Desde el costado y a escondidas

23 jul

Huehue2Alguna vez comenté a un amigo sobre la firme convicción que sostenía, de que la mitad de los crímenes podrían evitarse si no existieran los callejones ni las calles estrechas. Él, por su parte, comentó que la otra mitad de ellos se evitaría si fueran eliminadas todas las armas y, divertidos, concluimos que habíamos encontrado el secreto para evitar la violencia —que alegre suele ser, a veces, jugar a la ingenuidad—. Lo cierto es que, aunque entiendo la intención de sacar el máximo provecho a una inversión hecha sobre grandes terrenos, las calles estrechas me siguen pareciendo, hoy día, un pésimo invento. Son, por alguna razón, el escenario perfecto para delinquir y abusar. Quizá tiene que ver con lo poco transitados que son: a menos testigos mayor valentía.

***

Parqueo el auto frente a una de las entradas a aquella maraña de callejones y calles estrechas en una colonia de la zona 18, a la que todos reconocen por su fama de insegura. Cada vez que estoy acá me es imposible no recordar una noche que, saliendo de ahí sin compañía, tuve la nada placentera experiencia de ser interrogado y registrado por cuatro policías que recorrían la zona a pie. Dos de ellos no tuvieron reparo en apuntarme con sus armas en posición de “un movimiento en falso y estás muerto”, porque cometí el error de decirle a quien me pidió mis papeles, que no había entendido lo que me dijo. “¡Qué me des tus papeles te dije!” Insistió, a tiempo que me tomaba del brazo para voltearme y pegarme a una pared y registrar a la potencial amenaza que tenía asida. Por dentro quise reír por imaginarme como una amenaza para aquellos cuatro, pero no pude, el susto de estar a la distancia del movimiento de un dedo índice de la muerte, me lo impidió. Quizá exagero; quizá eran profesionales en el uso de armas; quizá era algo natural para ellos; o quizá estaban asustados como yo. En aquel momento ninguna de esas ideas vino a mi mente. A raíz de aquel incidente comencé a hacer la broma de que en aquel lugar había que cuidarse de los buenos y de los malos, sin imaginar que años más tarde aquel comentario sería común de escuchar por todo el país, pero carente de una pizca de gracia. Quizá siempre se djo, pero yo, al menos, no lo esperaba.

De vuelta al auto, que ya he parqueado, ha sido un día sin más que destacar que la diversión y gratos momentos que he pasado con los amigos de la universidad. Hemos ido al boliche y, como casi siempre, a comer a un Food Court. Cargo de regreso con varias anécdotas, muchas de las cuales el tiempo se encarga de borrar, no por malas o carentes de valor, sino porque somos dados a olvidar los buenos detalles de la cotidianidad. Aunque no era tarde, decidimos dar por terminado el paseo. Quienes tenemos auto nos dimos a la tarea de la distribución del resto. A mí me tocó llevar a un par de amigas a sus hogares. La segunda de ellas vive en estas calles, de las que me es imposible percibir tantita cordialidad, por eso estoy acá. Decidimos que como era temprano podíamos seguir charlando en su casa y esperar la cena. Caminamos por las pocas y pequeñas cuadras que hay hasta llegar a su vivienda y entramos a conversar y a escuchar música, mientras la comida está lista —estoy entusiasmado porque los platos caseros que acá se sirven dejan agradecido a cualquier paladar.

Estamos sentados en el sofá, platicando y escuchando la radio, cuando nos pone en alerta el ruido de gente que pasa corriendo frente a la casa. No los he visto, pero por el ruido deduzco que han de ser entre seis y diez personas. Mi amiga, como reacción, pregunta por su hermano menor a quien no hemos saludado: no está en casa. Algo pasa en este instante, es como si alguien hubiera presionado el botón de una alarma silenciosa, o al menos inaudible para mí. Me pongo de pie, más por instinto que porque sepa lo que tengo que hacer —de hecho no sé si existe algo que pueda hacer—. La madre de mi amiga abre la puerta del frente, no sé si para llamar a su hijo quien, si no me fallan los cálculos, anda entre los diez y doce años de edad, o para ver de qué se trata el alboroto que se forma afuera.

Alguien lo ha dicho pero no logro identificar de dónde viene la voz. Quizá ha sido la mamá de mi amiga, mi amiga misma, alguien que se encontraba en las habitaciones o alguien que pasa por la calle. Me encuentro desorientado. Tal vez fue la señora que se ha acercado a hablarles, quien ha elevado la voz en un exabrupto natural. Yo estoy de pie a unos seis metros de la puerta de entrada, en la sala de estar, y solo alcancé a escuchar que eran los de la guerrilla, que venían a “reclutar”.

Hasta ahora he vivido la guerra en Guatemala —como muchos otros de mi generación y dependiendo de la zona geográfica en que uno se desenvuelve— desde las pocas noticias que se comentan en casa. Siempre es algo que acontece “en otro lugar”. Se escuchan historias de cabezas que han sido desprendidas de los cuerpos sin ninguna otra intención más que dejarlas sobre estacas que se colocan como advertencia; se cuenta de secuestros por parte de uno de los bandos como estrategia para poner presión al otro; se escucha de emboscadas en donde se masacran a los que caen en la trampa; e incluso de la utilización de niños que son mandados tipo Kamikaces para hacer explotar al enemigo. Todo aquello llega a mis oídos como rumores, historias trágicas que nadie dentro de mi familia puede asegurar, aunque se de quienes sí se animan, sin más evidencia que la escucha de otros rumores, y lo hacen desde la comodidad de dar una opinión sentado a la mesa frente a un suculento almuerzo. La guerra no es más que aquel cúmulo de tristes y desgarradoras historias que no me tocarán vivir a mí.

