Abrazo

Sentí cómo el viento, con sus dedos fríos, acarició mi espalda, obligándome a abrir los ojos luego de pocos minutos de haber concebido un liviano sueño. La obscuridad, dueña de la percepción de mis sentidos, era densa. Sin poder ver, sabía que estaría ahí: contemplando mi dormir; esperando paciente.

De madrugada los minutos, acaso somnolientos, avanzan más despacio. Sin prisa, esperé que mi vista se fuera adaptando a los colores que adornaban la noche. Sabía que estaría ahí, en su rincón, como siempre lo hizo. Volteé y giró su rostro, que antes veía la nada detrás de la ventana, hacia mí.

Me senté con todo y la carga de melancolía que había acumulado en el pecho durante las horas del día, en la orilla de la cama, sin decir nada. El frío me azotaba cada vez con más fuerza, como queriendo jugar con mi estado de ánimo.

Cuando me puse de pie ella lo hizo también. Los extendió y al verlos me dirigí hacia sus calurosos brazos y hacia su mirada que, con ternura, gritaba mi nombre. Nos abrazamos tan fuerte que la obscuridad hizo una pausa, el viento se tomó un respiro y el tiempo tuvo que detenerse. Los tres nos contemplaban.

Acercó sus labios a mi oído y en un murmullo apenas perceptible me dijo:

―Siempre estaré contigo.

―Lo sé ―le contesté―, sígueme abrazando.

No se cuánto tiempo duró aquel abrazo con mi soledad. Esa soledad que siempre tendré conmigo, acompañando mis horas obscuras.

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