Idealizamos a Mr. Hyde

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Casi todos los que disfrutamos de la lectura solemos tener una respuesta que, disfrazada de condescendencia, es en realidad altanería, cuando alguien nos pide una recomendación sobre qué se puede leer para iniciar con el hábito: “¿Qué tipo de lectura te interesa?” Con ella ponemos en posición incómoda a quien nos consulta, logrando, la mayoría de veces, que desista de su intento, so pena de mostrar que ni de géneros literarios entiende, o asustado por la arrogancia de pretender que los conocemos todos y que podemos realizar una selección muy atinada si nos proporcionan más datos. Razón por la cual decidí tener, a primera mano, un libro que me parece harto interesante, bien escrito y que demuestra, en sus pocas líneas, la riqueza y el poder de la literatura. Dicho libro es “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”.

La dualidad del personaje —un doctor elegante y educado que con una fórmula que el mismo descubre se convierte en un desgarbado desagradable, acaso un monstruo—, más allá de ser una crítica a la sociedad victoriana, tan proclive a la hipocresía en sus modos y su anhelo de perfección en apariencias y en sus modos, transmite, con destacada obviedad, la lucha de las dos naturalezas que condicionan el actuar de cada ser humano, dos personalidades que luchan internamente por el control del sujeto. Una la de modos, educación y formas. Ésta que encontró una manera de socializar, convivir y desarrollarse en comunidad. Y la otra que desata, sin miramiento alguno, los instintos, el recelo por poseer el todo para satisfacer el reflejo, y el que renuncia a las formas porque no le es cómodo adecuarse a ellas.

No obstante, me parece que en muchas ocasiones hay un problema en la interpretación de ambos personajes. No son pues, reservadas para cada uno de ellos uno de los instintos o sentires que les mueven a actuar. Por ejemplo, no es el miedo algo que le compete al Dr. Jekyll y el mismo una ausencia en Mr. Hyde. No es el deseo propiedad exclusiva del señor y algo que le es ajeno al doctor. Todo es de ambos en distinta medida, o más bien, ambos reaccionan y se dejan dominar por ellos, a la hora de la toma de decisiones y a la hora de mostrarse al exterior, en distintas proporciones. Después de todo no existe un Mr. Hyde sin un Dr. Jekyll, y el Dr. Jekyll siempre tuvo a su Mr. Hyde en el interior.

Tomado el caso de la inconformidad, se puede observar que es una condición común a todo ser humano, como generalidad. Es la inconformidad la que mueve al mundo porque es la que impulsa al ser humano a hacer y crear. Es la inconformidad y no la ambición la que nos ha llevado a la modernidad de nuestra época. Siendo que ambos personajes son humanos, solo que con distinta faceta, podemos concluir que la inconformidad está en ambos, pero que a cada uno de ellos les hace actuar de forma distinta. A uno le puede afectar más y al otro menos.

Si en la época victoriana fue destacado el hecho de escribir tan buen texto como del que hablamos, para hablar de la hipocresía de la gente, hoy día se hace necesario que aparezcan textos que critiquen la desmedida idealización por atender a los modos del Mr. Hyde personal y la abrumante crítica a los modos, a las formas, a la clase y al estilo, porque pareciera que la humanidad se encamina hacia el desprecio de los Dr. Jekyll.

“Yo soy como soy”, “Yo digo las cosas como las pienso y que cada quien interprete como quiera, no es mi responsabilidad”, “Si te gusta bueno, si no es tu problema”, “Me visto como quiero y es mi derecho”. Frases comunes en nuestra sociedad, que antes fueron de dominio exclusivo de la juventud, pero ahora su uso se ha generalizado cada vez más. ¿Por qué? Porque de alguna manera vamos creyendo y aceptando que nuestro verdadero yo es nuestro Mr. Hyde y que nos debemos a él para ser leales con nosotros mismos.

No quiero decir con ello que la hipocresía es lo que deba gobernar el mundo, ni que debemos renunciar a todo cuanto nos gusta por conservar las formas. Mucho menos pretendo que se deba relegar la individualidad en aras de convivir en paz. Lo que sí digo es que la adoración de lo insulso, de lo falto de valor, de aquello que no tiene esencia y el menosprecio de la intelectualidad, entre otros, es un error.

Después de todo nuestra capacidad de ser individuales y poder a la vez convivir en sociedad, junto a nuestro mérito al ser capaces de crear y distinguirnos en intelecto, es lo que nos separa de cualquier animal, cuya interpretación de la vida no va más allá de obedecer a sus instintos.

Hoy damos más valor a quien dice cualquier frase hablando sin propiedad de cualquier vileza, a quien se refiere a la humanidad como podredumbre o a quien habla de intimidades sin falta de tacto, que a quien intenta hablar con propiedad, desarrollar temas con nivel o a quien busca resaltar lo mucho de bueno y grandioso que hay en la humanidad.

No hay mérito en ser por ser, como sí lo puede haber en ser con intencionalidad.

Por mientras seguiré recomendando la novela ya que sus giros, las razones, las consecuencias y los personajes en la historia, son exquisitos sin más.

Saludos

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