***

Años atrás, un sábado cualquiera y muy temprano, mi papá amaneció con el deseo de que saliéramos de día de campo y dio las instrucciones necesarias para que todos nos montáramos en la aventura. Aquello significaba tomar algo de comida y bebida, una pelota, un barrilete o un frisbee e ir a pasar el tiempo tendidos sobre la grama verde de un terreno cualquiera. La Avenida las Américas y la Calzada Roosevelt, a la altura del periférico, da cuenta de tales actividades.

Pasamos a abastecernos al mercado de la Carabanchel: carnitas, chicharrones, guacamol, chojín, tortillas y bebidas de frutas, harían el menú de la ocasión. Mientras se hacían las compra nos han obsequiado, a mi hermano y a mí, un licuado de banano con leche, que agradecemos con el frenesí propio de la edad. Luego encaminamos por carretera hacia Huehuetenango —creo que en algún momento mi padre pensó llegar hasta allá—. Vio la hora y, quizá cansado, se fijó en los terrenos verdes a los lados de la carretera. Decidió que eran buenos lugares para pasarla bien y que no valía la pena continuar manejando. Bajamos del auto, tendimos el mantel y comimos hasta saciarnos, para luego jugar al fútbol —sobre todo mi papá y yo que era a quienes más nos gustaba—. Tras varios minutos, ensimismado y distraído con el juego escuché que mi padre, ya serio, me dijo que me acercara a él. Como no le entendí, me lo gritó: “Vení para acá te estoy diciendo”. Obedecí en el acto —a una orden de mi padre no se le resistía.

Cuando corrí hacia mi padre, quien jugaba casi junto al auto, alcancé a verlos de reojo. En ese momento divisé a dos, pero en total eran cuatro. Corrían uno detrás del otro como a diez o quince metros de distancia entre cada uno, para pasar justo a la espalda de donde yo atajaba los penales que mi papá me disparaba. Venían desde el terreno que estaba al otro lado de la carretera y se dirigían hacia nosotros. Portaban escopetas o ametralladoras —era capaz de notar la diferencia pero no quería quedármeles viendo—. En algún momento me giré y mi padre me abrazó por la espalda de tal que pudimos verles pasar, sospecho que con aquella posición pretendía que no llamáramos su atención. Llevaban cascos —a excepción del último quien solo llevaba gorra— que estaban lejos de lucir por estética y limpieza; camisas de botones, abiertas hasta medio pecho cargadas de una mezcla de sudor seco y mojado, manchadas de tierra; los pantalones de un gris oscuro que a todas luces se notaba que no era su color original, flojos y amarrados a la cintura para que no se cayesen, algunas cantimploras… y balas.

Portaban carrilleras, dos, o una, pero todos llevaban. No sé si funcionales, pero intimidantes sí que eran. El primero pasó de largo, buscaban el barranco a nuestro costado. El segundo en cambio volteó a ver, quizá no fue a mí, pero yo así lo sentí. Sostuve la mirada por no saber qué otra cosa hacer. Imaginé que alguien con armamento en cualquier momento puede reaccionar. ¿Qué lo impediría en aquel lugar perdido en la soledad dejada atrás por uno y otro auto que pasaba cada tantos minutos? Volvió la vista al frente y siguió su camino. No pude respirar tranquilo, tocaba enfrentar al tercero.

Desconozco la reacción de mi mamá y de mi hermano —éste último creo que se había puesto detrás de mi padre—. El tercero pasó trotando más aprisa, cuando estuvo frente a nosotros volteó hacia el cuarto y le hizo señas: que se apurara. El último se veía el menos contento de los tres, nos vio a todos como esperando alguna reacción que nunca llegó. Se veía cansado y arrastraba los pies. Fue quien más sostuvo la mirada, fue quien más movimientos hacía sobre su arma, fue quien parecía disfrutar de vernos agazapados. Finalmente llegó a la pendiente y desapareció, como los otros cuatro, después de un tiempo en el que creo que nos salteamos varios respiros que debimos realizar.

Luego que pasó el último mi padre hizo mueca para que siguiéramos guardando silencio, hasta que estuvo seguro que ninguno de ellos regresaría. Yo estaba asustado, pero no tanto como lo estaría después de que él me contara las ideas que cruzaron por su mente.

“Dicen que los de la guerrilla suelen llevarse a niños como de tu edad y no se les vuelve a ver. Les enseñan a disparar y los usan para la guerra”.

Las fuentes de mi padre no eran otras que rumores, pero para mí, al escucharlo, no era sino la verdad en toda su atrocidad. Me asusté mucho. No puedo decir que me asustó la idea de tener que formar parte de una guerra, tampoco pensé en verme enfrentando la muerte o dándosela de regalo a quien peleaba para el otro bando. —no lo digo por valiente sino por desconocimiento y falta de alcance en comprender lo que aquello significaba—. Lo que me aterró, a esa edad, fue imaginarme separado de mi padre. La sola idea de no volver a verle me destrozó.

Tras decir aquellas palabras guardamos todo aprisa, nos subimos al auto y volvimos. Asustado como estaba, no quise saber más del tema. No hice preguntas y me dediqué a reposar en la tranquilidad de ir de vuelta a casa con mi padre al volante.

***

Ahora acá, frente a la tensión que se enseñorea en casa de mi amiga, las palabras de mi padre resuenan con fuerza a mi cabeza. Imagino al pequeño jugando en la calle con sus amigos, sin su papá que le diga un “Vení para acá, te estoy diciendo”; sin alguien que lo abrace mientras esos hombres armados pasan a su lado; lo imagino siendo arrastrado del brazo, y quizá a los golpes, hasta subirlo en un camión que le arranca de la vida que conoce; lo imagino a los gritos y falto de consuelo, preguntándose a dónde lo llevan, quiénes lo llevan y por qué se lo llevan. Imagino a una familia destruida por el infortunio de que esta noche su hijo cometiera la falta de estar jugando fuera de casa.

