En otra ciudad

Estuve en una ciudad llena de gente, de modernismos, de publicidad y de ruido. Anduve por calles en donde los pilotos se creen dueños de ellas, omnipotentes del volante que solo ellos dominan con propiedad. Competían por llegar primero al siguiente semáforo y ser los primeros en bocinar cuando el color verde estaba por aparecer y el de enfrente no arrancaba. Unos a otros se atravesaban el vehículo con tal de adquirir una posición ventajosa. Faltaba que de las ventanas de los autos salieran látigos (los gritos y amenazas si estaban) que castigaran a los otros vehículos para sentir que vivía una carrera como la que Charlton Heston, representando a Ben-Hur en aquella recordada escena, protagonizaba, peleando por llegar primero en la carrera de carrozas disputada en el coliseo romano.

Escuché los comentarios de algunas personas que se quejaban del gobierno, de cómo los políticos solo veían por sus propios intereses, de cómo quedaba poco por robar, de cómo las masas eran manipuladas para representar un apoyo que no era tal, a cambio de un plato de comida y un viaje en bus. Escuché también como las cosas “ya no son lo mismo”. Tomé un tour a la ciudad en un bus, mismo que fue abierto en el parqueo mientras nos bajamos a conocer más de cerca un lugar turístico. Favorablemente nadie había dejado algo de valor y no hubieron pérdidas materiales que lamentar.

En aquel lugar la gente, si te pasa empujando en una peatonal, no se disculpa. Cada quien ve su camino y sigue de frente. A un lado o delante de los negocios de productos “originales” están los puestos en donde se vende las copias. Frente a los lugares de cambio de moneda, están quienes, sin comprobante alguno, ofrecen unos centavos más, por la misma cantidad de dinero.

En aquel lugar, si eres turista, se aprovechan de tu ignorancia y pueden cobrarte, o intentar hacerlo, cinco pesos (poco más de diez quetzales) solo por parar un taxi, trabajo que uno mismo con tan solo levantar la mano, podría hacer.

No, Buenos Aires no me pareció una mala ciudad. De hecho es impresionante, acaso intimidante, desde que uno pone un pie en sus calles. Sus construcciones son hermosas, por lo menos las conservadas de cientos de años y las nuevas que son modernas, las nuevas construidas con diseño antiguo no me lo parecen, pero ese puede ser tema para otro post.

La gente parece que camina mucho. Los espacios verdes abundan, adornados con monumentos y homenajes a personas que hicieron historia o a la historia misma. Muchos árboles, bancas, gente haciendo ejercicio o simplemente descansando, mientras disfrutan del clima. Sus lugares turísticos, la mayoría, están bien cuidados y en ellos, aseguran, hay mucha seguridad. Casi todo, por los lugares que me moví, es un paisaje a la vista.

El trato de la gente quizá pudiera parecernos no muy cordial, principalmente a los guatemaltecos, pero sí lo son, a su modo. Si uno pregunta te contestan y si pueden te ayudan. Es que no son malos, es solo que la forma de tratar es distinta.

Para los amantes de los libros: fui testigo de grandes librerías: “El Ateneo” por ejemplo, que cierran a media noche y otras muchas, de libros nuevos y usados en las principales avenidas, dicen que están abiertas incluso luego de las dos de la mañana. Los precios, en ocasiones, por bajos son risibles y si no, sí son más accesibles que en Guatemala. De los títulos por los que pregunté, no faltó ninguno.

Se percibe que quienes planificaron la ciudad, lo hicieron pensando en una ciudad grande. Sus anchas avenidas y edificios enormes, son evidencia de ello.

Es válido hacer comparaciones, anhelar lo que no se tiene y darle valor a lo que sí. Pero al final de cuentas, es solo otra ciudad, como lo es Guatemala. Los parecidos, para bien o para mal, son más que las diferencias.

No me hago de “la vista gorda”, los problemas de delincuencia en nuestro país son atroces. Pero en cuanto al comportamiento generalizado de las personas, está claro que todos somos una misma raza.

Saludos

 

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