El invento llamado Tradición – Viaje del Escritor II

Es en serio, no me quiero levantar de cama. No, no es que sea un haragán, es que sé perfectamente la fecha que es hoy y lo que la tradición manda que hagamos. Si ya lo sé, hoy por la noche todo va a estar bien, por lo menos entre seis de la tarde y ocho de la noche y luego después de las doce. A las seis en punto de la tarde iremos con papá a comprar los cuetes y los canchinflines para jugar toda la noche y en especial para cuando inicie el veinticinco, y sé que justo después que volvamos de la compra, nos iremos a bañar y a ponernos nuestra ropa de estreno. También sé que a las ocho y media apagaremos todas las luces y prenderemos las del árbol, mientras salimos de casa y nos dirigimos a la de la abuela cargando nuestros propios regalos, que nosotros mismos escogimos, cosa que no entiendo ¿Por qué no puedo jugar con el ahora? ¿Por qué tengo que esperar las doce? Si yo mismo lo escogí, y seguro que aunque me tomaran foto, cosa que no acostumbramos, no podría hacer cara de sorpresa, por lo menos no una creíble, no es lo mío la actuación. Hoy sin lugar a dudas pasaré hambre por la noche, pues la tradición manda que no se pueden destapar los tamales de arroz, hasta después de los abrazos. A demás, tendré que jugar con esa prima y nadie lo sabe, pero me cae muy mal, se me hace la persona más protegida, creída y antipática del mundo. Seguro que a ella la abuela le da mejor regalo que a mí, si es que me da en esta ocasión, porque de eso no ha hecho una tradición, lo que sí es seguro, es que si me da, me dará ropa ¿A qué niño le gusta que le den ropa en navidad? O bueno, ¿A qué niño le gusta que le den ropa en cualquier ocasión? eso es regalo para los padres. Sin embargo, lo que más detesto de este día, es que la tradición manda que nos toca hacer limpieza y de las que mis padres llaman “de las buenas” voy a terminar molido de cansancio. Ésta no puede ser la mejor forma de empezar una fecha donde se supone que todo es alegría y felicidad. Hace tiempo que la navidad dejó de ser para lo que se suponía que es, ahora es para notros los niños ¿Por qué trabajar este día? No podría todo ser celebración, alegría y felicidad para mi. Aunque supongo que para mis padres ha de ser alegre vernos limpiar todos y cada uno de los rincones de la casa. No me gusta. No me gusta saber de antemano como van a pasar las cosas y verme obligado a hacer cosas que no quiero hacer.