Por los medios se ha estado escuchando sobre la posibilidad de terminar con esta absurda guerra. Algunos —pocos—, lo hacen con la ilusión de que esta desgracia llegue a su fin. Otros —los más— cansados de escuchar tanta promesa. Yo pensé que ya no oiría de estos reclutamientos, más bien creí que varios rumores de éstos estaban quedando en los recuerdos de algunos y clavados en los pechos de muchos —. Lo cierto es que el pánico no conoce de fechas, de promesas, ni de acuerdos, y mis creencias o esperanzas en nada contribuyen a aliviar este momento.

Mientras todas esas ideas buscan un espacio en mi cabeza, ha entrado corriendo. Han sido minutos de angustia. Su madre y su hermana le abrazan. No sé si escuchó lo que se decía que pasaba afuera, si el alboroto de la gente le hizo ir a casa o fue que escuchó los gritos de su madre y los de su hermana. De cualquier forma no parece estar muy consciente de lo que ha pasado, o quizá sea que tanto apapacho lo pone feliz. Yo contemplo cómo esos rostros recobran la vida que habían perdido minutos atrás, y es un recuerdo que se que guardaré en la memoria para siempre.

Luego de tantas muestras de amor, lo mandan a su habitación. La tensión se ha ido y se aligera la conmoción al verle caminar por la seguridad del hogar. Cenamos, pero hablamos poco. Me despido de aquella familia, de aquel hogar y de aquellos callejones. La comida ha estado exquisita.

Mientras voy en mi auto solo pienso en el alivio que respiran y en que no nos queda otra más que esperar que la guerra termine ya, convencido de que otras muchas historias, van mucho más allá del susto.

***

Han pasado los años. Se firmaron los acuerdos de paz, pero la paz nunca se firmó. La guerra fue muchas cosas y muy variadas, para todos. Nadie escapó de las ramificaciones extensas de sus consecuencias, así se viera al conflicto desde lejos. Hoy día seguimos pagando el precio, en varios frentes, de aquellas absurdas decisiones.

Quizá lo más cerca que estuve de vivir algo de aquella guerra fue desde el refugio de una sala de estar y a través de un rumor de calle que no pude confirmar, y desde ahí, apestaba a tragedia.

Manjares en palacio

16 jul

TabernaAquel era un reinado que se mantenía, después de décadas, sin vaivenes que auguraran su desestabilización. El palacio, cercado tal cual debía ser, estaba muy retirado de la zona donde el pueblo vivía, de tal que muchos de aquellos, apenas sabían de su existencia y pocos creían en la opulencia del vivir de los gobernantes. De vez en cuando se dejaba ver uno que llegaba a caballo, buscando una taberna, y era común que, después de algunas copas de vino, se soltaran a contar intimidades de las personas que vivían allá, mismas que a todos parecían exageraciones propias del grado etílico que alcanzaban.

En una ocasión apareció uno de estos de a caballo, que, sin haber probado vino, comentó de los manjares que aquella gente privilegiada degustaba a diario. A nadie impresionó tanto la cantidad como lo mucho que le sorprendió la descripción. Comida de sabores capaces de elevar el ánimo. Viandas con aderezos y especies que daban a la carne distintas sazones y no la repetitiva sensación de solo comer por sustento y no por placer. Se posaban tantos sabores sobre una sola mesa, que a los partícipes les hacía olvidar cualquier problema que tuvieran. Existían, también, distintas clases de vinos que eran servidos de acuerdo a la comida que se preparaba.

Aquel fue tan diestro en la descripción, que la gente que le escuchó pronto cambió la sorpresa por la envidia. ¿Qué eran ellos, que merecían aquel placer? ¿Por qué si eran personas como todos, eran premiados con un trato distinto? ¿Cuál era su mérito y por qué la vida les favorecía de esa forma? Aquellas preguntas que empezaron como murmullo, fueron subiendo de tono. Dejaban de ser cuestionamientos y se tornaron en reclamos. Intranquilo con las reacciones, aquel montó aprisa en su caballo y abandonó el lugar, desapareciendo para siempre.

Días pasaron y todo el pueblo, que ya había hecho suya aquella injusticia, se mostraba inquieto, desencajado y molesto. No faltaba quien, del diente al labio, hablara de hacer justicia y sacar de aquel lugar a aquellos abusadores. Si la comida es insípida, lo debería ser para todos, aseguraban.

Uno, sentado en una roca que estaba en la improvisada plaza del lugar, se puso de pie y montando en ella se dirigió a todos:

—El problema de todos vosotros es que os acostumbrasteis  a ver con los ojos y os olvidasteis de la mente. Solo escucháis sin discernir. Os habéis convertido en caminantes incapaces de analizar, de entender o de observar.

La gente, inquieta, se fue acercando y le rodearon. Él continuó:

—Dad a la boca lo que la boca necesita y al ojo lo que le es necesario ver, pero apartad para el espíritu todo aquello que es más grande que vosotros, y que es más grande de cuanto conocéis. Lo inexplicable, lo desconocido, de eso sois dueños y nadie puede quitároslo. Entended que un placer, es placer, solo cuando todo vuestro ser está de acuerdo en que lo es.

La gente empezó a hablar entre ella. Se preguntaba de qué hablaba, qué es lo que quería decir, cuál era su mensaje.

—Se os ha dicho que en palacio se comen manjares y yo me pregunto: ¿No es acaso esa papa cocida que a diario lleváis a vuestra boca un manjar de la tierra que por gracia os es dado? ¿No son acaso las acelgas que compartís con los vuestros, un magnánimo regalo capaz de alimentar vuestro estómago y vuestra vitalidad? ¿No es acaso un pescado el preciado manjar que los mares y ríos brindan para vuestra mesa? Si tan solo aprendierais a degustar los  alimentos con el agradecimiento de vuestra alma y no con la ambición por lo desconocido, os daríais cuenta que ricos sois vosotros y no quienes, a fuerza de tener tanto, desaprovechan la virtud que habita en lo poco.

