Viaje del Escritor

Abrió los ojos y comprendió que tenía que despegarse de la comodidad de su cama, como todos los días, a la misma hora. Para él no era un día de asueto, no porque alguien o algo se lo exigiera, sino más bien porque era un día importante para su labor diaria, porque “cuando las personas están de descanso, regularmente están de mejor ánimo y por ende, más caritativas”, sostenía. Había dormido con la ropa de diario y considerando que el aspecto que daba era el adecuado, decidió conservarla para el resto del día y quizá para algunos más. Se dirigió a la mesa que tenía en la misma habitación, porque el lugar de residencia, era en extremo pequeño, pero a él le parecía más acogedor y más cómodo, porque “así no tenía que gastar energía en ir de un lugar a otro”, ya en ella, tomó lo que siempre tomaba de desayuno, que no era mucho, pero era el mejor tiempo de comida, por aquello de que es “la comida más importante del día”. Finalmente cuando terminó su ritual diario, se dirigió al lugar en que se le podía encontrar todos los días de siete de la mañana a seis de la tarde, porque “tampoco hay que abusar del horario laboral”. Antes de iniciar con su quehacer se dirigió a la fuente de siempre, donde pudo tomar un poco de agua y permitirse lavar la cabeza y algunas partes del cuerpo que hacia algunos días, no tocaban el vital líquido, porque en casa “no era indispensable tenerle”.

Cuando sintió que era suficiente, se fue a situar a la esquina del semáforo de siempre. Hoy no pasaría la señora del Toyota rojo, que siempre con buen modo le dejaba sus “tres pesos”, ni el señor del Mazda rojo que a pesar de que nunca le volteaba a ver, siempre le dejaba un par de quetzales al medio día, total pensaba “no se le puede caer bien a todos en el trabajo”. Hoy sería un día distinto, no habría tantos vehículos en las calles, el ruido no sería tanto y en general sería un día más apacible y beneficioso para la economía de casa.

A eso de las cinco de la tarde, se dio cuenta que ya no pasaban muchos por su esquina, así es que decidió abandonarla más temprano, aunque “nunca por irresponsabilidad”. Antes de partir se dio tiempo para revisar las ganancias del día y sumaban Q16.35, lo que significaba que ese día se podría dar el lujo de visitar a “su amigo” de las carretas que están frente a liceo, y como estaban por cerrar, chance y hasta le regalaban algo, si no, en esta ocasión, podría comprarlo. Al llegar su amigo lo recibió de bueno modo, total ya no había clientes a los cuales ahuyentara. No platicaron de nada, no tenían tema en común, así es que tomó las sobras que le obsequiaron y emprendió el camino de regreso a su cuchitril.

Sentado a la orilla del incomodo pedazo de mueble en el que dormía, meditaba en el esfuerzo que tendría que hacer al día siguiente por motivarse a seguir con esa vida en la que no pasaba nada, pero a la que se aferraba con todas sus fuerzas porque alguien le había convencido de que “nadie puede escapar a su destino”.

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El 20 de octubre de 2009, vi a una persona, a la cual no pude calcular su edad por el estado de abandono en que se encontraba, sentada en la fuente de la Plaza Israel, en zona 9.

FIN

En el grupo de LectoresChapines, se hizo la propuesta de practicar un ejercicio de escritura. La idea era que cada uno de los participantes escribiéramos de algo que viéramos, pasáramos o pensáramos el 20 de octubre. Hoy finalmente publique lo que escribí y decidí compartirlo acá también.

Si quieren ver otras historias, pueden dar clic acá.

Saludos

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