De Doña Esther a una triste realidad

Las penas en ese entonces eran levantarse temprano, desayunar y salir a la calle a ver cuál de los amigos había tenido la misma suerte que uno de escapar de casa a esas horas. Qué juego sería el del día, era lo de menos, lo importante era que sabíamos que la diversión estaba garantizada. Sin embargo por mucho que recuerdo mi niñez con mucho cariño y nostalgia, había un ritual que hacía distinta a nuestra cuadra de las demás. En punto de las diez de la mañana Doña Esther siempre salía a barrer el frente de su casa. ―Buenos días Juan, ¿Cómo amaneciste Ramiro? ¿Cómo siguió tu mamá Lupita?― Era mas o menos la forma en que siempre nos saludaba, y cuando terminábamos el intercambio de cortesías, nos llamaba para regalarnos dulces que seguro compraba por mayor, para que no le faltaran. Nuestra ración diaria de azúcar para seguir corriendo de arriba a abajo, estaba garantizada.

Al salir de casa lo que más llamó mi atención, fue que la lluvia que nos acompañara los últimos días, había decidido descansar, permitiendo al sol saludarnos con una tenue luz que alegraba la vista. Tráfico denso como de costumbre. Conecté el reproductor de música al radio del auto y cantando (casi gritando) a todo pulmón “Don’t stop believin” de Journey, estaba seguro de que sería un día agradable, sino mejor.

Fue extraña la ruptura, pero creo que sin acordarlo, llegó el momento en que Doña Esther se dio cuenta de que ya no estábamos para dulces. Ya no salía siempre a las diez y sus saludos fueron siendo mas esporádicos. Nuestras opiniones de ella entonces, se fueron dividiendo. Unos decían que la señora se había vuelto creída, otros que se había hartado de nosotros. Por mi parte creía que estaba respetando nuestra nueva etapa en la vida, aunque quizá fuera solo que extrañaba a los “patojos” que ella veía como suyos.

Desde que entré a la oficina fue correr de un lado para otro. Procuraba que el trabajo saliera a tiempo. Era uno de esos días que pareciera tener solo doce horas. Iba resolviendo pendientes, mientras el tiempo corría presuroso. Teléfono, café, Email, reporte, café, Email, broma con los compañeros, teléfono, café. Y cuando sentí, la hora de la refacción se me había pasado.

El esposo de Doña Esther murió por una enfermedad que se lo llevó en menos de tres meses. Días después cuando mamá me pidió que la acompañara a visitarla, no me pareció conveniente por respeto a lo que se espera de un adolescente (que sea rebelde, que no le guste estar con la mamá y que no le guste visitar a personas mayores), pero dentro de mí, quería hacer algo por aquella mujer que estaba triste, sobre todo al recordar como nos había llenado los días de infancia de sonrisas en nuestros rostros. Cuando entramos, antes de saludar a mamá, me llamó por mi nombre y me dijo que le hacía muy bien que un “muchachón” como yo, le llegara a visitar, especialmente porque no lo esperaba. Después de aquella visita, solo fui un par de veces más, asegurándome que ninguno de mis amigos se diera cuenta.

Sonó el teléfono y me llamaron a reunión. Entonces me aislé del mundo. Hablando de asuntos de trabajo, el ambiente en aquel salón era distinto al del traqueteo de las oficinas. Era agradable tomarse una pausa y cambiar de “hacer” a “inventar”, cuando teníamos a bien llegar a una buena conclusión. Lo mejor: el café no faltaba en las discusiones.

Cuando tuve edad suficiente me fui de la casa de mis padres. Fue un día complicado por lo que dejaba atrás y por la incertidumbre de lo que se venía de frente. Con todo y  la importancia de una fecha trascendental en mi vida, no puedo evitar recordarla sin ver a Doña Esther limpiando el frente de su casa, viendo de reojo cómo subíamos cosas al camión. Antes de irme corrí hasta ella y le di un abrazo y un beso en la mejilla. Confieso que me dieron ganas de llorar, pero me aguanté, pues tenía suficiente con la tristeza de abandonar el que hasta entonces era mi hogar. Ella por el contrario no se contuvo y vi como una lágrima brotó de uno de sus ojos mientras me decía: “que todo te salga bien muchacho”.

Al salir de la reunión me dirigí a mi escritorio. Frente a la pantalla de la computadora había una nota que decía que mi madre me había llamado y que quería hablar conmigo de un asunto importante. “Doña Esther está en el hospital, tu papá está ocupado y quisiera que me llevaras a verla, es posible que no resista mucho tiempo”.

Ahora que soy mayor, no tendré la oportunidad de ver a Doña Esther limpiando el frente de su casa, como si la tuve en las otras etapas de mi vida. Unos imbéciles pasaron disparando desde un automóvil, quitándole la vida a una señora que caminaba en aquella misma cuadra que hace años solo albergaba para mí: juegos, risas, mi hogar y dulces. Nadie sabe por qué lo hicieron, pero una bala perdida penetró en el cuerpo de una anciana que con dificultad y lentitud, barría la banqueta de su hogar.

Doña Esther no era perfecta, pero era una buena persona que supo transmitir cariño a unos niños que no se lo pedían, pero que contentos lo recibían. No entiendo este mundo en donde alguien no puede salir a limpiar el frente de su casa sin tener que preocuparse de perder la vida. No sé si la voy a extrañar, pero en cambio sé, que este no era el final que aquella señora se merecía.

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Hace unos días dispararon a una mujer que en el momento perdió la vida. Otra que estaba en su propia casa quedó gravemente herida por una bala perdida. Su historia pudiera o no parecerse a la de Doña Esther, pero sin lugar a duda ésta también poseía una, misma que pudo verse truncada en un instante. No sé si logró salvarse.

Saludos.

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