Aquel hombre volvió a sentarse sobre la roca, en silencio. Quienes le rodearon esperaron que dijera algo más, pero no lo hizo. Cansados de esperar se fueron retirando, pensando en las palabras de aquel desconocido, quien, perdido entre ellos, también se marchó.

El estado de ánimo del pueblo mejoró. Hubo más cordialidad y de a poco la prédica general llevaba el mensaje del agradecimiento y de ver las cosas con el alma. Todos, en aquel pueblo, aprendieron a llamar manjar a todo alimento.

Años después, cuando la historia casi se había perdido en el tiempo, y todos tenían por norma ser agradecidos con lo que tenían —sin más razón que por ser agradecidos—, apareció un hombre montando a caballo. Se sentó a la mesa de una taberna, y sin probar vino comenzó a contar, con sublime dominio del detalle, sobre el arte que podía contemplarse en palacio. Habló de las magníficas pinturas, de las magnánimas esculturas y de las exquisitas obras de teatro e interpretaciones musicales.

Los murmullos de admiración de la gente que le escuchaba de a poco se tornaron en reclamos y, como para ahora habrá deducido el lector, la historia se repitió, dando como resultado que todo el pueblo llegara a llamar arte a todo cuanto podían contemplar.

Casi se me va junio

28 jun

EscribiendoUnos horas antes de sentarme frente a este computador me di cuenta que junio se terminaba y que no había escrito nada para el blog. Como muchos otros, tengo esa costumbre de establecer reglas personales de las que —¿qué porcentaje será?— quizá un treinta por ciento me empeño en cumplir. El resto quedan olvidadas después de uno o dos intentos y tras tragar el remordimiento que causa la dejadez. Una de esas reglas que me propuse, hace tan solo un par de meses, tenía opciones: o escribía al menos un artículo por mes o me olvidaba del blog —algo sobre lo que he meditado y comentado muchas veces.

Pues nada, heme aquí, a pocas horas de tener que decidir si hacer de ésta una regla a seguir —al menos por un mes más— u olvidarla. Y decido ponerme a ello.
He sacado mis notas: las que tengo en una pequeña libreta que pensé que había perdido, pero que recuperé; he chequeado las que tengo anotadas en el celular; he consultado un cuaderno que me sirve para apuntar ideas, aunque no siempre lo llevo conmigo; y por último he revisado mis feeds, de donde a veces saco una que otra idea. El resultado no me ha dejado satisfecho. No es que no hayan temas, los hay y algunos, de hecho, me parecen harto interesantes —que no es igual a que lo sean—, pero algunos requieren investigación que me tomaría tiempo, otros son un tanto conflictivos y hoy no me siento con deseo de opinar y causar controversia, un par, en cambio, no me queda claro por qué las anote, y de literatura nada: éste blog no se presta para ello.

El alimento de la creatividad no es la inspiración. El verdadero alimento es la pregunta: “What if?” —En inglés queda más compacto y, hay que reconocerlo, mejor que un: “¿Qué pasaría si?”—. La idea no es mía, dicha pregunta se encuentra regada en cantidad de libros, blogs y artículos que hablan de recomendaciones para escritores. Pero lo cierto es que darle solo esa función es mermar el poder del cuestionamiento.

Pienso en qué pasaría si no escribo en junio y me olvido de mi absurda regla. El mundo, está claro, seguirá girando; la mayoría de gente seguirá pendiente, hablando y opinando sobre el Mundial de Fútbol; el sol seguirá dando los buenos días y la luna ahuyentándole tras su llegar; el gobernante en turno seguirá intentando salirse con la suya respecto a la SAT y, por qué no decirlo, respecto al país; el viento seguirá repartiendo vida y a nosotros se nos seguirá escapando con cada exhalar; el trabajador seguirá esforzándose de ser productivo y el holgazán seguirá trabajando en inventar formas de lograr hacer lo menos, por supuesto, esperando grandes recompensas; las estrellas seguirán colgadas del firmamento, aunque nadie les preste atención, y las personas que pasan sus días engañadas, seguirán pensando que viven al máximo y que son felices.
Ahora aparecen otras preguntas en mi cabeza —ésta vez en español—: ¿Qué haces acá leyendo? ¿Qué te trajo o cómo llegaste? ¿Qué esperabas leer? ¿Qué pensabas encontrar? Soy honesto, consideré que con éste texto estaba creando palabras muertas. Porque, a menos de que fueran leídas, nacerían sin sentido. Pero acá estás… dándoles vida. Y no, no pienses que las palabras son de quien escribe —cuanto pongo acá lo pude solo pensar—, lo he puesto para otros, contrariado por la posibilidad de decepcionar con lo escrito.

¿Qué pasaría si no me estuvieras leyendo? ¿Qué estarías haciendo? ¿Qué estarías pensando? Como ves, cada decisión y acción tomada significa el sacrificio de otras alternativas. Pero sigues acá. No sé para tu persona, pero para mí es asombroso.

Por mi parte no podré contestar a la pregunta. Las cosas “grandes” no han cambiado tras escribir esto, pero las pequeñas, esas que dan significado y sazón a la vida, esas insignificantes importancias que hacemos crecer en nuestro interior, se han visto afectadas. Estoy contento porque he cumplido en junio, porque he conseguido el tema y he hecho el tiempo para escribir, algo que disfruto tanto —lo habré comentado antes—. Y también porque celebro el que hayas tomado algo de tu tiempo para pasar por acá.

¿Qué pasaría si no escribo en julio o si ya no me leyeses? No lo sé, pero hoy no es día para preocuparme por ello.

Saludos

Caminos andados

30 may

Zapato ViejoPor lo regular llegábamos al colegio al filo de la hora de entrada. Era cruzando la puerta y sonaba la campana que nos mandaba a formación para entrar a clase. Tras colocarme en mi puesto en la fila empezaban los nervios. Durante mi primaria fui de los alumnos a los que les asignaban un pupitre de los de adelante, y sabía que tendría que concentrarme al máximo en dos cosas: en poner atención a la clase, porque siempre me gustó aprender ­­­­—que es distinto a estudiar—, y en que por nada del mundo observaran la suela de mis zapatos.

