Interactuando

ArenaSentí alivio cuando llegué a la arena que estaba húmeda. Me senté y contemple la intimidante cantidad de agua y las olas que juguetonas, de a poco se iban haciendo más grandes. Adivino que el calor era intenso, pero el recuerdo es benevolente y asume un clima agradable —algo brisado quizá— que acompañaba el lento descenso del sol.

Unos días antes había estado platicando con un amigo sobre nuestros planes para la Semana Santa. Los míos, le expliqué, eran no tener planes. En casa nunca hubo tradición. Cada año se vivía diferente y casi siempre se evitaban las aglomeraciones. «¿Por qué no te venís con nosotros? » fue su invitación. Hizo un par de llamadas y quedó todo listo, mi actividad de los próximos días cambió sustancialmente.

Me fueron a dejar a su casa. Fue hasta ahí que conocí a sus padres y, si no estoy mal, a dos de sus mejores amigos —de uno de ellos no recuerdo nada, el otro era “cae bien”—. Luego de introducciones y carga de maletas y bolsas al vehículo, enfilamos hacia el Puerto de San José en donde habían rentado un chalet que daba con el mar.

La calle era de tierra. Dentro había parqueo para un par de autos y tenía una diminuta piscina bajo techo —no te quemabas pero tampoco podías dar más de tres brazadas—. La construcción era de dos niveles y los muebles, por sencillos, eran pintorescos. Una televisión en el comedor y cocina, que compartían espacio. Un balcón de madera desde donde se podía contemplar el paisaje de agua y arena Algunas habitaciones con pequeñas camas y algún gavetero para la ropa. Por último una ventana que daba hacia la calle, que sin duda alguna fui el que más la utilizó.

Fue extraño estar sin tener que contribuir con mucho. No me dejaron lavar un solo traste y la comida estaba siempre a tiempo y era abundante. Llevaban suficientes víveres como para que no tuviera que preocuparme de estar comprando nada. La instrucción fue que nos divirtiéramos.

Para el segundo día me levanté temprano —tan temprano como se puede si uno en realidad está de vacaciones—. Recuerdo estar desayunando mientras escuchaba y veía el mar. Esperamos el tiempo prudencial y pasamos la mañana en la piscina. Todo muy relajante, lento… cómodo.

Por la tarde llegó un familiar de mi amigo —no recuerdo si un tío, padrino o el esposo de la prima lejana del tío del que nunca se escuchaba nada—. Pidió ayuda para desmontar una balsa inflable que llevaba sobre su auto. La emoción se podía palpar en los ojos de ellos tres. Luego que la bajaron salieron corriendo, o más bien salimos todos corriendo: ellos por la ansiedad y con la balsa a cuestas, yo por lo caliente de la arena, hasta encontrar alivio en la humedad que las olas mantenían en su intento por escapar del océano.

El mar estaba picado lo que para ellos, que por turnos de a dos intentaban meterse detrás de las olas, era un serio problema. En cambio para mí colmaba de detalles la vista. Me dediqué a contemplar; a quemarme seguramente aunque de eso no mucho recuerdo; a lucubrar tonteras y divagar en ideas como ha sido mi eterna costumbre; a apreciar los colores y las formas de divertirse de la gente.

Luego fue imposible no prestar atención a los inútiles intentos de mis amigos por lograr el éxito con la balsa. El mar hacía lo que quería con ellos. Los arrastraba, los sacaba, los tiraba y les daba vuelta. Un titán tomándosela en serio contra unos niños. Fueron horas de risas y frustraciones divertidas para ellos. Me gritaban que fuera a ayudarlos, que lo intentara, que me divirtiera lo que ellos se estaban divirtiendo, que probara… No acepté.

Hace algunos días veía una noticia en donde se hablaba de un hotel en Australia en donde crearon un código de conducta para los celulares llamado: Smarter smartphone code of conduct. Busqué su sitio en internet y el lugar se ve de ensueño. Las fotos son impresionantes, los ambientes espléndidos, la gente parece que la pasa bien y en efecto, está su código de conducta. Entre otras cosas menciona: “Hablar ahora, textear después”, “Dale a tu celular las buenas noches”, “Prueba antes de compartir por la red”, “Mira antes de tomar la foto”. Me hizo recordar tanto a mis compañeros de vacaciones insistiendo en que la formula de ellos era la correcta para divertirse; que seguro yo me estaba aburriendo sentado en la arena; que lo importante para vacacionar es la aventura no la contemplación.

El mundo cambió. No entiendo la insistencia de querer que sea como siempre fue, añorando tiempos mejores que no fueron tales. No existe ese concepto. Lo que sí existe es la idealización que se hace de aquellos días que seguro tuvieron sus cosas buenas y sus cosas malas, de los cuales hacemos énfasis en lo bueno —así de generosa es la memoria con uno—. Hoy día se asegura que la gente ya no sabe estar cerca y compartir, que ya no se crean lazos con los que están alrededor, que cada quien toma su propio rumbo aunque se esté en la misma habitación, pero tal afirmación no es correcta. Solo hay más formas de interactuar con los presentes y con los que están a distancia. Los lazos que se crean son los mismos, pero los que están alrededor ahora son más, no son solo los que están físicamente presentes. No es un propio rumbo, es uno más amplio.

¿De dónde sacan que interactuar con los presentes y los que están a distancia es malo? Puedo entender que a alguien no le guste el uso constante del celular, pero no puedo entender que se crea que hacerlo a un lado sea la fórmula adecuada para que todos compartan juntos o se diviertan más. Basta con no hablar con el grupo para que la misma fracase.

Quizá es que a veces la gente es demasiado necesitada de atención y no le gusta compartir la misma.

Aquellas vacaciones —que son un agradable recuerdo— fueron el preámbulo de una triste historia. Uno de los amigos de quien me invitó —el que recuerdo— días después consideró que no podía continuar y tomó la decisión. Verlo reír unos días antes a saber que no existía más, fue algo impactante. Tengo muy pocos recuerdos de él, pero soy honesto, también sé que no reconocería a los padres de mi amigo si los viera por la calle, y menos a nuestro otro acompañante. No recuerdo por completo el chalet en el que estuvimos. Sería genial tener algún video de aquellos peleando contra las olas, o haber tomado alguna foto de todos ellos y del atardecer aquel que no quiero olvidar. Cierto es que los recuerdos habitan en nuestra mente, pero darles una ayuda para mantenerlos frescos no está mal.

Saludos

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