Buenos deseos

14 abr

oroAunque no suelo ser confiable cuando se trata de recordar fechas, dada la asociación con otros eventos, se que faltaban pocos días para que diera inicio el mundial de fútbol de Alemania 2006, lo que me supone finales de mayo o principios de junio. Trabajaba entonces para una empresa que suele tener clientes grandes y mi principal función se llevaba acabo dentro de las instalaciones de uno de ellos. Como llevaba bastante tiempo ahí, casi, y solo por algunos, era considerado un colega más, por lo que fui invitado a participar de una quiniela. Motivados por la algarabía del evento, muchos nos apuntamos. Los primeros resultados llegaron y no me fue tan mal: en resumen quedé en segundo lugar, puesto que compartí con otros tres participantes, por lo que el premio no fue más allá de unos pocos Quetzales más de lo que fue mi inversión. En cambio a uno de mis varios amigos que participaron le fue muy mal, lo que llamó mi atención porque sabe de fútbol y sus estimaciones, concluía yo, deberían de haber estado más ajustadas a la realidad. Después de todo, aquel no fue un mundial que destacara por grandes sorpresas.

No le fue muy difícil explicar el por qué da tan malos resultados: “No puse los marcadores que creí que quedarían, sino los que deseaba que quedaran”, fue su respuesta.

Lo conozco y se que no es alguien precipitado, ni alguien que se caracterice por no “prestar cabeza” a las cosas que hace, muy por el contrario es una persona muy analítica. No quise preguntarle su motivo, solo concluimos que el resultado de aquel ejercicio no le deparaba mucha oportunidad de triunfo, a lo más, si se hubieran dado marcadores inesperados en los encuentros (en varios de ellos), él hubiese sido el único en puntear, y como consecuencia se hubiera llevado todo el premio, no como en mi caso que fue compartido.

La vida, contrario a ese intento de muchos de personificar el concepto, no es un ente dispuesto a complacer deseos ni caprichos. No es el deseo de que algo ocurra lo que hace que ocurra. Tal como no es el deseo porque una acción lleve a buen puerto, lo que hace que el resultado sea positivo.

Los deseos y las intenciones no logran un efecto, lo logran las acciones. Regalar oro a alguien que no tiene qué comer puede tener la intención de sacarle de su más urgente problema e incluso la de llevarle a una mejor vida, pero el resultado de la acción es incierto. Desde el desconocimiento del valor de un metal, hasta el descuido y pérdida del mismo, si fuera el caso, intervendrán en el resultado de la acción, al igual que las acciones y voluntades de la persona que recibe el regalo (o la limosna).

Claro está que se puede llegar a una estimación de resultados más ajustada a la futura realidad según la acción que se pretenda, el entorno en que se desenvuelva y la cantidad y tipo de involucrados. La misma persona del ejemplo tendrá poca oportunidad de alterar el resultado esperado si en lugar de oro se le entrega un trozo de pan.

Realizar estas estimaciones, basadas en observación de la realidad, utilizando la razón para llegar a conclusiones más acertadas, especialmente a largo plazo, es la tarea de todo aquel que se precie de importarle la vida del ser humano.

Cada idea, antes de ser aceptada, debe ser procesada más allá del deseo de que sea buena; más allá de la intención de que sea de beneficio para muchos; más allá de la aceptación y el aplauso que recibirá por el resultado inmediato; y más allá de quien la pregone —así sea que muchas otras, o todas sus ideas anteriores, hayan sido acertadas.

Consciente de sus posibilidades y de la muy probable pérdida, mi amigo arriesgo un dinero que era de él, porque él se lo había ganado. El problema es cuando las intervenciones y los riesgos que se corren, afectan a una nación, a una sociedad, o a un conglomerado de personas que tendrán que vivir con el bien inmediato (casi todos lo festejarán), pero también con la consecuencia a largo plazo, del buen deseo.

Saludos

Conceptos e ideas

2 abr

Un par de amigos conversaban de forma muy casual, básicamente sobre nada, cuando uno de ellos le pregunta al otro en tono inquisidor: “¿O sea que vos sí sos ateo?” El cuestionado, supongo que queriendo no entrar en debate o por lo “pesada” que puede ser la palabra, contestó que él no era ateo, solo que cree que no existe dios ni en ningún ser supremo que determine o dirija la vida de las personas.