Lo peor que me podía pasar cuando terminaban las clases, era que no nos llegaran a traer. En aquel colegio estudiábamos, si la memoria no me falla, seis primos que más o menos teníamos la misma edad, o al menos la diferencia no era tan grande como para impedir que nos relacionarnos. Casi siempre le tocaba a mi padre irnos a recoger en una panel, en la que era divertido que todos fuéramos rebotando en la parte de atrás —a excepción de que uno se sentara—, o a otro de mis tíos, pero en ocasiones no llegaban por nosotros. Mi prima, la mayor, tomaba la decisión de irnos a pie a casa y se encargaba de dirigir la marcha. Siempre nos alejábamos del camino pavimentado, supongo que mi prima era amante de la naturaleza —o acaso del monte—, y nos llevaba por caminos de tierra y piedras hasta aparecer en casa de mi abuela. Por el camino tenía que concentrarme en dos cosas: en pasarla bien mientras andábamos, porque era alegre; y en tener cuidado de dónde pisaba. Que vieran las suelas de mis zapatos era improbable, yo procuraría guardar mi secreto aunque me lastimara seriamente.

Hoy día no sé si alguien de mi clase se fijó en los agujeros que mis zapatos llevaban en las suelas. Mi temor era a que se burlaran de mí —los niños pueden llegar a ser muy crueles—. Tampoco sé si mis primos se dieron cuenta o si lo recuerdan. De entre todos yo era “el pobre” y no veía necesario afianzar ese concepto —o más bien esa realidad— en ellos.

Por la mañana, a las carreras, buscaba alguna caja a la cual arrancar un trozo de cartón… lo doblaba en dos y lo colocaba dentro de mi zapato, en un intento de protegerme del camino. El cambio de tonalidad hacía notorio el relleno, todavía no sé cómo no se me ocurrió pintarlo de negro con algo. El cartón no resistía el ritmo. En días soleados, tras algo de uso, se me quemaban los pies, para los días de lluvia el refuerzo resistía aún menos y terminaba con frío y los calcetines empapados. No había opción en aquellas caminatas a casa de mi abuela, era frío o calor.

Mientras escribo estas líneas lo hago con una sonrisa en el rostro. Aquellos fueron tiempos geniales. Recuerdo mi infancia con muchas limitaciones, con problemas familiares y colmada de alegría y felicidad, y no es por esa costumbre de idealizar el pasado… cargo conmigo los recuerdos puntuales de esos momentos. Jamás me pasó por la mente reclamar a mi papá porque no tuviera lujos. Yo le ocultaba lo de mis zapatos rotos para evitarle un gasto que sabía que afectaría mucho la economía de casa. Así me había enseñado, a entender el valor del dinero y el esfuerzo que conlleva ganarlo.

Sostenía mi padre que para educar bien a un hijo, había que criarlo como pobre, pero la pobreza con la que fui educado no era intencional, era real. Quizá aquellas limitaciones tengan algo que ver con mi formación, pero estoy seguro que nada tuvieron que ver con mi felicidad, ésta dependió más del tipo de padre que tuve, de sus enseñanzas, y del hecho de que de alguna manera estuve dispuesto a analizar y comprender —A los siete años tienes que entender por qué otros pueden tener tenis Reebok y tu no—.  Pero haber vivido aquellos años no significa que yo sepa cómo ha de ser la infancia de todo niño. No puedo decir que porque conocí la felicidad sé en qué consiste para cada uno y cómo se alcanza. Pero en cambio sé algunas cosas: sé que haré mi mejor esfuerzo para que mi hijo no ande con agujeros en sus zapatos… y si le toca, trataré de ser parte de ello y procuraré que lo entienda; sé que tengo que enseñarle el valor del dinero y que no es malo conseguirlo, aunque el método que emplee para la instrucción sea distinto; sé que los momentos felices se pueden vivir pisando piedras con los pies; sé que un padre genial no depende de lo que brinda sino de la forma en que lo hace; sé la importancia que tienen las pequeñas lecciones que mi padre me dio, aunque retomara algunas de ellas hasta años después; sé que no hay nada de malo con tener y tampoco lo hay con no tener; sé que andar con agujeros en los zapatos o con unos caros no te hace más ni menos persona… no obstante despreciaré el conformismo y no criticaré la ambición, porque sin éstas el mundo no avanzaría.

Antes de escribir esta nota consulté con mi padre si no veía problema en que comentara sobre aquellos agujeros. Su respuesta fue que no porque no tenía nada de malo, que había sido nuestra realidad, y que se alegraba que tuviera como buenos aquellos recuerdos.

Yo me alegré porque el padre que conocí, sigue siendo el mismo.

Saludos

PS. Quizá sean los años o las lecciones de la vida, pero con el tiempo se da valor a cosas que en su momento no lo tuvieron. Me gustaría haber conservado al menos uno de aquellos zapatos, y poder mostrárselo a mi hijo mientras le cuento esta historia sobre mis caminos andados… su gesto de sorpresa le habría dado más valor aún.

Buenos deseos

14 abr

oroAunque no suelo ser confiable cuando se trata de recordar fechas, dada la asociación con otros eventos, se que faltaban pocos días para que diera inicio el mundial de fútbol de Alemania 2006, lo que me supone finales de mayo o principios de junio. Trabajaba entonces para una empresa que suele tener clientes grandes y mi principal función se llevaba acabo dentro de las instalaciones de uno de ellos. Como llevaba bastante tiempo ahí, casi, y solo por algunos, era considerado un colega más, por lo que fui invitado a participar de una quiniela. Motivados por la algarabía del evento, muchos nos apuntamos. Los primeros resultados llegaron y no me fue tan mal: en resumen quedé en segundo lugar, puesto que compartí con otros tres participantes, por lo que el premio no fue más allá de unos pocos Quetzales más de lo que fue mi inversión. En cambio a uno de mis varios amigos que participaron le fue muy mal, lo que llamó mi atención porque sabe de fútbol y sus estimaciones, concluía yo, deberían de haber estado más ajustadas a la realidad. Después de todo, aquel no fue un mundial que destacara por grandes sorpresas.

