Haitiritismo

29 oct

HatersEl balón seguía rodando hasta que era prácticamente imposible verlo, cuando la noche había descendido y nadie quería ponerse de guardameta —un pelotazo en la nariz no es algo que se antoje a cualquiera—. Para entonces la mayoría se había marchado a sus hogares. Yo formaba parte del grupo que se quedaba de último, para comentar una que otra jugada y hacer los elogios y reclamos pertinentes. Al llegar a casa existía la posibilidad de que me mandaran a lavar la ropa que había usado, principalmente si había llovido. Aunque protestaba la “injusticia”, sabía que era un precio que estaría dispuesto a pagar por volver a correr por la cancha, hacer una asistencia o marcar un gol. El fútbol era una parte muy importante en mi vida.

De pronto el mes de Post Temporada de la MLB arribaba. La fiebre empezaba con la disputa de los Wild Card. Para cuando llegaba la disputa de las series divisionales ya el virus de la moda se había esparcido a cada rincón de nuestra colonia y colonias vecinas. Ya nadie pensaba en un balón de fútbol. Todos sacaban sus implementos, que habían pasado guardados por meses, para dedicar las tardes a jugar longevos partidos de baseball. Mis opciones no eran muchas: o me quedaba en casa o salía a jugar, como todos, el deporte del momento.

Aquellas tardes era fácil ubicarme en el terreno despoblado de la colonia, a un costado de la piedra que hacía de almohadilla de la primera base, que usualmente era la que me tocaba cuidar, portando un guante prestado en mi mano izquierda.

* * * * *

Inicialmente pensé usar la palabra “haiterismo” pero al googlearla encontré todo un tema que tiene que ver con Haití, así que, descartada, googleé “haiteritismo” y de esa no apareció nada y concluí que sería un término adecuado, por si alguien decide utlizarlo. A la sazón, sería la forma de denominar a los, cada vez más abundantes, participantes de esta tendencia de convertirse en un“hater”: estas personas que parecen odiar todo y estar en contra de todo, principalmente de aquello que esté de moda. Pero el término no se limita a ser una simple traducción del inglés, un hater no solo se dedica a odiar, mas bien se dedica a emitir su opinión tratando de molestar y hacerse notar, mostrándose hostil y cínico. Creería, a falta de una fuente seria que pueda describir el comportamiento, que ellos disfrutan el ser odiados y criticados. Y que su grado de satisfacción e idea de que están en lo correcto está directamente relacionada con la cantidad de críticas que puedan recibir. Lo digo de otra forma: estos individuos se creen que están en una postura que los pone como seres superiores, en inteligencia, al resto de los mortales.

Es interesante cómo se ciegan. No son capaces de ver, por ejemplo, que el ir en contra y criticar algo es lo más fácil que se puede hacer —después de todo, nada es perfecto en sí mismo y todo tiene sus puntos débiles o en contra—. Tampoco ven que criticarlo todo se ha vuelto una moda —con cada nuevo tema se deja venir el enorme pelotón de criticones de las cosas, a hacerse escuchar—, y que al ser moda deberían de estar en contra de participar en ello, también. Pareciera, desde su punto de vista, que ningún movimiento, propuesta, idea, acto, planteamiento, evento, gusto, etc. Es digno de ser tomado en cuenta, para luego caer en la contradicción, porque también son humanos, tienen gustos y eventualmente se decantan por alguna opción argumentando a su favor para sacar ese interés particular, del grupo de “lo del resto”. Les es muy fácil equivocarse criticando a las personas en lugar de a las ideas —El ad hominem está de moda—. Y es muy probable que tras una crítica, uno se haya ganado un “enemigo” eterno.

Estaremos de acuerdo, las mayorías no son garantía y usualmente escogen mal, pero, primero: ¿Cuánto es una mayoría cuando no se tienen todos los datos? Segundo: el que un grupo considerable de personas tenga cierto gusto no debiese descartar nada bajo ese único argumento, acaso sí, poner en alerta. Es válido, y debiese ser necesario, que uno por sí mismo analice, deduzca y concluya. Si la moda queda bien con uno, no hay que desecharla solo porque la mayoría la adoptó. A modo de ejemplo, no hay que dejar de tener el celular que uno quiere porque la mayoría tiene ese, ni hay que renunciar a tener celular porque casi todos tienen. Es tan válido el modelo que se escoja como el que se deseche, si con eso uno está cómodo, y es tan válido decidir adquirir o no un aparato, pero por motivos personales. Y no pretender que ese motivo debe ser adoptado por todos. Si gusta, sirve (por utilidad, diversión o gusto), se puede tener o hacer, y no se hace daño a nadie (en el sentido de violentar sus derechos) ¿vale la pena renunciar a algo solo por estar en contra? o en un peor escenario ¿por la opinión de alguien que solo se dedica a estar en contra?

Incluso un argumento que parezca bien planteado puede estar fundamentado sobre falsedades o sobre bases débiles. Dejarse guiar por los “listos” que escapan del montón no es una buena idea —a la mayoría de ellos los dirige sus emociones, frustraciones e impulsos—, así no se entienda nada de fútbol, no se le encuentre el gusto a la moda de correr, parezca que la idea política roza lo ridículo, el evento no parezca ofrecer material de calidad, o X persona caiga realmente mal.

En cambio tener criterio propio generado a partir de la razón y no de comentarios o frases “inteligentes”, es una genialidad que está al alcance de la mayoría —una pena que no sea al alcance de todos—.

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Cuando daba la noche y regresaba a casa, tras el encuentro de baseball, era muy probable que tuviera que ir directo a la pila del patio de atrás, a lavar mi ropa. Después de todo había que barrerse en las bases, tirarse para no dejar ir un roletazo o perseguir un fly, cuando el batazo iba de foul. Menos mal que en mi colonia el haitiritismo era desconocido y no existieron haters que me convencieran de renunciar a aquella diversión, solo porque era lo que estaba de moda por esas semanas.

