Juan Pérez

19 jul

PagandoJuan Pérez, uno de tantos que hay por ahí que no es alguno que conozcas, porque éste es ficticio, ha sido aficionado al fútbol desde que tiene memoria. De pequeño su padre lo llevaba al estadio en donde solía gritar de emoción con cada gol de su equipo y de desencanto cuando el mismo era en contra. La inseguridad en los estadios les hizo alejarse de los escenarios deportivos y ser de la porra que apoya desde la comodidad de la sala de su casa en donde tienen una pequeña tele de catorce pulgadas, aunque ambos sueñan con tener una de esas grandes de pantalla plana para apreciar mejor las jugadas, pero lo cierto es que la economía del hogar no da para tanto. Sus padres, con mucho esfuerzo y tras sobreponerse a un sinfín de vicisitudes, lograron pagar sus estudios y Juan, recientemente, logró graduarse de Bachiller en Ciencias y Letras.

Tras meses de estar buscando trabajo, logró conseguir uno que no tiene nada de rimbombante, aunque de deshonroso tampoco. Hace el turno de las mañanas en un pequeño supermercado que está lejos de tener el nivel, tamaño y cantidad de productos de aquellos de las grandes cadenas del país. Como es medio turno a Juan se le va casi todo lo que gana en sus alimentos para el almuerzo, sus cosas personales y una parte que entrega en casa, porque de esa forma fue educado y le parece correcto. Aún no decide si seguirá en la universidad, pero lo más probable es que con lo que gana, si no consigue otro trabajo, se inscriba en la que se dice gratis.

Pasó el tiempo y Juan se encuentra en una tienda de ropa deportiva. Hizo un esfuerzo por consumir poco del dinero que había decidido que era para él y fue juntando entre Q.100 y Q150 cada mes. Recién ahora tiene los Q.800 que necesita para comprar la camisola del equipo que apoya. Juan sabe que con ese dinero podría comprar otras cosas, podría darle un regalo a su mamá o podría guardarlos para cuando tenga alguna necesidad. Playera en mano está indeciso porque muchas veces le han hablado de lo terrible que es el consumismo y de cómo las empresas crean necesidades en el ser humano que en realidad no tienen, aunque se lo han explicado con otras palabras.

Nadie le ha dicho a Juan que las necesidades no se pueden crear, que lo que las empresas ofrecen son medios y modos de satisfacer esas necesidades y que él, si tiene los recursos, deberá de escoger la que mejor le parezca; tampoco ha aprendido a sentirse dueño del fruto de su trabajo, porque por esos Q.800 que juntó, quien hizo el esfuerzo fue él y no alguien más; no tiene claro que nadie tiene derecho de juzgar en lo que quiere invertir o gastar su dinero, ni que le será imposible quedar bien con todos los puntos de vista de los demás; y no ha logrado comprender que, dentro de la poca libertad con la que los seres humanos cuentan, no debe dejarse arrebatar la propia con culpas que no deberían ser tales.

Juan tiene derecho a tomar sus propias decisiones con su propio dinero, aunque le acusen de consumista; aunque algunos, faltos de buen gusto para hacer sus campañas, le digan que “le pela”; aunque cada persona que conozca le de una mejor idea de cómo utilizar su dinero.

Para el final de ésta historia Juan tiene un problema. No sabe si ponerse la playera que se compró o utilizarla como pieza de colección, quizá colgada en la pared de su habitación.

Saludos

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