Valor

la foto Era una tarde más bien fresca, no llovía, ni el sol arremetía contra aquellas horas… diría que era una tarde propicia para estar aburrido en mi habitación después de un día de clases cualquiera. En la misma, despreciada y olvidada, se encontraba una pequeña librera, pequeña en verdad, la que contendría entre veinte y treinta libros, no más, incluyendo un par de tomos de enciclopedias médicas, que ya había repasado varias veces. De su contenido solo recuerdo tres textos: “María”, “El Visitador” y “Los árboles mueren de pie”, éste último estaba en peor estado que el resto, pero también era el más pequeño, lo que le valió mi selección.

Serían alrededor de las tres de la tarde cuando, recostado cómodamente en mi cama, inicié la lectura. Para las cinco de la tarde ya estaba sentado, quizá en un intento absurdo de avanzar más pronto las páginas y saber si “la abuela” se enteraba del engaño. No presumo de ser un lector veloz, y en ese entonces mi novatez tenía un costo más elevado en ese aspecto, por lo que a las ocho de la noche cuando me llamaron para cenar, tuve que dispensarme: “Voy a cenar después, solo termino de leer el libro”. Extrañados, porque en casa nadie leía, no me dijeron más. Por eso de las nueve y media de la noche, con una sonrisa en el rostro, la satisfacción de haber terminado el libro y meditando en la decisión que “la abuela” había tomado y sus razones, cené una comida, para entonces, fría. No porque no pudiera calentarla… me ganó la pereza.

Años atrás había leído un libro de la editorial “Barco de Vapor” que habían dejado como lectura obligada a mi hermano menor. Viendo que él no avanzaba decidí probar suerte y lo leí y disfruté completo, pero la motivación era más demostrarle a mi hermano que podía, por lo que sigo considerando que mi primera lectura seria fue la obra de teatro de Alejando Casona.

Hace unos días comentaba a alguien aquella anécdota, aunque con menos detalles. Y le conté que el libro se veía terriblemente mal, junto a otros textos, en mi actual librera, pues su estado desde aquel entonces, había empeorado considerablemente, no tenía tapas ni lomo, pero que sin embargo era una de mis posesiones más preciadas, aunque en las librerías pueda conseguirse por menos de 35 quetzales (US$4.00).

Una de las acepciones con que la RAE define la palabra valor, es: “Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.”

El valor que damos a las cosas va más allá de un precio, de un entorno o de la opinión de los demás. Tampoco se asignan valores al azar, ni irracionalmente. Los valores que asignamos tienen, o deberían de tener, una razón de ser. Juzgar el valor que algo tiene para una persona en función de la experiencia propia se antoja harto complicado. De ahí que pongamos tanto empeño en conservar, cuidar y proteger, las cosas que nos representan un valor, sobre todo si es elevado en nuestra escala.

La persona a la que le conté la anécdota me sugirió que mandara a empastar el libro para que pudiera conservarse mejor. Una idea sencilla, pero que no se me había ocurrido. El resultado es el de la foto que acompaña este artículo.

Saludos

4 comentarios en “Valor

  1. Yo tengo varios libros heredados, que valoro tanto por la persona que me los dio como por su historia. Uno que me gustó mucho tiene la pasta despegada y un par de surcos de polilla. Lamento mucho un par de los primeros que leí que fueron víctimas de algunas inundaciones.

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    1. Es genial la relación que uno hace entre las cosas y lo que les da valor.

      No me imagino dándole ese tipo de valor a un libro electrónico, prefiero los que tienen la pasta despegada.

      Saludos

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