Fueron tiempos mejores

ActualidadSolía pegar un chiflido que podía significar un: “Vengan” con un tono relajado, o un: “¡Los quiero aquí ya!” con una buena dosis de alteración, y ante la duda, lo mejor era salir corriendo, sin chistar, lo más aprisa que pudiéramos hacia donde estaba nuestro padre. Aquella tarde al escucharlo corrimos desde el fondo de la cuadra mientras gritamos un: “Órale muchá”, que era suficiente para abandonar cualquier juego o actividad que estuviésemos realizando con los amigos y que a ninguno ofendía a pesar de lo carente de diplomacia ―A ver si algún día los adultos aprendemos algo―. Con aquel llamado no experimentamos duda, era una ocasión especial y de cuantiosa valía: sabíamos que llegaba, extrañado y anhelado como siempre, aquel viejo y pequeño televisor de doce pulgadas, con imagen en blanco y negro, que había ido a reparación como por tercera vez, pues, pese a las constantes muestras de cariño ―O qué cosa si no cariño es tenerla todo el día encendida aunque no se le vea―, no era buena para soportar las tormentas de aquellos inviernos.

Nos sentamos en el sofá esperando con ansia que el aparato fuera puesto en su lugar, conectado y encendido. Llegó la señal y aparecieron Los Tres Chiflados, y para fortuna nuestra, era la versión de ellos con Curly, que siempre fue el más gracioso.

Aparte de todos los programas que recuerdo de mi infancia, caricaturas sobre todo, con mi papá teníamos algunos programas que no nos perdíamos. El que recuerdo con más firmeza es: El Agente 86, que lograba sacar lo mejor del repertorio de risas de ambos; veíamos, religiosamente, la película del especial de canal 13 que daban todos los viernes, sin importar cuál fuera; Hulk, El Santo, Los Dukes de Hazzard y El Hombre Nuclear eran otras citas constantes. Si había ocasión también compartíamos los escapes del Lagarto Juancho, las risas de Lindo Pulgoso, la vida simple de Huckleberry Hound y la frustración del Cuenta Cuentos Floyd que salía en un programa cuyo nombre no logro recordar.

Corto de edad y con un mundo más chico que el que se presenta ahora, no sospeché, siquiera, que la televisión pudiera llegar a ser más genial de lo que ya era, a pesar de que ya estaban las de colores, hasta que un amigo me presentó su Atari. ¡Ahaa qué chulada de aparato! Era uno mismo quien se adueñaba de la pantalla; era uno quien, con palanca y botón, tenía el poder de controlar lo que pasaba, al menos hasta que el malo del juego ganaba. Nunca tuve uno pero varios de mis amigos sí y fue divertido. Fue hasta años más tarde que mi papá hizo un esfuerzo por comprarnos un Family Game y luego un Nintendo.

Mi padre siempre compartió muchas anécdotas de su niñez. Contó por ejemplo cómo modificó una bicicleta para que pareciera moto tipo Chopper ―Seguro que ese chasis aún está en el techo de su casa―; cómo pasó una noche en un barranco porque la oscuridad los alcanzó y no les dio tiempo de regresar a casa con sus amigos; cómo dedicaban a jugar trompo y capirucho; o cómo inventaban juegos a pura creatividad con lo que tuvieran a mano. Nunca le hice la pregunta directa, pero con todo lo que contó y la forma en que lo hizo, creo que mi papá tuvo una buena y divertida niñez.

