Entre kale, quinoa y malas ideas

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Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ir a comer a un restaurante que hace las veces de McDonald’s para gente saludable, o de la gente que queremos perder esas libras de más que, con sobrado descuido y harta facilidad, se ganan. Un sitio de comida rápida, en donde usan ingredientes que se ufanan, todos ellos, de ser saludables. Sobre mi mesa habían puesto una sopa que, entre otras cosas, llevaba fideos de arroz –porque todos odiamos y amamos los carbohidratos–, zanahoria y champiñones.

A los pocos minutos de estar enfriando la sopa, porque estaba muy caliente y poco de ella había logrado probar, entraron al lugar seis personas que, calculo, estarían, todas ellas, en un rango de entre 24 y 55 años de edad. Cinco de ellas eran mujeres de corte y el caballero que las acompañaba –calculo un joven de unos 30 años–, parecía hijo de una de ellas y hermano de algunas otras (En ningún momento dio muestras de afecto que me hiciera pensar que su pareja sentimental le acompañaba). Llevaban con ellos varias bolsas de papel, seguramente de las compras de ropa que habían realizado, y una cara de desconcierto que asustaba, mientras leían el menú. No fue poco el tiempo que tardaron en escoger sus alimentos, y es comprensible, entre la fiesta de sabores que ofrecen elementos como la mostaza-miel, la quinoa, las aceitunas kalamata y los edamame, no es fácil escoger.

Mi primera reacción fue adivinar que habían entrado al lugar esperando que vendieran hamburguesas o algo frito, la segunda fue considerar una pena que estuvieran por gastar dinero en algo que, estaba seguro, no les iba a ser de agrado.

Mientras terminaban de decidir, a mí me fue entrando un sentimiento de culpa que solo de lejos amenazó con quitarme el apetito. Se me despertó–por más esfuerzo que realizo por mantenerlo noqueado– el amigo éste al que llamamos conciencia y que solo se despierta para fastidiar.

¿De qué cuenta –pensé– tengo que ponerme a meditar en la circunstancia que ellos están atravesando? ¿Por qué, si no tuvieran esa ropa, ni siquiera me preocuparía en voltearles a ver dos veces? ¿Por qué dar por sentado que la experiencia para ellos será mala? Después de todo, sus paladares pueden aceptar gustosos lo que están por ingerir o, por qué no, pudiese ser que habían decidido cambiar de régimen alimenticio. Fuera lo que fuera, nada me constaba y yo solo me hacía un nudo de ideas en la cabeza, contra el que peleaba incesante por salir bien librado.

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Veía un video en Facebook, producido en Guatemala, que procura explicar lo que es una república, o más bien, cómo sería Guatemala si fuera una república. El mismo suele tener buenos comentarios, aunque no todos, lo que habla de una buena realización y –lo digo con esperanza– parece estar concebido como una buena idea. Dentro de esos mismos comentarios leí uno que decía que el video estaba bien, pero que era una lástima que no mencionara a los pueblos indígenas, que debería ser más incluyente, porque somos un pueblo multiétnico, multicultural y multilingüe. Mi reacción inmediata, como cuando se busca el vaso de agua después de dar la mordida a un chile “diente de perro”, fue responderle que no es necesario estar aclarando para no ofender a las personas, que Guatemala somos todos, “tan sencillo como eso”.

Mi comentario ganó algunos likes y ninguna respuesta, pero sostengo que, en efecto, deberíamos dejar atrás todas esas ideas de inclusión que, lejos de beneficiar, nos separan.

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Tuve la suerte de que las seis personas se sentaron en una mesa que me quedaba al frente. Pude entonces observar cómo manipulaban dos Samsung Note y un iPhone Plus –fueron los únicos que alcancé a ver–. Pareció que el dinero no era un problema y, después de todo, concluí, tiene derecho, como lo tenemos todos, a probar cosas distintas, a equivocarse de restaurante o a gastar en uno que no guste. Tanto como tengo derecho en equivocarme al analizar una situación.

Reconocer diferencias culturales, de costumbres y de tradiciones, no es racismo. Pensá que cada individuo, como tal, es diferente a la persona que tiene al lado, por lo tanto, pregonar que existe la diferencia no puede ser, desde ningún punto de vista, algo malo. Solo pasa que entre razas hay diferencias que son muy marcadas, pero las tales de ninguna manera arrebatan su condición de ser humano –con las correspondientes obligaciones y derechos– a nadie. Lo que por el contrario sería un terrible error sería pregonar superioridades, proclamar inferioridades o divulgar variantes en capacidades, basado en nada más que la raza.

Los rostros de un par de ellas, cuando probaron la comida, no tuvieron precio, así como supongo no lo tuvo el mío cuando el hombre alzó la mano batiendo un billete de Q100, y con voz fuerte le dijo a la señorita que los atendió: “Seño, tráiganos otra sopa de verduras”.

Saludos

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