Conocimiento

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La vida es tan interesante y maravillosa, que podemos vivir sin conocer los pormenores de mucho de lo que acontece a nuestro alrededor. No es necesario, por ejemplo, entender el proceso de consumo de oxigeno de nuestro cuerpo para respirar, así como no necesitamos conocer los nombres y detalles de cuanto acontece en nuestro aparato digestivo cuando procesa los alimentos para que éste realice su trabajo. No es necesario comprender los procesos del cerebro para poder pensar. Y no nos es necesario entender de leyes de gravedad, ni nada sobre la atracción de cuerpos celestes, ni de los ciclos de la tierra, para poder vivir el día y dormir por la noche. ¿Qué es entonces lo que nos mueve, al menos a varios de nosotros, a querer entender el mundo que nos rodea?

Posiblemente la respuesta más común es que es por la curiosidad, que aceptamos como parte de la naturaleza del ser humano. Lo vemos en los pequeños cuando están descubriendo el mundo que les rodea. Todo ese es un proceso que ayuda al cerebro a ubicar la individualidad de cada quien en un tiempo espacio específico. Es decir que en algún momento, posiblemente el más vital para nuestra especie, somos conscientes de que somos un ser, separado del resto de cosas, y que somos dueños de nosotros mismos, jugando alguna especie de rol en este mundo.

Yo quiero plantear otra opción, y es que ese deseo de conocimiento obedezca a la ventaja que representa el conocer. Un niño en algún momento entiende que caminar tiene una importante ventaja sobre gatear y que comunicarse para pedir comida es más efectivo que solo llorar, porque además puede dar detalle de sus deseos y el adulto no tiene que estar adivinando.

Tendría, necesariamente, que existir una asociación de parte del cerebro entre encontrar ventajas y conocer los porqués de algo, y es muy probable que dicha asociación se quede con nosotros, acompañándonos el resto de nuestras vidas, a lo cual llamaríamos “curiosidad natural”. Conocer es el trabajo y sacar ventaja de ese conocimiento, el premio. Tras tomar buenas decisiones se crea una sensación de satisfacción a la que el cerebro puede hacerse adicto, y para tomar buenas decisiones sabemos que es de vital importancia conocer lo más que podamos sobre el tema que ataña. Todo esto desarrollaría la necesidad de conocer, esa insaciable hambre de detalles que en algunos, incluso, puede llegar a parecer exagerada.

¿Qué pasaría si ya no tuviéramos la necesidad de decidir? Pasaría que no habría, tampoco, necesidad de conocimiento, después de todo ya no habría provecho en conocer, lo que implica menos trabajo y más tiempo para la ociosidad. Es por ello que las recetas de motivación y guías de conducta baratas y sencillas son tan exitosas, tanto como lo es una filosofía básica que no ahonde en los porqués de las cosas, así como una religión que dicte cada paso que sus seguidores deben dar, ya sea por doctrina o por fe ciega en el representante humano que tengan como cabeza.

Cuando tienes una receta que te ayuda a decidir o una excusa para no ser responsable de la decisión que tomas, no es necesario el conocimiento, es necesaria solo la acción acorde a lo dictado por otros, con lo cual la conciencia encontrará paz, que puede, en ocasiones, dar la sensación de felicidad, aunque no sean lo mismo.

Conocer detalles de cómo es y qué pasa en el proceso de alimentación ha permitido que conozcamos sobre las propiedades de los alimentos, sus beneficios y los daños que unos y otros pueden causarnos. Pero pasa, cuando se adopta una filosofía como: “Lo importante es el interior de las personas y no cómo se ven” —qué a todas luces es una filosofía sencilla y sin profundidad—, que se toma como excusa para entrar en abusos y comodidad, olvidando que no solo es cuestión de apariencia, sino también de salud. Si siguiéramos pensando que la apariencia no es importante, tal idea debería formar solo una pequeña parte de un cúmulo de ideas que formen una filosofía completa e integral, la cual ayudaría a tomar mejores decisiones, so pena de que nunca hay garantías de que se acertará.

Más que el recitar citas interesantes, conocer sobre cierto tema o tener una memoria privilegiada, consideraría como un verdadero rasgo de inteligencia el hambre de conocimiento, porque es una pista importante para determinar de qué forma se maneja una persona.

Nuestro cerebro suele ser muy “buena gente” con nosotros. Nos da sensaciones que podemos confundir con facilidad y sospecho que lo hace apropósito. De ahí que la tranquilidad la podamos ver como felicidad, a la ilusión como amor o al conformismo como realización.

Imagina a una persona imitando la forma de ser o el accionar de otro, porque fue lo más fácil que encontró o porque quedó deslumbrada con el éxito o el reconocimiento que ésta alcanzó. El cerebro le puede estar haciendo creer que fue ella misma quien decidió ser o actuar de esa misma manera, y se sentirá bien consigo misma, e incluso confiada en que los resultados que obtendrá serán los mismos. Pero si no razonó, si no analizó, si no vio los pros y los contras, si no se tomó el tiempo de analizar la otra situación en todo su contexto y no considera el apego a la realidad de aquel individuo o de aquellas acciones, solo se estará engañando. Conceptualmente es cierto, si uno decide imitar, al final del día es una decisión tomada por el individuo, pero sería una muy cuestionable si le ponemos la lupa.

Saludos

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