Piscina y churrasco

ArbolesLa promesa es la de siempre: “mañana sí nos juntaremos temprano para poder aprovechar el día”. Despertamos y al ver la hora contemplo que estamos en tiempo, lo que hace que levantarnos sea complicado. Ya con algo de presión nos levantamos, preparamos, alistamos maletas y estamos esperando al resto que nos acompañará en el paseo.

Llegan bastante después de la hora prevista, hacemos la distribución de alimentos, implementos y personas en los autos. Logramos acomodar y salimos. Es domingo pero las calles están cargadas de autos, quizá muchos aprovechan el último fin de semana antes de Semana Santa, procurando evitar aglomeraciones. Pasamos por hielo, gaseosas y cervezas a la tienda de conveniencia. Aprovecho y compro también una bebida energizante, aunque considero que su efecto será nulo, soy incrédulo para esa y muchas cosas. Pongo gasolina al auto, la que considero necesaria para no llevar peso de más. Finalmente estamos en camino.

El día está brillante, el sol se levantó con ganas de hacer su trabajo. El auto se desliza suave y deprisa por la carretera. Pronto llegaremos —pienso— pero entonces alguien se acuerda de los chicharrones y carnitas de la venta que queda en el camino. Unas llamadas después, para ponernos de acuerdo, y estamos haciendo cola en el negocio decidiendo cuántas libras serán suficientes. Un quilombo eso de hacer la orden, se ve que todos tienen prisa por salir de ahí o mucha hambre, lo que hace todo más lento. Salimos con cinco libras más de carga.

Cuando llego al auto me percato de que no cargo las llaves conmigo. Siento un vacío en el estomago, hago gesto de circunstancia, me confieso con el grupo y el cerebro empieza a buscar soluciones. Veo dentro, a través del vidrio, y debajo del auto, recorro el camino que tomé cuando llegué hasta llegar a la caja registradora, que en realidad no es largo, ni tiene complicación alguna. A la persona que cobra le pregunto si alguien le había llevado un juego de llaves que hubiese encontrado mientras pongo mi gesto de “tenga misericordia de mí”, pero su respuesta es negativa. Regreso pensando cómo ir a casa por la llave de repuesto. Ya enojado, voy a hacer otro inútil intento de buscar por los alrededores del auto cuando me entregan las llaves. La única conclusión posible es que ando muy despistado, pues, según informa el de seguridad, dejé colgadas las llaves en la puerta del auto cuando lo cerré y alguna buena persona —sí, hay bastantes— le informó. Si estaría de mal humor que mi primera reacción fue pensar:”¿y si sabía que tendría problemas le costaba mucho estar pendiente de mi primera llegada al auto para evitarme la angustia?”. Uno de mis acompañantes le dio una propina, yo se la hubiese querido quitar. Subimos a los autos y ya al timón respiro profundo: “ahora sí, a disfrutar”.

Acelero y en poco tiempo llegamos a la entrada. No “ladeo” el auto y el infeliz túmulo lo golpea por debajo. Ahora sí estoy “como para que me toreen”, aunque por fuera me esfuerzo en seguir sonriendo, quienes me acompañan no tienen la culpa.

Por la hora el parqueo está casi lleno, nos toca lejos. Hacemos cola para entrar y problemas administrativos hacen que nuestro acceso sea harto demorado.

Entramos.

No hay lugar para acomodar las cosas. Buscamos y retirado logramos encontrar unas mesas pero por una churrasquera habrá que esperar. Venga cerveza para la espera y por el calor. Pocos nos cambiamos y vamos a la piscina. Yo voy con la misión de cuidar a dos pequeños que ya se valen por sí solos, pero así es uno de preocupado. El agua no me llega ni a las rodillas, no puedo dar ni una brazada… No importa, el clima es agradable y el agua está refrescante, con todo y la ceniza volcánica que decidió caer. Me siento a observar y siento que en ese momento el paseo en realidad comienza.

Los veo correr, hacer como que nadan, tirarse por los toboganes, salir de la piscina y “echarse” un clavado, los veo sacar, presurosos, sus cabezas del agua cuando el aire les escasea, inventar juegos y competencias… hacen de una piscina, con sencillos juegos adicionales que hacen distinta la experiencia de nadar, un mundo de fantasía. Pero principalmente les veo reír, al menos la mayoría lo hace. A un lado hay una chiquilla dando de berridos en un inútil implorar a sus padres por que la saquen del agua; a los alrededores, los gritos de “papi” y “mami” de aquellos chamacos que están prontos a realizar la, hasta ahora, máxima proeza de sus vidas (tirarse de un tobogán o un clavado) de la cual sus padres tienen que ser testigos que acompañen con aplausos la hazaña y que me hace recordar el ambiente ensordecedor que crean los chiquirines cuando deciden dar su estridente concierto, el cual pude disfrutar unas horas después.

Más tranquilo, con hambre y a regañadientes por parte de los dos que no se quieren salir del agua, regreso a ver cómo les fue con la churrasquera. Para mi agrado ya está todo preparado. Nunca fui a un churrasco al aire libre que fuera cómodo. El comer es toda una faena, como lo es servir y atender a los demás, no obstante siempre es un buen pretexto para hacer reuniones. Mientras el resto termina de comer leo en la prensa una noticia y quedo decepcionado de los presidentes de Honduras, El Salvador y Nicaragua que ni siquiera quisieron venir al país aunque fuera a solo escuchar sobre el asunto de las despenalización de las drogas. Dejo las noticias, suficiente con ese momento desagradable. Tomo mi cajetilla de cigarros y me alejo de todos.

No soy uno de los llamados “amantes de la naturaleza”. No obstante me parece que es agradable apreciarla y conocerla. Me retiro hacia un espacio en donde puedo ver árboles que poco dejan ver del cielo, maleza, un pequeño río que parece muerto porque apenas se mueve y cuento con la fortuna de ver un animal, acaso lagartija, porque desconozco el tema, de las que andan en dos patas, fue difícil encontrarla luego que me percaté que algo se movía, es sin duda una maestra en el arte de camuflar. Inhalo y exhalo relajado, tranquilo, sereno: el momento es placentero, genial y mío. Hago un recorrido ligero por las vicisitudes del día, que si bien no son trágicas, lograron alterar mi humor a lo largo de las horas y concluyo que todo ha valido la pena, porque así es la vida, así es el pasar del tiempo: uno se esfuerza y hace, a pesar de que se sabe que se encontrarán dificultades, problemas, momentos desagradables, acaso tristes, de angustia, de dolor, incomodidades, todo porque en el fondo, aunque en el momento no se logre ver, se sabe que es un precio que hay que pagar por momentos dignos de ser recordados.

Apago el cigarrillo, el segundo, y concluyo que mi día estuvo “BIEN”.

Con todo y sonrisa me dispongo a regresar con el grupo para enfrentar las vicisitudes del regreso a casa, pero tratando de hallar algún otro momento que valga la pena recordar.

Saludos

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