Finalmente llegó el día. Me tengo que levantar pronto, porque si bien me dieron descanso a cuenta de vacaciones en el trabajo, no he terminado de comprar los regalos. Seguro los centros comerciales van a estar llenísimos, me va a costar mucho encontrar parqueo y a eso hay que sumarle el tráfico y la aglomeración de gente. Pero eso no es lo peor, lo realmente tedioso es el estrés que tenemos que vivir año con año, porque es mandatorio que demos regalo a nuestros “seres queridos”. Si eso fuera cierto, la lista no sería tan larga como es. A parte es terrible tener que estar pensando que regalar. La fórmula para el regalo es desgastante. Tiene que ser algo bonito, barato pero que no aparente ser barato y que de alguna manera le guste a la persona, pero no tanto como para que pudiera hacer sentir mal a otra que no resultó tan feliz con lo que recibió a la que capaz que uno le tiene más aprecio. A demás salen mil ofertas en los supermercados y hay que huirles, porque si realmente son buenas, seguro que muchos o compran lo mismo o se dan cuenta del precio y después ¿Cómo hace uno para aparentar que no se escatimó en el gasto, o para cambiarlo si quien recibe el regalo así lo desea? Las tradiciones cada vez nos complican más. Que el detalle es lo que importa dicen todos, pero eso no es cierto, siempre se trata de ver qué intención hay detrás del obsequio. Lo bueno es que hoy me libro de ayudar con la limpieza general de la casa. Al igual que los últimos años, le dije a mis padres que tenía muchas cosas pendientes y tendría que salir de casa y que por la cantidad de gente, seguro regresaría muy tarde y que lo mejor sería que me esperaran en casa de la abuela, porque yo llegaría directo. También como en los últimos años ya no tendré que esperar para cenar a media noche, porque todos entendieron que ahora trabajo y me canso, por lo que me tratan un tanto mejor, en cambio los regalos, si los abriremos hasta que den las doce y seguro que no me dan mucho, porque a como están los tiempos, los mayores prefieren gastar solo en los niños, para que tengan una “feliz navidad”. Solo de pensar en todo lo que tengo que hacer aún, ya me siento cansado. Empiezo a añorar aquellos tiempos cuando quien tenía la cara de preocupado era mi papá, mismos en que yo me preocupaba únicamente por ver cuantos juguetes podía comprar con el dinero que me habían asignado, porque yo prefería muchos baratos a uno o pocos caros. Hace años que ya no vamos a “La Carabanchel” a comprar los juegos pirotécnicos, porque cuetes ya casi ni se venden, para las últimas veces todas eran luces muy modernas y cosas que volaban. Seguro que era más divertido llenarse de pólvora las manos que hacer colas durante horas para que envuelvan un regalo. Como odio que “la sociedad” haya creado formas de demostrar afecto, cuando eso es algo que debería surgir de forma natural y demostrarlo cuando uno lo desea.

Tengo que levantarme ya. Aunque si he de ser honesto, no he podido dormir del todo bien solo de imaginar la alegría y la emoción que van a sentir mis hijos cuando les de los regalos de navidad. Es como volver a vivir a través de ellos la emoción que alguna vez experimenté. Está claro que ellos mismos escogieron sus regalos, pero de que otra forma puede un padre quedar bien en estos tiempos. A parte se lo están cantando a uno desde mediados de año, pero lo importante es mantener la tradición. Claro yo no los obligo como me obligaban a mi a limpiar la casa, por lo que supongo que a ellos esta tradición si les ha de gustar, y digo lo supongo porque con tanto aparato y cosa de comunicación que tienen, pocas veces tengo la oportunidad de ver, no digamos interpretar alguna de sus expresiones. Como todos los años la pasaremos en casa de mi suegra que nos hará esos ricos tamales que siempre prepara. Sé que todos los disfrutamos no solo por su particular sabor, sino porque entendemos el esfuerzo que hace por querernos atender y por mantener viva una tradición que mantenga a la familia unida. No sé si es que los años me han pasado factura, pero el olor a pólvora no es el mismo que era antes y la gente en la calle cada vez se ve menos feliz para estas épocas, quizá nos convendría celebrar la navidad cada tres meses para darle algo de fuerza. Lo siento, a veces soy estúpido con mis pensamientos, quizá se deba a que a hora es más fácil que me invada la nostalgia. La maldita nostalgia que no escucha razones, a la que le insisto en que las tradiciones no tienen nada de bueno y no le importa. Por eso me preocupo y estoy decidido a hacer en estas fechas de todo para que mis hijos la pasen bien, porque anhelo que ellos sientan por un momento lo que yo sentía en mi infancia, de la que más que todo recuerdo cosas buenas. Mamá ya no hace los tamales de arroz que solía hacer, está muy grande para eso y nadie le aprendió la receta, una gran pérdida, porque eran sensacionales. Nadie los probará de nuevo. Me devano los sesos tratando de inventar algo para que por lo menos mis hijos no se alejen de nosotros con mi esposa, creo entender que ese es el sentido de las tradiciones y me aterra la idea de que mis hijos puedan llegar a odiar esto que preparo con tanto gusto y placer para todos nosotros, como de malagradecido lo hice yo, hace solo algunos años.

FIN

 

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