Desde el costado y a escondidas

Huehue2Alguna vez comenté a un amigo sobre la firme convicción que sostenía, de que la mitad de los crímenes podrían evitarse si no existieran los callejones ni las calles estrechas. Él, por su parte, comentó que la otra mitad de ellos se evitaría si fueran eliminadas todas las armas y, divertidos, concluimos que habíamos encontrado el secreto para evitar la violencia —que alegre suele ser, a veces, jugar a la ingenuidad—. Lo cierto es que, aunque entiendo la intención de sacar el máximo provecho a una inversión hecha sobre grandes terrenos, las calles estrechas me siguen pareciendo, hoy día, un pésimo invento. Son, por alguna razón, el escenario perfecto para delinquir y abusar. Quizá tiene que ver con lo poco transitados que son: a menos testigos mayor valentía.

***

Parqueo el auto frente a una de las entradas a aquella maraña de callejones y calles estrechas en una colonia de la zona 18, a la que todos reconocen por su fama de insegura. Cada vez que estoy acá me es imposible no recordar una noche que, saliendo de ahí sin compañía, tuve la nada placentera experiencia de ser interrogado y registrado por cuatro policías que recorrían la zona a pie. Dos de ellos no tuvieron reparo en apuntarme con sus armas en posición de “un movimiento en falso y estás muerto”, porque cometí el error de decirle a quien me pidió mis papeles, que no había entendido lo que me dijo. “¡Qué me des tus papeles te dije!” Insistió, a tiempo que me tomaba del brazo para voltearme y pegarme a una pared y registrar a la potencial amenaza que tenía asida. Por dentro quise reír por imaginarme como una amenaza para aquellos cuatro, pero no pude, el susto de estar a la distancia del movimiento de un dedo índice de la muerte, me lo impidió. Quizá exagero; quizá eran profesionales en el uso de armas; quizá era algo natural para ellos; o quizá estaban asustados como yo. En aquel momento ninguna de esas ideas vino a mi mente. A raíz de aquel incidente comencé a hacer la broma de que en aquel lugar había que cuidarse de los buenos y de los malos, sin imaginar que años más tarde aquel comentario sería común de escuchar por todo el país, pero carente de una pizca de gracia. Quizá siempre se djo, pero yo, al menos, no lo esperaba.

De vuelta al auto, que ya he parqueado, ha sido un día sin más que destacar que la diversión y gratos momentos que he pasado con los amigos de la universidad. Hemos ido al boliche y, como casi siempre, a comer a un Food Court. Cargo de regreso con varias anécdotas, muchas de las cuales el tiempo se encarga de borrar, no por malas o carentes de valor, sino porque somos dados a olvidar los buenos detalles de la cotidianidad. Aunque no era tarde, decidimos dar por terminado el paseo. Quienes tenemos auto nos dimos a la tarea de la distribución del resto. A mí me tocó llevar a un par de amigas a sus hogares. La segunda de ellas vive en estas calles, de las que me es imposible percibir tantita cordialidad, por eso estoy acá. Decidimos que como era temprano podíamos seguir charlando en su casa y esperar la cena. Caminamos por las pocas y pequeñas cuadras que hay hasta llegar a su vivienda y entramos a conversar y a escuchar música, mientras la comida está lista —estoy entusiasmado porque los platos caseros que acá se sirven dejan agradecido a cualquier paladar.

Estamos sentados en el sofá, platicando y escuchando la radio, cuando nos pone en alerta el ruido de gente que pasa corriendo frente a la casa. No los he visto, pero por el ruido deduzco que han de ser entre seis y diez personas. Mi amiga, como reacción, pregunta por su hermano menor a quien no hemos saludado: no está en casa. Algo pasa en este instante, es como si alguien hubiera presionado el botón de una alarma silenciosa, o al menos inaudible para mí. Me pongo de pie, más por instinto que porque sepa lo que tengo que hacer —de hecho no sé si existe algo que pueda hacer—. La madre de mi amiga abre la puerta del frente, no sé si para llamar a su hijo quien, si no me fallan los cálculos, anda entre los diez y doce años de edad, o para ver de qué se trata el alboroto que se forma afuera.

Alguien lo ha dicho pero no logro identificar de dónde viene la voz. Quizá ha sido la mamá de mi amiga, mi amiga misma, alguien que se encontraba en las habitaciones o alguien que pasa por la calle. Me encuentro desorientado. Tal vez fue la señora que se ha acercado a hablarles, quien ha elevado la voz en un exabrupto natural. Yo estoy de pie a unos seis metros de la puerta de entrada, en la sala de estar, y solo alcancé a escuchar que eran los de la guerrilla, que venían a “reclutar”.

