Soy perfecto

PuenteAl nomas subir al auto, un Volkswagen escarabajo gris de muchos años recorridos, le pedía a mi papá que pusiera uno de mis casetes que había preparado para el paseo de sábado por la tarde. Usualmente eran paseos cortos pero placenteros que para mí iban de música que me gustaba, bromas de parte de mi padre y visitar algún lugar frecuente. Mi madre, que no acostumbraba usar reloj,  casi siempre que íbamos en camino le daba por preguntar la hora y entonces yo, poseedor de un morbo peculiar, deseaba que el reloj marcara las y cuarto, las y media o las menos cuarto. Cuando era así, invariablemente, daba inicio una larga discusión.

“Son las cuatro menos cuarto en punto” le decía yo, por ejemplo, a lo que ella recriminaba que si eran las menos cuarto, no podían ser las en punto, porque aquello aplicaba solo cuando el reloj marcaba exactamente el cambio de hora. Eran momentos muy divertidos, en especial porque todos nos metíamos en la disputa por ese trofeo tan preciado: la razón.

Hace algunos meses escribí un post sobre la perfección justificando su existencia. En él explico cómo algo puede ser perfecto en función de su resultado y cómo ese algo no lo es cuando se le compara. Por ejemplo si un auto logra llevar a alguien hacia su destino, que era lo que se esperaba de él, el mismo es perfecto en función del resultado. En cambio el auto pierde su condición de perfecto cuando se le compara con otros automóviles, incluso si fuera el mejor del mundo, pues todos estaríamos de acuerdo en que podría llegar a mejorarse y su perfección quedaría limitada por el tiempo o simplemente por concepto (un auto que jamás chocara, por decir algo).

Un profesor de matemática que tuve, de los típicos que se les entiende todo en clase y nada a la hora del examen y de quien solo recuerdo su apodo, solía insistir en que lo único perfecto era la matemática. En su ejemplo más citado ponía que doscientos hombres construían un puente en dos meses, lo que significaría que cuatrocientos lo harían en un mes y al seguir aumentando la cantidad de trabajadores el puente podría quedar hecho en un santiamén. “La matemática es perfecta, el imperfecto es el hombre” insistía. Su argumento, carente de toda lógica al dejar de fuera el resto de elementos que intervienen en la creación de un puente, deja ver algo… en efecto la matemática es perfecta en función de su resultado, en este caso del resultado matemático, pero eso demerita cualquier propiedad distintiva de la matemática, después de todo… absolutamente todo resultado es perfecto.

Hay una joven que ha buscado, incansable, obtener un empleo que por un lado la atrae mucho y que encima le representa un buen ingreso necesario para sus gastos esenciales y aún para costearse el estilo de vida que desea. Tiene su última entrevista de la que depende su futuro laboral a las nueve de la mañana. Pero aquel día el clima jugó en su contra, llovió, lo que hizo que un auto patinara y chocara contra un bus del transporte urbano. Ella, que a pesar de su costumbre de llegar tarde había salido temprano, se ve en un embotellamiento que le impide llegar a tiempo. Para cuando se presenta a su cita el empleo había sido dado a la persona que estuvo a las ocho, porque cumplió con el horario que le fue establecido.

Nadie podría pensar que el resultado de aquel día fue perfecto cuando se le compara con el deseado. Pero el resultado sigue siendo perfecto en función de sí mismo. Todo tiene una causa y tal causa solo pudo dar como consecuencia el resultado que dio y ningún otro. Llovió por una razón, la carretera contaba con ciertas características que la construcción, los materiales de que está hecha, el tiempo y el pasar de cada uno de los pesos que la atravesó le dio; las llantas del auto que resbala llegaron a esas condiciones por un montón de causas que no podían dar otro resultado que lo liso que estaban —el uso, descuido, el tiempo, malas carreteras, etcétera—. El piloto del bus salió a una hora por distintos motivos, al igual que el del auto. Lo cierto es que el choque no se podía evitar. Claro, si cambiaba cualquier detalle el resultado podría ser otro y sería el perfecto según esas condiciones, pero con las que estaban el resultado fue el que tenía que ser.

Lo mismo pasa con ella: su deseo, el momento en que salió, el lugar en que vivía, el lugar al que se dirigía, la hora a la que la citaron… todo hace un cúmulo de circunstancias, incluyendo las decisiones tomadas, el momento de tomarlas y el momento de actuar en función de ellas, que dieron como resultado el único que podían dar. La suma de eventos, acciones y circunstancias dieron el resultado perfecto porque no podían sumar distinto.

Es como cuando se suma dos más dos. La circunstancia es muy básica y sus elementos solo pueden dar un resultado: cuatro. En cambio si un dos se cambia por otro número, también lo hace el resultado.

Lo voy a decir de otra forma. Cada uno de nosotros en cada momento presente somos perfectos. Somos exactamente el único resultado que podríamos ser. No podemos ser otro ni ser distintos, no podemos ser el producto de una mala suma de circunstancias, no hay error —por más que el resultado no sea el deseado—. Y así como nosotros somos perfectos, todo cuando es, es perfecto.

No hay que confundir, no somos perfectos en un sentido idealista, ni es la condición de único de cada uno lo que da el sentido de perfección. Tampoco significa que somos lo mejor de cuantos existen, solo somos un resultado perfecto, porque no hay alternativa.

Mi madre nunca aceptó que le dijera que eran las cinco y media en punto, y fue peor cuando le dije una vez que eran las tres y diecisiete en punto. Lo cierto es que ella hablaba de un problema de comunicación para que el mensaje fuera claro, pero, a su pesar, en todo momento existe una hora en punto, incluso si no nos pongamos de acuerdo en ella.

Saludos

PS. Espero que tengan un día perfecto y… no podrá no serlo.

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