El barrio de la niñez

playingLa charla entre los tres fue amena, aunque dos de nosotros nos dedicábamos más a escuchar y solo emitir una que otra opinión o comentario corto. Él en cambio llevaba la batuta de los temas y su desarrollo. Con fluidez en sus palabras y gracia para contar –cosa nada fácil para muchos de nosotros–, nos hablaba de lugares, de personas, de historia. No cabe duda que es una persona que conoce mucho.

Saltando entre temas resultamos hablando de los años de niñez, principalmente de aquellos de los que van quedando pocos y muy puntuales recuerdos: aquellos que de alguna manera marcan la vida aunque ya no recordemos por completo el ambiente en que se desarrollaron o las circunstancias por las que se dieron.

“Me crié en un barrio de gente negra, solo yo era blanco” nos contó, y concluyó: “por eso no tengo problemas de racismo”, añadiendo luego uno que otro detalle de aquel tiempo de juegos y risas al que definió como muy bueno.

Al evocar mis años de niñez me es difícil no hacerlo con una sonrisa en el rostro. Las pocas cosas que recuerdo –que en ocasiones se me dificulta encajar en su justo momento– tienen que ver siempre con lo bueno del momento, incluso si van de una caída, algún regaño o corrección de parte de mi padre o algún susto, y casi nunca con los aspectos negativos de ellos, por más que sea consciente de que los tuvieron.

Nuestra vida, desde que inicia, está colmada de accidentes –o probabilidades para ser más justo con la definición– que, como tales, escapan de control y suelen determinar mucho de lo que se es, de lo que se cree y del comportamiento.

No sé en qué momento mis padres –para citar un ejemplo bastante generalizado a la mayoría– se abrazaron a la religión. Para mí, por ellos, estuvo presente desde siempre. Nací dentro de ella y es obvio: si los padres son –aunque cada caso es particular y excepciones las hay– los seres de los que se depende y en los que se cree a ojos cerrados y éstos insisten en que algo es cierto, es muy difícil llevar la contraria. Mi accidente, pues, de nacer en Guatemala y con los padres que tuve, determinó que yo fuese cristiano por muchos años y que creyera en todo cuanto esto implica, conforme me fueron adoctrinando. Está claro que de haber nacido en otro país u otra región en donde la religión predominante fuera otra, con otras creencias y en donde otros dioses fueran la norma, hubiese estado convencido de que tal era la verdad y que los de acá y éstas convicciones estarían equivocados.

Nací ateo como nacemos todos. Nuestra falta de conciencia no permite que seamos bebes o niños apartados para una creencia en particular. Ambas, conciencia y creencias,  se adoptan después y luego suele existir un proceso de enraizamiento que ciega a otras posibilidades. Los padres, convencidos de que su credo es el correcto y, sobre todo, convencidos de las terribles consecuencias que implica el no acatar las órdenes que reciben de parte de su dios y de los hombres que dicen representarlo, quieren para sus hijos lo mejor, y lo mejor, según ellos, es guiarlos desde que son pequeños, para que de grande no se aparten “del bien”.

Tanto llega a ser parte de cada persona que todo se ve normal, simplemente las cosas son así porque así son; que así lo quiso dios pareciera un argumento irrefutable e incuestionable;  se ve tan normal que no existen los absurdos ni las contradicciones y se cree que es la mente la limitada para comprender; no se puede aceptar la falta de respuestas, así que es necesario inventarlas. Parece tan normal que incluso se está dispuesto a llevar la contraria a lo mismo que se predica, que es aquello de amar –¡o vamos… con tolerar sería suficiente!– a quienes piensan distinto. Creer que todo es parte de un plan, elimina lo circunstancial y al hacerlo se evita que la misma pueda ser cuestionada. Todo, absolutamente todo, queda justificado.

No necesito la circunstancia de mi niñez para poder llegar a una conclusión al respecto de mis creencias. De hecho aislarse de las circunstancias es la forma como debería de razonarse y llegar a concluir. Los accidentes son solo eso, accidentes, y tales no determinan la realidad de las cosas.

Estoy seguro de que el hecho de que él no sea racista no obedece a que se criara rodeado de gente de piel obscura, porque algo le conozco y sé que entiende lo que es el valor de las personas; él no necesita justificar el no serlo con el accidente de haber crecido en ese barrio, su razón y su lógica le bastan para llegar a la misma conclusión. Y como él, todos podemos llegar a la conclusión de que seres humanos somos todos, que todos somos diferentes pero que nuestro valor –que no es el mismo para todos, porque no todos valemos igual– no está en función del color de la piel, sin necesidad de una experiencia parecida. Solo es cuestión de querer hacerlo, querer pensar, cuestionar, entender, analizar, y atreverse a concluir por uno mismo.

Justificar con circunstancias nuestra filosofía de vida, a parte de quitar mérito a nuestro razonamiento, limita nuestras acciones y nuestra vida misma.

Saludos

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