No le fue muy difícil explicar el por qué da tan malos resultados: “No puse los marcadores que creí que quedarían, sino los que deseaba que quedaran”, fue su respuesta.

Lo conozco y se que no es alguien precipitado, ni alguien que se caracterice por no “prestar cabeza” a las cosas que hace, muy por el contrario es una persona muy analítica. No quise preguntarle su motivo, solo concluimos que el resultado de aquel ejercicio no le deparaba mucha oportunidad de triunfo, a lo más, si se hubieran dado marcadores inesperados en los encuentros (en varios de ellos), él hubiese sido el único en puntear, y como consecuencia se hubiera llevado todo el premio, no como en mi caso que fue compartido.

La vida, contrario a ese intento de muchos de personificar el concepto, no es un ente dispuesto a complacer deseos ni caprichos. No es el deseo de que algo ocurra lo que hace que ocurra. Tal como no es el deseo porque una acción lleve a buen puerto, lo que hace que el resultado sea positivo.

Los deseos y las intenciones no logran un efecto, lo logran las acciones. Regalar oro a alguien que no tiene qué comer puede tener la intención de sacarle de su más urgente problema e incluso la de llevarle a una mejor vida, pero el resultado de la acción es incierto. Desde el desconocimiento del valor de un metal, hasta el descuido y pérdida del mismo, si fuera el caso, intervendrán en el resultado de la acción, al igual que las acciones y voluntades de la persona que recibe el regalo (o la limosna).

Claro está que se puede llegar a una estimación de resultados más ajustada a la futura realidad según la acción que se pretenda, el entorno en que se desenvuelva y la cantidad y tipo de involucrados. La misma persona del ejemplo tendrá poca oportunidad de alterar el resultado esperado si en lugar de oro se le entrega un trozo de pan.

Realizar estas estimaciones, basadas en observación de la realidad, utilizando la razón para llegar a conclusiones más acertadas, especialmente a largo plazo, es la tarea de todo aquel que se precie de importarle la vida del ser humano.

Cada idea, antes de ser aceptada, debe ser procesada más allá del deseo de que sea buena; más allá de la intención de que sea de beneficio para muchos; más allá de la aceptación y el aplauso que recibirá por el resultado inmediato; y más allá de quien la pregone —así sea que muchas otras, o todas sus ideas anteriores, hayan sido acertadas.

Consciente de sus posibilidades y de la muy probable pérdida, mi amigo arriesgo un dinero que era de él, porque él se lo había ganado. El problema es cuando las intervenciones y los riesgos que se corren, afectan a una nación, a una sociedad, o a un conglomerado de personas que tendrán que vivir con el bien inmediato (casi todos lo festejarán), pero también con la consecuencia a largo plazo, del buen deseo.

Saludos

Conceptos e ideas

2 abr

Un par de amigos conversaban de forma muy casual, básicamente sobre nada, cuando uno de ellos le pregunta al otro en tono inquisidor: “¿O sea que vos sí sos ateo?” El cuestionado, supongo que queriendo no entrar en debate o por lo “pesada” que puede ser la palabra, contestó que él no era ateo, solo que cree que no existe dios ni en ningún ser supremo que determine o dirija la vida de las personas.

En otra ocasión, hace solo unos días, hubo una discusión sobre los grupos “élite” que se forman en ciertas profesiones, de lo que cuesta entrar en ellos, y de cómo al pertenecer a ellos pareciera que saca a muchos de la realidad, como sintiendo que son “los elegidos” y que están en un nivel más alto que el resto de los mortales. Conceptos como altanería o pedantería aparecieron. Luego alguien mencionó la palabra egoísmo, relacionándola con el hecho de no ser objetivos a la hora de evaluar el trabajo de algún colega: si forma parte del grupo su trabajo es bueno, si es de fuera, por descarte, ya es malo. Un amigo, al escuchar esa palabra me volteó a ver y, con otras palabras, dio a entender que lo del egoísmo era lo mío.

El diccionario define la palabra concepto como: “Idea, representación mental de una realidad, un objeto o algo similar”. Los conceptos son los que nos permiten comunicarnos y evolucionar. En el campo de la matemática, por ejemplo, las cosas no podrían ir muy bien si para una persona el siete representara siete unidades, para otra doce y para alguien más quince.

En la primera conversación le comenté a quien no se creía ateo que estaba en un error. El negar la existencia de dios o de cualquier tipo de deidad lo convierte en ateo. El ateísmo no es una religión ni una práctica, es un concepto que de acuerdo con su definición, le aplica. No se puede negar la existencia de dios y decirse no ateo porque a uno no le gusten las etiquetas. Es tanto como que alguien no quiera aceptar que es un ser humano. Todos lo somos por definición.

En la segunda conversación me limité a ver a mi amigo con gesto de: “no voy a entrar en ese tema”. No porque le huyera, sino porque me pareció que no era el lugar adecuado, ni era lo que se estaba discutiendo. En varias ocasiones me he definido como egoísta y en casi todas ellas he explicado el porqué y el hecho de que todos lo somos. Aunque es un tema que da para un desarrollo aparte, vuelvo a explicar, brevemente, que a todos nos mueve nuestro deseo de satisfacción. Ya sea por acumular riqueza —que para muchos parece ser malo—, porque sea más importante el sentirnos bien con nosotros mismos al regalar dinero o que libremos culpa al realizar alguna buena acción —aspectos todos que se pueden mezclar de distinta forma—. Es aquello que tenemos como prioridad lo que nos hace actuar. Dicho de otra forma, no hay acción que realicemos —a no ser que sea por coacción— que no hagamos porque nos representa algún beneficio. Eso es egoísmo, al que le suelo agregar lo de “racional”, para lograr una diferenciación que, a criterio personal, no debería ser necesaria.

