamente. El otro suele decirme que siempre hablamos de distintas cosas y las discusiones suelen cortarse de tajo, una pena… las ideas merecen discusión.

Pen Jillet tiene una idea de lo que define al libertarianismo: “Toda mi postura en el libertarismo se resume, simplemente, en que no sé qué es lo mejor para los demás”. Yo podría estar de acuerdo o argumentar que lo mejor para los demás es la libertad, pero eso es otro punto. Lo importante sería discutir, con argumentos y con el uso de la razón, éste tipo de ideas que eventualmente podrían beneficiarnos, a corto plazo como individuos y a largo plazo si somos muchos los individuos beneficiados.

Saludos

PS. Cómo vuela el tiempo… ya son seis años de este sitio. Contrario a años anteriores, esta vez no me cuestionaré su continuidad o no.

Ciento cuarenta y cuatro mil días

BaktunLa portada de la revista Selecciones, en su versión electrónica, es algo que espero mes a mes por lo creativo de la animación que le suelen agregar. El mes pasado, por dar un ejemplo, el tema principal iba del Titanic y en la portada hay un barco que se balancea de un lado a otro y se ve salir humo del mismo. La de éste mes, como se anticipa en varias publicaciones, tiene que ver con el 13 Baktun, y en portada tiene un templo maya y un reloj en cuenta regresiva de lo que falta para que llegue el tan esperado 21 de diciembre.

Ha sido hilarante, por decirlo de alguna forma, ser testigo de lo que se ha generado alrededor de ésta fecha. Libros, conferencias, teorías, documentales y mucho más, que hablaban desde el fin del mundo, hasta que solo signifique un cambio de era.

Lo cierto es que para el 22 de diciembre las cosas no cambiarán un ápice. La sensación de inseguridad y los robos y asaltos, incluyendo el típico aumento de hechos de violencia por la época, continuarán, como lo harán las mentiras políticas, los arreglos cargados de corrupción, los favores perversos, la frustración de ver cómo se desaprovecha y maltrata un país con tanto potencial. Pero, favorablemente, también continuarán el trabajo y el esfuerzo de quienes procuran producir y crear; la gente emprendedora seguirá buscando y desarrollando proyectos; pese a tanto obstáculo seguirán existiendo los soñadores y, mejor aún, los que convierten en realidad los mismos.

Cuando hay algo que carece de explicación física o real, siempre aparecen personas que lo “llevan” a un ámbito “espiritual”, asegurando que no hay que entender con la razón. Entre lo que los mayas dejaron no existe ninguna referencia ni al final del mundo ni a un cambio de era. Lo explica una aplicación para iPad llamada “Baktun 13”, hecha por la UFM, en donde también se puede leer un poco sobre las falsas profecías que supuestamente se encontraron en los jeroglíficos y que tanto se popularizaron. Yo me quedo con un comentario que dice que lo único que pasará es que el conteo reiniciará como en un odómetro. Al final de cuentas a los seres humanos se nos da mucho el contar y agrupar, y además vale recordar que cada veinticuatro horas se cumplen 144,000 días a partir de una fecha.

Hablar de profecías del fin del mundo merece poco espacio, basta con hacer una búsqueda rápida en Google para ver la cantidad de veces que personas han intentado predecir el mismo, el fiasco del resultado y los intereses ocultos detrás de aquella desinformación.

Al final de la aplicación “Baktun 13” se puede leer un mensaje que invita a dejar atrás la fantasía creada al rededor del tema, asegurando que no es más que una oportunidad para reflexionar sobre la propia vida, para trazar un plan de acción que permita alcanzar los objetivos y para vivir plenamente cada instante. No podría estar más en desacuerdo. No se necesitan fechas especiales ni eventos “importantes”. Todos los días se pueden hacer planes, todos los días se puede y se debería de estar consciente de lo maravilloso que es estar vivo y de la cantidad de variantes que, para beneplácito de la existencia, el mundo ofrece. Todos los días se puede estar consciente que no son los cambios de eras sino los cambios en cada uno, de forma individual, lo que es un evento trascendente.

La vida en éste planeta no será para siempre. Llegará el momento en que la raza humana desparezca, pero no será éste fin de semana, falta mucho para que esto llegue a su fin. No obstante siempre es mejor “profetizar” sobre seguro: si estoy equivocado no estaremos acá para que me echen en cara mi error. «Dicho con sarcasmo».

Saludos