De Análisis, Olimpiadas, Jimmy y Mal de Ojo

Analisis

Cada que tengo oportunidad de salir del país, detesto el momento de llenar los formularios de aduana en donde te preguntan información que nunca van a revisar. Como todos los que no vuelan por primera vez, asumo, los lleno en automático. No obstante, de todas las preguntas, hay una que siempre captura mi atención, y es la que cuestiona mi profesión. Tengo claro que podría poner que soy carpintero, herrero o escritor. Lo cierto es que a nadie le importa y no se molestan en corroborar. Luego, si quisieran, podría argumentar que hice un mueble de madera, hace algún tiempo, y que eso me hace carpintero, aunque dicho mueble nunca quedase bien ensamblado y estuviera en desuso hace mucho. Después de todo es sabido que la profesión no está en función de la calidad del trabajo, de tal cuenta en algunos lugares me defino como escritor. ¡Qué más da!

Sin embargo siempre respondo que soy analista. Primero porque me gusta cómo suena, segundo porque no tengo que entrar en detalles, y tercero porque cabe perfecto en el mísero espacio que dan para contestar. Además no es mentira, tanto mi persona como cualquier ser humano tiene a su cargo el análisis de su entorno, o su existencia sería un despropósito total. Favorablemente tampoco es requisito ser un buen analista.

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En eventos recientes he podido comprobar nuestra celeridad y desatino para el análisis. Están, por ejemplo, los comentarios que a toda prisa fueron disparados para el partido de voleibol de playa, que protagonizaron las duplas de Alemania y Egipto. AELos primeros comentarios que leí iban del machismo predominante en nuestras sociedades (disparaban hacia todos lados), que obligaba a una mujer a portar un uniforme que cubría por completo su cuerpo e incluso su cabeza. Yo lo primero que pensé, lo reconozco, es que la pobre mujer se estaría muriendo de calor con ese traje, que me parecía más propio de buceo que de voleibolista, en el calor que habría de imperar a Río de Janeiro.

Fue entonces que aparecieron otros comentarios apresurados, pero era la segunda tanta, por tanto iban un poco más profundo. No fueron escupidos tras el primer arrebato de indignación. Éstos comentaban que el machismo podía verse en ambos lados de la cancha. De un lado estaba la obligada a cubrirse y del otro lado estaba la obligada a descubrirse casi todo, lo cual, es imposible negarlo, le ha valido a aquel deporte un éxito importante con los aficionados que, en ocasiones ni sabrán o no les importará el partido.

Mi pensamiento acelerado, que nada tiene que ver con ser santurrón ni pudoroso radical, es que ambos uniformes eran un despropósito. Pero, visto con lupa, todo el asunto tiene su base en la libertad —entenderla y dominarla, está claro, será un anhelo que conservaremos hasta los últimos tiempos de la existencia de nuestra raza—.

Entrevistada la egipcia, dijo que ella se vestía así por decisión propia, lo cual es cuestionable. Desde su punto de vista nadie la obliga, porque lo hace para agradar a su dios. Un dios inventado por un grupo de personas, a la sazón, machistas, que idearon una sarta de reglas que menoscaban la libertad, convirtiéndola solo en una ilusión de libertad. Los creyentes lo tienen claro: su dios les manda a amarlo so pena de castigo eterno, pero les hace creer que tienen libertad y que les obliga por amor. Incoherencias que solo hacen sentido en la cabeza del creyente que se niega a abrir los ojos.

Por otro lado, la alemana hace uso de su libertad, vistiendo lo que se espera que vista para beneplácito del ojo ajeno, arguyendo que no tiene problema, porque es la libertad planteada por la sociedad —o lo que sea eso en lo que se ha convertido—.

Para cerrar el ejemplo podríamos ir un poco más profundo y determinar que nadie está obligado a practicar un deporte y que seguir reglas tanto de juego, como de indumentaria, requisitos y demás, no es, necesariamente, doblegar la libertad. Ya veríamos a los jugadores de fútbol tomando el balón con la mano para hacer un gol, porque tienen la libertad y el derecho de seguir la propia. Hay límites y hay reglas por una razón, que idealmente procuran dar sentido a las cosas.

