Sobre Ateísmo, para ateos

PensandoSin duda alguna el nombre de la conferencia despertó mi curiosidad, y logré juntar más de ella, cuando vi la profesión del conferencista: filósofo. Alain de Botton nombró su conferencia “Atheism 2.0”, un título atractivo e intrigante. Expone al respecto que los ateos deberíamos copiar ciertas cosas buenas de las religiones, emular comportamientos y tácticas que, eventualmente, culminarían haciendo de éste un mejor mundo. Habla de la fuente de la moralidad, entre otras cosas, que puede estar en la cultura o en la religión. Menciona la importancia de un sermón que adoctrina y dirige la opinión; de lo importante que es, no solo recibir una lección, sino recibir la misma lección constantemente hasta que éstas, parafraseando, creen un patrón en nuestro cerebro que le haga actuar de determinada forma, de manera natural; habla de la importancia de las tradiciones y fechas, poniendo como ejemplo la celebración de la navidad. Al final su presentación fue toda una decepción para mí.

El tema con el ateísmo es que es un concepto muy simple y sencillo de entender: es no creer que existe dios. Si tal concepto se quiere ampliar diría que es no creer que existe ni dios, ni dioses, ni ninguna clase de deidad, que gobierna el universo y dirige nuestras vidas. Cualquier otra cosa que se quiera agregar alrededor de tal concepto, no es ateísmo.

En lo personal siento la idea como un intento de condescendencia. Si el ateísmo tuviese que “evolucionar” a comportamientos de religión solo puede significar dos cosas: que la religión es lo más grande que el ser humano ha alcanzado —lo cual sería triste— o que nos rendimos a tales estrategias contra las cuales nos es imposible actuar.

La moralidad no tiene su origen ni su base en la cultura ni en la religión. La base fundamental del comportamiento del ser humano y de las sociedades nace de la razón. Nadie necesita de la religión para comprender que llevarse los Post-It de la oficina es un robo y tampoco es necesaria la cultura para determinar que apalear hasta la muerte a un niño es malo. La moralidad, la capacidad de diferenciar entre el bien y el mal, tienen su origen en la razón.

Raúl de la Horra escribe un artículo titulado: “Sobre religión y otras historias vecinas”. Un artículo de los que se me antojan complicados porque voy de estar totalmente de acuerdo con él en algunas afirmaciones al lado totalmente opuesto, cuando realiza ciertos juicios. Lo que quiero destacar de ese texto es la parte en la que se queja de lo que él llama: “Totalitarismo religioso”.

Cito:

Y es que ya no puede uno dar un paso en nuestras ciudades y pueblos sin que se escuchen a todo volumen los cánticos y prédicas religiosas en los templos, en las calles, en los parques y en los barrios residenciales. Igual sucede en el transporte público o en los taxis, en las ondas de radio y de televisión, y hasta en las redes sociales. También en los discursos presidenciales, en las inauguraciones de las carreteras, en los artículos y en los comentarios de los periodistas, el nombre de dios se nos aparece hasta en la sopa. Todos los espacios, como en la mejor época de la revolución cultural de la China de Mao, absolutamente todos, están impregnados de propaganda y de alusiones al dios cristiano. Ni siquiera puede uno saludarse o despedirse en la conversación cotidiana sin que el interlocutor evoque algo relacionado con las bendiciones divinas, y sin que los vidrios de los carros, o los adornos de las camionetas, o los anuncios en las carreteras, o las paredes de las casas, o hasta las puertas de los baños públicos, estén exentas de alguna frase o imagen vinculada al santo poder de Jesucristo. Si esto no es una forma de totalitarismo religioso, no sé cómo se lo pueda llamar.

Llama la atención que haga una queja sobre el dios cristiano, lo que podría confundir y dar por sentado que aceptaría la propaganda de cualquier otro dios. Pero más allá de eso cito las líneas de un párrafo anterior en su texto para completar la idea:

Lo que me parece inadmisible e inmoral, es que se haya permitido a todas estas iglesias desplegar su propaganda sin restricción alguna, y que el resto de ciudadanos estemos como quien dice obligados a tragarnos semejante martilleo a lo largo de los días y de los años como si fuera una actividad sana y normal.

