Manjares en palacio

TabernaAquel era un reinado que se mantenía, después de décadas, sin vaivenes que auguraran su desestabilización. El palacio, cercado tal cual debía ser, estaba muy retirado de la zona donde el pueblo vivía, de tal que muchos de aquellos, apenas sabían de su existencia y pocos creían en la opulencia del vivir de los gobernantes. De vez en cuando se dejaba ver uno que llegaba a caballo, buscando una taberna, y era común que, después de algunas copas de vino, se soltaran a contar intimidades de las personas que vivían allá, mismas que a todos parecían exageraciones propias del grado etílico que alcanzaban.

En una ocasión apareció uno de estos de a caballo, que, sin haber probado vino, comentó de los manjares que aquella gente privilegiada degustaba a diario. A nadie impresionó tanto la cantidad como lo mucho que le sorprendió la descripción. Comida de sabores capaces de elevar el ánimo. Viandas con aderezos y especies que daban a la carne distintas sazones y no la repetitiva sensación de solo comer por sustento y no por placer. Se posaban tantos sabores sobre una sola mesa, que a los partícipes les hacía olvidar cualquier problema que tuvieran. Existían, también, distintas clases de vinos que eran servidos de acuerdo a la comida que se preparaba.

Aquel fue tan diestro en la descripción, que la gente que le escuchó pronto cambió la sorpresa por la envidia. ¿Qué eran ellos, que merecían aquel placer? ¿Por qué si eran personas como todos, eran premiados con un trato distinto? ¿Cuál era su mérito y por qué la vida les favorecía de esa forma? Aquellas preguntas que empezaron como murmullo, fueron subiendo de tono. Dejaban de ser cuestionamientos y se tornaron en reclamos. Intranquilo con las reacciones, aquel montó aprisa en su caballo y abandonó el lugar, desapareciendo para siempre.

Días pasaron y todo el pueblo, que ya había hecho suya aquella injusticia, se mostraba inquieto, desencajado y molesto. No faltaba quien, del diente al labio, hablara de hacer justicia y sacar de aquel lugar a aquellos abusadores. Si la comida es insípida, lo debería ser para todos, aseguraban.

Uno, sentado en una roca que estaba en la improvisada plaza del lugar, se puso de pie y montando en ella se dirigió a todos:

—El problema de todos vosotros es que os acostumbrasteis  a ver con los ojos y os olvidasteis de la mente. Solo escucháis sin discernir. Os habéis convertido en caminantes incapaces de analizar, de entender o de observar.

La gente, inquieta, se fue acercando y le rodearon. Él continuó:

—Dad a la boca lo que la boca necesita y al ojo lo que le es necesario ver, pero apartad para el espíritu todo aquello que es más grande que vosotros, y que es más grande de cuanto conocéis. Lo inexplicable, lo desconocido, de eso sois dueños y nadie puede quitároslo. Entended que un placer, es placer, solo cuando todo vuestro ser está de acuerdo en que lo es.

La gente empezó a hablar entre ella. Se preguntaba de qué hablaba, qué es lo que quería decir, cuál era su mensaje.

—Se os ha dicho que en palacio se comen manjares y yo me pregunto: ¿No es acaso esa papa cocida que a diario lleváis a vuestra boca un manjar de la tierra que por gracia os es dado? ¿No son acaso las acelgas que compartís con los vuestros, un magnánimo regalo capaz de alimentar vuestro estómago y vuestra vitalidad? ¿No es acaso un pescado el preciado manjar que los mares y ríos brindan para vuestra mesa? Si tan solo aprendierais a degustar los  alimentos con el agradecimiento de vuestra alma y no con la ambición por lo desconocido, os daríais cuenta que ricos sois vosotros y no quienes, a fuerza de tener tanto, desaprovechan la virtud que habita en lo poco.

Aquel hombre volvió a sentarse sobre la roca, en silencio. Quienes le rodearon esperaron que dijera algo más, pero no lo hizo. Cansados de esperar se fueron retirando, pensando en las palabras de aquel desconocido, quien, perdido entre ellos, también se marchó.

El estado de ánimo del pueblo mejoró. Hubo más cordialidad y de a poco la prédica general llevaba el mensaje del agradecimiento y de ver las cosas con el alma. Todos, en aquel pueblo, aprendieron a llamar manjar a todo alimento.

Años después, cuando la historia casi se había perdido en el tiempo, y todos tenían por norma ser agradecidos con lo que tenían —sin más razón que por ser agradecidos—, apareció un hombre montando a caballo. Se sentó a la mesa de una taberna, y sin probar vino comenzó a contar, con sublime dominio del detalle, sobre el arte que podía contemplarse en palacio. Habló de las magníficas pinturas, de las magnánimas esculturas y de las exquisitas obras de teatro e interpretaciones musicales.

Los murmullos de admiración de la gente que le escuchaba de a poco se tornaron en reclamos y, como para ahora habrá deducido el lector, la historia se repitió, dando como resultado que todo el pueblo llegara a llamar arte a todo cuanto podían contemplar.

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