Al arribar al cielo

Acantilado2Desperté sentado en un amplio sofá, bastante cómodo para ser de sala de espera. Dos ojos situaban toda su atención en mí, más de cerca de lo que me hubiese gustado. Cuando él se percató de que volvía en mí, sonrió y me dijo que no me preocupara por nada y que descansara un poco más, en lo que llegaba mi turno de ser atendido. Mi ansia por saber en dónde estaba se disipó bastante con aquellas palabras y tras ver a la multitud de gente que también esperaba. Contrario al desorden esperado en cualquier lugar de trámites de una oficina de gobierno, todos guardaban su lugar, no había ni una persona de pie y la atención se percibía bastante fluida. Alcancé a ver a algunos que dejaban escapar, siempre con serenidad, algunas lágrimas, pero la mayoría parecía meditar llenos de tranquilidad. Intentando seguir el ejemplo, cerré los ojos y procuré relajarme, sin embargo lo que conseguí fue que aumentara mi deseo por saber en dónde estaba y por qué estaba ahí.

Como si el efecto de alguna poderosa droga fuera perdiendo su fuerza, los recuerdos comenzaron a llegar a mi mente. Para ponerles en contexto, no diré que fui un exitoso empresario, pero sí, en cambio, un buen comerciante o un descarado transero, como prefieran ponerlo –a estas alturas tanto da lo que piensen de mí–. Tuve una esposa que, estoy casi seguro, estará fingiendo, con lágrimas, la alegría que debe sentir con cada latido de su corazón, que ahora ha de latir libre del miedo que yo le representaba. Tuve dos hijos varones quienes más de alguna vez dijeron que escupirían sobre mi tumba y estoy convencido que lo harán. Creo que llegué a tener más enemigos que amigos falsos, pero la cifra fue harto parejo. Mi devenir ha consistido en la fórmula más simple y menos demandante que existe para vivir: tener lo suficiente para hacer lo que me diera la gana. Y siempre fui bueno en eso.

Podría contar un sinfín de historias sobre las cosas que he hecho y la gente con la que me he asociado con tal de conseguir lo que quería, pero no viene al caso. Alcanza con decir que no concibo un castigo suficiente para mis actos, si debiera pagar por todo eso.

Recordando tantos de aquellos momentos, fui golpeado por uno que me puso tenso. Había salido de la oficina de un influyente político con quien negociábamos la forma de quedarnos con unos terrenos situados en el occidente del país. Un treinta por ciento para mí y un setenta para él, que era el del poder. Mi última propuesta era que me comprara la parte que me correspondía, porque yo no quería el terreno. Él accedía si me lo pagaba al sesenta por ciento de su valor y al final no alcanzamos ningún acuerdo.

Salí del lugar molesto, sobre todo por tener que fingir frente al político una despedida educada, con el exceso de elegancia suficiente para rendir tributo a su importancia. Subí al auto y arranqué sin tener claro para dónde me dirigía. Alcancé un lugar con tráfico denso y entonces escuché el sonido de alguien que llamaba a mi ventana. Recuerdo ver su sonrisa condenatoria, el casco negro de motociclista que portaba y la pistola amenazadora, con la cual me apuntaba. Como instinto, supongo, aceleré el auto, solo para chocar, de inmediato, con el de enfrente y entonces escuché un ruido de lo que supuse eran cientos de balas buscándome como objetivo. Aquel, seguramente, no venía solo. No recuerdo dolor, solo recuerdo que cerré los ojos y la sensación de saber que no volvería a abrirlos.

Esperando en aquella sala de blancas paredes, no tenía más que revivir esa escena, que sin duda era la que me tenía ahí sentado, una y otra vez, tratando de recordar algún detalle adicional, y llegando a la única conclusión lógica: yo ya estaba muerto. La repetición de aquel ciclo, desde reconstruir el momento hasta llegar a la correspondiente deducción, solo se interrumpió cuando escuché mi nombre, y el mismo joven que me diera la bienvenida, cuando desperté, llegó por mí.

Me llevó a un cuarto que tenía la misma pinta que la sala, pero el espacio era reducido y con privacidad. Se sentó en la silla del fondo y yo en la que estaba al frente, quedando el escritorio gris metálico en medio de ambos. Sacó una libreta que tenía mi nombre al frente, como escrito a mano. Parecía leer algo, hizo alguna anotación, y luego se dirigió a mí.