Muchos aseguran que aquellos tiempos, faltos de tecnología, eran mejores. Yo sostengo que los que me tocaron vivir a mí fueron mejores, porque yo disfruté, entre muchas otras cosas, de los trompos, los capiruchos de barril que eran los mejores, anduve en patineta y no fueron pocas las veces que salí herido de aquellas travesías por la colonia y la calzada Roosevelt, volé barriletes pero nunca le tomé el gusto, me entretuve con aviones de papel y otras figuras que incluso vendía en el colegio y pasé algunas horas bajando por barrancos ―por más tonto que encuentre ahora descender para llegar a un río que apestaba a rayos―. Jugué a subir árboles, cortaba papel con los chajaleles, jugábamos a las carreras, al escondite y todos esos juegos de contar y correr. Nos sentimos exploradores entrando en lugares cercados. Buscamos lugares de poca luz para contar historias ―Y aún hoy encuentro curioso que siempre preferí escuchar sin pensar que un día terminaría por inventar las propias―. Hice fortuna de cincos luego de contar con uno solo para luego perderlos todos en una tarde de mala racha. Coleccioné carteritas y aprendí dos trucos con el yoyo, los más sencillos que son el columpio y la vuelta al mundo, que a veces todavía me salen. Fueron muchas y muy divertidas actividades por las que siento nostalgia.

Pero también disfruté la televisión y la tecnología. Me encantaba el primer reloj que me regalaron que tenía un juego que solo tiraba una flecha que se movía en cuatro tiempos para dar a una figura que volaba en la parte superior, algo novedoso en aquel entonces. Vi y me prestaron los primeros video juegos portátiles que con cada aparato era siempre el mismo juego. Los autos a control remoto tuvieron su época de importancia, sobre todo los inalámbricos. Viví ese nacer de la tecnología que llegaba al ser humano común. Mi primer contacto con una computadora fue con disquetes de 5 ¼ y con algo que entonces solo sabía que se llamaba DOS.

Estoy seguro que conté con la dicha de ser participe de ambos mundos y lo sigo siendo. Ahora soy de la era de las batallas entre iPhone y Galaxy S, pero también vi los celulares desde que eran novedad y solían ladear el cuerpo de quienes los portaban por grandes y pesados, y los conocí desde que las primeras fotos en ellos fueron algo que sorprendía. Vi cómo la Kodak se hundía porque las fotografías han ido olvidando el papel.

Llamo a mi época la mejor porque viví ambas cosas. Es una suma de parte de lo que vivieron mis padres y abuelos y de lo que viven ahora los chicos.

Hace unos días vi la imagen que adorna éste articulo y que me impulsó a escribir éste articulo. Alguien preocupado decía que no dejaría que esas cosas afectaran a su bebé. Yo, confieso, no logro entenderlo. Seguramente el chico, a quien le ha tocado vivir una época distinta a la mía, le parecerá, de no pasar nada trágico para él, que la suya es la mejor.

Dice Manuela Martínez en el libro “El Alma está en el Cerebro” de Eduardo Punset: “La parte más importante en la vida de la especie humana es la interacción social”.

Dudo mucho que se les esté arruinando la niñez a los pequeños. Son otros tiempos y otras formas de entretenernos y comunicarnos, pero veo que la interacción continúa y, en todo caso, hay muy poca información y experiencia para concluir que utilizar herramientas tecnológicas para comunicarnos, haga daño. Hoy un niño puede comunicarse, sin mucho problema, con su tío favorito quien decidió irse a vivir a otro país y no extrañar al primo que se fue con él. Hoy no tienen idea de lo que una llamada a larga distancia significa, pero eso no puede ser malo para el infante, acaso curioso cuando se le cuente.

Presiento que los chicos de hoy contarán a sus hijos y nietos cómo se ponían unos auriculares, se conectaban a su consola de video juegos y la pasaba bien con un amigo que vivía en otra zona, uno que vivía en otro municipio y un par más que estaban en otros países.

Con alguien comentaba que estar conectado a través de un dispositivo en lugar de hablar con la o las personas que se tiene de frente, es un tema de costo de oportunidad. De alguna forma a quien está conectado le parece más beneficioso estar pendiente de alguien o algo que está en otro sitio, en lugar de comunicarse con quien se está. Así que quizá no sea tan culpa de quien porta el aparato, pudiera ser de quien acompaña.