Saludos

Sobre Ateísmo, para ateos

23 sep

PensandoSin duda alguna el nombre de la conferencia despertó mi curiosidad, y logré juntar más de ella, cuando vi la profesión del conferencista: filósofo. Alain de Botton nombró su conferencia “Atheism 2.0”, un título atractivo e intrigante. Expone al respecto que los ateos deberíamos copiar ciertas cosas buenas de las religiones, emular comportamientos y tácticas que, eventualmente, culminarían haciendo de éste un mejor mundo. Habla de la fuente de la moralidad, entre otras cosas, que puede estar en la cultura o en la religión. Menciona la importancia de un sermón que adoctrina y dirige la opinión; de lo importante que es, no solo recibir una lección, sino recibir la misma lección constantemente hasta que éstas, parafraseando, creen un patrón en nuestro cerebro que le haga actuar de determinada forma, de manera natural; habla de la importancia de las tradiciones y fechas, poniendo como ejemplo la celebración de la navidad. Al final su presentación fue toda una decepción para mí.

El tema con el ateísmo es que es un concepto muy simple y sencillo de entender: es no creer que existe dios. Si tal concepto se quiere ampliar diría que es no creer que existe ni dios, ni dioses, ni ninguna clase de deidad, que gobierna el universo y dirige nuestras vidas. Cualquier otra cosa que se quiera agregar alrededor de tal concepto, no es ateísmo.

En lo personal siento la idea como un intento de condescendencia. Si el ateísmo tuviese que “evolucionar” a comportamientos de religión solo puede significar dos cosas: que la religión es lo más grande que el ser humano ha alcanzado —lo cual sería triste— o que nos rendimos a tales estrategias contra las cuales nos es imposible actuar.

La moralidad no tiene su origen ni su base en la cultura ni en la religión. La base fundamental del comportamiento del ser humano y de las sociedades nace de la razón. Nadie necesita de la religión para comprender que llevarse los Post-It de la oficina es un robo y tampoco es necesaria la cultura para determinar que apalear hasta la muerte a un niño es malo. La moralidad, la capacidad de diferenciar entre el bien y el mal, tienen su origen en la razón.

Raúl de la Horra escribe un artículo titulado: “Sobre religión y otras historias vecinas”. Un artículo de los que se me antojan complicados porque voy de estar totalmente de acuerdo con él en algunas afirmaciones al lado totalmente opuesto, cuando realiza ciertos juicios. Lo que quiero destacar de ese texto es la parte en la que se queja de lo que él llama: “Totalitarismo religioso”.

Cito:

Y es que ya no puede uno dar un paso en nuestras ciudades y pueblos sin que se escuchen a todo volumen los cánticos y prédicas religiosas en los templos, en las calles, en los parques y en los barrios residenciales. Igual sucede en el transporte público o en los taxis, en las ondas de radio y de televisión, y hasta en las redes sociales. También en los discursos presidenciales, en las inauguraciones de las carreteras, en los artículos y en los comentarios de los periodistas, el nombre de dios se nos aparece hasta en la sopa. Todos los espacios, como en la mejor época de la revolución cultural de la China de Mao, absolutamente todos, están impregnados de propaganda y de alusiones al dios cristiano. Ni siquiera puede uno saludarse o despedirse en la conversación cotidiana sin que el interlocutor evoque algo relacionado con las bendiciones divinas, y sin que los vidrios de los carros, o los adornos de las camionetas, o los anuncios en las carreteras, o las paredes de las casas, o hasta las puertas de los baños públicos, estén exentas de alguna frase o imagen vinculada al santo poder de Jesucristo. Si esto no es una forma de totalitarismo religioso, no sé cómo se lo pueda llamar.

Llama la atención que haga una queja sobre el dios cristiano, lo que podría confundir y dar por sentado que aceptaría la propaganda de cualquier otro dios. Pero más allá de eso cito las líneas de un párrafo anterior en su texto para completar la idea:

Lo que me parece inadmisible e inmoral, es que se haya permitido a todas estas iglesias desplegar su propaganda sin restricción alguna, y que el resto de ciudadanos estemos como quien dice obligados a tragarnos semejante martilleo a lo largo de los días y de los años como si fuera una actividad sana y normal.

¿Cuál es la propuesta? ¿Restringir? ¿Coartar la libertad? No conozco un solo ateo que sea “tocado” o movido a reacción por ver un rótulo en la calle, asegurando que Cristo le ama. No hay nadie, que encontrando el dulce sabor al uso de la razón renuncie a ella porque alguien menciona la tan usada frase: “Primero Dios”. Pero más allá de la molestia que alguien pueda sentir por escuchar o ver constantemente al respecto de las creencias de muchos, no es dirigiendo a un mismo sentir, ni acorralando el actuar de las personas como se lograría que un país encaminara hacia una vida más libre y sana —habría que desarrollar el tema del daño que las religiones causan al individuo y a la sociedad, aunque ellas se pretendan en una buena vida, pero ese es un tema distinto y extenso.

La moralidad surge de la razón y la razón necesita como aliado a la libertad. La razón llega a conclusiones acertadas cuando tiene información. Y, aunque es una obviedad, tengo que decir que para que la información sea transmitida tiene que existir libertad.

Agradecería si alguien me puede explicar cómo se puede invitar a alguien a tener una vida libre de dogmas, de creencias sin evidencia, de culpas injustificadas, si lo primero que viera de parte de los no creyentes es que pretenden que la libertad del creyente sea limitada. Un poco de empatía aquí: antes de que sea por una conclusión lógica alcanzada por el razonamiento, ¿de qué forma podría concebir un creyente que el ateísmo no es más que otra doctrina, si los que estamos de éste lado procuramos arrebatarles su filosofía de vida porque “nosotros somos los dueños de la verdad”?

Comenta de la Horra que las circunstancias lo movieron del agnosticismo hacia el ateísmo —algo que me es inconcebible pues es la razón y no la circunstancia lo que debería de mover a alguien en tan trascendental postura— y que en algún momento, la cantidad de bombardeos religiosos (de nuevo estoy parafraseando) le hicieron hacer públicas sus posturas. Existe entonces contradicción, pues si fuera limitado el expresar público de un creyente, debería serlo también el expresar de un ateo. Agrega que consideró un deber de conciencia poner sobre la mesa sus consideraciones para que en ellas pueda meditar la sociedad, pero no aclara de dónde saca que un creyente no debiera sentir el mismo deber de conciencia y quizá un deber más grande aún, puesto que ellos sí creen en una vida eterna que depende de la presente.

