Comunicar

2 may

Blog20120402Me puse a hurgar entre mis cosas, convencido de que tenía que encontrarlo y finalmente, refugiado en el fondo de una pila de libros de la universidad, folletos de cursos y cuadernos a medio llenar, estaba mi copia del seminario que hicimos en sexto perito. Siendo que en el instituto, por pequeño, no contábamos con anuario, hubiera sido buena idea solicitar, en el mismo, las firmas a mis catorce compañeros de clase, pero de ellos sólo están algunas fotos con pésima resolución, lo que seguro usamos como excusa para justificar lo mal que nos vemos, de doce de nosotros, con trajes de adultos que denotan lo impropio de la edad que teníamos para portarlos.

Al hojearlo vinieron a mi mente tantos momentos que vivimos mientras escribíamos el texto que ahora encuentro tan mal redactado y con tantas faltas de ortografía, que, dicho sea de paso, no entiendo cómo fue aprobado, o mas bien entiendo que nadie se preocupó más que porque aparentara ser un buen trabajo. Recordé las largas sesiones en el aula decidiendo qué incluir y por qué, aunque lo importante era que le gustara a quien nos daba el curso de seminario; las idas a las bibliotecas, en grupos, porque entonces no contábamos con Google, Wikipedia y de hecho, ni con internet; las caminatas por colonias como Kaminal-Juyú o Residenciales Roosevelt, en donde íbamos de casa en casa encuestando a los padres de familia que decidieran colaborar con los “patojos” que llegaban haciendo curiosas preguntas, eran otros tiempos, había quienes, incluso, nos invitaban a pasar a sus hogares y nos brindaban alguna bebida, quizá conmovidos por el trabajo que realizábamos o por el aspecto que teníamos luego de caminar por horas bajo el sol; el escándalo que se armaba cuando llegábamos a los colegios en donde cuestionábamos a los alumnos en su relación con sus padres, más por ser la “novedad” que porque en efecto fuésemos motivo suficiente para armar uno; las prácticas de la exposición en privado, la que hicimos frente a los alumnos del instituto y algunos invitados y la que finalmente hicimos en la Cámara de Industria, frente, más que todo, a familiares y amigos.

Para qué negarlo, aquel día iba nervioso desde que iba en el auto y hasta minutos antes de que llegara mi turno. Sí la memoria no me falla, fuimos cinco los que expusimos. Yo era el segundo en el orden. El nombre del seminario, absurdamente largo como la mayoría, fue: “Comunicación entre padres e hijos en la ciudad de Guatemala” y eso porque lo acortamos del original. Mi exposición iba del capítulo dos: Comunicación.

Dentro de mi texto del seminario aún conservo las fichas (hojas de papel bond cortadas a la mitad, con algunas notas hechas a máquina de escribir) que me sirvieron de soporte en la exposición. Lo primero que dice es: “Comunicación: Transmitir a otra persona ideas o conocimiento que uno tiene”. Luego me tocaba explicar que la misma es parte esencial o base de la sociedad y hablaba de las partes que forman a la misma, que en su composición más simple es: el emisor, el mensaje, el canal y el receptor. También expliqué algunos de las dificultades que existen a la hora de intentar comunicar algo y que interfieren con el buen término de la intención, por ejemplo: percepciones diferentes entre emisor y receptor, diferencia de conceptos que uno y otro manejen, el ruido, la emotividad que se tenga y la desconfianza, entre otros.

Hace unos días, o por lo menos hace sólo unos días lo vi, empezó a circular por la Internet una imagen con la leyenda: “Yo soy responsable de lo que hablo, no de lo que usted entiende”.

¿Qué sentido tiene comunicar o intentar comunicar algo, si no hace diferencia o no importa el mensaje que reciba el receptor? Imagino al presidente de cualquier país y a los encargados de sus discursos diciéndole “No se preocupe señor presidente, usted sólo es responsable de lo que diga, no de lo que le entiendan”. O qué tal el padre de familia que diría “Yo se lo dije a mi hijo, si no entendió lo que yo quise transmitirle es problema de él”. Una de las acepciones de transmitir, es trasladar. Se traslada el mensaje, no se tira y luego se queda esperando uno “a ver qué pasa”.

Tuve un profesor de matemática, en la universidad, que se encargaba de decir todo tal cual estaba en el libro, pero a quien se le notaba que no le importaba un comino si los alumnos aprendíamos o no. Lo que decía era correcto, pero no podría considerársele buen maestro, como no se le puede considerar un buen emisor a quien no le interesa el resultado de su acto, desentendiéndose del resultado.

El emisor es quien tiene un mensaje del cual es responsable y que considera importante transmitir, independientemente del motivo, también es quien selecciona el canal que utilizará para hacerlo, considerando, en una situación normal, que es el que mejor que puede utilizar para alcanzar su fin. ¿Qué sentido tiene todo el esfuerzo si no importa el receptor? Es como utilizar la respuesta de que “todo es relativo” cuando no hay más argumentos para defender un punto.

Comunicar es importante, y el grado de importancia está en función del valor del mensaje y el valor que tenga para el emisor, el receptor. La frase popular que menciono, no es más que una excusa para librar responsabilidad, porque aunque no exista la misma per se, pues no se puede estar en el lugar del receptor, debiese ser que la intención, al compartir algo, sea que llegue el mensaje que en efecto se desea.

En administración suele aconsejarse que luego de dar una instrucción (comunicarla), se pregunte al receptor lo que entendió, para verificar que el mensaje llegó de forma clara. Muchos malentendidos, errores y situaciones incómodas no se daría si la comunicación fuese correcta.

Aquellas ochenta y cinco páginas del trabajo de todo un ciclo escolar, terminan concluyendo, entre otras cosas, que la comunicación entre padres e hijos tiene fallas que pueden tener consecuencias nada agradables, pero que hay forma de solventarlas. A mi me parece que esa frase que libera de responsabilidad al comunicar puede aplicarse perfectamente al texto del seminario: lo hicimos sin importarnos si alguien lo leería y sabiendo que si alguien lo hacía, no le aportaría nada bueno, novedoso o valioso… nos daba lo mismo.

Y yo que pensé que nunca le encontraría otro uso a ese texto, más que la nostalgia del recuerdo de una buena época… me equivoqué.

Saludos

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Una respuesta to “Comunicar”

  1. Chicachi 29 mayo 2012 at 09:33 #

    Siempre he visto que busca la originalidad, darle ese valor plus a las cosas, a lo que realizas dia a dia… que la gente te distinga por tu forma de ser, de hablar, de actuar y de compartir estas realidades que escribes…SER UNICO.. es reflejo de que vives a tu manera y disfrutas lo que haces sin duda alguna eres innovador y creativo, FELICITACIONES!!!

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