En otra ocasión, hace solo unos días, hubo una discusión sobre los grupos “élite” que se forman en ciertas profesiones, de lo que cuesta entrar en ellos, y de cómo al pertenecer a ellos pareciera que saca a muchos de la realidad, como sintiendo que son “los elegidos” y que están en un nivel más alto que el resto de los mortales. Conceptos como altanería o pedantería aparecieron. Luego alguien mencionó la palabra egoísmo, relacionándola con el hecho de no ser objetivos a la hora de evaluar el trabajo de algún colega: si forma parte del grupo su trabajo es bueno, si es de fuera, por descarte, ya es malo. Un amigo, al escuchar esa palabra me volteó a ver y, con otras palabras, dio a entender que lo del egoísmo era lo mío.

El diccionario define la palabra concepto como: “Idea, representación mental de una realidad, un objeto o algo similar”. Los conceptos son los que nos permiten comunicarnos y evolucionar. En el campo de la matemática, por ejemplo, las cosas no podrían ir muy bien si para una persona el siete representara siete unidades, para otra doce y para alguien más quince.

En la primera conversación le comenté a quien no se creía ateo que estaba en un error. El negar la existencia de dios o de cualquier tipo de deidad lo convierte en ateo. El ateísmo no es una religión ni una práctica, es un concepto que de acuerdo con su definición, le aplica. No se puede negar la existencia de dios y decirse no ateo porque a uno no le gusten las etiquetas. Es tanto como que alguien no quiera aceptar que es un ser humano. Todos lo somos por definición.

En la segunda conversación me limité a ver a mi amigo con gesto de: “no voy a entrar en ese tema”. No porque le huyera, sino porque me pareció que no era el lugar adecuado, ni era lo que se estaba discutiendo. En varias ocasiones me he definido como egoísta y en casi todas ellas he explicado el porqué y el hecho de que todos lo somos. Aunque es un tema que da para un desarrollo aparte, vuelvo a explicar, brevemente, que a todos nos mueve nuestro deseo de satisfacción. Ya sea por acumular riqueza —que para muchos parece ser malo—, porque sea más importante el sentirnos bien con nosotros mismos al regalar dinero o que libremos culpa al realizar alguna buena acción —aspectos todos que se pueden mezclar de distinta forma—. Es aquello que tenemos como prioridad lo que nos hace actuar. Dicho de otra forma, no hay acción que realicemos —a no ser que sea por coacción— que no hagamos porque nos representa algún beneficio. Eso es egoísmo, al que le suelo agregar lo de “racional”, para lograr una diferenciación que, a criterio personal, no debería ser necesaria.

Últimamente he leído columnas y opiniones sobre ellas, en donde se trata el tema de los libertarios en Guatemala, más que todo con acusaciones hacia quienes se definen a sí mismos como tales.

El libertarianismo es, de nuevo, un concepto. Es una filosofía política que, entre otras cosas, apela al derecho del hombre sobre sí mismo, limitado por el derecho ajeno. Es válido, y hasta necesario, argumentar sobre tales ideas, razonarlas, probarlas, tratar de encontrar sus fallas y aceptar o descartar, si fuera el caso, sus principios.

Convengamos que, si Fidel Castro menciona a la libertad como uno de los más grandes valores que puede poseer todo ser humano, no porque él dedique su vida a coartar la de los habitantes de Cuba, lo que dice es una mentira. Una verdad es verdad siempre, y una mentira siempre lo será, independientemente de quién la sostenga.

Así pues, cuando en una columna se lee que los libertarios no leen a Marx, que se aprovechan del público ignorante, que todos son desalmados o que no creen en el cambio climático, y, peor aún, justificar el derecho a generalizar porque el del “otro bando” lo hace, se está cometiendo un terrible error y una irresponsabilidad al desinformar a quienes consumen tales textos.

Las acciones definen a una persona, no el concepto o la etiqueta que ostente. Si una persona predica el bien y hace el mal, no se puede acusar al bien de ser malo, se acusan sus acciones malas y se juzga, ética o moralmente, la incoherencia del individuo. Como ejemplo, un político, como concepto, no es un ladrón ni un corrupto, sino que es una persona que interviene en las cosas del gobierno. Alguien que lo haga no puede decir que sí interviene en las cosas del gobierno pero que no le gusta o que no es un político, porque por definición lo es; y tampoco está obligado ni definido como ladrón o corrupto, porque muchos, o la mayoría de políticos, roben.