Hasta ahora he vivido la guerra en Guatemala —como muchos otros de mi generación y dependiendo de la zona geográfica en que uno se desenvuelve— desde las pocas noticias que se comentan en casa. Siempre es algo que acontece “en otro lugar”. Se escuchan historias de cabezas que han sido desprendidas de los cuerpos sin ninguna otra intención más que dejarlas sobre estacas que se colocan como advertencia; se cuenta de secuestros por parte de uno de los bandos como estrategia para poner presión al otro; se escucha de emboscadas en donde se masacran a los que caen en la trampa; e incluso de la utilización de niños que son mandados tipo Kamikaces para hacer explotar al enemigo. Todo aquello llega a mis oídos como rumores, historias trágicas que nadie dentro de mi familia puede asegurar, aunque se de quienes sí se animan, sin más evidencia que la escucha de otros rumores, y lo hacen desde la comodidad de dar una opinión sentado a la mesa frente a un suculento almuerzo. La guerra no es más que aquel cúmulo de tristes y desgarradoras historias que no me tocarán vivir a mí.

***

Años atrás, un sábado cualquiera y muy temprano, mi papá amaneció con el deseo de que saliéramos de día de campo y dio las instrucciones necesarias para que todos nos montáramos en la aventura. Aquello significaba tomar algo de comida y bebida, una pelota, un barrilete o un frisbee e ir a pasar el tiempo tendidos sobre la grama verde de un terreno cualquiera. La Avenida las Américas y la Calzada Roosevelt, a la altura del periférico, da cuenta de tales actividades.

Pasamos a abastecernos al mercado de la Carabanchel: carnitas, chicharrones, guacamol, chojín, tortillas y bebidas de frutas, harían el menú de la ocasión. Mientras se hacían las compra nos han obsequiado, a mi hermano y a mí, un licuado de banano con leche, que agradecemos con el frenesí propio de la edad. Luego encaminamos por carretera hacia Huehuetenango —creo que en algún momento mi padre pensó llegar hasta allá—. Vio la hora y, quizá cansado, se fijó en los terrenos verdes a los lados de la carretera. Decidió que eran buenos lugares para pasarla bien y que no valía la pena continuar manejando. Bajamos del auto, tendimos el mantel y comimos hasta saciarnos, para luego jugar al fútbol —sobre todo mi papá y yo que era a quienes más nos gustaba—. Tras varios minutos, ensimismado y distraído con el juego escuché que mi padre, ya serio, me dijo que me acercara a él. Como no le entendí, me lo gritó: “Vení para acá te estoy diciendo”. Obedecí en el acto —a una orden de mi padre no se le resistía.

Cuando corrí hacia mi padre, quien jugaba casi junto al auto, alcancé a verlos de reojo. En ese momento divisé a dos, pero en total eran cuatro. Corrían uno detrás del otro como a diez o quince metros de distancia entre cada uno, para pasar justo a la espalda de donde yo atajaba los penales que mi papá me disparaba. Venían desde el terreno que estaba al otro lado de la carretera y se dirigían hacia nosotros. Portaban escopetas o ametralladoras —era capaz de notar la diferencia pero no quería quedármeles viendo—. En algún momento me giré y mi padre me abrazó por la espalda de tal que pudimos verles pasar, sospecho que con aquella posición pretendía que no llamáramos su atención. Llevaban cascos —a excepción del último quien solo llevaba gorra— que estaban lejos de lucir por estética y limpieza; camisas de botones, abiertas hasta medio pecho cargadas de una mezcla de sudor seco y mojado, manchadas de tierra; los pantalones de un gris oscuro que a todas luces se notaba que no era su color original, flojos y amarrados a la cintura para que no se cayesen, algunas cantimploras… y balas.

Portaban carrilleras, dos, o una, pero todos llevaban. No sé si funcionales, pero intimidantes sí que eran. El primero pasó de largo, buscaban el barranco a nuestro costado. El segundo en cambio volteó a ver, quizá no fue a mí, pero yo así lo sentí. Sostuve la mirada por no saber qué otra cosa hacer. Imaginé que alguien con armamento en cualquier momento puede reaccionar. ¿Qué lo impediría en aquel lugar perdido en la soledad dejada atrás por uno y otro auto que pasaba cada tantos minutos? Volvió la vista al frente y siguió su camino. No pude respirar tranquilo, tocaba enfrentar al tercero.

Desconozco la reacción de mi mamá y de mi hermano —éste último creo que se había puesto detrás de mi padre—. El tercero pasó trotando más aprisa, cuando estuvo frente a nosotros volteó hacia el cuarto y le hizo señas: que se apurara. El último se veía el menos contento de los tres, nos vio a todos como esperando alguna reacción que nunca llegó. Se veía cansado y arrastraba los pies. Fue quien más sostuvo la mirada, fue quien más movimientos hacía sobre su arma, fue quien parecía disfrutar de vernos agazapados. Finalmente llegó a la pendiente y desapareció, como los otros cuatro, después de un tiempo en el que creo que nos salteamos varios respiros que debimos realizar.

Luego que pasó el último mi padre hizo mueca para que siguiéramos guardando silencio, hasta que estuvo seguro que ninguno de ellos regresaría. Yo estaba asustado, pero no tanto como lo estaría después de que él me contara las ideas que cruzaron por su mente.