No me malentiendan. Soy ateo y me siento cómodo y satisfecho siéndolo. Me alegra saber que existen ateos que no “regalan” su vida a creencias sin fundamento. Creo que mientras más personas abran los ojos éste será un mundo mejor y que por el contrario las religiones detienen el avance de la humanidad. Estoy convencido que las religiones son un error y que dentro de ellas abundan los aprovechados y vividores, que hacen su vida a base del sufrimiento y miedo ajeno. Pero con todo, y por mucho, estoy convencido que no es limitando, cerrando, coartando y mucho menos amedrentando a la gente, como podremos tener diálogos y aprender a vivir con distintos puntos de vista, como bien menciona, y aduce que es su intención, al final de su artículo, de la Horra.

Mi anhelo es que me dejen ser libre y, por ende, anhelo la libertad de todos, siempre que la tal no transgreda derechos y libertades elementales de terceros.

Cierro comentando sobre la conferencia de Alain de Botton: él menciona que podríamos copiar de las religiones algo tan sencillo como el celebrar la navidad. Creo que se confunde al dar a entender que el ateísmo está regido por ciertas normas, leyes o mandamientos. Lo cierto es que los tales no existen. Ser ateo es ser libre de doctrinas y como tal uno puede decidir hacer meditación por las noches, celebrar la navidad adornando un árbol o procurar no derramar sal. Uno puede ir de lo tradicional a lo absurdo sin miedo alguno, después de todo nuestra libertad no está restringida por algún ridículo reglamento impuesto por el gobierno, los seres que condenarían tal actuar no son sino otros seres humanos, y el ser que habría de condenar por toda una eternidad no existe.

Saludos

Los libertarios deben dejar de arruinar el libertarianismo

18 ago

No son pocas las veces que me ha movido a risa y han sido varias las veces que los argumentos utilizados por Bill Maher, me han dado material para meditar. De él he visto trabajos como la película “Religulous” —un interesante documental que hace recorrido por varias religiones/creencia, planteando cuestionamientos a distintos líderes de las mismas—, varios shows de comedia, y su programa “Real Time With Bill Maher”, del cual disfruto, en especial, su sección “New Rules” que hace broma y/o crítica sobre cualquier tema. Regularmente no es más que un chiste de unos segundos, pero en ocasiones selecciona uno de ellos para desarrollar el asunto de forma un poco más extensa y meticulosa. No tengo empacho en decir que me gusta el trabajo de Maher, no obstante que muchos lo insultan y toman por un pelmazo (utilizan otras muchas palabras que no vienen al caso) o que en ocasiones no esté de acuerdo con las cosas que plantea.

Hace algún tiempo, en su sección sacó una “New Rule”: que dice: “Libertarians have to stop ruining libertarianism” (Los libertarios deben dejar de arruinar el libertarianismo”. Divertido como suele ser, Maher se manda una sarta de absurdos que dan risa pero que carecen de fondo. De entrada, cualquier intento de trabajo serio en donde se confunda objetivismo con libertarianismo, deja mucho que desear. Colocar la fotografía de un libertario haciendo pesas no es un argumento válido. Pretender que los libertarios están en contra de la colocación de un semáforo porque: “Cómo se atreve el gobierno a decirme cuándo puedo y cuándo no puedo cruzar”, es tan risible, como la insípida sonrisa que emana de uno tras escuchar por primera vez aquello de “por qué cruzó el camino la gallina” —si alguien se pasa horas riendo de ello, lo del semáforo seguro da para horas también.

La imagen que acá comparto (que de nueva tiene poco) la conocí de forma diferente. A la izquierda en lugar de igualdad decía justicia, y a la derecha en lugar de justicia decía privilegios.

IgualdadJusticia

Leí un argumento que decía que los libertarios siempre utilizan el Libre Mercado como solución para todo, pero que el mismo no es suficiente, porque los recursos no alcanzarían para garantizar a todos la vida de un estadounidense promedio. No entraré en detalle de números, ni en el sinsentido que existe en pensar que todos los seres humanos debemos o siquiera anhelamos el mismo tipo de vida para todos —una de las principales características de nuestra raza es precisamente el hecho de que somos distintos—. Mas bien quiero hacer hincapié en lo que el Libre Mercado ofrece, y esto es: un sistema más justo.

Vamos a suponer que eres un programador, pero no un programador cualquiera, eres de lo mejor que existe. Sales al mercado a trabajar y competir y te encuentras con que el sistema de precios no te parece justo. Tu querías cobrar por determinado trabajo US$3000 porque sabes lo que ese trabajo es, sabes cómo hacerlo, el tiempo que te llevará y la complejidad de todo cuanto aprendiste para entregar un resultado de calidad. Aparte de eso estarías conforme con que te pagaran ese dinero por el tiempo que invertirás en realizar el programa y crees que es el precio necesario para que con ese y otros trabajos puedas sostenerte a ti y a tu familia (en el ejemplo asumimos que la tienes). Pero fuera hay gente cobrando US$1500 y, ¡horror!, hay otros que solo cobran US$400 por el mismo trabajo. Pensarás que es injusto, que eso arruina el negocio, que no hay quién se pueda mantener con esos costos. Pero resulta que hay alguien que sí puede, ya sea gente que sacrifica horas de recreo por trabajar, gente que se organizó de distinta forma o personas que invierten mucho capital, para tener mucha gente, lo que les da para realizar muchos trabajos y con ello, cubrir los costos de operación y sacar ganancia. Quizá pienses que no es lo mismo, porque tu conoces la calidad y el cuidado que pones al trabajo que realizas. Clamas injusticia y pides al gobierno que intervenga.

Papá gobierno te escucha y cree en ti. Dispone entonces que el precio de ese trabajo no va a ser de US$400 ni de US$3000, hace un estudio y determina que se deben pagar US$2000 y que nadie puede cobrar ni más ni menos de eso.

Es muy probable que los trabajos de US$400 no tuvieran la calidad de lo que tu entregas, pero el gobierno ha decidido darle un cajón de madera a peores trabajadores que tu, para alcanzar la mal llamada justicia. Dirás que no hay problema, porque tu trabajo es mejor y el cliente se dará cuenta, por tanto tu negocio marchará bien.

Tenías razón, a ti te va bien y al resto no tanto. Qué injusticia, clamarán varios. Ha de ser que él (tu) tuvo más oportunidad de prepararse, le facilitaron fondos o tiene conectes. Pocos hablan de lo bueno de tu trabajo. El Gobierno escucha y acepta que tiene que haber justicia. Ahora no regula los precios, ahora interviene la producción. Serán ellos quienes asignarán los trabajos a los distintos programadores que se registren. Así todos trabajaran lo mismo y ganaran lo mismo. No importa que el trabajo no sea de la misma calidad, ni el esfuerzo invertido sea igual. Ellos siguen buscando esa mal llamada justicia. (No, ahora no hablaremos de la cantidad de “favores” que los trabajadores públicos pueden realizar para hacerse de más ingresos, eso es mercantilismo y se da independientemente del sistema.)