Los políticos en Guatemala, muchos de ellos, tienen ideas socialistas o son pro programas sociales —no sabría decir si todos ellos con conocimiento de lo que defienden—. En las noticias aparecen escándalos de corrupción, pero no hay forma en que yo me permita asociar socialismo con corrupción. Lo que puede haber son tendencias, como aquella máxima que reza: “El poder corrompe”, aunque aún en ella no podría asegurar que el poder corrompa a todos.

Discutamos ideas y juzguemos acciones. Las acciones son individuales y definen al individuo. Las ideas, acertadas o no, no cargan con culpa alguna de las malas acciones de sus partidarios o de quienes solo dicen ser algo sin tener idea de lo que expresan. Si Fulanito de Tal roba y se define como libertario, no es que los libertarios roben, es solo que Fulanito de Tal es un ladrón, y eso aplica a todos y cada uno de los individuos y en cada una de sus acciones.

Mi amigo aceptó que era ateo, aunque no sé si lo hizo para no alargar la discusión, lo cierto es que no debería molestarle que un concepto se use apropiadamente. El otro suele decirme que siempre hablamos de distintas cosas y las discusiones suelen cortarse de tajo, una pena… las ideas merecen discusión.

Pen Jillet tiene una idea de lo que define al libertarianismo: “Toda mi postura en el libertarismo se resume, simplemente, en que no sé qué es lo mejor para los demás”. Yo podría estar de acuerdo o argumentar que lo mejor para los demás es la libertad, pero eso es otro punto. Lo importante sería discutir, con argumentos y con el uso de la razón, éste tipo de ideas que eventualmente podrían beneficiarnos, a corto plazo como individuos y a largo plazo si somos muchos los individuos beneficiados.

Saludos

PS. Cómo vuela el tiempo… ya son seis años de este sitio. Contrario a años anteriores, esta vez no me cuestionaré su continuidad o no.

Mi opinión, porque tengo una

21 feb

GTVNCasi todos hemos escuchado aquello de “No decidir es una decisión en sí misma”, lo que significa que al momento de enfrentar alguna circunstancia, la tal no se puede obviar, pues, sumando al total de opciones de que se disponga para reaccionar, la indiferencia, si fuera el caso, es solo una más de ellas.En varias ocasiones, cuando la persona con la que sostengo una discusión se queda sin argumentos, intenta su última jugada que es la de “empatar” las posiciones. Sostiene que, después de todo, el ateísmo no es más que otro tipo de religión, pues es la creencia en cosas que no se pueden comprobar. A tal tipo de conclusión se llega cuando se toma una verdad, como la primera mencionada, y se le extrapola hacia otras circunstancias. En éste tema de la creencia, por ejemplo, hay que entender que el ateísmo es precisamente “no creer”—la no creencia no es una creencia—. No aceptarlo es igual que pregonar que la muerte es otra forma de vivir.

Éstos días el comentario más común, o quizá el que más veo aplaudido, es el que intenta igualar la posición de los bandos que, lamentablemente, dividen Venezuela. La indiferencia, cuando no es total, tiene esa tendencia: buscar una salida fácil y rápida; una explicación sencilla y salomónica; un quedar bien con todos y con ninguno.

Independientemente de lo que se crea sobre la información que llega —a la que unos acusan de exagerada, falseada o fuera de proporción— Venezuela tiene un problema. No me refiero a los tristes acontecimientos que vienen sucediendo desde el 12 de febrero, me refiero a su situación política: ellos viven bajo una dictadura.

Los que favorecen tal régimen podrán argumentar que la escasez de alimentos es una exageración, que la falta de papel higiénico es un chiste que intenta ser alarmista, o que las mujeres que se ven en los videos gritando que no tienen con qué ni dónde comprar leche para sus hijos, obedecen a intereses políticos. No obstante hay cosas contra las que no se puede argumentar: los venezolanos perdieron derechos elementales. Y los perdieron porque la forma en que está siendo gobernada es errónea. No es que los que ostentan el poder tienen mitad razón y mitad no. Lo han hecho —y lo siguen haciendo— mal, punto.