“Dicen que los de la guerrilla suelen llevarse a niños como de tu edad y no se les vuelve a ver. Les enseñan a disparar y los usan para la guerra”.

Las fuentes de mi padre no eran otras que rumores, pero para mí, al escucharlo, no era sino la verdad en toda su atrocidad. Me asusté mucho. No puedo decir que me asustó la idea de tener que formar parte de una guerra, tampoco pensé en verme enfrentando la muerte o dándosela de regalo a quien peleaba para el otro bando. —no lo digo por valiente sino por desconocimiento y falta de alcance en comprender lo que aquello significaba—. Lo que me aterró, a esa edad, fue imaginarme separado de mi padre. La sola idea de no volver a verle me destrozó.

Tras decir aquellas palabras guardamos todo aprisa, nos subimos al auto y volvimos. Asustado como estaba, no quise saber más del tema. No hice preguntas y me dediqué a reposar en la tranquilidad de ir de vuelta a casa con mi padre al volante.

***

Ahora acá, frente a la tensión que se enseñorea en casa de mi amiga, las palabras de mi padre resuenan con fuerza a mi cabeza. Imagino al pequeño jugando en la calle con sus amigos, sin su papá que le diga un “Vení para acá, te estoy diciendo”; sin alguien que lo abrace mientras esos hombres armados pasan a su lado; lo imagino siendo arrastrado del brazo, y quizá a los golpes, hasta subirlo en un camión que le arranca de la vida que conoce; lo imagino a los gritos y falto de consuelo, preguntándose a dónde lo llevan, quiénes lo llevan y por qué se lo llevan. Imagino a una familia destruida por el infortunio de que esta noche su hijo cometiera la falta de estar jugando fuera de casa.

Por los medios se ha estado escuchando sobre la posibilidad de terminar con esta absurda guerra. Algunos —pocos—, lo hacen con la ilusión de que esta desgracia llegue a su fin. Otros —los más— cansados de escuchar tanta promesa. Yo pensé que ya no oiría de estos reclutamientos, más bien creí que varios rumores de éstos estaban quedando en los recuerdos de algunos y clavados en los pechos de muchos —. Lo cierto es que el pánico no conoce de fechas, de promesas, ni de acuerdos, y mis creencias o esperanzas en nada contribuyen a aliviar este momento.

Mientras todas esas ideas buscan un espacio en mi cabeza, ha entrado corriendo. Han sido minutos de angustia. Su madre y su hermana le abrazan. No sé si escuchó lo que se decía que pasaba afuera, si el alboroto de la gente le hizo ir a casa o fue que escuchó los gritos de su madre y los de su hermana. De cualquier forma no parece estar muy consciente de lo que ha pasado, o quizá sea que tanto apapacho lo pone feliz. Yo contemplo cómo esos rostros recobran la vida que habían perdido minutos atrás, y es un recuerdo que se que guardaré en la memoria para siempre.

Luego de tantas muestras de amor, lo mandan a su habitación. La tensión se ha ido y se aligera la conmoción al verle caminar por la seguridad del hogar. Cenamos, pero hablamos poco. Me despido de aquella familia, de aquel hogar y de aquellos callejones. La comida ha estado exquisita.

Mientras voy en mi auto solo pienso en el alivio que respiran y en que no nos queda otra más que esperar que la guerra termine ya, convencido de que otras muchas historias, van mucho más allá del susto.

***

Han pasado los años. Se firmaron los acuerdos de paz, pero la paz nunca se firmó. La guerra fue muchas cosas y muy variadas, para todos. Nadie escapó de las ramificaciones extensas de sus consecuencias, así se viera al conflicto desde lejos. Hoy día seguimos pagando el precio, en varios frentes, de aquellas absurdas decisiones.

Quizá lo más cerca que estuve de vivir algo de aquella guerra fue desde el refugio de una sala de estar y a través de un rumor de calle que no pude confirmar, y desde ahí, apestaba a tragedia.

3 comentarios en “Desde el costado y a escondidas

  1. Admirado de tan tremenda memoria, hay hechos que pasan al olvido con el tiempo, pero al leerlo renacen esos momentos, a veces de alegría, a veces de susto, recuerdo el camino, y eso fue mucho mas adelante de Tecpán, después es todo lo escrito, curiosamente lo que pasó con tu amiga, tiene algo de relación, los desconocidos que llegan sin saber cual va a hacer su proceder, la angustia de los niños y el temor de los padres de que puede pasar ; y sí es cierto que todos los lugares construidos por los gobiernos, por hacer mas casas abarcando el menor espacio posible, provocó e hizo crecer la delincuencia, llamese los paraisos o el limón en zona 18 el mezquital, los amparos, el niño dormido, 4 de ocftubre, etc. recuerdo que cuando empezaron a formarse y a crecer una las maras, fue en la Bethania,tirándose piedras con los del otro lado del anillo periférico, si las autoridades hubieran hecho algo en ese tiempo, probablemente nuestra situación fuera un poco mejor, te felicito por tu redacción, muy interesante.

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