Es mucho pedir

GolA temprana hora se pusieron a trabajar los aspersores del estadio. El amanecer prometía un fantástico día para llevar a cabo la tan ansiada final de la liga de fútbol de aquel país. Los equipos que mejor habían hecho las cosas lograron sobreponerse a todos los obstáculos hasta alcanzar aquel encuentro en donde tantas cosas se definirían, más allá de solo encontrar al ganador de un simple campeonato.

El juego estaba programado para dar inicio a las cuatro de la tarde, por lo que desde horas de la mañana se hacían presente los hinchas —cosa de obtener un buen lugar para disfrutar del espectáculo y comenzar el griterío que convierte aquello en una fiesta.

A las tres de la tarde, cuando ya el estadio estaba casi colmado, llegaron los buses que transportaban a los jugadores. Sin voltearse a ver siquiera, cada quien emprendió el camino hacia los vestidores asignados. Aquel era un país muy occidental —si se me permite el adverbio— y la religión cristiana era parte fundamental de sus vidas. De tal cuenta que ya cambiados y antes de realizar el calentamiento respectivo, inició una feroz y fervorosa batalla por ganar el favor del ser supremo. Ambas escuadras anhelaban la victoria y con ayuda del cielo el éxito estaba garantizado.

Gritos, risas, llanto… aquel pandemónium era un espectáculo aparte. Los entrenadores hacían gala de sus mejores frases que inyectaran confianza en sus dirigidos: “¿Si Dios con nosotros quién contra nosotros?; Ángeles de Dios acampan alrededor de nosotros; Dejemos que sea Dios quien nos lidere a la victoria.

Luego, seguros de sus posibilidades, fueron a calentar para su gran momento.

Para éste momento sospecho que ya sabes para dónde va el tema. Tengo duda de cómo analizan los creyentes un escenario como éste.

¿A quien debería dios de premiar con su favor, al equipo que esté mejor preparado o al equipo que posee más devoción y que por ende está más acorde a lo que él espera de sus seguidores?

Pensarán algunos que, siendo un dios justo, lo correcto sería que premiara a aquellos que, ya sea que tienen un don natural para el juego —cuyo mérito no es otro más que contar con la dicha de que dios así lo decidió—, o a aquellos que con disciplina, esfuerzo y arduo trabajo se han preparado para este momento. Si tal es el caso estarás de acuerdo en que mucho no sirve el orar antes de un partido y solicitar ayuda para obtener la victoria.

Otros en cambio podrán concluir que dios lo que premia es el que las personas sigan sus caminos y rindan sus vidas a él. Pero entonces parecería injusto que el derrotado fuera aquel equipo que más trabajó para obtener la victoria. Pero, un dato importante, nunca nadie ganó una competencia de alto nivel solo gracias a su devoción, aunque así lo crean. Míralo así: si alguien cree que ésta es la fórmula del éxito, para qué se esfuerza en la preparación. A las creencias hay que respaldarlas con acciones —sobre todo cuando se cree que aquello que es más que todo, está del lado de uno.

¿Qué tanta influencia tienen esos pocos minutos de peticiones previos al juego sobre el resultado del mismo? Algunos pensarán que dios ya tenía decidido el porvenir —porque según los creyentes él ya conoce el futuro—. Claro, basta con recordar a Ninive y cómo dios se arrepintió de destruirla. El método parece funcional: si a algo se le conoce el plazo (40 días para que la ciudad sea destruida o una hora para que comience el juego)  es inteligente suplicar por favor o perdón hasta entonces.

Tengo otra duda: ¿Cómo evalúa dios la situación de aquellos… por equipo o en lo individual?

Si es por equipo estaríamos de acuerdo en que es imposible que un grupo de más de veinte personas estén al mismo nivel de obediencia a dios. Habrán unos que lo serán más que otros e injusto como suena, algunos serán castigados con la derrota por estar en el equipo equivocado.

Si la evaluación es individual pues… mucho objeto no tiene aquel acto devocional que pareciera (o es) una norma para los creyentes. Después de todo según la biblia —el libro en que muchos creen a ojos cerrados aunque desconozcan lo que dice— les manda a no hacer públicas sus oraciones.

Quizá puedes argumentar que a dios no le interesa algo tan trivial como el fútbol, que él está para salvar almas y guiar y bendecir a sus hijos, pero:

Recuerda que para algunos de aquellos la victoria puede representar toda una carrera profesional y la forma de ganar el sustento para sus familias o la frustración por no haber logrado dedicarse a aquello que les apasionaba y tener que conformarse con algún trabajo solo para pasarla. De nuevo, la biblia manda a la gente a trabajar para comer y si hay personas creyentes que viven del deporte es porque dios así lo permitió, según sus propias creencias.

Pero digamos que en efecto el fútbol —y por ende los jugadores— es algo demasiado sin importancia como para que dios decida qué equipo ha de ganar —he escuchado decir que dios tiene cosas más importantes a las cuales dedicarse, aunque luego aseguren, equivocadamente, que la biblia dice que no cae la hoja de un árbol si no es la voluntad de dios—. Supongamos que no es un partido de fútbol, es una oportunidad de negocio o el empleo que tanto deseas o necesitas. ¿Cómo decide dios que eres tu el que lo merece y no las otras personas que también lo requieren? ¿Influye en la voluntad y planes de dios tu fervorosa oración de la mañana, aunque los otros también la hayan realizado?

¿Qué puede hacer pensar a alguien que dios tiene cuidado de su vida cuando le invitan a un almuerzo —aunque tiene la posibilidad de pagar el propio—, cuando no hay tráfico lo que le permite llegar a tiempo a una cita —siendo que de ser responsable saldría a tiempo—, cuando se sana de una gripe —lo que pasa a casi todos con o sin suplicas—, cuando le dan un empleo —que le es negado a otros—, cuando logra terminar bien el día —lo que pasa a no creyentes y creyentes en otros dioses, por igual—… pero no tiene cuidado de un niño que está muriendo de hambre en medio de la pobreza más infame, ni de aquella criatura que aún no tiene criterio pero que está siendo comida por el cáncer, o de la chiquilla quien padece el dolor del abuso por parte de su padre?

Aquel encuentro lo ganó el equipo que menos capacidad tenía. Soportaron los embates del otro cuadro que se topó con un portero inspirado y los postes una y otra vez, durante ochenta y cinco minutos. Entonces un despeje largo fue controlado por el delantero quien, en claro fuera de lugar, enfrentó al guardameta. Éste logró tapar el disparo pero trajo abajo a su contrincante por la inercia de la jugada. El árbitro juzgó que era falta y marcó el penalti que le dio el triunfo y el campeonato al equipo que no lo merecía. Muchas vidas cambiaron, carreras terminaron, ilusiones se apagaron.  Unos con alegría y otros con lágrimas en los ojos se consolaban con la frase: “es la voluntad de dios”. La que se les había olvidado cuando protestaban al árbitro en un inútil intento por hacerle cambiar de opinión y luego frente a la prensa cuando echaron pestes sobre cuerpo arbitral y dirigentes de aquel deporte llamando a aquello una derrota injusta.

De por sí ya encuentro improbable la existencia de un dios (y eso que hay muchos para escoger), pero pensar que exista algo que está pendiente de cada uno de los detalles de cada una de las vidas de todo aquello que es, y que encima se le llame un dios de amor y de justicia, es mucho pedir.

Saludos

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