Para toda sociedad son elementales el derecho a la propiedad —aún me alarman las imágenes en donde con un señalamiento y a la voz de “exprópiese” los dueños de negocios perdían aquello que era suyo.

Otro derecho por el que siempre se debería pelear es por el de la libre expresión. La crítica, el diálogo, incluso la discusión son necesarias para llevar a buen puerto algo tan complejo como una sociedad —o mantenerla en una vereda correcta, para quienes encuentren la frase demasiado ilusa—. Que se le quite a alguien el derecho a exponer sus ideas y opiniones es una barbarie que pulveriza la naturaleza del ser humano. Eliminar los medios de comunicación, manipularlos o controlarlos es algo impensable cuando se habla de libertad.

Que alguien pueda dirigir un país por decreto es algo de lo que todos deberíamos temer —la historia no muestra un solo buen resultado— y menos si el dirigente se dedica a invitar a la gente a vaciar anaqueles o a establecer precios a gusto y gana.

Desconozco las verdaderas intenciones de otros líderes y opositores venezolanos, pero no puedo decir que “son lo mismo” que los que ahora ostentan el poder. Hay un mal en el presente que hay que corregir.

Para quienes no somos venezolanos ni vivimos en aquel país, lo que allá acontece es importante por varias razones:

  • Mucho se insiste en que para aprender algo es necesaria la experiencia, pero tal afirmación no siempre es cierta. Es más sabio quien aprende de la observación. Lo de Venezuela es una lección importante para el resto de países que pueden contemplar las consecuencias de gobernar con ese tipo de políticas que obedecen a hambre de poder y riqueza, disfrazada con discursos revolucionarios gastados, que tanto agradan al idealismo de la mayoría de latinoamericanos.
  • Muchas condiciones que se dieron en Venezuela se dan en Guatemala. Nuestro destino podría llevar el mismo camino que el de ellos. ¿Qué vamos a hacer si nos intentan gobernar de la misma forma? ¿Cómo vamos a actuar? ¿Cuánto vamos a tolerar? ¿Hasta dónde hemos de llegar? Y más importante aún. ¿Cómo podemos evitarlo?
  • La fuerza mediática es una realidad, hemos podido ser testigos de ella con otros casos como el de Egipto, por citar alguno. De ahí que las dictaduras intenten cerrar los medios de comunicación, incluyendo el internet. Si nos llegara a pasar algo así —mi deseo profundo es que no— sería muy agradable que no nos dejaran solos. Sería importante saber que alguien nos escucha.
  • Limito mi lista con este cuarto motivo (aunque hay más): un sentido de humanidad que aún permanece vivo en varios de nosotros. Es infame ver caer a seis personas en unos pocos días —como lo es ver a más de cien en Ucrania—. La indiferencia nos hace mucho mal, ver como algo común lo que no debería serlo, promueve que no se busquen soluciones. Si, como aseguran algunos, nos llegamos a convencer de que la humanidad alcanzó su máximo deterioro, se dejan de buscar caminos, no se pretenden remedios, ya no se crean planes, y no se buscan mejoras.

Sostuve una conversación donde aseguraba que las sociedades actuales no necesitan héroes. Actos como los de Leopoldo López siembran más duda que esperanza. Y no vale la pena pensar si él está en lo correcto o si lo está Capriles o incluso los Chavistas que —alguno ha de existir— aún creen en la buena intención de aquel ideal anti imperialismo que les ofrecieron. Lo que necesitan es rescatar su país de una dictadura. Lo que necesitan es gente que quiera hacer, y que las circunstancias del país les brinden el espacio para poder actuar —ojalá fueran todos los venezolanos quienes aspiraran a ello.

En Facebook hubo una conversación en donde alguien decía que la mejor postura era no hablar de lo que se desconoce. Por las razones que mencioné antes, entre otras, dije que el desconocimiento no debería ser excusa. Una postura política —aspecto que nos atañe y afecta a todos— debe ir más allá de un discurso gastado, una canción populista o un héroe ficticio. Entender los porqués nos ayudarán siempre a tomar mejores decisiones. Muchos entonces llevaron el tema a la desinformación que existía con imágenes falsas de lo que estaba ocurriendo en Venezuela. Otro comentario que leí, muy acertado, decía que no se debe descartar todo porque diez descerebrados jugaban a desinformar (lo decía con otras palabras). Algo pasa en Venezuela, a estas alturas ya debería de ser obvio para todos.