Últimamente he leído columnas y opiniones sobre ellas, en donde se trata el tema de los libertarios en Guatemala, más que todo con acusaciones hacia quienes se definen a sí mismos como tales.

El libertarianismo es, de nuevo, un concepto. Es una filosofía política que, entre otras cosas, apela al derecho del hombre sobre sí mismo, limitado por el derecho ajeno. Es válido, y hasta necesario, argumentar sobre tales ideas, razonarlas, probarlas, tratar de encontrar sus fallas y aceptar o descartar, si fuera el caso, sus principios.

Convengamos que, si Fidel Castro menciona a la libertad como uno de los más grandes valores que puede poseer todo ser humano, no porque él dedique su vida a coartar la de los habitantes de Cuba, lo que dice es una mentira. Una verdad es verdad siempre, y una mentira siempre lo será, independientemente de quién la sostenga.

Así pues, cuando en una columna se lee que los libertarios no leen a Marx, que se aprovechan del público ignorante, que todos son desalmados o que no creen en el cambio climático, y, peor aún, justificar el derecho a generalizar porque el del “otro bando” lo hace, se está cometiendo un terrible error y una irresponsabilidad al desinformar a quienes consumen tales textos.

Las acciones definen a una persona, no el concepto o la etiqueta que ostente. Si una persona predica el bien y hace el mal, no se puede acusar al bien de ser malo, se acusan sus acciones malas y se juzga, ética o moralmente, la incoherencia del individuo. Como ejemplo, un político, como concepto, no es un ladrón ni un corrupto, sino que es una persona que interviene en las cosas del gobierno. Alguien que lo haga no puede decir que sí interviene en las cosas del gobierno pero que no le gusta o que no es un político, porque por definición lo es; y tampoco está obligado ni definido como ladrón o corrupto, porque muchos, o la mayoría de políticos, roben.

Los políticos en Guatemala, muchos de ellos, tienen ideas socialistas o son pro programas sociales —no sabría decir si todos ellos con conocimiento de lo que defienden—. En las noticias aparecen escándalos de corrupción, pero no hay forma en que yo me permita asociar socialismo con corrupción. Lo que puede haber son tendencias, como aquella máxima que reza: “El poder corrompe”, aunque aún en ella no podría asegurar que el poder corrompa a todos.

Discutamos ideas y juzguemos acciones. Las acciones son individuales y definen al individuo. Las ideas, acertadas o no, no cargan con culpa alguna de las malas acciones de sus partidarios o de quienes solo dicen ser algo sin tener idea de lo que expresan. Si Fulanito de Tal roba y se define como libertario, no es que los libertarios roben, es solo que Fulanito de Tal es un ladrón, y eso aplica a todos y cada uno de los individuos y en cada una de sus acciones.

Mi amigo aceptó que era ateo, aunque no sé si lo hizo para no alargar la discusión, lo cierto es que no debería molestarle que un concepto se use apropiadamente. El otro suele decirme que siempre hablamos de distintas cosas y las discusiones suelen cortarse de tajo, una pena… las ideas merecen discusión.

Pen Jillet tiene una idea de lo que define al libertarianismo: “Toda mi postura en el libertarismo se resume, simplemente, en que no sé qué es lo mejor para los demás”. Yo podría estar de acuerdo o argumentar que lo mejor para los demás es la libertad, pero eso es otro punto. Lo importante sería discutir, con argumentos y con el uso de la razón, éste tipo de ideas que eventualmente podrían beneficiarnos, a corto plazo como individuos y a largo plazo si somos muchos los individuos beneficiados.

Saludos

PS. Cómo vuela el tiempo… ya son seis años de este sitio. Contrario a años anteriores, esta vez no me cuestionaré su continuidad o no.

Mi opinión, porque tengo una

21 feb

GTVNCasi todos hemos escuchado aquello de “No decidir es una decisión en sí misma”, lo que significa que al momento de enfrentar alguna circunstancia, la tal no se puede obviar, pues, sumando al total de opciones de que se disponga para reaccionar, la indiferencia, si fuera el caso, es solo una más de ellas.En varias ocasiones, cuando la persona con la que sostengo una discusión se queda sin argumentos, intenta su última jugada que es la de “empatar” las posiciones. Sostiene que, después de todo, el ateísmo no es más que otro tipo de religión, pues es la creencia en cosas que no se pueden comprobar. A tal tipo de conclusión se llega cuando se toma una verdad, como la primera mencionada, y se le extrapola hacia otras circunstancias. En éste tema de la creencia, por ejemplo, hay que entender que el ateísmo es precisamente “no creer”—la no creencia no es una creencia—. No aceptarlo es igual que pregonar que la muerte es otra forma de vivir.

Éstos días el comentario más común, o quizá el que más veo aplaudido, es el que intenta igualar la posición de los bandos que, lamentablemente, dividen Venezuela. La indiferencia, cuando no es total, tiene esa tendencia: buscar una salida fácil y rápida; una explicación sencilla y salomónica; un quedar bien con todos y con ninguno.

Independientemente de lo que se crea sobre la información que llega —a la que unos acusan de exagerada, falseada o fuera de proporción— Venezuela tiene un problema. No me refiero a los tristes acontecimientos que vienen sucediendo desde el 12 de febrero, me refiero a su situación política: ellos viven bajo una dictadura.