En efecto, el gobierno ha dado más cajones a esos “pobres” que eran menos favorecidos que tú. Ahora todos, según ellos, pueden ver el partido de Base Ball. Pero no es cierto, tu esfuerzo extra de nada te vale, serás un programador más con pocas aspiraciones de hacer crecer a tu empresa como premio a tu entrega y dedicación.

El Libre Mercado es más justo porque no es alguien (gobierno) quien decide cómo han de ser las cosas, es el mercado mismo. Quizá había alguien dispuesto a pagar los US$3000, o quizá algo menos. Quizá pudiste reorganizar tu negocio para bajar costos o añadir algún tipo de servicio a tu producto para ganar mercado. Las empresas quieren buenas cosas (la mayoría) no trabajos mediocres.

La verdadera justicia es no dar ventajas a unos sobre otros; es garantizar que todos tengan la misma oportunidad de crecimiento; es no intervenir ni en la forma de actuar, ni en el premio que has de alcanzar. En el peor de los escenarios, quizá no te convenía ser programador, pero el Libre Mercado te brinda la oportunidad de competir en muchas otras áreas, quién sabe, después de todo se trata de satisfacer necesidades de las personas y esos satisfactores son muchos.

El Libre Mercado no está pensado para desaparecer la pobreza, su objetivo es premiar el esfuerzo y garantizar que todos puedan moverse del lugar en donde están, porque, no te engañes, existe gente conformista que no tratará de hacer su propio cajón o de acumular piedras para poder ver, se quedan esperando y, peor aún, exigiendo cajones.

Luego vienen varias consecuencias, como el hecho de que al hacer empresas y hacerlas rentables, éstas darán más empleo, mejorando las oportunidades de crecimiento y eventual independencia de los trabajadores, etc. Pero ese tema, aunque lo he tratado, lo dejo para otro momento.

Es bueno no dejarse influenciar o guiarse por la emotividad. Claro que si todos pueden ver el partido de Base Ball pues, qué alegre, después de todo a quién le hace daño que todos vean. Pero el mercado no se trata de ver, sino de aprovechar las oportunidades, porque un negocio hecho contigo, es un negocio que no se hace con otro… las oportunidades son (deberían de ser) para quien las aprovecha. También hay que tener en cuenta que las personas nos equivocamos.

En ocasiones podemos cometer errores, decir alguna incoherencia o representar mal una idea, eso no hace inválido al concepto per se o a alguna idea que se tenga. No hay que cometer el error de Maher de generalizar, o el de desacreditar un concepto por la persona, y mucho menos el de confundir o no entender conceptos.

Saludos

PS. El Ejemplo citado puede tener infinidad de aristas, pero el principio es el mismo: el control limita el campo de acción, la libertad de competir premia el esfuerzo y la creatividad.

Desde el costado y a escondidas

23 jul

Huehue2Alguna vez comenté a un amigo sobre la firme convicción que sostenía, de que la mitad de los crímenes podrían evitarse si no existieran los callejones ni las calles estrechas. Él, por su parte, comentó que la otra mitad de ellos se evitaría si fueran eliminadas todas las armas y, divertidos, concluimos que habíamos encontrado el secreto para evitar la violencia —que alegre suele ser, a veces, jugar a la ingenuidad—. Lo cierto es que, aunque entiendo la intención de sacar el máximo provecho a una inversión hecha sobre grandes terrenos, las calles estrechas me siguen pareciendo, hoy día, un pésimo invento. Son, por alguna razón, el escenario perfecto para delinquir y abusar. Quizá tiene que ver con lo poco transitados que son: a menos testigos mayor valentía.

***

Parqueo el auto frente a una de las entradas a aquella maraña de callejones y calles estrechas en una colonia de la zona 18, a la que todos reconocen por su fama de insegura. Cada vez que estoy acá me es imposible no recordar una noche que, saliendo de ahí sin compañía, tuve la nada placentera experiencia de ser interrogado y registrado por cuatro policías que recorrían la zona a pie. Dos de ellos no tuvieron reparo en apuntarme con sus armas en posición de “un movimiento en falso y estás muerto”, porque cometí el error de decirle a quien me pidió mis papeles, que no había entendido lo que me dijo. “¡Qué me des tus papeles te dije!” Insistió, a tiempo que me tomaba del brazo para voltearme y pegarme a una pared y registrar a la potencial amenaza que tenía asida. Por dentro quise reír por imaginarme como una amenaza para aquellos cuatro, pero no pude, el susto de estar a la distancia del movimiento de un dedo índice de la muerte, me lo impidió. Quizá exagero; quizá eran profesionales en el uso de armas; quizá era algo natural para ellos; o quizá estaban asustados como yo. En aquel momento ninguna de esas ideas vino a mi mente. A raíz de aquel incidente comencé a hacer la broma de que en aquel lugar había que cuidarse de los buenos y de los malos, sin imaginar que años más tarde aquel comentario sería común de escuchar por todo el país, pero carente de una pizca de gracia. Quizá siempre se djo, pero yo, al menos, no lo esperaba.

De vuelta al auto, que ya he parqueado, ha sido un día sin más que destacar que la diversión y gratos momentos que he pasado con los amigos de la universidad. Hemos ido al boliche y, como casi siempre, a comer a un Food Court. Cargo de regreso con varias anécdotas, muchas de las cuales el tiempo se encarga de borrar, no por malas o carentes de valor, sino porque somos dados a olvidar los buenos detalles de la cotidianidad. Aunque no era tarde, decidimos dar por terminado el paseo. Quienes tenemos auto nos dimos a la tarea de la distribución del resto. A mí me tocó llevar a un par de amigas a sus hogares. La segunda de ellas vive en estas calles, de las que me es imposible percibir tantita cordialidad, por eso estoy acá. Decidimos que como era temprano podíamos seguir charlando en su casa y esperar la cena. Caminamos por las pocas y pequeñas cuadras que hay hasta llegar a su vivienda y entramos a conversar y a escuchar música, mientras la comida está lista —estoy entusiasmado porque los platos caseros que acá se sirven dejan agradecido a cualquier paladar.