No es que lo que allá ocurre importe más que lo que pasa en Guatemala. Por obviedad nos afecta de forma directa lo que acontece en nuestro país, pero eso no significa que debamos olvidar que todos vivimos en el mismo planeta. Encerrarse dentro de las propias fronteras —física o ideológicamente— no es nacionalismo, ni madurez. Y así como de Venezuela, hay que estar pendiente de Argentina y las políticas que tienen castigado a aquel país, a Uruguay y su experimento de la legalización, a Chile y tratar de entender por qué ellos están avanzando, y así al resto de países.

Por último quiero decir que no se puede comparar una manifestación en contra de una dictadura —aunque el clamor sea por comida, empleo y seguridad—, con las manifestaciones y bloqueos que constantemente nos aquejan. Acá lo que se pide son dádivas, pago de votos y beneficio para intereses particulares.

La lección es clara, los países deben ser regidos por sistemas que limiten los alcances y la capacidad de acción de sus dirigentes. No existe una sola persona —no ha existido, ni existirá— con la capacidad de llevar las riendas de una nación sin corromperse o —demos el beneficio de la duda— sin que se equivoque groseramente.

Saludos

Sobre el éxito

29 ene

IMG_20140129_131004Nos juntamos el otro día y me dijo: “Acá como me ves, la mía es una vida exitosa”. Por dentro sonreí, no porque me pareciera egocéntrico —contrario a la creencia popular encuentro al ego vital para alcanzar grandes cosas— o porque pensara que sacaba de proporción sus logros —una visión alterada, lejos de darme risa me daría pena—. Lo que me causó gracia fue su forma inapropiada de referirse a sí mismo. Por más que se lo busque y por más que existan quienes insisten en vender la fórmula para lograrla, no existe tal cosa como alcanzar una vida exitosa. El éxito tiene que ver con el resultado de algo, implica un final —sé que no hace falta la obvia aclaración de que la vida, mientras se le vive, no ha llegado a su fin.

Hay otro problema con la evaluación del éxito: toda evaluación precisa medición. Toda vida es un constante acumular de logros y fracasos y cada suma depende de la meta trazada y de lo estricto que se sea en el juicio. Si la meta era juntar Q2000 para fin de año y se junta solo Q1800, la mayoría estaría de acuerdo en que fue un buen logro, aunque también podría verse como un fracaso no tan malo.

Sobre el tema se habrán escrito miles de libros y miles de artículos. En la mayoría se leerá que el éxito es personal, porque cada quien es creador de la medida del mismo. Éxito no es lograr mucho dinero, tener el mejor trabajo o la mejor familia, y fracaso tampoco será ganar poco, realizar un trabajo que no apetece o vivir solo. El ser humano es libre de crear su escala de valores y en función de ella tendrá que evaluar.

A mí me gusta más hablar de logros. Me da más la sensación de tener los pies sobre la tierra con ellos que con el éxito, pero es una visión muy personal.

Hace ya algunas semanas leí el comentario de una persona que decía que su más grande logro eran sus hijos. ¡Qué injusticia! Recuerdo que pensé.

Si las metas son personales, si las medidas son personales y la evaluación final es personal —porque la de lo demás nunca será la misma entre ellos, ni real—, por qué iba a caer el peso del éxito de alguien sobre otra persona. ¿De qué cuenta hemos de pensar que contamos con lo necesario para guiar la vida de los hijos a nuestro ideal de “buena vida” y de dónde se nos podría ocurrir que eso que deseamos para ellos es lo que ellos van a desear? Ha de ser un peso muy grande que el éxito de los padres recaiga sobre los hombros de uno. Quizá ellos aspiraban riqueza y el hijo salió artista —porque los artistas, todos sabemos, no acumulan dinero—. Quizá ellos soñaban con cuatro nietos y a la hija no le gustan los niños. El logro anhelado y tras el que se va, debería tener la cualidad de incumbirnos solo a nosotros, no hacerlo un peso para los demás.

No obstante hay algo que me inquieta aún más. ¿De dónde saca alguien la idea de que ser padre es un gran logro por sí mismo?

