Buenos deseos

oroAunque no suelo ser confiable cuando se trata de recordar fechas, dada la asociación con otros eventos, se que faltaban pocos días para que diera inicio el mundial de fútbol de Alemania 2006, lo que me supone finales de mayo o principios de junio. Trabajaba entonces para una empresa que suele tener clientes grandes y mi principal función se llevaba acabo dentro de las instalaciones de uno de ellos. Como llevaba bastante tiempo ahí, casi, y solo por algunos, era considerado un colega más, por lo que fui invitado a participar de una quiniela. Motivados por la algarabía del evento, muchos nos apuntamos. Los primeros resultados llegaron y no me fue tan mal: en resumen quedé en segundo lugar, puesto que compartí con otros tres participantes, por lo que el premio no fue más allá de unos pocos Quetzales más de lo que fue mi inversión. En cambio a uno de mis varios amigos que participaron le fue muy mal, lo que llamó mi atención porque sabe de fútbol y sus estimaciones, concluía yo, deberían de haber estado más ajustadas a la realidad. Después de todo, aquel no fue un mundial que destacara por grandes sorpresas.

No le fue muy difícil explicar el por qué da tan malos resultados: “No puse los marcadores que creí que quedarían, sino los que deseaba que quedaran”, fue su respuesta.

Lo conozco y se que no es alguien precipitado, ni alguien que se caracterice por no “prestar cabeza” a las cosas que hace, muy por el contrario es una persona muy analítica. No quise preguntarle su motivo, solo concluimos que el resultado de aquel ejercicio no le deparaba mucha oportunidad de triunfo, a lo más, si se hubieran dado marcadores inesperados en los encuentros (en varios de ellos), él hubiese sido el único en puntear, y como consecuencia se hubiera llevado todo el premio, no como en mi caso que fue compartido.

La vida, contrario a ese intento de muchos de personificar el concepto, no es un ente dispuesto a complacer deseos ni caprichos. No es el deseo de que algo ocurra lo que hace que ocurra. Tal como no es el deseo porque una acción lleve a buen puerto, lo que hace que el resultado sea positivo.

Los deseos y las intenciones no logran un efecto, lo logran las acciones. Regalar oro a alguien que no tiene qué comer puede tener la intención de sacarle de su más urgente problema e incluso la de llevarle a una mejor vida, pero el resultado de la acción es incierto. Desde el desconocimiento del valor de un metal, hasta el descuido y pérdida del mismo, si fuera el caso, intervendrán en el resultado de la acción, al igual que las acciones y voluntades de la persona que recibe el regalo (o la limosna).

Claro está que se puede llegar a una estimación de resultados más ajustada a la futura realidad según la acción que se pretenda, el entorno en que se desenvuelva y la cantidad y tipo de involucrados. La misma persona del ejemplo tendrá poca oportunidad de alterar el resultado esperado si en lugar de oro se le entrega un trozo de pan.

Realizar estas estimaciones, basadas en observación de la realidad, utilizando la razón para llegar a conclusiones más acertadas, especialmente a largo plazo, es la tarea de todo aquel que se precie de importarle la vida del ser humano.

Cada idea, antes de ser aceptada, debe ser procesada más allá del deseo de que sea buena; más allá de la intención de que sea de beneficio para muchos; más allá de la aceptación y el aplauso que recibirá por el resultado inmediato; y más allá de quien la pregone —así sea que muchas otras, o todas sus ideas anteriores, hayan sido acertadas.

Consciente de sus posibilidades y de la muy probable pérdida, mi amigo arriesgo un dinero que era de él, porque él se lo había ganado. El problema es cuando las intervenciones y los riesgos que se corren, afectan a una nación, a una sociedad, o a un conglomerado de personas que tendrán que vivir con el bien inmediato (casi todos lo festejarán), pero también con la consecuencia a largo plazo, del buen deseo.

Saludos

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