Estamos sentados en el sofá, platicando y escuchando la radio, cuando nos pone en alerta el ruido de gente que pasa corriendo frente a la casa. No los he visto, pero por el ruido deduzco que han de ser entre seis y diez personas. Mi amiga, como reacción, pregunta por su hermano menor a quien no hemos saludado: no está en casa. Algo pasa en este instante, es como si alguien hubiera presionado el botón de una alarma silenciosa, o al menos inaudible para mí. Me pongo de pie, más por instinto que porque sepa lo que tengo que hacer —de hecho no sé si existe algo que pueda hacer—. La madre de mi amiga abre la puerta del frente, no sé si para llamar a su hijo quien, si no me fallan los cálculos, anda entre los diez y doce años de edad, o para ver de qué se trata el alboroto que se forma afuera.

Alguien lo ha dicho pero no logro identificar de dónde viene la voz. Quizá ha sido la mamá de mi amiga, mi amiga misma, alguien que se encontraba en las habitaciones o alguien que pasa por la calle. Me encuentro desorientado. Tal vez fue la señora que se ha acercado a hablarles, quien ha elevado la voz en un exabrupto natural. Yo estoy de pie a unos seis metros de la puerta de entrada, en la sala de estar, y solo alcancé a escuchar que eran los de la guerrilla, que venían a “reclutar”.

Hasta ahora he vivido la guerra en Guatemala —como muchos otros de mi generación y dependiendo de la zona geográfica en que uno se desenvuelve— desde las pocas noticias que se comentan en casa. Siempre es algo que acontece “en otro lugar”. Se escuchan historias de cabezas que han sido desprendidas de los cuerpos sin ninguna otra intención más que dejarlas sobre estacas que se colocan como advertencia; se cuenta de secuestros por parte de uno de los bandos como estrategia para poner presión al otro; se escucha de emboscadas en donde se masacran a los que caen en la trampa; e incluso de la utilización de niños que son mandados tipo Kamikaces para hacer explotar al enemigo. Todo aquello llega a mis oídos como rumores, historias trágicas que nadie dentro de mi familia puede asegurar, aunque se de quienes sí se animan, sin más evidencia que la escucha de otros rumores, y lo hacen desde la comodidad de dar una opinión sentado a la mesa frente a un suculento almuerzo. La guerra no es más que aquel cúmulo de tristes y desgarradoras historias que no me tocarán vivir a mí.

***

Años atrás, un sábado cualquiera y muy temprano, mi papá amaneció con el deseo de que saliéramos de día de campo y dio las instrucciones necesarias para que todos nos montáramos en la aventura. Aquello significaba tomar algo de comida y bebida, una pelota, un barrilete o un frisbee e ir a pasar el tiempo tendidos sobre la grama verde de un terreno cualquiera. La Avenida las Américas y la Calzada Roosevelt, a la altura del periférico, da cuenta de tales actividades.

Pasamos a abastecernos al mercado de la Carabanchel: carnitas, chicharrones, guacamol, chojín, tortillas y bebidas de frutas, harían el menú de la ocasión. Mientras se hacían las compra nos han obsequiado, a mi hermano y a mí, un licuado de banano con leche, que agradecemos con el frenesí propio de la edad. Luego encaminamos por carretera hacia Huehuetenango —creo que en algún momento mi padre pensó llegar hasta allá—. Vio la hora y, quizá cansado, se fijó en los terrenos verdes a los lados de la carretera. Decidió que eran buenos lugares para pasarla bien y que no valía la pena continuar manejando. Bajamos del auto, tendimos el mantel y comimos hasta saciarnos, para luego jugar al fútbol —sobre todo mi papá y yo que era a quienes más nos gustaba—. Tras varios minutos, ensimismado y distraído con el juego escuché que mi padre, ya serio, me dijo que me acercara a él. Como no le entendí, me lo gritó: “Vení para acá te estoy diciendo”. Obedecí en el acto —a una orden de mi padre no se le resistía.

Cuando corrí hacia mi padre, quien jugaba casi junto al auto, alcancé a verlos de reojo. En ese momento divisé a dos, pero en total eran cuatro. Corrían uno detrás del otro como a diez o quince metros de distancia entre cada uno, para pasar justo a la espalda de donde yo atajaba los penales que mi papá me disparaba. Venían desde el terreno que estaba al otro lado de la carretera y se dirigían hacia nosotros. Portaban escopetas o ametralladoras —era capaz de notar la diferencia pero no quería quedármeles viendo—. En algún momento me giré y mi padre me abrazó por la espalda de tal que pudimos verles pasar, sospecho que con aquella posición pretendía que no llamáramos su atención. Llevaban cascos —a excepción del último quien solo llevaba gorra— que estaban lejos de lucir por estética y limpieza; camisas de botones, abiertas hasta medio pecho cargadas de una mezcla de sudor seco y mojado, manchadas de tierra; los pantalones de un gris oscuro que a todas luces se notaba que no era su color original, flojos y amarrados a la cintura para que no se cayesen, algunas cantimploras… y balas.

Portaban carrilleras, dos, o una, pero todos llevaban. No sé si funcionales, pero intimidantes sí que eran. El primero pasó de largo, buscaban el barranco a nuestro costado. El segundo en cambio volteó a ver, quizá no fue a mí, pero yo así lo sentí. Sostuve la mirada por no saber qué otra cosa hacer. Imaginé que alguien con armamento en cualquier momento puede reaccionar. ¿Qué lo impediría en aquel lugar perdido en la soledad dejada atrás por uno y otro auto que pasaba cada tantos minutos? Volvió la vista al frente y siguió su camino. No pude respirar tranquilo, tocaba enfrentar al tercero.

Desconozco la reacción de mi mamá y de mi hermano —éste último creo que se había puesto detrás de mi padre—. El tercero pasó trotando más aprisa, cuando estuvo frente a nosotros volteó hacia el cuarto y le hizo señas: que se apurara. El último se veía el menos contento de los tres, nos vio a todos como esperando alguna reacción que nunca llegó. Se veía cansado y arrastraba los pies. Fue quien más sostuvo la mirada, fue quien más movimientos hacía sobre su arma, fue quien parecía disfrutar de vernos agazapados. Finalmente llegó a la pendiente y desapareció, como los otros cuatro, después de un tiempo en el que creo que nos salteamos varios respiros que debimos realizar.