La cifra es incierta, pero supongamos que cada minuto nacen dos bebés en el mundo —Hay datos que hablan de 1 cada 3 segundos y otros de 180 por minuto, todos sin una fuente fidedigna—, éstos serían 1,051,200 nuevas vidas al año. Lo que, ya que cumplan como tales o no, representa 2,102400 padres cada doce meses. Me divierto cuando la gente habla del milagro del nacimiento. Un milagro debería ser un suceso extraordinario. Algo que pasa tantas veces al año no puede serlo. Por el contrario, ser padres es algo sumamente sencillo —fuera de quienes luchan por sobre alguna condición física—, por tanto a lo sumo es una meta cumplida y nada tiene que ver con éxito.

¿Qué pasaría si cada generación pensara igual? Si el éxito de los unos dependiera de los otros este mundo se paraliza.

Si la meta era tener hijos bien, si la meta es ser un buen padre es loable, pero si alguien asegura que aquello es su máximo logro debería pensarlo con calma.

Descansar el éxito de uno sobre los logros de otros es una salida fácil y un actuar cómodo. Descansar el éxito propio sobre metas fáciles, accesibles o comunes le ha de quitar sabor a la vida.

Si alguien va a sentirse orgulloso de algo, debería ser de su propia acumulación de triunfos y, también, de sus fracasos. La vida da para mucho, ser padres es solo una pequeña parte de ella.

Saludos

Soy perfecto

7 ene

PuenteAl nomas subir al auto, un Volkswagen escarabajo gris de muchos años recorridos, le pedía a mi papá que pusiera uno de mis casetes que había preparado para el paseo de sábado por la tarde. Usualmente eran paseos cortos pero placenteros que para mí iban de música que me gustaba, bromas de parte de mi padre y visitar algún lugar frecuente. Mi madre, que no acostumbraba usar reloj,  casi siempre que íbamos en camino le daba por preguntar la hora y entonces yo, poseedor de un morbo peculiar, deseaba que el reloj marcara las y cuarto, las y media o las menos cuarto. Cuando era así, invariablemente, daba inicio una larga discusión.

“Son las cuatro menos cuarto en punto” le decía yo, por ejemplo, a lo que ella recriminaba que si eran las menos cuarto, no podían ser las en punto, porque aquello aplicaba solo cuando el reloj marcaba exactamente el cambio de hora. Eran momentos muy divertidos, en especial porque todos nos metíamos en la disputa por ese trofeo tan preciado: la razón.

Hace algunos meses escribí un post sobre la perfección justificando su existencia. En él explico cómo algo puede ser perfecto en función de su resultado y cómo ese algo no lo es cuando se le compara. Por ejemplo si un auto logra llevar a alguien hacia su destino, que era lo que se esperaba de él, el mismo es perfecto en función del resultado. En cambio el auto pierde su condición de perfecto cuando se le compara con otros automóviles, incluso si fuera el mejor del mundo, pues todos estaríamos de acuerdo en que podría llegar a mejorarse y su perfección quedaría limitada por el tiempo o simplemente por concepto (un auto que jamás chocara, por decir algo).

Un profesor de matemática que tuve, de los típicos que se les entiende todo en clase y nada a la hora del examen y de quien solo recuerdo su apodo, solía insistir en que lo único perfecto era la matemática. En su ejemplo más citado ponía que doscientos hombres construían un puente en dos meses, lo que significaría que cuatrocientos lo harían en un mes y al seguir aumentando la cantidad de trabajadores el puente podría quedar hecho en un santiamén. “La matemática es perfecta, el imperfecto es el hombre” insistía. Su argumento, carente de toda lógica al dejar de fuera el resto de elementos que intervienen en la creación de un puente, deja ver algo… en efecto la matemática es perfecta en función de su resultado, en este caso del resultado matemático, pero eso demerita cualquier propiedad distintiva de la matemática, después de todo… absolutamente todo resultado es perfecto.

Hay una joven que ha buscado, incansable, obtener un empleo que por un lado la atrae mucho y que encima le representa un buen ingreso necesario para sus gastos esenciales y aún para costearse el estilo de vida que desea. Tiene su última entrevista de la que depende su futuro laboral a las nueve de la mañana. Pero aquel día el clima jugó en su contra, llovió, lo que hizo que un auto patinara y chocara contra un bus del transporte urbano. Ella, que a pesar de su costumbre de llegar tarde había salido temprano, se ve en un embotellamiento que le impide llegar a tiempo. Para cuando se presenta a su cita el empleo había sido dado a la persona que estuvo a las ocho, porque cumplió con el horario que le fue establecido.

