Un día cualquiera

Un dia cualquieraPor la mañana, en la oficina, escucho comentarios y preguntas: ¿cómo crees que quede?; creo que aún tienen oportunidad; no, no les va a alcanzar, está sentenciado. Mi rutina de mañana incluye leer algunos saludos en Twitter, esos que van para todos y para nadie y, en ese mismo medio, ver varias recomendaciones de las columnas de los diarios: no puedo resistir la tentación de visitar algunas, aunque de antemano, por quién las recomienda, casi siempre sé cuáles me gustarán y cuáles no. Izquierda, derecha y ecología de los temas más comunes. Despenalización de las drogas, criminalidad y la Cumbre de las Américas los de moda en éstos días. Los hay de distintos tonos y formas: algunos dicen que Guatemala es una porquería, que pudiendo ser bueno es lo peor y que nada cambia, esas opiniones tienden a gustar mucho. Hablar mal de alguien o algo siempre despierta morbo. Hasta ahora no logré entender el aporte de hablar despectivamente de algo solo por hacerlo y aparte hay poco mérito porque es fácil (a no ser que se haga de forma muy letrada, aunque el resultado es el mismo) y tiene el agregado de que se gana al instante el apoyo de cientos de simpatizantes que pareciera gustan de sentir lástima por sí mismos. Denunciar y señalar es otra cosa, aplaudo toda esfuerzo de aquellos que buscan informarnos con objetividad.

A unas cuadras de donde me encuentro Don Miguel ha llevado alimentos que compró a tempranas horas, que le servirán para preparar los almuerzos que venderá al mediodía. Ha llegado el cocinero, quien se apresta a realizar su tarea diaria, y el mesero ya se encuentra limpiando el lugar. Es solo una casa “adaptada” para “Almuerzos Ejecutivos” y venta de cervezas y boquitas por las noches. Hace un tiempo tuvo la idea de tener su propio negocio sin ninguna idea original, ni nada que le hiciera especial, pero le pareció rentable intentar suplir una necesidad y el gusto por la diversión de varios.

Las noticias dicen que han baleado a un chofer de camioneta. Lamentable pero pareciera que ya nadie se escandaliza con esas noticias, al menos no más allá de tres frases en una charla o un Twit. En otras columnas hay opiniones de la importancia de regalar tierras y “condenar” a los campesinos a seguir siendo eso: campesinos. El gobierno debe repartirlas, dicen, y lo cierto es que el gobierno no tiene para dar porque no produce, es a otros a quienes les quitarán para dar, parecen no entenderlo. La mayoría de esas tierras no son llevadas a producción, se descuidan o se venden.

Don Miguel prueba que la comida esté a punto, en realidad no sabe mucho de cocina pero le gusta sentirse dominador de su negocio. Espera con ansia la llegada de los clientes, “ojalá vengan hambrientos”, piensa. A Don Miguel el gobierno no le regaló nada para poner su restaurante.

“Hay que darles de comer, solos no podrán; los pobres no tienen oportunidades, hay que regalarles para que vivan dignamente; seres desalmados que tienen y quieren más en lugar de regalar lo que les sobra”. Siempre llega el momento del día en que los preocupados por los más desdichados alzan la voz.

Llega la hora del almuerzo y pienso que ir donde Don Miguel es buena idea. En un esfuerzo por atraer clientela colocó varios televisores por todo el lugar. Es día de partido, juega un equipo de los grandes de España. El lugar está casi lleno, me toca una mesa cerca de la cocina en donde hace un calor nada placentero, pero me gusta el fútbol. Las críticas a éste deporte son de lo más creativas. Es que sólo son adultos corriendo detrás de una pelota que mueven pasiones y alteran ánimos de algunos pocos que los ven en el estadio y miles alrededor del mundo.

“¡Consumistas! Hay cosas más importantes que un deporte que ni siquiera es el nuestro. Juegan del otro lado del mundo, ganan millones y nosotros gastamos nuestros pocos quetzales por sentirnos parte de ello”. Gritan. Nos quieren hacer sentir culpables por gastar nuestro dinero, ese que producimos con nuestro esfuerzo y trabajo, en lo que nos de la gana, como si no tuviéramos derecho sobre él… Como si no fuera nuestro.

Don Miguel se acerca a la mesa.

—Disculpe —me dice—, ya no nos quedan almuerzos.

¿Con qué moral acusan —Me pregunto—, si andan con ropa de marca, manejan buenos autos y gastan Q.25.00 por cada cerveza que toman? Y no, yo no les acuso, son libres de utilizar lo que es de ellos como mejor les parezca.

Un negocio de millones de dólares,que se practica del otro lado del mundo, junto a un montón de intermediarios, hace que Don Miguel tenga la oportunidad de tener un gran día en su negocio. Los martes y miércoles, durante la temporada de fútbol, tienen esa tendencia. Seguro que desea que la final sea entre el F.C. Barcelona y el Real Madrid, ese día vendería mucho más. La voz de pena con que Don Miguel se excusa por no tener más almuerzos esconde la satisfacción de un día de trabajo productivo.

Termino pidiendo una hamburguesa, eso sí hay, y viendo un tiempo del partido que solo alcanzo a disfrutar de una forma extraña, porque yo quería que ganara el otro equipo. Medito en que Don Miguel, en su afán de hacerse de un negocio propio se beneficia a sí mismo, beneficia a las cuatro personas que tiene de empleados, y beneficia a las personas y empresas con las que realiza transacciones comerciales para mantener su pequeño restaurante. Me beneficia incluso a mí, porque concluyo que lo que obtengo vale más que el dinero que estoy dispuesto a pagar por ello, más que su comida, me gusta su oferta futbolera.

Voy de regreso a la oficina pensando que quizá Don Miguel esté haciendo más que aquellos que solo se dedican a alzar la voz, como lo hacemos todos los que realizamos un esfuerzo por ser productivos. Y pensando que ojalá el afán del gobierno de regalar lo que no es de ellos no le obligue a cerrar su negocio y de paso lo obligue a dejar de beneficiar a tantos.

Saludos

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