Luego que pasó el último mi padre hizo mueca para que siguiéramos guardando silencio, hasta que estuvo seguro que ninguno de ellos regresaría. Yo estaba asustado, pero no tanto como lo estaría después de que él me contara las ideas que cruzaron por su mente.

“Dicen que los de la guerrilla suelen llevarse a niños como de tu edad y no se les vuelve a ver. Les enseñan a disparar y los usan para la guerra”.

Las fuentes de mi padre no eran otras que rumores, pero para mí, al escucharlo, no era sino la verdad en toda su atrocidad. Me asusté mucho. No puedo decir que me asustó la idea de tener que formar parte de una guerra, tampoco pensé en verme enfrentando la muerte o dándosela de regalo a quien peleaba para el otro bando. —no lo digo por valiente sino por desconocimiento y falta de alcance en comprender lo que aquello significaba—. Lo que me aterró, a esa edad, fue imaginarme separado de mi padre. La sola idea de no volver a verle me destrozó.

Tras decir aquellas palabras guardamos todo aprisa, nos subimos al auto y volvimos. Asustado como estaba, no quise saber más del tema. No hice preguntas y me dediqué a reposar en la tranquilidad de ir de vuelta a casa con mi padre al volante.

***

Ahora acá, frente a la tensión que se enseñorea en casa de mi amiga, las palabras de mi padre resuenan con fuerza a mi cabeza. Imagino al pequeño jugando en la calle con sus amigos, sin su papá que le diga un “Vení para acá, te estoy diciendo”; sin alguien que lo abrace mientras esos hombres armados pasan a su lado; lo imagino siendo arrastrado del brazo, y quizá a los golpes, hasta subirlo en un camión que le arranca de la vida que conoce; lo imagino a los gritos y falto de consuelo, preguntándose a dónde lo llevan, quiénes lo llevan y por qué se lo llevan. Imagino a una familia destruida por el infortunio de que esta noche su hijo cometiera la falta de estar jugando fuera de casa.

Por los medios se ha estado escuchando sobre la posibilidad de terminar con esta absurda guerra. Algunos —pocos—, lo hacen con la ilusión de que esta desgracia llegue a su fin. Otros —los más— cansados de escuchar tanta promesa. Yo pensé que ya no oiría de estos reclutamientos, más bien creí que varios rumores de éstos estaban quedando en los recuerdos de algunos y clavados en los pechos de muchos —. Lo cierto es que el pánico no conoce de fechas, de promesas, ni de acuerdos, y mis creencias o esperanzas en nada contribuyen a aliviar este momento.

Mientras todas esas ideas buscan un espacio en mi cabeza, ha entrado corriendo. Han sido minutos de angustia. Su madre y su hermana le abrazan. No sé si escuchó lo que se decía que pasaba afuera, si el alboroto de la gente le hizo ir a casa o fue que escuchó los gritos de su madre y los de su hermana. De cualquier forma no parece estar muy consciente de lo que ha pasado, o quizá sea que tanto apapacho lo pone feliz. Yo contemplo cómo esos rostros recobran la vida que habían perdido minutos atrás, y es un recuerdo que se que guardaré en la memoria para siempre.

Luego de tantas muestras de amor, lo mandan a su habitación. La tensión se ha ido y se aligera la conmoción al verle caminar por la seguridad del hogar. Cenamos, pero hablamos poco. Me despido de aquella familia, de aquel hogar y de aquellos callejones. La comida ha estado exquisita.

Mientras voy en mi auto solo pienso en el alivio que respiran y en que no nos queda otra más que esperar que la guerra termine ya, convencido de que otras muchas historias, van mucho más allá del susto.

***

Han pasado los años. Se firmaron los acuerdos de paz, pero la paz nunca se firmó. La guerra fue muchas cosas y muy variadas, para todos. Nadie escapó de las ramificaciones extensas de sus consecuencias, así se viera al conflicto desde lejos. Hoy día seguimos pagando el precio, en varios frentes, de aquellas absurdas decisiones.

Quizá lo más cerca que estuve de vivir algo de aquella guerra fue desde el refugio de una sala de estar y a través de un rumor de calle que no pude confirmar, y desde ahí, apestaba a tragedia.

Manjares en palacio

16 jul

TabernaAquel era un reinado que se mantenía, después de décadas, sin vaivenes que auguraran su desestabilización. El palacio, cercado tal cual debía ser, estaba muy retirado de la zona donde el pueblo vivía, de tal que muchos de aquellos, apenas sabían de su existencia y pocos creían en la opulencia del vivir de los gobernantes. De vez en cuando se dejaba ver uno que llegaba a caballo, buscando una taberna, y era común que, después de algunas copas de vino, se soltaran a contar intimidades de las personas que vivían allá, mismas que a todos parecían exageraciones propias del grado etílico que alcanzaban.

En una ocasión apareció uno de estos de a caballo, que, sin haber probado vino, comentó de los manjares que aquella gente privilegiada degustaba a diario. A nadie impresionó tanto la cantidad como lo mucho que le sorprendió la descripción. Comida de sabores capaces de elevar el ánimo. Viandas con aderezos y especies que daban a la carne distintas sazones y no la repetitiva sensación de solo comer por sustento y no por placer. Se posaban tantos sabores sobre una sola mesa, que a los partícipes les hacía olvidar cualquier problema que tuvieran. Existían, también, distintas clases de vinos que eran servidos de acuerdo a la comida que se preparaba.

Aquel fue tan diestro en la descripción, que la gente que le escuchó pronto cambió la sorpresa por la envidia. ¿Qué eran ellos, que merecían aquel placer? ¿Por qué si eran personas como todos, eran premiados con un trato distinto? ¿Cuál era su mérito y por qué la vida les favorecía de esa forma? Aquellas preguntas que empezaron como murmullo, fueron subiendo de tono. Dejaban de ser cuestionamientos y se tornaron en reclamos. Intranquilo con las reacciones, aquel montó aprisa en su caballo y abandonó el lugar, desapareciendo para siempre.

Días pasaron y todo el pueblo, que ya había hecho suya aquella injusticia, se mostraba inquieto, desencajado y molesto. No faltaba quien, del diente al labio, hablara de hacer justicia y sacar de aquel lugar a aquellos abusadores. Si la comida es insípida, lo debería ser para todos, aseguraban.