Los que favorecen tal régimen podrán argumentar que la escasez de alimentos es una exageración, que la falta de papel higiénico es un chiste que intenta ser alarmista, o que las mujeres que se ven en los videos gritando que no tienen con qué ni dónde comprar leche para sus hijos, obedecen a intereses políticos. No obstante hay cosas contra las que no se puede argumentar: los venezolanos perdieron derechos elementales. Y los perdieron porque la forma en que está siendo gobernada es errónea. No es que los que ostentan el poder tienen mitad razón y mitad no. Lo han hecho —y lo siguen haciendo— mal, punto.

Para toda sociedad son elementales el derecho a la propiedad —aún me alarman las imágenes en donde con un señalamiento y a la voz de “exprópiese” los dueños de negocios perdían aquello que era suyo.

Otro derecho por el que siempre se debería pelear es por el de la libre expresión. La crítica, el diálogo, incluso la discusión son necesarias para llevar a buen puerto algo tan complejo como una sociedad —o mantenerla en una vereda correcta, para quienes encuentren la frase demasiado ilusa—. Que se le quite a alguien el derecho a exponer sus ideas y opiniones es una barbarie que pulveriza la naturaleza del ser humano. Eliminar los medios de comunicación, manipularlos o controlarlos es algo impensable cuando se habla de libertad.

Que alguien pueda dirigir un país por decreto es algo de lo que todos deberíamos temer —la historia no muestra un solo buen resultado— y menos si el dirigente se dedica a invitar a la gente a vaciar anaqueles o a establecer precios a gusto y gana.

Desconozco las verdaderas intenciones de otros líderes y opositores venezolanos, pero no puedo decir que “son lo mismo” que los que ahora ostentan el poder. Hay un mal en el presente que hay que corregir.

Para quienes no somos venezolanos ni vivimos en aquel país, lo que allá acontece es importante por varias razones:

  • Mucho se insiste en que para aprender algo es necesaria la experiencia, pero tal afirmación no siempre es cierta. Es más sabio quien aprende de la observación. Lo de Venezuela es una lección importante para el resto de países que pueden contemplar las consecuencias de gobernar con ese tipo de políticas que obedecen a hambre de poder y riqueza, disfrazada con discursos revolucionarios gastados, que tanto agradan al idealismo de la mayoría de latinoamericanos.
  • Muchas condiciones que se dieron en Venezuela se dan en Guatemala. Nuestro destino podría llevar el mismo camino que el de ellos. ¿Qué vamos a hacer si nos intentan gobernar de la misma forma? ¿Cómo vamos a actuar? ¿Cuánto vamos a tolerar? ¿Hasta dónde hemos de llegar? Y más importante aún. ¿Cómo podemos evitarlo?
  • La fuerza mediática es una realidad, hemos podido ser testigos de ella con otros casos como el de Egipto, por citar alguno. De ahí que las dictaduras intenten cerrar los medios de comunicación, incluyendo el internet. Si nos llegara a pasar algo así —mi deseo profundo es que no— sería muy agradable que no nos dejaran solos. Sería importante saber que alguien nos escucha.
  • Limito mi lista con este cuarto motivo (aunque hay más): un sentido de humanidad que aún permanece vivo en varios de nosotros. Es infame ver caer a seis personas en unos pocos días —como lo es ver a más de cien en Ucrania—. La indiferencia nos hace mucho mal, ver como algo común lo que no debería serlo, promueve que no se busquen soluciones. Si, como aseguran algunos, nos llegamos a convencer de que la humanidad alcanzó su máximo deterioro, se dejan de buscar caminos, no se pretenden remedios, ya no se crean planes, y no se buscan mejoras.

Sostuve una conversación donde aseguraba que las sociedades actuales no necesitan héroes. Actos como los de Leopoldo López siembran más duda que esperanza. Y no vale la pena pensar si él está en lo correcto o si lo está Capriles o incluso los Chavistas que —alguno ha de existir— aún creen en la buena intención de aquel ideal anti imperialismo que les ofrecieron. Lo que necesitan es rescatar su país de una dictadura. Lo que necesitan es gente que quiera hacer, y que las circunstancias del país les brinden el espacio para poder actuar —ojalá fueran todos los venezolanos quienes aspiraran a ello.

En Facebook hubo una conversación en donde alguien decía que la mejor postura era no hablar de lo que se desconoce. Por las razones que mencioné antes, entre otras, dije que el desconocimiento no debería ser excusa. Una postura política —aspecto que nos atañe y afecta a todos— debe ir más allá de un discurso gastado, una canción populista o un héroe ficticio. Entender los porqués nos ayudarán siempre a tomar mejores decisiones. Muchos entonces llevaron el tema a la desinformación que existía con imágenes falsas de lo que estaba ocurriendo en Venezuela. Otro comentario que leí, muy acertado, decía que no se debe descartar todo porque diez descerebrados jugaban a desinformar (lo decía con otras palabras). Algo pasa en Venezuela, a estas alturas ya debería de ser obvio para todos.

No es que lo que allá ocurre importe más que lo que pasa en Guatemala. Por obviedad nos afecta de forma directa lo que acontece en nuestro país, pero eso no significa que debamos olvidar que todos vivimos en el mismo planeta. Encerrarse dentro de las propias fronteras —física o ideológicamente— no es nacionalismo, ni madurez. Y así como de Venezuela, hay que estar pendiente de Argentina y las políticas que tienen castigado a aquel país, a Uruguay y su experimento de la legalización, a Chile y tratar de entender por qué ellos están avanzando, y así al resto de países.

Por último quiero decir que no se puede comparar una manifestación en contra de una dictadura —aunque el clamor sea por comida, empleo y seguridad—, con las manifestaciones y bloqueos que constantemente nos aquejan. Acá lo que se pide son dádivas, pago de votos y beneficio para intereses particulares.

La lección es clara, los países deben ser regidos por sistemas que limiten los alcances y la capacidad de acción de sus dirigentes. No existe una sola persona —no ha existido, ni existirá— con la capacidad de llevar las riendas de una nación sin corromperse o —demos el beneficio de la duda— sin que se equivoque groseramente.

Saludos

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