Hasta nunca

PlanicieCon antelación y esmero habían planificado su particular éxodo. Durante aquellos meses se dedicaron a vender todo lo que poseían y a juntar sus ahorros. Decidieron que querían un nuevo tipo de vida y fueron comprando lo que consideraron necesario para ello.

Cuando la fecha llegó se juntaron a las afueras de unas grandes y abandonadas galeras que hasta entonces les sirvieron como refugio de sus provisiones y de sus anhelos. Dio inicio el viaje. Hicieron todo conforme al plan: sabían hacia dónde se dirigían,  los medios que utilizarían y quién llevaría qué.

No habían niños, ni adolescentes entre ellos. Personas libres, capaces de tomar sus propias decisiones y que éstas no estuvieran en función de la protección o el beneficio de otro, era una de las principales condiciones para acompañar al grupo. Las otras tenían que ver con ser fuertes físicamente, no padecer ninguna enfermedad, no ir con la intención de alborotar al clan ni de intentar convencerles de que lo que hacían era un error y, como suele suceder en estas agrupaciones, no dar marcha atrás.  Antes de llegar al final de su camino habrían de hacer cuatro paradas. Esas eran las últimas oportunidades que tenían, quienes se arrepintieran, de regresar. Una vez que conocieran el destino, nadie escaparía. La idea era mantener aquello lejos de la opinión de la sociedad, resguardar su lugar con el secreto y dar una lección a quien se arrepintiera: “Hay decisiones que no ofrecen alternativas”.

Una extensa planicie, con unos pocos cerros de fondo. Hacia el este un rio cuyo caudal no lograba espantar a nadie, pero era suficiente para los menesteres del grupo. Solo ello conformaba sus dominios.

Se levantaron primitivas construcciones que procuraran algo de refugio a los aventureros. Sólo las bodegas en donde guardaron las provisiones requirieron más esfuerzo, todos estuvieron de acuerdo en la importancia de preservar lo único que tenían, a pesar de lo imperecedero de lo que llevaron.

Sobre las bodegas colgaron un rótulo que decía: “Toma lo que es tuyo”. Y en la parte profunda del río —que contrastaba con lo pequeño que era— clavaron un letrero con el nombre: “Hasta nunca”.

Comían y bebían sin preocuparse por el mañana. Todas las noches estaban de fiesta. Algunos se turnaban para interpretar música, el resto bailaba, reía y gritaba. Se abusaba de alcohol y de las drogas que llevaron.

Nadie se encargaba de repartir, todos tenían derecho a tomar lo que quisieran, siempre que fuera lo que habrían de consumir en el momento y que no desperdiciaran.

Pronto las parejas que llegaron, se separaron. La libertad era tal que no hacía sentido permanecer atado a una sola persona.

Se practicaba sexo por cada rincón del lugar. Algunos —pocos— se escondían, el resto perdió el pudor y daban rienda suelta a sus deseos. Llevaron consigo métodos anticonceptivos. No era permitida la crianza de niños.

Si una mujer quedaba embarazada y llegaba a los cinco meses —según estimaciones porque nadie tenía cómo determinar el tiempo— era atada de manos y de brazos, se la llevaba hacia el “Hasta nunca” y, frente a los curiosos que quisieran ser testigos, se le daba una pastilla. Entonces la mayoría se sentaban a su alrededor y conversaban en tono sereno con ella, de lo que ella quisiera, hasta que el medicamento la hacía dormir. Ya dormida era lanzada al agua y todos volvían a su rutina.

Se dieron algunos abortos pero fueron naturales, no hubieron o no se supo de abortos provocados.

No existían penas grandes, ni penas pequeñas. Si alguien iniciaba un pleito, desperdiciaba recursos, intentaba abandonar el lugar, o alteraba la naturalidad del grupo, sabía que le aterían de manos y pies, le darían a tomar una pastilla y le lanzarían al “Hasta nunca”, luego de la charla a la que todos tenían derecho.

Las únicas formas de salir de ahí era siendo arrojado en el agua, o en el fuego cuando alguien moría de forma natural. No habían entierros.

Si alguien enfermaba se le aislaba, pero si su enfermedad tardaba más de dos semanas su salida la haría por el agua.

Algunas comidas empezaron a escasear, como también algunos tipos de licor. Hubieron quienes se preocuparon, pero casi todos lograron disimularlo. La preocupación era considerada una enfermedad, por lo que nadie podía permanecer más de dos semanas en ese estado. No se toleraban ataques de histeria, ni prédicas fatalistas.

Los rituales en “Hasta nunca” eran cada vez más constantes.

Nadie sabía en qué día estaban —habían acordado que no era un dato importante—, pero estuvieron de acuerdo en pregonar que fue un domingo cuando Lanne, una linda joven de pequeños y apagados ojos azules y esbelta figura, comenzó a dar vueltas hasta caer como consecuencia del mareo, para luego ponerse de pie y en cuanto le fuera posible volver a dar vueltas y repetir el proceso. Dos o tres personas que la veían se le pegaron en la actividad y luego unas pocas más. Terminaban rendidos, con dolor de cabeza algunos y golpeados todos. El “Día del giro” comenzó a celebrarse cada nueve días —siete, quince o treinta estaba mal visto—, pero no había alguien que llevara la cuenta, si después del mediodía alguien comenzaba a pregonar que aquel día tocaba, nadie discutía y se entregaban al culto sin chistar. Abundaban las risas de alegría, otras de burla, gritos de dolor y las heridas causadas en las caídas. Cada tanto algunos terminaban en el fuego. Quien no participara terminaba en el agua.

Algunos protestaron porque aquello no fue planeado desde el principio… ya podrán adivinar cuál fue su final.

Se terminó el alcohol antes que la comida. Se supo entonces de personas desesperadas que se tiraban al río evitando el ritual. Se los consideraba cobardes y se hablaba mucho de su estúpido accionar para evitar que otros tomaran esa misma decisión. Quienes soportaron los días sin alcohol tuvieron que enfrentar luego la falta de drogas. Contrario a lo que se pudiera esperar fueron menos los que se suicidaron en el río esta vez —Quizá si se padece una abstinencia sea más fácil padecer la segunda—.

Nadie lo mencionaba pero todos estaban esperando el momento en que la comida se terminara. A medida que las latas iban escaseando, las condenas fueron creciendo: nadie podía guardar para después, nadie podía pelear contra otro por algo que encontraran. Arrojar a alguien al río ya no solo era una cuestión de castigo, se convirtió en una distracción del hambre.

Todos sabían que ese momento llegaría. Todos estuvieron de acuerdo en disfrutar de una vida de excesos aunque después tuvieran que pagar el precio. Nadie tenía idea del dolor que causa el hambre, ni del de la tortura por la falta de un mañana.

Se dejó de celebrar el “Día del giro” porque desaparecieron las fuerzas para hacerlo. Los que iban quedando se corrían hacia la parte baja del río para no esforzarse en ir por agua. Los castigos dejaron de existir porque ya nadie podía someter a otro. Las pastillas para dormir aún estaban —se habían traído más de lo necesario para que hubiera una para cada uno—, y se le daban a quien prometía hacer un último esfuerzo por tirarse al “Hasta nunca”, pero todo era una pantomima: para tirarse no se podía estar dormido y la pastilla no haría efecto antes de que alguien se ahogara. Sin embargo era un tema de principios y de orgullo. Los pocos que quedaban y que tenían fuerza para conversar se referían a aquellos como valientes, como unos que entendieron la forma en que decidieron vivir.

Los últimos murieron de hambre. Nunca nadie los encontró.

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