¿Cuál es la propuesta? ¿Restringir? ¿Coartar la libertad? No conozco un solo ateo que sea “tocado” o movido a reacción por ver un rótulo en la calle, asegurando que Cristo le ama. No hay nadie, que encontrando el dulce sabor al uso de la razón renuncie a ella porque alguien menciona la tan usada frase: “Primero Dios”. Pero más allá de la molestia que alguien pueda sentir por escuchar o ver constantemente al respecto de las creencias de muchos, no es dirigiendo a un mismo sentir, ni acorralando el actuar de las personas como se lograría que un país encaminara hacia una vida más libre y sana —habría que desarrollar el tema del daño que las religiones causan al individuo y a la sociedad, aunque ellas se pretendan en una buena vida, pero ese es un tema distinto y extenso.

La moralidad surge de la razón y la razón necesita como aliado a la libertad. La razón llega a conclusiones acertadas cuando tiene información. Y, aunque es una obviedad, tengo que decir que para que la información sea transmitida tiene que existir libertad.

Agradecería si alguien me puede explicar cómo se puede invitar a alguien a tener una vida libre de dogmas, de creencias sin evidencia, de culpas injustificadas, si lo primero que viera de parte de los no creyentes es que pretenden que la libertad del creyente sea limitada. Un poco de empatía aquí: antes de que sea por una conclusión lógica alcanzada por el razonamiento, ¿de qué forma podría concebir un creyente que el ateísmo no es más que otra doctrina, si los que estamos de éste lado procuramos arrebatarles su filosofía de vida porque “nosotros somos los dueños de la verdad”?

Comenta de la Horra que las circunstancias lo movieron del agnosticismo hacia el ateísmo —algo que me es inconcebible pues es la razón y no la circunstancia lo que debería de mover a alguien en tan trascendental postura— y que en algún momento, la cantidad de bombardeos religiosos (de nuevo estoy parafraseando) le hicieron hacer públicas sus posturas. Existe entonces contradicción, pues si fuera limitado el expresar público de un creyente, debería serlo también el expresar de un ateo. Agrega que consideró un deber de conciencia poner sobre la mesa sus consideraciones para que en ellas pueda meditar la sociedad, pero no aclara de dónde saca que un creyente no debiera sentir el mismo deber de conciencia y quizá un deber más grande aún, puesto que ellos sí creen en una vida eterna que depende de la presente.

No me malentiendan. Soy ateo y me siento cómodo y satisfecho siéndolo. Me alegra saber que existen ateos que no “regalan” su vida a creencias sin fundamento. Creo que mientras más personas abran los ojos éste será un mundo mejor y que por el contrario las religiones detienen el avance de la humanidad. Estoy convencido que las religiones son un error y que dentro de ellas abundan los aprovechados y vividores, que hacen su vida a base del sufrimiento y miedo ajeno. Pero con todo, y por mucho, estoy convencido que no es limitando, cerrando, coartando y mucho menos amedrentando a la gente, como podremos tener diálogos y aprender a vivir con distintos puntos de vista, como bien menciona, y aduce que es su intención, al final de su artículo, de la Horra.

Mi anhelo es que me dejen ser libre y, por ende, anhelo la libertad de todos, siempre que la tal no transgreda derechos y libertades elementales de terceros.

Cierro comentando sobre la conferencia de Alain de Botton: él menciona que podríamos copiar de las religiones algo tan sencillo como el celebrar la navidad. Creo que se confunde al dar a entender que el ateísmo está regido por ciertas normas, leyes o mandamientos. Lo cierto es que los tales no existen. Ser ateo es ser libre de doctrinas y como tal uno puede decidir hacer meditación por las noches, celebrar la navidad adornando un árbol o procurar no derramar sal. Uno puede ir de lo tradicional a lo absurdo sin miedo alguno, después de todo nuestra libertad no está restringida por algún ridículo reglamento impuesto por el gobierno, los seres que condenarían tal actuar no son sino otros seres humanos, y el ser que habría de condenar por toda una eternidad no existe.

Saludos

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