La otra historia del águila y las gallinas

27 abr

CieloAquella historia ocurrió más o menos por el mismo tiempo, pero un poco más al norte de donde la primera, que fue la que se hizo famosa. En ésta también pasó que un granjero se encontró un nido de águilas entre las piedras y se supuso que, igual que en la primera, porque no hay evidencia de ello, también había llegado ahí por culpa del infortunio y el viento, pero en ésta ocasión y para empezar a hacer diferencia, solo había un aguilucho dentro. Destino o suerte dicen unos, casualidad le llaman otros y cuestión de probabilidades los menos, pero lo cierto es que estaba vivo. El granjero no tuvo opción y, como será obvio de deducir para el lector, lo tomó en sus manos y lo llevó a su granja para cuidarle y curarle, aunque mayor cosa no tenía.

Unos días después, cuando lo consideró apropiado, lo puso en el corral junto a las gallinas y hasta acá el argumento se iba desarrollando, con muy pocas variables, respecto a la otra historia, pero donde dejan de ser similares es que acá el naturista que se asombró de ver un águila mayor conviviendo con las gallinas y que luego haría que volara tirándola de un acantilado, no apareció. Esto deja la nueva historia sin la famosa moraleja, no hay aprendizaje ni sorpresa. Tampoco brinda la oportunidad de juzgar el exceso de fe y la imprudencia del hombre éste que, sin saber si el águila lo lograría, porque los intentos anteriores desde alturas más bajas fueron un fracaso, decide, no arriesgarse él, sino la vida del pobre animal que por nada deja de existir, lo que hubiera hecho que el infame sólo llegase a perder un poco de dinero.

No obstante, aunque parezca que sin ese acontecimiento ésta historia se va al garete, sí pasó algo en ella que vale la pena contar. Mientras crecían juntos, los polluelos y el aguilucho, jugaban, compartían, convivían y conversaban. Hablaban mucho de lo inútil que era contar con alas y no poderlas usar. Pensaban que, sin duda, alguien se había equivocado al diseñarlas. Cuando alguna lograba divisar a un ave de las que sí vuelan, avisaba a las otras para que corrieran a esconderse desde un punto en donde pudieran, avergonzadas, contemplarla en conjunto, envidiando la proeza, el placer y la libertad que aquella que se balanceaba por las alturas, sin duda experimentaba. Los días pasaban así, resignados a ser felices con lo poco que tenían.

Una tarde el granjero, a quien poco veían, llegó con un mueble a cuestas: un viejo ropero que dejaba en desuso y al que pensaba regalar al primero que lo quisiera pero que dejaría abandonado en el corral, por mientras. Carentes de entretenimiento y saturados de monotonía, cuando les fue posible, todos se acercaron a verle. Primero se extrañaron y luego se divirtieron con las imágenes que, de ellos mismos, proyectaba el espejo que estaba al medio de la armazón de madera.

Llegó el turno del protagonista de la historia de verse frente al espejo y nada pudieron hacer los pocos sabios de aquella pequeña sociedad que quisieron evitarlo. Su sorpresa fue amarga. Se contempló distinto a todo lo que conocía y de cómo se percibía. Si bien se sabía de dimensiones distintas, se consideraba más algo con lo que la naturaleza había jugado, más que alguien de otra especie. “Soy distinto”, pensó. “No pertenezco a éste lugar”, concluyó. “No soy un adefesio… ¿Por qué nunca me lo dijeron?” Se cuestionó, sin atreverse a realizar la pregunta a nadie.

Todos guardaron silencio mientras él, sin prisa, se alejó hacia una de las esquinas, la más distante del corral. Contempló sus alas y sus patas. No podía borrar de su mente la imagen imponente que vio en el espejo. Inconsolable lloró.

“Maldita sea mi suerte, como lo sea también el lugar y el tiempo de cuanto me ha acontecido; que no fue natura quien me negó la posibilidad y el deleite de alcanzar aquello que más añoro, sino fueron las circunstancias quienes se ensañaron contra mí, poniéndome en ésta situación en donde aquello que anhelo, el placer que deseo y la vida que ahora solo puedo soñar, no podré alcanzar. Me arrebataron lo que pudo ser mío.”

Aquellas fueron las últimas palabras que pronunció, a gritos, aún con lágrimas en los ojos. Después de eso se apartó de todos para siempre, y dedicó su vida a dejar que los días pasaran.

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