También solemos analizar por el gusto que nos crea la ilusión y el deseo. Me enviaron una imagen a través de un grupo de WA, que mostraba a Phelps nadando hacia la meta y a quien iba en segundo lugar, observando a su contrincante. PhelpsEl mensaje de la imagen dice: “El ganador es enfoca en ganar, el perdedor se enfoca en los ganadores . Luego de reírme de la ocurrencia y de la ingenuidad, pensé: primero que una medalla olímpica de plata no es algo que se debiese despreciar, luego concluí que Phelps no veía a otro porque no tenía a quién ver —si hubiera ido segundo posiblemente lo hubiera hecho—, y que es normal ver a los de enfrente porque pues, la gente no es invisible —aplica en lo físico y como metáfora—. Pero lo genial llegó unos días después, cuando Bolt, con sobrada confianza y Boltdominio en su disciplina atlética, volteaba a ver a sus adversarios antes de cruzar la meta. Entonces no recibí ninguna imagen con una leyenda tipo: “Los ganadores controlan los pasos de sus adversarios, los perdedores solo ven al frente”.

Aquella misma semana se anunciaba el paquetazo de impuestos que Jimmy pretendía modificar para, según él, cubrir las necesidades del Estado. Uno de sus argumentos exponía que la gasolina había bajado y que los precios de los productos no disminuyeron en aquel entonces, y que, por tanto, ahora que se cobraría más impuesto a la gasolina los precios de los productos no deberían subir. El señor Morales da a entender que la gente solo se quedó con una ganancia extra que no le correspondía, ignorando la realidad de la mayoría de empresas del país, muchas de las cuales pasan el mes con 61 de nota. Ese extra, si fuera considerable, serviría entonces para saldar algunas deudas, invertir en aquello que se necesitaba para ser competitivo, o en lanzar alguna oferta que permita jugar en el mercado. No es, necesariamente, dinero en el bolsillo de los empresarios. Si lograron estabilizar algunas situaciones con ese ahorro, está claro que, de haber más impuestos, solo los trasladarán al consumidor, lo que representa aumento de precios para todos. Sospecho que los analistas de Morales se lo dijeron, pero que decir cualquier disparate en los medios de comunicación está de moda.

Luego, hace algunos días, salió el anuncio de la intensión de cubrir, entre otros, el Mal de Ojo, como enfermedad a ser tratada en los Centros de Salud. Fuimos muchos los que alzamos la voz ante lo impactante e inesperado de la noticia. Vamos a incluir enfermedades que no existen, pensé. Días después la Ministra de Salud explica las razones, se mencionan estudios de universidades y la necesidad de inclusión de todos los guatemaltecos a la sociedad. Entonces vi a muchos (varios) tirar para atrás en sus críticas. Ahora tiene sentido, dicen. Yo sigo sosteniendo que es un despropósito por dos principales razones.

La primera es que me parece hasta un juicio racista, pensar que hay un grupo de personas que no son capaces de entender lo que existe y lo que no, y menos que se les tenga que engañar para que acudan a tratar sus enfermedades porque “Es la única forma”. Pasa con las creencias espirituales y no andamos engañando a los Testigos de Jehová para que acepten una transfusión de sangre.

La segunda es que no recuerdo a nadie cuyo argumento haya sido del tipo: “Tengo Síndrome del intestino Irritable, pero no voy a esa clínica porque no están de acuerdo conmigo”. Una va al doctor a contar la dolencia y es él quien da el diagnóstico. Alguien puede llegar a decir que tiene Mal de Ojo, y todo lo que se necesita es que el médico vea los síntomas y diagnostique. Dudo que un doctor diga que tal cosa no existe y saque a la gente del centro, pero si así fuera es todo lo que hay que hacer: capacitar al médico para que no eche a la gente sin chequearla.

Por si acaso, vale aclarar que a mí tanto me daría tener el apellido que fuera, no me siento orgulloso del que tengo, porque yo no hice nada por merecerlo ni afecta mi individualidad. Así que no estoy apelando a la exclusión. Solo me parece que para madurar como sociedad deberíamos actuar de manera madura, racional y con miras a avanzar.

*****

Soy analista porque lo somos todos. Los análisis en ocasiones son solo un juego de argumentos, un pasatiempo intelectual, pero en muchas ocasiones determinan nuestras posturas, lo que modifica nuestras decisiones y, quizá, la de más gente. De ahí que sea oportuno considerar todos los aspectos, toda la información, no creer porque alguien más lo dice o, incluso, porque de entrada suena lógico.

La próxima vez quizá ponga en el formulario de aduana que soy filósofo, por pura diversión, mientras sigo sosteniendo que ejercitar el músculo del análisis es una buena inversión de tiempo.

Saludos

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