Hoy a los pequeños los veo con sus consolas de video juegos, con sus pistolas de luces y ruidos que antes no se soñaban siquiera, casi todos saben qué es Facebook y se paran en poses para las fotos porque saben que serán vistos por muchos. Pero también los he visto jugar tenta, al fútbol y escondite. Aún los veo emocionarse con los colores y la idea de volar un barrilete. Todavía me piden que construya un avioncito de papel, para ver qué tan lejos llega.

Seguro que cuando sean mayores tendrán muchas anécdotas que contar, y cuando digan que su época fue la mejor, si llego a escucharlo, tendré que sonreír. Y sé también que no existirá quien me convenza de que aquellas horas frente al televisor, solo o acompañado de mi padre o de mi hermano, me robaron parte de mi niñez.

Saludos

PS. He escuchado crítica sobre el tiempo que se desperdicia escribiendo en dispositivos móviles o en computadoras para comunicarse con otros. Yo quisiera saber lo que invertiría de tiempo alguno de nosotros si, como antes, tuviera que mandar una carta a un familiar o amigo apreciado que se encuentra en algún lugar distante, sabiendo que llegará la carta en tres meses y que pasarán tres más para recibir alguna respuesta, si alguna de ellas no se pierde. Sospecho que tardaríamos mucho contando todo cuanto pudiéramos. Dudo que desperdiciáramos la oportunidad de comunicarnos escribiendo cinco reglones.

2 comentarios en “Fueron tiempos mejores

  1. Aunque ya no se tiene la misma inspiración, pero una breve idea, bonito e interesante artículo, nos traslada inmediatamente no solo a tu niñez sino a nuestra infancia, pienso que cada uno vive sus momentos como los mejores, siempre he dicho que la vida en un barrio es muy distinta a la de vivir en un residencial, muchos aprenden por lo que los padres les enseñan, lo que aprendieron o vivieron. yo viví una niñez de calidad aceptable, aprendiendo la mayoría de cosas que en el barrio se jugaba o se hacía, teniendo la dicha que en aquellos tiempos la vida era muy diferente en cuanto a delincuencia se refiere, en tu caso, muy cierto el compartir las dos épocas, o etapas, creo que las dos fueron muy buenas, entre ellas te faltó los famosos juegos de maquinas, galaxy, pac man, raly X, don king kon Jr, boskonian, etc; y son momentos inolvidables que después se cuentan o se comparten con nuestros hijos. Siempre de padre se trata de hacer lo mejor que se puede para nuestros hijos, con la diferencia que otros padres tienen mejores condiciones económicas, pero al igual muchos carecen de amor o de tratar de compartir con sus hijos. Es muy cierto que el mencionarlo no deja de provocar nostalgia y pienso que si te menciono el que desfilaste con el Indo tocando redoblante en 4o. primaria, no dejará de darte un clik por nostalgia, te felicito por tu artículo porque remonta uno hacia tiempos atrás, recordando las mejores épocas de su infancia.

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  2. Me gusta tu artículo, muy interesante la verdad es que ahora los niños vienen como dice mi mamá con pan bajo el brazo, ya que lo cuentas de tu infancia poco a poco a desaparecido y efectivamente uno era feliz de la forma que describes tu infancia, la mía fue parecida con la diferencia que yo si tenía que escribir cartas a mi papá hasta dolerle los dedos de escribir, escribir y por falta de dinero se tenían que ir por correo compraba sellos uno para ponerle a las cartas y así llegaran un poco mas rápido, los que enviaban por el sistema de king-express era porque tenían dinero, pero igual yo comparto contigo que antes uno con lo que le podían dar los padres uno era feliz y también lo que uno pueda darles a nuestros hijos en la actualidad es bueno no perdiendo el sentimiento de nuestra infancia, me refiero que siempre hay que contar para que se sorprendan que TODO cambio.
    Te felicito muy bonito lo que cuentas y me alegro que ese niño que tuvo pocos juguetes pero con gran felicidad a lado de las personas que más te aman…… es hoy mi esposo y un excelente padre.
    (RSCTA)

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