Nadie podría pensar que el resultado de aquel día fue perfecto cuando se le compara con el deseado. Pero el resultado sigue siendo perfecto en función de sí mismo. Todo tiene una causa y tal causa solo pudo dar como consecuencia el resultado que dio y ningún otro. Llovió por una razón, la carretera contaba con ciertas características que la construcción, los materiales de que está hecha, el tiempo y el pasar de cada uno de los pesos que la atravesó le dio; las llantas del auto que resbala llegaron a esas condiciones por un montón de causas que no podían dar otro resultado que lo liso que estaban —el uso, descuido, el tiempo, malas carreteras, etcétera—. El piloto del bus salió a una hora por distintos motivos, al igual que el del auto. Lo cierto es que el choque no se podía evitar. Claro, si cambiaba cualquier detalle el resultado podría ser otro y sería el perfecto según esas condiciones, pero con las que estaban el resultado fue el que tenía que ser.

Lo mismo pasa con ella: su deseo, el momento en que salió, el lugar en que vivía, el lugar al que se dirigía, la hora a la que la citaron… todo hace un cúmulo de circunstancias, incluyendo las decisiones tomadas, el momento de tomarlas y el momento de actuar en función de ellas, que dieron como resultado el único que podían dar. La suma de eventos, acciones y circunstancias dieron el resultado perfecto porque no podían sumar distinto.

Es como cuando se suma dos más dos. La circunstancia es muy básica y sus elementos solo pueden dar un resultado: cuatro. En cambio si un dos se cambia por otro número, también lo hace el resultado.

Lo voy a decir de otra forma. Cada uno de nosotros en cada momento presente somos perfectos. Somos exactamente el único resultado que podríamos ser. No podemos ser otro ni ser distintos, no podemos ser el producto de una mala suma de circunstancias, no hay error —por más que el resultado no sea el deseado—. Y así como nosotros somos perfectos, todo cuando es, es perfecto.

No hay que confundir, no somos perfectos en un sentido idealista, ni es la condición de único de cada uno lo que da el sentido de perfección. Tampoco significa que somos lo mejor de cuantos existen, solo somos un resultado perfecto, porque no hay alternativa.

Mi madre nunca aceptó que le dijera que eran las cinco y media en punto, y fue peor cuando le dije una vez que eran las tres y diecisiete en punto. Lo cierto es que ella hablaba de un problema de comunicación para que el mensaje fuera claro, pero, a su pesar, en todo momento existe una hora en punto, incluso si no nos pongamos de acuerdo en ella.

Saludos

PS. Espero que tengan un día perfecto y… no podrá no serlo.

¿Vale la pena?

26 nov

CebrasPor culpa del Animal Planet —es mi culpa por verlo pero busco descargarla en alguien más— suelo tener en mente la imagen de una cebra que, sosegada, se dedica a alimentarse de hierbas que parecen algo secas mientras a algunos metros de distancia, amenazadoras, se encuentran varias leonas que buscan su propio alimento. Una escena común en los muchos documentales que repiten una y otra vez de donde se obtienen más o menos los mismos datos: la cebra no se altera si ve leones a su alrededor porque sabe que tiene la suficiente velocidad y fuerza para escapar de ellos —La leona corre igual de rápido pero no logra mantener la velocidad por mucho tiempo.

Dudo que esos programas sean pensados para la gente que gusta de los animales como mascotas, porque las escenas no suelen estar colmadas de ternura sino por el contrario de la rudeza de la naturaleza.

¿Valdría preguntar si vale la pena ver esos documentales y saber del comportamiento animal?

Hace algunos meses —quizá más del año— leí un libro de Eduardo Punset llamado El Viaje a la Felicidad que tiene como foco central dar con la fórmula de eso mismo: la felicidad.

Dentro de la narración Punset habla del miedo y su prioritaria importancia en función de tener la posibilidad de salvar la vida —Quizá de ahí el que existan, por ejemplo, miedos por insectos que son cientos de veces más pequeños que un ser humano—. Cuenta que las ratas poseen dos sistemas olfativos: uno que permite oler la presencia cercana de un gato y el otro que lo hace a distancia. Sería insoportable, menciona, vivir bajo el trauma emocional de percibir a todos los gatos de alrededor.