Uno, sentado en una roca que estaba en la improvisada plaza del lugar, se puso de pie y montando en ella se dirigió a todos:

—El problema de todos vosotros es que os acostumbrasteis  a ver con los ojos y os olvidasteis de la mente. Solo escucháis sin discernir. Os habéis convertido en caminantes incapaces de analizar, de entender o de observar.

La gente, inquieta, se fue acercando y le rodearon. Él continuó:

—Dad a la boca lo que la boca necesita y al ojo lo que le es necesario ver, pero apartad para el espíritu todo aquello que es más grande que vosotros, y que es más grande de cuanto conocéis. Lo inexplicable, lo desconocido, de eso sois dueños y nadie puede quitároslo. Entended que un placer, es placer, solo cuando todo vuestro ser está de acuerdo en que lo es.

La gente empezó a hablar entre ella. Se preguntaba de qué hablaba, qué es lo que quería decir, cuál era su mensaje.

—Se os ha dicho que en palacio se comen manjares y yo me pregunto: ¿No es acaso esa papa cocida que a diario lleváis a vuestra boca un manjar de la tierra que por gracia os es dado? ¿No son acaso las acelgas que compartís con los vuestros, un magnánimo regalo capaz de alimentar vuestro estómago y vuestra vitalidad? ¿No es acaso un pescado el preciado manjar que los mares y ríos brindan para vuestra mesa? Si tan solo aprendierais a degustar los  alimentos con el agradecimiento de vuestra alma y no con la ambición por lo desconocido, os daríais cuenta que ricos sois vosotros y no quienes, a fuerza de tener tanto, desaprovechan la virtud que habita en lo poco.

Aquel hombre volvió a sentarse sobre la roca, en silencio. Quienes le rodearon esperaron que dijera algo más, pero no lo hizo. Cansados de esperar se fueron retirando, pensando en las palabras de aquel desconocido, quien, perdido entre ellos, también se marchó.

El estado de ánimo del pueblo mejoró. Hubo más cordialidad y de a poco la prédica general llevaba el mensaje del agradecimiento y de ver las cosas con el alma. Todos, en aquel pueblo, aprendieron a llamar manjar a todo alimento.

Años después, cuando la historia casi se había perdido en el tiempo, y todos tenían por norma ser agradecidos con lo que tenían —sin más razón que por ser agradecidos—, apareció un hombre montando a caballo. Se sentó a la mesa de una taberna, y sin probar vino comenzó a contar, con sublime dominio del detalle, sobre el arte que podía contemplarse en palacio. Habló de las magníficas pinturas, de las magnánimas esculturas y de las exquisitas obras de teatro e interpretaciones musicales.

Los murmullos de admiración de la gente que le escuchaba de a poco se tornaron en reclamos y, como para ahora habrá deducido el lector, la historia se repitió, dando como resultado que todo el pueblo llegara a llamar arte a todo cuanto podían contemplar.

Casi se me va junio

28 jun

EscribiendoUnos horas antes de sentarme frente a este computador me di cuenta que junio se terminaba y que no había escrito nada para el blog. Como muchos otros, tengo esa costumbre de establecer reglas personales de las que —¿qué porcentaje será?— quizá un treinta por ciento me empeño en cumplir. El resto quedan olvidadas después de uno o dos intentos y tras tragar el remordimiento que causa la dejadez. Una de esas reglas que me propuse, hace tan solo un par de meses, tenía opciones: o escribía al menos un artículo por mes o me olvidaba del blog —algo sobre lo que he meditado y comentado muchas veces.

Pues nada, heme aquí, a pocas horas de tener que decidir si hacer de ésta una regla a seguir —al menos por un mes más— u olvidarla. Y decido ponerme a ello.
He sacado mis notas: las que tengo en una pequeña libreta que pensé que había perdido, pero que recuperé; he chequeado las que tengo anotadas en el celular; he consultado un cuaderno que me sirve para apuntar ideas, aunque no siempre lo llevo conmigo; y por último he revisado mis feeds, de donde a veces saco una que otra idea. El resultado no me ha dejado satisfecho. No es que no hayan temas, los hay y algunos, de hecho, me parecen harto interesantes —que no es igual a que lo sean—, pero algunos requieren investigación que me tomaría tiempo, otros son un tanto conflictivos y hoy no me siento con deseo de opinar y causar controversia, un par, en cambio, no me queda claro por qué las anote, y de literatura nada: éste blog no se presta para ello.

El alimento de la creatividad no es la inspiración. El verdadero alimento es la pregunta: “What if?” —En inglés queda más compacto y, hay que reconocerlo, mejor que un: “¿Qué pasaría si?”—. La idea no es mía, dicha pregunta se encuentra regada en cantidad de libros, blogs y artículos que hablan de recomendaciones para escritores. Pero lo cierto es que darle solo esa función es mermar el poder del cuestionamiento.

Pienso en qué pasaría si no escribo en junio y me olvido de mi absurda regla. El mundo, está claro, seguirá girando; la mayoría de gente seguirá pendiente, hablando y opinando sobre el Mundial de Fútbol; el sol seguirá dando los buenos días y la luna ahuyentándole tras su llegar; el gobernante en turno seguirá intentando salirse con la suya respecto a la SAT y, por qué no decirlo, respecto al país; el viento seguirá repartiendo vida y a nosotros se nos seguirá escapando con cada exhalar; el trabajador seguirá esforzándose de ser productivo y el holgazán seguirá trabajando en inventar formas de lograr hacer lo menos, por supuesto, esperando grandes recompensas; las estrellas seguirán colgadas del firmamento, aunque nadie les preste atención, y las personas que pasan sus días engañadas, seguirán pensando que viven al máximo y que son felices.
Ahora aparecen otras preguntas en mi cabeza —ésta vez en español—: ¿Qué haces acá leyendo? ¿Qué te trajo o cómo llegaste? ¿Qué esperabas leer? ¿Qué pensabas encontrar? Soy honesto, consideré que con éste texto estaba creando palabras muertas. Porque, a menos de que fueran leídas, nacerían sin sentido. Pero acá estás… dándoles vida. Y no, no pienses que las palabras son de quien escribe —cuanto pongo acá lo pude solo pensar—, lo he puesto para otros, contrariado por la posibilidad de decepcionar con lo escrito.

