Mientras dormía

Paralisis

Aún era temprano, pero últimamente he tratado de obligarme a dormir lo antes que pueda, cosa de no exigirle al cuerpo de más, considerando que ahora suelo empezar mi día a eso de las 3:30 am. Apagué la televisión, después de todo Lilyhammer es una buena serie en potencia, que no me termina de enganchar.

Por la tarde, en mi habitación, había estado pintando un cuadro que, como todos, me salió muy mal, pero lo hago por diversión y no porque sea un artista del color, así que no sufro mucho por ello, sufro poco. Lo dejé puesto en el caballete para estarlo contemplando mientras yacía recostado en cama, pues, aunque feo, es mío. Al mismo le llamé, porque hace dos pinturas que decidí ponerle nombre a mis trabajos: “Selfie effect”. Es un rostro a colores, de equivocadas proporciones… eso es todo.

No tenía sueño. Tardé tiempo en lograr dormir.

Al rato la habitación estaba más obscura de lo que usualmente está, por las luces de tantos dispositivos que siempre están despiertos. Quise cerciorarme acerca de ellos, pero me fue imposible. No podía moverme. Estaba totalmente congelado. No podía ni siquiera abrir los ojos, por más esfuerzo que realizaba. De pronto sentí algo como un frío que me recorrió de la planta de los pies hacia la espalda y pude sentir que algo o alguien me miraba desde algún punto de aquella torrencial obscuridad. Me miraba detenidamente, era una mirada amenazadora y burlesca. Me miraba a sabiendas de que yo no podía moverme y que a mano no había nada que pudiera auxiliarme. CommentMe miraba como me veía a mí mismo, tendido en la cama, indefenso, y sin movimiento. El cuadro que había pintado ya no estaba en su lugar.

Entonces de la sombra, de mi lado izquierdo, como saliendo del walk-in closet, apareció una persona, o algo similar, cuyos pasos parecía que los daba deslizando los pies, casi flotando. Vestía una túnica café y un sombrero del mismo color. Parecía un monje con las manos y la mirada hacia abajo. Asumí que era aquello que me había estado observando. No lograba ver su rostro. Yo seguía sin poder moverme. Entonces, en un santiamén, dejó la capa tirada. Era un adulto ya de edad que no alcanzaba a ser viejo aún. Alcancé a notar lo blanco de su camisa, un reloj de metal que llevaba en la mano izquierda y un peinado más bien alborotado. Se acercó sin mediar palabra, pero podía notar su mala intención. Llegó hasta detenerse al lado mío. A mí me era imposible gritar, saltar o correr, mi estado no había cambiado un ápice. Entonces sentí su mano y lo frío de su reloj en mi vientre. Aquello no pintaba bien. Quería hacerme daño.

Acto seguido logré moverme. Fue como si alguien encendiera el switch que habilitaba mis movimientos. Abrí los ojos y sentí las pulsaciones de mi corazón aceleradas, como si en efecto acabara de correr con todas mis fuerzas, alejándome de aquel lugar. En el cuarto estaban las luces de los dispositivos, el cuadro estaba donde lo había dejado y el hormigueo en mi cuerpo daba cuenta de que aquello no había sido un sueño.

Lo que acabo de narrar no es ficción, en realidad me pasó.

Favorablemente, tiempo atrás, había leído más de un artículo que trata sobre lo que se conoce como la “Parálisis del sueño”, que es un trastorno del sueño bastante común, pues no era la primera vez que experimentaba algo como esto y tuve curiosidad por saber qué me pasaba.

Algunos explican la Parálisis del sueño como tener la sensación de que uno es algo que está atrapado en el propio cuerpo. Y uno experimenta alucinaciones auditivas y/o visuales, sensación de no estar solo en el sitio y de ser ajeno a uno mismo, entre otras cosas. Pasa porque uno está despierto pero una parte del cerebro permanece o ya está dormida, según si uno empezaba el ciclo del sueño o estaba por despertarse. A mí suele pasarme en la primera.

Fui consciente todo el tiempo, mientras permanecía inmóvil, de lo que en realidad me estaba pasando.

Sé que uno no puede sentir las miradas, porque la vista percibe luz y no envía nada, lo que hace imposible percibir miradas. Sé que uno no vive fuera de su cuerpo (hasta hoy nadie fue capaz de comprobar la existencia del alma o del espíritu). Asumo que mi cerebro relacionó de alguna forma el cuadro del rostro que hice y que justo me veía con aquel momento. En mi habitación hay una cortina doble, una parte, la que siempre está cerrada es blanca, y la otra es café obscuro, como el color de tela que usan los monjes, y esa se mantiene hacia el lado más lejano de mi cama, cerca del closet. Cuando fui consciente y vi aquello, fui capaz de identificar al “monje” y de sonreír.

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“Selfie Effect”

Por último, fue gracioso recordar que aquel día, por la mañana, había ido a una cita con el doctor, pues me tenían que operar de una hernia en el vientre, justo donde el hombre de blanco pensaba hacerme daño.

Reconozco que la sensación, igual, no es agradable, dado que ninguno de nosotros sabemos qué cosas desconocemos. Y por la mente siempre pasa la idea, por ejemplo, de que uno pueda estar muriendo o que la facultad de movimiento no vuelva más. Pero sabida cuenta de que aquello de paranormal no tiene nada, es más llevadero.

Si fuera otro tipo de persona posiblemente contaría esto con tintes de sobrenaturalidad, pero hoy día no hay excusa, cualquiera que quiera saber de cualquier tema, casi con seguridad encontrará explicaciones y definiciones sobre el mismo, que tengan lógica y sentido, sin necesidad de recurrir al banal, simple y nada meritorio acto de creer en cosas, porque “hay más cosas de las que uno ve”.

Claro está que uno encuentra desde información importante hasta basura de artículos que te dirán, por ejemplo, que aproveches la Parálisis del Sueño para realizar un Viaje Astral o Desdoblamiento, que es, supuestamente, cuando logras flotar fuera de tu cuerpo.

Es decisión de uno, y una lamentable, si insistir en creer por creer o no.

Saludos

 

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