¿Vale la pena saberlo?

Al final el libro concluye con una fórmula —según Punset es la fórmula de la felicidad— de la que no pienso ocuparme en este texto, pero sí me interesa esa parte que habla del miedo.

Por mucho la felicidad tiene que ver con la ausencia de miedo.

Es por eso que una cebra puede vivir. Puede incluso ser víctima de un ataque de leones del que salga con vida y volver a su existencia calma de andar de un lado a otro en busca de agua y alimento. No pasa, o no se ha descubierto que sea así, que después de estar a punto de perder la vida un animal quede traumado y deje de vivir como lo hacía hasta entonces. La evolución del ser humano al grado de razonamiento que posee le viene siendo una especie de condena.

¿Y qué con todo esto?

Continúo.

Siguiendo con Punset, él asegura que el ser humano no es capaz de calibrar con precisión la respuesta emocional que corresponde al grado de amenaza. Hay un problema para la persona cuando el miedo emocional supera las exigencias de alerta necesaria para la supervivencia.

El cerebro, por su parte, hace un gran trabajo tratando de desechar la cantidad de información negativa que procesa, de otra forma no sería posible salir a la calle. Es suficiente con analizar las probabilidades entre las muchas y muy variadas cosas malas que a tantos pasan a cada instante y el número de personas que somos —sobre todo en situaciones tan particulares como la inseguridad que se vive en este país—. Lo que quiero decir es que el cerebro trabaja para que seamos felices, o más bien hace su parte.

¿Vale la pena exponer un artículo que trate este tema?

Lo cierto es que leyendo éste artículo o no, las personas en términos generales tenderán a comportarse de la misma forma: con miedo como método de supervivencia y con un cerebro luchando porque la felicidad, por difícil que parezca, se mantenga a la mano del individuo.

Cierto es que se cuenta con otras muchas cosas que colaboran, por mencionar solo algunas, la oportunidad de socializar, la capacidad de comunicar, la posibilidad de alcanzar seguridad, la apreciación del arte. Pero quizá conociendo sobre la importancia de la ausencia del miedo se le pueda dar una ayuda al cerebro.

Razonar en lugar de solo reaccionar es un tema sobre el que vale la pena discutir, tal cual abundan muchos otros, aunque parezca que no conducen a ningún lado.

Ahora contesto a las preguntas: si una discusión aumenta el conocimiento, expande el mundo, siembra curiosidad, incita a la investigación o ayuda a una mejor toma de decisiones, sin duda alguna vale la pena.

Dudo mucho que una cebra sea capaz de pensar en un “¡Uff me salvé!” luego de escapar de un ataque mortal o disfrutar la satisfacción de un “¡Lo logré!” al alcanzar una meta que se había propuesto. El ser humano sí puede y esa posibilidad es de gran valor y, como tal, tienen un alto costo.

Saludos

PS. Con el mismo origen se podrían discutir tópicos como la evolución de las especies, la crueldad del ser humano, la cacería, el dominio del más fuerte, los costos de la comodidad o si en realidad la vida salvaje presenta un mejor escenario como algunos pretenden, por solo mencionar algunos.

El Bibliófilo de Bilgi

23 nov

Aún no encontré una buena forma de dar la noticia sobre la publicación de mi cuarto libro. Podría inventar una excusa como que la euforia de la alegría me nubla las ideas y la creatividad. Pero lo cierto es que solo es eso: felicidad. Una nueva meta cumplida que tenía un escalón más que mis trabajos anteriores.

Casi estoy seguro que más adelante estaré hablando de todo lo que traiga esta experiencia. Lo sé porque creo que falta, porque sé que aún sucederán cosas alrededor del libro y porque me conozco y querré compartirlo. Por ahora me es suficiente con dejar registrado que mi libro salió a la venta oficialmente el 21 de noviembre de 2013. Capaz que debería intentar recordar la fecha… o mejor la sensación.

EBDB Promo

Me guardo los agradecimientos para otro momento. Unos para hacerlos públicos, otros aguardando por algún evento o reunión y otros para decirlos en privado. Todos escasos de palabras y cargados de sinceridad.

Saludos

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