­–¿Sabes dónde estás? –Me preguntó.
Mi expresión no daba lugar a duda, pero igual asomé un leve “no tengo idea”.
–Asumo que tampoco sabes por qué estás acá, así que te lo diré sin más: has muerto.
No reaccioné, quedé congelado. Para entonces yo había estado convenciéndome de ello, pero no es lo mismo escuchar la confirmación.
–Tu vida en la tierra ha terminado y estás en el preámbulo de lo que será tu nueva vida. Y digo vida porque así te será más fácil entender lo que se te viene.
–¿Qué es entonces? –Pregunté por reflejo, pero ignoró mi pregunta.
–En ésta libreta están apuntadas las cosas que hiciste en vida.
En ese momento el terror me invadió.
–Haremos un recuento de tus acciones y al final habrá un veredicto.
–¿Quién lo hará?
–Nosotros dos, claro.
Me pareció extraño que insinuara que mi destino aún estaba, en parte, en mis manos, y creo que lo notó.
–No hay trampa –dijo para tranquilizarme–, los dos revisaremos y al final nos tendremos que poner de acuerdo.
Abrió la libreta de nuevo y soltó una sonrisa que me supo a veredicto hecho y condenatorio.
–Tu lista es larga, ¡eh! Cuántas travesuras has hecho, amigo mío. Veamos…

No tiene sentido que les aburra con la lista de situaciones escandalosas que trajo a colación, y además me da vergüenza compartirlas. Pero cabe mencionar que habló incluso de momentos y cosas que hice, que ya había olvidado.

De mis ojos no paraban de fluir las lágrimas, más por angustia que por arrepentimiento, tras escuchar una por una, mis acciones. Aunque él en ningún momento parecía reprochar.

Por supuesto que le imploré que parara, pero hizo como que yo no estaba ahí y continuó con el escrutinio.

Experimenté un ápice de alivio cuando cerró la libreta, dando por terminado el recorrido.

–Y bien –me dijo–, solo hay dos opciones. Debes decirme si crees que tu vida fue una ofrenda para el bien, o por el contrario, dedicaste tu tiempo al mal.
Las manos me temblaban, o quizá todo el cuerpo. Tardé en lograr controlarme, y entonces apenas exhalé un:
–¡Al mal!
Pronuncié esas palabras sintiendo cómo me lastimaban por dentro. Y sabiendo que no podría engañar a nadie.
–Estamos de acuerdo y, como te mencioné, no sería difícil que lo estuviéramos. Ahora he de llevar esto a una habitación acá enfrente –me mostró la libreta– y entonces vendré por ti.

Salió campante, como si se levantara con el estrés que produce ir a traer un café, sin comprender que en sus manos llevaba el futuro de mi vida. Yo en cambio quedé hecho un manojo de nervios y la sensación de impotencia nunca me dejó tan desolado.

Regresó con una especie de mochila a la espalda y con ropa muy casual. Ni siquiera entró, desde la puerta me dijo que era hora de marcharnos. Me puse de pie y me dije que, a modo de darme ánimos, aquel destino era lo que me había ganado, y le acompañé.

Fuera del recinto la luz era agradable y el clima apenas perceptible. Frente, con toda claridad, se abrían dos amplios caminos que parecían de tierra, con frondosos árboles a los costados.

–Tomaremos el camino de la izquierda –Dijo, y supuse que, igual que en mi vida anterior, la izquierda estaba relacionada con lo malo. Mi destino estaba claro.
Habríamos caminado varios metros, yo iba detrás de él, cuando no pude más y le pregunté hacia dónde nos dirigíamos. Volteó a verme con una sonrisa que yo seguía sin entender.
–¡Al cielo, por supuesto!
–Pero, pero… yo…
–¿Esperabas algo distinto?
Tardé un momento en contestar, pensando que mis palabras podrían cambiar mi destino.
–Pensé que… pensé que iría al infierno.
–Claro, porque has sido malo, es lógico. Camina a mi lado. Te iré contando la historia.

Recuperado algo de mi ánimo –porque siempre es mejor ir al cielo que al infierno–, lo alcancé y caminamos mientras me contaba cómo eran las cosas por allá.

–Dios, quien en realidad prefiere que le llamemos Saúl, existe desde siempre, o más bien desde el “siempre” que él conoce, porque un día fue consciente de su existencia y no sabe de dónde vino, ni quién lo creó, ni para qué existe. Pasó largo tiempo solo y la soledad pesa en los hombros de todos, así que decidió ponerse a crear. Lo primero que creó fue el amor. Se llenó de él y le agradó la sensación. Es por eso que hoy se sigue diciendo que es un Dios de amor, más por costumbre, que porque desborde de amor para con todos. Pasó un tiempo e imaginó que sería bueno el poder compartir su amor con alguien. Fue entonces que creó…
–¿A los humanos?
–No. Fue entonces que creó la inteligencia.
–¡Ahaa!
–La necesitaba para poder diseñar el universo. Se llenó de ella y, como imaginarás, dibujó universos, constelaciones, planetas, y todo cuanto es. Creó distintos tipos de vida, desde lo más inconsciente de cuanto hay, hasta lo más destacado. Creó ángeles…
–¿Eres un ángel?
–No. Yo existo para cumplir la función que estoy realizando ahora mismo. Y deja de interrumpir –dijo enfático, pero sin agravio.
–¡Lo siento!
–En fin. Llenó el universo de vida y se agradó a sí mismo, cuando dio de su capacidad de amar a todas sus criaturas. Solo que cedió tanto, que lo que le quedó ya no fue tanto. De igual manera cedió algo de inteligencia, pero de esa dio poca. Prácticamente no existen seres que destaquen en ese aspecto.
–Quizá su inteligencia le hizo dar cuenta que no era buena idea quedarse con poca inteligencia –interrumpí.
Rió bastante con mi comentario.
–Bueno, desde entonces las cosas iban más o menos bien. Es decir, como las había planeado. Fue creando más y más cosas, algunas buenas, otras no tanto, y las experimentaba consigo mismo, antes de compartirlas. Creó la ira, el enojo, la sabiduría, los celos, la venganza… creó incluso las leyes que dio al pueblo que escogió en la tierra.
–¿Estamos en la tierra?
–Claro que no, pero eso es tema para después.
Estaba claro que no le agradaba que le interrumpiera
–¡En qué estaba! … ah sí, estaba en que siguió creando y repartiendo entre sus creaciones, en partes totalmente desiguales. Por eso hay creaciones que solo enojados viven, otras que son puro amor, otras que se dedican a vengarse por todo, otras que…
–Está claro que a nosotros no nos repartió suficiente inteligencia, y de sabiduría ni hablar.
–Les hubiera dado paciencia suficiente para no interrumpir cuando alguien está contando algo.
Lo vi un tanto exaltado, así que me propuse no interrumpirle más.
–Queda poco tramo. Apuremos el paso –dijo, con molestia.