¿Qué pasaría si no me estuvieras leyendo? ¿Qué estarías haciendo? ¿Qué estarías pensando? Como ves, cada decisión y acción tomada significa el sacrificio de otras alternativas. Pero sigues acá. No sé para tu persona, pero para mí es asombroso.

Por mi parte no podré contestar a la pregunta. Las cosas “grandes” no han cambiado tras escribir esto, pero las pequeñas, esas que dan significado y sazón a la vida, esas insignificantes importancias que hacemos crecer en nuestro interior, se han visto afectadas. Estoy contento porque he cumplido en junio, porque he conseguido el tema y he hecho el tiempo para escribir, algo que disfruto tanto —lo habré comentado antes—. Y también porque celebro el que hayas tomado algo de tu tiempo para pasar por acá.

¿Qué pasaría si no escribo en julio o si ya no me leyeses? No lo sé, pero hoy no es día para preocuparme por ello.

Saludos

Caminos andados

30 may

Zapato ViejoPor lo regular llegábamos al colegio al filo de la hora de entrada. Era cruzando la puerta y sonaba la campana que nos mandaba a formación para entrar a clase. Tras colocarme en mi puesto en la fila empezaban los nervios. Durante mi primaria fui de los alumnos a los que les asignaban un pupitre de los de adelante, y sabía que tendría que concentrarme al máximo en dos cosas: en poner atención a la clase, porque siempre me gustó aprender ­­­­—que es distinto a estudiar—, y en que por nada del mundo observaran la suela de mis zapatos.

Lo peor que me podía pasar cuando terminaban las clases, era que no nos llegaran a traer. En aquel colegio estudiábamos, si la memoria no me falla, seis primos que más o menos teníamos la misma edad, o al menos la diferencia no era tan grande como para impedir que nos relacionarnos. Casi siempre le tocaba a mi padre irnos a recoger en una panel, en la que era divertido que todos fuéramos rebotando en la parte de atrás —a excepción de que uno se sentara—, o a otro de mis tíos, pero en ocasiones no llegaban por nosotros. Mi prima, la mayor, tomaba la decisión de irnos a pie a casa y se encargaba de dirigir la marcha. Siempre nos alejábamos del camino pavimentado, supongo que mi prima era amante de la naturaleza —o acaso del monte—, y nos llevaba por caminos de tierra y piedras hasta aparecer en casa de mi abuela. Por el camino tenía que concentrarme en dos cosas: en pasarla bien mientras andábamos, porque era alegre; y en tener cuidado de dónde pisaba. Que vieran las suelas de mis zapatos era improbable, yo procuraría guardar mi secreto aunque me lastimara seriamente.

Hoy día no sé si alguien de mi clase se fijó en los agujeros que mis zapatos llevaban en las suelas. Mi temor era a que se burlaran de mí —los niños pueden llegar a ser muy crueles—. Tampoco sé si mis primos se dieron cuenta o si lo recuerdan. De entre todos yo era “el pobre” y no veía necesario afianzar ese concepto —o más bien esa realidad— en ellos.

Por la mañana, a las carreras, buscaba alguna caja a la cual arrancar un trozo de cartón… lo doblaba en dos y lo colocaba dentro de mi zapato, en un intento de protegerme del camino. El cambio de tonalidad hacía notorio el relleno, todavía no sé cómo no se me ocurrió pintarlo de negro con algo. El cartón no resistía el ritmo. En días soleados, tras algo de uso, se me quemaban los pies, para los días de lluvia el refuerzo resistía aún menos y terminaba con frío y los calcetines empapados. No había opción en aquellas caminatas a casa de mi abuela, era frío o calor.

Mientras escribo estas líneas lo hago con una sonrisa en el rostro. Aquellos fueron tiempos geniales. Recuerdo mi infancia con muchas limitaciones, con problemas familiares y colmada de alegría y felicidad, y no es por esa costumbre de idealizar el pasado… cargo conmigo los recuerdos puntuales de esos momentos. Jamás me pasó por la mente reclamar a mi papá porque no tuviera lujos. Yo le ocultaba lo de mis zapatos rotos para evitarle un gasto que sabía que afectaría mucho la economía de casa. Así me había enseñado, a entender el valor del dinero y el esfuerzo que conlleva ganarlo.

Sostenía mi padre que para educar bien a un hijo, había que criarlo como pobre, pero la pobreza con la que fui educado no era intencional, era real. Quizá aquellas limitaciones tengan algo que ver con mi formación, pero estoy seguro que nada tuvieron que ver con mi felicidad, ésta dependió más del tipo de padre que tuve, de sus enseñanzas, y del hecho de que de alguna manera estuve dispuesto a analizar y comprender —A los siete años tienes que entender por qué otros pueden tener tenis Reebok y tu no—.  Pero haber vivido aquellos años no significa que yo sepa cómo ha de ser la infancia de todo niño. No puedo decir que porque conocí la felicidad sé en qué consiste para cada uno y cómo se alcanza. Pero en cambio sé algunas cosas: sé que haré mi mejor esfuerzo para que mi hijo no ande con agujeros en sus zapatos… y si le toca, trataré de ser parte de ello y procuraré que lo entienda; sé que tengo que enseñarle el valor del dinero y que no es malo conseguirlo, aunque el método que emplee para la instrucción sea distinto; sé que los momentos felices se pueden vivir pisando piedras con los pies; sé que un padre genial no depende de lo que brinda sino de la forma en que lo hace; sé la importancia que tienen las pequeñas lecciones que mi padre me dio, aunque retomara algunas de ellas hasta años después; sé que no hay nada de malo con tener y tampoco lo hay con no tener; sé que andar con agujeros en los zapatos o con unos caros no te hace más ni menos persona… no obstante despreciaré el conformismo y no criticaré la ambición, porque sin éstas el mundo no avanzaría.

Antes de escribir esta nota consulté con mi padre si no veía problema en que comentara sobre aquellos agujeros. Su respuesta fue que no porque no tenía nada de malo, que había sido nuestra realidad, y que se alegraba que tuviera como buenos aquellos recuerdos.

Yo me alegré porque el padre que conocí, sigue siendo el mismo.

Saludos

PS. Quizá sean los años o las lecciones de la vida, pero con el tiempo se da valor a cosas que en su momento no lo tuvieron. Me gustaría haber conservado al menos uno de aquellos zapatos, y poder mostrárselo a mi hijo mientras le cuento esta historia sobre mis caminos andados… su gesto de sorpresa le habría dado más valor aún.

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