Mi opinión, porque tengo una

GTVNCasi todos hemos escuchado aquello de “No decidir es una decisión en sí misma”, lo que significa que al momento de enfrentar alguna circunstancia, la tal no se puede obviar, pues, sumando al total de opciones de que se disponga para reaccionar, la indiferencia, si fuera el caso, es solo una más de ellas.En varias ocasiones, cuando la persona con la que sostengo una discusión se queda sin argumentos, intenta su última jugada que es la de “empatar” las posiciones. Sostiene que, después de todo, el ateísmo no es más que otro tipo de religión, pues es la creencia en cosas que no se pueden comprobar. A tal tipo de conclusión se llega cuando se toma una verdad, como la primera mencionada, y se le extrapola hacia otras circunstancias. En éste tema de la creencia, por ejemplo, hay que entender que el ateísmo es precisamente “no creer”—la no creencia no es una creencia—. No aceptarlo es igual que pregonar que la muerte es otra forma de vivir.

Éstos días el comentario más común, o quizá el que más veo aplaudido, es el que intenta igualar la posición de los bandos que, lamentablemente, dividen Venezuela. La indiferencia, cuando no es total, tiene esa tendencia: buscar una salida fácil y rápida; una explicación sencilla y salomónica; un quedar bien con todos y con ninguno.

Independientemente de lo que se crea sobre la información que llega —a la que unos acusan de exagerada, falseada o fuera de proporción— Venezuela tiene un problema. No me refiero a los tristes acontecimientos que vienen sucediendo desde el 12 de febrero, me refiero a su situación política: ellos viven bajo una dictadura.

Los que favorecen tal régimen podrán argumentar que la escasez de alimentos es una exageración, que la falta de papel higiénico es un chiste que intenta ser alarmista, o que las mujeres que se ven en los videos gritando que no tienen con qué ni dónde comprar leche para sus hijos, obedecen a intereses políticos. No obstante hay cosas contra las que no se puede argumentar: los venezolanos perdieron derechos elementales. Y los perdieron porque la forma en que está siendo gobernada es errónea. No es que los que ostentan el poder tienen mitad razón y mitad no. Lo han hecho —y lo siguen haciendo— mal, punto.

Para toda sociedad son elementales el derecho a la propiedad —aún me alarman las imágenes en donde con un señalamiento y a la voz de “exprópiese” los dueños de negocios perdían aquello que era suyo.

Otro derecho por el que siempre se debería pelear es por el de la libre expresión. La crítica, el diálogo, incluso la discusión son necesarias para llevar a buen puerto algo tan complejo como una sociedad —o mantenerla en una vereda correcta, para quienes encuentren la frase demasiado ilusa—. Que se le quite a alguien el derecho a exponer sus ideas y opiniones es una barbarie que pulveriza la naturaleza del ser humano. Eliminar los medios de comunicación, manipularlos o controlarlos es algo impensable cuando se habla de libertad.

Que alguien pueda dirigir un país por decreto es algo de lo que todos deberíamos temer —la historia no muestra un solo buen resultado— y menos si el dirigente se dedica a invitar a la gente a vaciar anaqueles o a establecer precios a gusto y gana.

Desconozco las verdaderas intenciones de otros líderes y opositores venezolanos, pero no puedo decir que “son lo mismo” que los que ahora ostentan el poder. Hay un mal en el presente que hay que corregir.