Seguimos caminando en silencio. Cuando la vereda llegaba a su fin, vi que a mi lado derecho parecía terminar, también, el camino que al inicio se encontraba hacia la derecha. Al ver mi sorpresa el guía me confesó, divertido, que en realidad ambos caminos eran paralelos y que llevaban al mismo destino.

Terminamos al filo de un enorme acantilado. Hacia la izquierda se divisaba una ciudad moderna, limpia y llena de gente que interactuaba en paz. Algo muy distinto a la idea que uno se hace de lo que será el cielo. El lugar parecía rebosar de vida y alegría. A la derecha, en cambio, gritos desesperados, de dolor y angustia. Gente huyendo y siendo maltratada. Muchos caminaban encadenados, como si fueran esclavos, recibiendo todo tipo de vituperios y humillaciones físicas. El panorama era aterrorizante.

Mi reacción fue voltear a ver a mi guía con la esperanza de que no me dijera que todo era un engaño.

–¿Al cielo, cierto? ¡Aseguraste que me tocaba el cielo! –le dije lo más suplicante que pude.
–No me dejaste terminar la historia –dijo.
Al escucharlo un escalofrío paralizante invadió mi cuerpo, pensé que quizá mi mala conducta a lo largo del camino había cambiado su veredicto. A lo mejor todo aquello era una prueba.
–Un día Saúl creó el sentido del humor, y de todo cuanto creó, fue lo que más le gustó. Repartió casi nada en algunas de sus creaciones, como en la tuya, pero el resto se lo quedó para sí. Con ello inventó historias absurdas que ustedes, los humanos, aceptaron así sin más. Les engañó para que creyeran que él necesita de su amor (algo que él ya posee); para que aceptaran que el sacrificio y el sufrimiento es lo que él anhela de ustedes; que les había escogido porque eran lo más insignificante del universo; y cuanto disparate que conozcas, de las creencias de la gente en la tierra, como el asunto del diluvio, la vez que el mar rojo se abrió, la promesa hecha al hombre a través de un arcoíris, David ganándole a Goliat y él haciéndose hombre para morir por ustedes, por mencionar solo algunos. Con todo ello se divierte todo el tiempo.
El miedo me invadió de nuevo. ¡Qué era todo ese absurdo?
–Antes la muerte era diferente, pero hace unos doscientos años, de los de la tierra, a Saúl se le ocurrió una idea. Inventó todo este sistema. Por eso tengo que recibir a los que vienen, hacer la revisión de su vida, luego acompañarlos en éste camino, contarles la historia y por último arrojarlos por este acantilado. A unos a la izquierda, para que vayan al cielo, y a otros a la derecha para que sufran eternamente.
–¡Arrojar?
–No te preocupes, todo es una ilusión. Caerás directo en el cielo.
Temblaba. No sabía qué decirle.
–Así es el humor de Saúl: a quienes le siguen en la tierra les recompensa con el infierno y a los que viven sin tan siquiera acordarse que existe o a los que no creen en él, los invita a una vida de placeres. Lo que ves acá, no se compara con lo que en realidad te espera.
–Un humor muy extraño.
–Pero le divierte, le entretiene y, después de todo, Saúl es Dios, puede hacer lo que quiera.

Tuve un instante para meditar en qué tan alocada es la mente de un dios tan lleno de despropósito y tan sinsentido en sus directrices, cuando me interrumpió.

–Ahora, acércate a la orilla… es hora.
–Yo, yo –balbuceaba mientras me acercaba al borde–… yo tengo mi…
–No te preocupes, una eternidad fantástica te espera. Por cierto, nunca te dije mi nombre: soy Saúl, tu Dios y creador.
Al pronunciar aquellas palabras me volteé hacia él, sorprendido, para pedirle más explicaciones, pero me tomó por los hombros y me arrojó fuerte.

Mientras caía, con la vista hacia arriba, el horror y pavor de la caída se sumó a la idea de que aquella última promesa, también fuera una farsa de su extraño y enfermo sentido de humor. Y, no puedo asegurarlo, pero me parece que alcancé a escuchar una risotada.

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