Caminos andados

Zapato ViejoPor lo regular llegábamos al colegio al filo de la hora de entrada. Era cruzando la puerta y sonaba la campana que nos mandaba a formación para entrar a clase. Tras colocarme en mi puesto en la fila empezaban los nervios. Durante mi primaria fui de los alumnos a los que les asignaban un pupitre de los de adelante, y sabía que tendría que concentrarme al máximo en dos cosas: en poner atención a la clase, porque siempre me gustó aprender ­­­­—que es distinto a estudiar—, y en que por nada del mundo observaran la suela de mis zapatos.

Lo peor que me podía pasar cuando terminaban las clases, era que no nos llegaran a traer. En aquel colegio estudiábamos, si la memoria no me falla, seis primos que más o menos teníamos la misma edad, o al menos la diferencia no era tan grande como para impedir que nos relacionarnos. Casi siempre le tocaba a mi padre irnos a recoger en una panel, en la que era divertido que todos fuéramos rebotando en la parte de atrás —a excepción de que uno se sentara—, o a otro de mis tíos, pero en ocasiones no llegaban por nosotros. Mi prima, la mayor, tomaba la decisión de irnos a pie a casa y se encargaba de dirigir la marcha. Siempre nos alejábamos del camino pavimentado, supongo que mi prima era amante de la naturaleza —o acaso del monte—, y nos llevaba por caminos de tierra y piedras hasta aparecer en casa de mi abuela. Por el camino tenía que concentrarme en dos cosas: en pasarla bien mientras andábamos, porque era alegre; y en tener cuidado de dónde pisaba. Que vieran las suelas de mis zapatos era improbable, yo procuraría guardar mi secreto aunque me lastimara seriamente.

Hoy día no sé si alguien de mi clase se fijó en los agujeros que mis zapatos llevaban en las suelas. Mi temor era a que se burlaran de mí —los niños pueden llegar a ser muy crueles—. Tampoco sé si mis primos se dieron cuenta o si lo recuerdan. De entre todos yo era “el pobre” y no veía necesario afianzar ese concepto —o más bien esa realidad— en ellos.

Por la mañana, a las carreras, buscaba alguna caja a la cual arrancar un trozo de cartón… lo doblaba en dos y lo colocaba dentro de mi zapato, en un intento de protegerme del camino. El cambio de tonalidad hacía notorio el relleno, todavía no sé cómo no se me ocurrió pintarlo de negro con algo. El cartón no resistía el ritmo. En días soleados, tras algo de uso, se me quemaban los pies, para los días de lluvia el refuerzo resistía aún menos y terminaba con frío y los calcetines empapados. No había opción en aquellas caminatas a casa de mi abuela, era frío o calor.

Mientras escribo estas líneas lo hago con una sonrisa en el rostro. Aquellos fueron tiempos geniales. Recuerdo mi infancia con muchas limitaciones, con problemas familiares y colmada de alegría y felicidad, y no es por esa costumbre de idealizar el pasado… cargo conmigo los recuerdos puntuales de esos momentos. Jamás me pasó por la mente reclamar a mi papá porque no tuviera lujos. Yo le ocultaba lo de mis zapatos rotos para evitarle un gasto que sabía que afectaría mucho la economía de casa. Así me había enseñado, a entender el valor del dinero y el esfuerzo que conlleva ganarlo.

Sostenía mi padre que para educar bien a un hijo, había que criarlo como pobre, pero la pobreza con la que fui educado no era intencional, era real. Quizá aquellas limitaciones tengan algo que ver con mi formación, pero estoy seguro que nada tuvieron que ver con mi felicidad, ésta dependió más del tipo de padre que tuve, de sus enseñanzas, y del hecho de que de alguna manera estuve dispuesto a analizar y comprender —A los siete años tienes que entender por qué otros pueden tener tenis Reebok y tu no—.  Pero haber vivido aquellos años no significa que yo sepa cómo ha de ser la infancia de todo niño. No puedo decir que porque conocí la felicidad sé en qué consiste para cada uno y cómo se alcanza. Pero en cambio sé algunas cosas: sé que haré mi mejor esfuerzo para que mi hijo no ande con agujeros en sus zapatos… y si le toca, trataré de ser parte de ello y procuraré que lo entienda; sé que tengo que enseñarle el valor del dinero y que no es malo conseguirlo, aunque el método que emplee para la instrucción sea distinto; sé que los momentos felices se pueden vivir pisando piedras con los pies; sé que un padre genial no depende de lo que brinda sino de la forma en que lo hace; sé la importancia que tienen las pequeñas lecciones que mi padre me dio, aunque retomara algunas de ellas hasta años después; sé que no hay nada de malo con tener y tampoco lo hay con no tener; sé que andar con agujeros en los zapatos o con unos caros no te hace más ni menos persona… no obstante despreciaré el conformismo y no criticaré la ambición, porque sin éstas el mundo no avanzaría.

Antes de escribir esta nota consulté con mi padre si no veía problema en que comentara sobre aquellos agujeros. Su respuesta fue que no porque no tenía nada de malo, que había sido nuestra realidad, y que se alegraba que tuviera como buenos aquellos recuerdos.

Yo me alegré porque el padre que conocí, sigue siendo el mismo.

Saludos

PS. Quizá sean los años o las lecciones de la vida, pero con el tiempo se da valor a cosas que en su momento no lo tuvieron. Me gustaría haber conservado al menos uno de aquellos zapatos, y poder mostrárselo a mi hijo mientras le cuento esta historia sobre mis caminos andados… su gesto de sorpresa le habría dado más valor aún.

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