Para quienes no somos venezolanos ni vivimos en aquel país, lo que allá acontece es importante por varias razones:

  • Mucho se insiste en que para aprender algo es necesaria la experiencia, pero tal afirmación no siempre es cierta. Es más sabio quien aprende de la observación. Lo de Venezuela es una lección importante para el resto de países que pueden contemplar las consecuencias de gobernar con ese tipo de políticas que obedecen a hambre de poder y riqueza, disfrazada con discursos revolucionarios gastados, que tanto agradan al idealismo de la mayoría de latinoamericanos.
  • Muchas condiciones que se dieron en Venezuela se dan en Guatemala. Nuestro destino podría llevar el mismo camino que el de ellos. ¿Qué vamos a hacer si nos intentan gobernar de la misma forma? ¿Cómo vamos a actuar? ¿Cuánto vamos a tolerar? ¿Hasta dónde hemos de llegar? Y más importante aún. ¿Cómo podemos evitarlo?
  • La fuerza mediática es una realidad, hemos podido ser testigos de ella con otros casos como el de Egipto, por citar alguno. De ahí que las dictaduras intenten cerrar los medios de comunicación, incluyendo el internet. Si nos llegara a pasar algo así —mi deseo profundo es que no— sería muy agradable que no nos dejaran solos. Sería importante saber que alguien nos escucha.
  • Limito mi lista con este cuarto motivo (aunque hay más): un sentido de humanidad que aún permanece vivo en varios de nosotros. Es infame ver caer a seis personas en unos pocos días —como lo es ver a más de cien en Ucrania—. La indiferencia nos hace mucho mal, ver como algo común lo que no debería serlo, promueve que no se busquen soluciones. Si, como aseguran algunos, nos llegamos a convencer de que la humanidad alcanzó su máximo deterioro, se dejan de buscar caminos, no se pretenden remedios, ya no se crean planes, y no se buscan mejoras.

Sostuve una conversación donde aseguraba que las sociedades actuales no necesitan héroes. Actos como los de Leopoldo López siembran más duda que esperanza. Y no vale la pena pensar si él está en lo correcto o si lo está Capriles o incluso los Chavistas que —alguno ha de existir— aún creen en la buena intención de aquel ideal anti imperialismo que les ofrecieron. Lo que necesitan es rescatar su país de una dictadura. Lo que necesitan es gente que quiera hacer, y que las circunstancias del país les brinden el espacio para poder actuar —ojalá fueran todos los venezolanos quienes aspiraran a ello.

En Facebook hubo una conversación en donde alguien decía que la mejor postura era no hablar de lo que se desconoce. Por las razones que mencioné antes, entre otras, dije que el desconocimiento no debería ser excusa. Una postura política —aspecto que nos atañe y afecta a todos— debe ir más allá de un discurso gastado, una canción populista o un héroe ficticio. Entender los porqués nos ayudarán siempre a tomar mejores decisiones. Muchos entonces llevaron el tema a la desinformación que existía con imágenes falsas de lo que estaba ocurriendo en Venezuela. Otro comentario que leí, muy acertado, decía que no se debe descartar todo porque diez descerebrados jugaban a desinformar (lo decía con otras palabras). Algo pasa en Venezuela, a estas alturas ya debería de ser obvio para todos.

No es que lo que allá ocurre importe más que lo que pasa en Guatemala. Por obviedad nos afecta de forma directa lo que acontece en nuestro país, pero eso no significa que debamos olvidar que todos vivimos en el mismo planeta. Encerrarse dentro de las propias fronteras —física o ideológicamente— no es nacionalismo, ni madurez. Y así como de Venezuela, hay que estar pendiente de Argentina y las políticas que tienen castigado a aquel país, a Uruguay y su experimento de la legalización, a Chile y tratar de entender por qué ellos están avanzando, y así al resto de países.

Por último quiero decir que no se puede comparar una manifestación en contra de una dictadura —aunque el clamor sea por comida, empleo y seguridad—, con las manifestaciones y bloqueos que constantemente nos aquejan. Acá lo que se pide son dádivas, pago de votos y beneficio para intereses particulares.

La lección es clara, los países deben ser regidos por sistemas que limiten los alcances y la capacidad de acción de sus dirigentes. No existe una sola persona —no ha existido, ni existirá— con la capacidad de llevar las riendas de una nación sin corromperse o —demos el beneficio de la duda— sin que se equivoque groseramente.

Saludos

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