Eterno Retorno

EternoRetornoLa hora del compromiso me alcanzó en el lento rodar de las llantas del auto. Si bien el lugar me era familiar, no conocía la cantidad de vehículos que complicaban la circulación a esa hora de la tarde. Con algo de estrés, porque no me gusta llegar tarde a las citas, me presenté al salón en donde la conferencia ya había dado inicio. Con gesto de “disculpen la tardanza, mi llegada tarde fue circunstancial y de ninguna manera me consideren irresponsable” que solemos hacer para descargar culpa, entré procurando llamar lo menos posible la atención y me dirigí a los asientos de atrás del lado derecho. La charla, que algo de interesante tenía, no evitó que me percatara de que casi siempre, cuando estoy en algún evento, mi elección es irme hacia el lado derecho de los lugares.

Sostiene Punset que nuestro actuar está decidido por nuestro cerebro antes de brindarnos la sensación de que fuimos nosotros quienes decidimos o de que tenemos el control sobre cada acción que realizamos. Que no somos tan libres de elección como consideramos que somos.

Hace unas semanas vino a mi mente, luego de una pequeña charla que sostuve sobre un libro de Yalom, el concepto del Eterno Retorno. Si bien no es un tema de él, cada que lo medito no puedo evitar pensar en Nietzsche, quien lo planteó en varias ocasiones. La idea, resumida, según el famoso escritor, sería considerar que cada una de las decisiones que tomamos, y por ende cada acción que efectuamos, vendría a repetirse en cada una de nuestras siguientes vidas. Es decir que la vida es un ciclo que se repite de forma exacta. Lo que hemos vivido, lo que vivimos y lo que hemos de vivir volverá a ocurrir de la misma manera, sin alteración alguna.

Recuerdo que mi impresión, cuando conocí el concepto, fue pensar en lo terrible que sería que malas decisiones con consecuencias ya nefastas o al menos nada alentadoras, fueran a repetirse por siempre, lo que me hacía concluir lo importante de cada decisión: imaginar que lo que se decide hoy no solo tiene una consecuencia en la vida presente sino que tiene un efecto eterno. Concluía, en ese entonces, que lo que el escritor alemán pretendía era utilizar el miedo como un director de la vida. En esencia, era emplear el método al que tanto provecho han sacado las religiones con los argumentos de una condena eterna; la existencia de un infierno que garantiza el sufrimiento para siempre; el ser juzgado por un ser supremo que todo lo ve y que lleva nota de todo el accionar humano mandando pruebas, premios y castigos según determine lo “necesario” para cada persona, entre otros. Aceptar éstos temas como ciertos limita el campo de acción del creyente e interfiere directamente con el accionar de las personas e incluso con el de aquellos que no aceptando totalmente esas creencias, decide modificar su actuar “por si acaso”.

Investigando más entendí que la idea de Nietzsche no era utilizar el miedo. Al conceder el valor que tiene la vida, se puede entender un mejor concepto: imaginar que la vida es tan perfecta, tan bella, tan maravillosa que vale la pena regresar a ella para disfrutarla de nuevo, tal y como es, después de todo quién no querría experimentar la perfección varias veces. El Eterno Retorno invitaría entonces a procurar que cada decisión sea tomada en pro de contribuir a hacer mejor la vida para siempre.

Aún tengo problema con los argumentos de Punset. Sí que han de existir muchas decisiones de las que el cerebro se ocupa casi en automático, para hacer que nuestras preocupaciones sean las menos existen personas cuyo cerebro no trabaja de forma “normal” y para quienes decidir el lugar para sentarse es algo muy importante, pero aquellas que representan un cambio importante en la vida, ya porque ésta tome una dirección totalmente distinta de la que se lleva o porque aleje o acerque personas, situaciones u oportunidades, deberían de ser tomadas de la mejor forma posible. Esto sería, con la mayor conciencia factible de la consecuencia de la acción; con la mayor cantidad de información que se pueda conseguir; aceptando la responsabilidad como propia porque la decisión sería por uno mismo y no aceptada de otra parte (religiones, creencias, familia, amistades); que muchas veces las consecuencias alcanzarán a las personas que nos rodean y en ocasiones se puede hacer mucho daño; entendiendo que por más análisis que se haga el resultado puede ser uno totalmente inesperado.

La improvisación, los impulsos y la espontaneidad funcionan en un paseo, en una noche de juerga o en alguna circunstancia particular, más porque es un tema de probabilidades que porque se pueda considerar un método de vida, porque al final el resultado de las acciones será inesperado, e inesperado no es sinónimo de favorable, ni placentero, ni agradable.

No es necesario aceptar una irrealidad como el Eterno Retorno para considerar la importancia de las decisiones que tomamos. No hay que inventar absurdos, aceptar improbables, ni desear seres, poderes o ideas superiores que motiven a perseguir una vida de felicidad. Perseguir la dicha vale la pena por la dicha misma. Decidir lo mejor posible para sí mismo —y sí mismo incluye aquello y aquellos que nos son de valía—, es conveniente sencillamente porque es una vida y porque es genial vivirla.

Saludos

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